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“La justicia llega tarde, pero llega”. Víctima de César Duarte ríe al último

César Duarte lo envió a prisión en 2016 por protestar, con cargos de hasta 600 años. A la vuelta de los años, Marcelino Gómez Brenes dice en entrevista: “No es venganza, es justicia: el delincuente siempre fue él y se pudo verlo detenido”.

Por Óscar Balderas
14 jul 2020

César Duarte.
En 2016, el gobierno de César Duarte envió a prisión a Marcelino Gómez Brenes por protestar. Foto: Isaac Esquivel / Cuartoscuro.com

EMEEQUIS.– César Duarte estaba furioso. Era el 1 de mayo de 2015 y el músculo del Partido Revolucionario Institucional en Chihuahua había trabajado durante semanas para que el entonces gobernador de Chihuahua tuviera un día feliz, arropado por los sectores obreros que año con año marchan para rendirle pleitesía al mandatario en turno. Nada debía salir mal ese Día del Trabajo, pero alguien arruinó la fiesta de César Duarte.

Entre los contingentes magisteriales que gritaban vivas y porras al PRI, un joven de 23 años se infiltró y se abrió paso hasta el templete donde estaba César Duarte. El gobernador, acostumbrado a que su equipo de seguridad sólo dejaba llegar hasta él a gente afín a su partido, se inclinó para saludar, mirándolo de abajo hacia arriba. Sonreía con esa misma mueca con la que en campaña besaba mujeres y cargaba bebés.

“¡La justicia llega, tarde, pero llega!”, le soltó de golpe aquel joven, Marcelino Gómez Brenes, a César Duarte, quien se quedó con el brazo extendido y la sonrisa congelada. En cuanto vio que el chico de la playera verde no iba a aplaudirle, sino a reclamarle por la presunta corrupción de su gobierno, inmediatamente retiró el saludo y se le instaló un gesto serio en el rostro.

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“¡(Usted) Tiene empeñado el futuro de los jóvenes!”, siguió el estudiante de la licenciatura de Administración Pública. “¡Usted tiene endeudado al estado!”.

“¡Puro chisme! ¡No hay deuda, hombre!”, reviró César Duarte, tras unos segundos paralizado por la sorpresa. “Estás envenenado, estás loco. No sabes ni lo que dices ¡El delincuente eres tú por estar diciendo lo que no sabes!”. 


En este video se ver la confrontación. 

El encuentro duró sólo 20 segundos. El equipo de seguridad de César Duarte sacó a empujones al estudiante universitario de la vista de su jefe. Sin embargo, aquel reclamo quedó inmortalizado en un video que circuló ampliamente en Twitter, encolerizando al priísta que alguna vez soñó con llegar hasta la Presidencia de la República.

Nadie imaginaría que las palabras de César Duarte –“¡el delincuente eres tú!”– serían profecía y que un año más tarde el gobierno estatal se vengaría de aquel video enviando a prisión al joven Gómez Brenes con cargos de hasta 600 años en prisión.

Del mismo modo que nadie imaginaría que, cinco años después, en 2020, César Duarte sería el que terminaría en prisión, acusado de cargos de corrupción, mientras que Marcelino Gómez Brenes festejaría, en libertad, la mala suerte de su verdugo.

LA DETENCIÓN

Un año después del airado reclamo que hizo Marcelino Gómez Brenes a César Duarte, una multitudinaria protesta rodeó la sede del gobierno de Chihuahua en reclamo por el endeudamiento del estado.

Era el 22 de junio de 2016 y la popularidad de César Duarte estaba abollada por los escándalos en la prensa nacional sobre sus supuestos negocios turbios al amparo del poder. Poco quedaba de aquel carismático vendedor de autos que se había convertido en diputado y que gracias a su sencillez había arrasado la elección estatal de 2010 con el 55% de los votos; ahora era un villano dentro de su propio estado que estaba en el ocaso de su sexenio.

Miles estaban encolerizados con él por lo que advertían que era una adicción al poder y al dinero: los escándalos de César Duarte se contaban por decenas, incluidos la compra de ranchos millonarios, animales exóticos, autos de lujo como regalos a cambio de moches en licitaciones pública y hasta su apuesta por tener su propio banco.

Pero lo que más molestaba a la gente era el desastre que dejaba en las finanzas públicas del estado: una deuda de 55 mil millones de pesos que ese miércoles de 2016 había provocado que miles se reunieran en el Palacio de Gobierno de Chihuahua para exigir su renuncia.

La falta de respuesta de autoridades a los manifestantes provocó que un grupo atacara el recinto de gobierno con palos y piedras, rompiendo puertas y ventanas. Era un contingente pequeño, pero ruidoso, al que la mayoría de los manifestantes veía a la distancia para alejarse de ellos. Uno de esos protestantes que miraba de lejos a la turba era Marcelino Gómez Brenes, asiduo a cualquier marcha contra César Duarte.

Cuando la protesta se disipó, Gómez Brenes se retiró como lo hicieron miles de asistentes, pero un grupo de agentes lo arrestó sorpresivamente. Lo habían visto a lo lejos, seguido y cuando sintieron que estaba lejos de quienes podían defenderlo, lo sujetaron de hombros y manos y lo aventaron al fondo de una patrulla. 

Aturdido, el joven de 24 años alcanzó a escuchar las palabras de los agentes que le anunciaban su detención: el gobierno del estado, encabezado aún por César Duarte, lo acusaba de ser el organizador de las protestas. Le dijeron que pagaría caro por desafiar al mandatario priista. 


Marcelino fue detenido con cargos falsos. 


“ME PUSIERON CON LOS CRIMINALES MÁS TEMIBLES”

“A mí se me trató de culpar por organizar esa protesta y se me trató de fincar responsabilidad por delitos muy graves: sedición, terrorismo, ataques a la paz pública, daños y lesiones. Era una carpeta bastante amplia por la que yo llegaba hasta los 600 años de prisión. Es probablemente una de las carpetas más voluminosas en la historia de Chihuahua”, narra Marcelino Gómez Brenes a EMEEQUIS.

“El gobierno estatal me estaba preparando un castigo que ni siquiera le dan a los peores narcotraficantes. Era su forma de asegurarse por todos los medios de que recibiera una cadena perpetua y que jamás volviera a salir a protestar”.

A partir de ahí, el joven universitario vivió las horas más atemorizantes de su vida. En los separos de la Procuraduría estatal, otros jóvenes que fueron detenidos eran animados o presionados por agentes para que dijeran que Marcelino Gómez Brenes les había pagado para organizar un golpe de Estado contra el gobierno de Chihuahua o que afirmaran que Gómez Brenes era un porro pagado por Javier Corral, el acérrimo rival panista de César Duarte.

“Es muy extraño, pero el peor trato lo sufrí en la Procuraduría, no en la cárcel”, recuerda. “Me mandaron al Cereso con criminales de alta peligrosidad. Y te digo que me pusieron con los peores delincuentes porque mi dormitorio me lo pusieron en el área de máxima seguridad en el ala más aislada de todas.

“Ya te imaginarás: yo tenía 24 años y me pusieron con los criminales más temibles del estado, tal vez del país, con los peores narcotraficantes, sicarios. Fue un momento muy duro para mi”.

Actualmente, Marcelino está convencido de que una situación fuera de su control lo salvó de no pasar el resto de su vida en esos dormitorios duros y violentos: en los días en que fue trasladado al Cereso de Chihuahua, verano de 2016, el hoy gobernador estatal Javier Corral ya había derrotado al PRI en las urnas y los escándalos de César Duarte le habían quitado el poder que alguna vez gozó a plenitud.

“La fuerza del ‘duartismo’ fue plena, con un dominio casi absoluto, desde 2009 hasta 2015. Tenían mayoría en el Congreso, en los distritos federales, locales, municipios, casi todo el estado en el bolsillo, pero en 2016 la gente echó al PRI. Si durante mi detención el PRI y el ‘duartismo’ hubieran estado en su pleno apogeo, seguramente mi caso hubiera sido distinto, pero su derrota me ayudó para ser liberado porque los jueces ya no estaban cooptados”.

Tras un par de semanas en prisión, un juez declaró que la detención de Marcelino había sido ilegal y que las pruebas no sostenían las acusaciones. En suma: que el gobierno de César Duarte había fabricado un caso para vengarse del joven manifestante, acaso puesto en la mira del aparato de gobierno desde aquel Día del Trabajo en que arruinó el día feliz del priísmo.

UNA CARNE ASADA...

El 9 de julio pasado, durante el segundo y último día del viaje del presidente Andrés Manuel López Obrador a Estados Unidos para una reunión con el mandatario Donald Trump, corrió la noticia de que el exgobernador César Duarte había sido, por fin, detenido.

Se trataba de la culminación de un proceso largamente seguido por las autoridades mexicanas: luego de que el “duartismo” alcanzó la cúspide del poder y descendió de golpe por la fuerza de sus escándalos, César Duarte huyó del país en 2017 perseguido por la justicia hasta de su propio partido, el PRI, que en aquel año aún detentaba el poder federal.

Poco a poco, el político chihuahuense que alguna vez pretendió representar al “nuevo PRI” fue acumulando acusaciones mientras se encontraba prófugo de la justicia: actos de corrupción, desvío de recursos, peculado, lavado de dinero y enriquecimiento ilícito para favorecer campañas políticas del PRI en detrimento de mil 200 millones de pesos del erario público. Al momento de su detención, César Duarte había coleccionado 20 órdenes de aprehensión, así como una ficha roja de la Interpol con su nombre en 195 países del mundo.

Una de esas órdenes de aprehensión está en la Fiscalía de Chihuahua, donde acusan a César Duarte de participar en un tinglado criminal conocido como “Operación Zafiro”, en el que gobernadores priistas desviaron 650 millones de pesos para la elección intermedia de 2015 a través de 12 empresas fantasma que estaban protegidas por la Secretaría de Hacienda que encabezaba Luis Videgaray.

La caída de César Duarte no solo significa otro gobernador en desgracia para el PRI, sino una pieza más en el rompecabezas que la actual administración necesita armar para culpar al expresidente Enrique Peña Nieto, o a su círculo más cercano, de actos de corrupción al más alto nivel. 

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“Me llegó la noticia por los medios digitales locales de aquí de Chihuahua. Desde que empezó como rumor empecé a sentir mucha alegría, mucha satisfacción. Ya cuando las autoridades federales confirmaron, fue como una explosión de alegría. La gente salió a sus casas como si México hubiera ganado el Mundial ¡hasta hubo caravanas!”, cuenta Marcelino, quien hoy es delegado regional del gobierno mexicano en Chihuahua.

“Yo se lo dije en aquel 2015, se lo dije textual: la justicia llega tarde, pero llega”, celebra el joven que logró recuperar su libertad. “No es venganza, es justicia: el delincuente siempre fue él y se pudo verlo detenido y pagando por lo que hizo al estado”.

Ese 9 de julio, la fortuna de César Duarte y Marcelino Gómez Brenes cambió radicalmente: el primero inició su proceso de extradición a México desde Nuevo México, Estado Unidos, para aterrizar en una celda y el segundo, feliz, sonriente, festejó la caída de su verdugo con una carne asada… estilo Chihuahua.

  

@oscarbalmen

 

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