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Análisis

Los derechos de la colmena

ENRIQUE SERNA escribe sobre la pandemia. “Mientras la cultura cívica japonesa logró frenar el covid sin recurrir a confinamientos, en México la anarquía egoísta impone su ley en plena tragedia”.

Por Enrique Serna
21 dic 2020

COVID
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– La civilización occidental ha sufrido una humillante derrota en la batalla contra el Covid, como lo revelan todos los cuadros comparativos de contagios y víctimas en distintos países del mundo. Aunque Donald Trump haya intentado descargar en el gobierno chino la responsabilidad por sus errores en el manejo de la pandemia, finalmente los países asiáticos le demostraron que su envidiable disciplina colectiva no sólo es un ejemplo para Estados Unidos, sino la ratificación de una superioridad que probablemente cambiará la faz del planeta durante el siglo XXI.  

 En Gran Bretaña, donde la libertad individual es sagrada, la nueva y aterradora cepa del virus se propaga a gran velocidad cuando apenas había empezado la campaña de vacunación. En la disyuntiva de ponerle un freno a los derechos individuales o respetarlos a pesar de la mortandad creciente, Donald Trump y Boris Johnson apelaron durante meses a la responsabilidad personal de los ciudadanos, con los atroces resultados que el mundo conoce. Ni siquiera el uso del cubrebocas se pudo generalizar, porque mucha gente defendió hasta la muerte su libertad de toserle en la cara al prójimo (circulan en internet videos de iracundos ciudadanos de Tampa quejándose por ese atentado a su privacidad).

Los países pobres y ricos de occidente deberíamos hacer una revisión crítica de nuestros valores cívicos y reemplazarlos por los del lejano oriente, aunque sólo sea en casos de emergencia. Ese trasplante cultural quizá nos exija someter a examen los principios del romanticismo, un culto idolátrico de los líderes políticos o los artistas que se elevan por encima de la colectividad para realizar grandes transformaciones sociales o inaugurar geniales formas de expresión.  El romanticismo nunca llegó a los países del lejano oriente, donde el bienestar colectivo siempre ha estado por encima del individual. Allá cualquier hombre con el ego hinchado es un vil sociópata. El predominio de la comunidad en todos los órdenes de la vida quizá les impidió producir algunos poemas y sinfonías invaluables, pero les garantiza la libertad más preciada de todas: un blindaje casi perfecto contra la criminalidad y las epidemias. 

En el ensayo Japón: un intento de interpretación, publicado a principios del siglo XX, Lafcadio Hearn elogió las restricciones impuestas a la libertad individual de los nipones, en beneficio de la convivencia civilizada. Desde entonces la sociedad japonesa era un hormiguero ejemplar donde nadie osaba tomarse libertades lesivas para los demás. Cualquier ruptura del orden público se castigaba con el ostracismo, la desgracia más temida por los japoneses, equivalente a la muerte civil. Como un delito cometido por cualquier individuo ponía en peligro a toda su comunidad, las cárceles se quedaban vacías. Hearn viajó por muchas ciudades donde no había ocurrido un robo en dos siglos.  A nadie se le pasaba por la cabeza la idea de hacer su regalada gana en perjuicio de terceros. “Si alguien tratara de explicarles el concepto occidental de libertad –apunta Hearn– les parecería una condición moralmente comparable a la de las bestias”. 

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Por supuesto, el imperio del sol naciente era una maquinaria política autoritaria, pero sus jerarcas no escapaban a la disciplina colectiva, pues la libertad de cada individuo decrecía en proporción a la importancia de su cargo público. Pese a los grandes cambios políticos y sociales ocurridos hasta la fecha, en el Japón moderno sobreviven esas tradiciones. Desde muchas décadas atrás, la población ya usaba mascarillas en la calle y en el metro, pues allá lo sagrado es el espacio público, no el capricho de quien lo ocupa. Mientras la cultura cívica japonesa logró frenar el covid sin recurrir a confinamientos, en México la anarquía egoísta impone su ley en plena tragedia. Ya no hay camas de hospital para los enfermos graves de Covid, pero hasta hace poco funcionaba en la zona más chic de Polanco un bar clandestino --clausurado el 12 de diciembre, según Reforma--, donde la policía desalojó a cien personas amontonadas en un sótano sin ventilación. Lo fifí no quita lo pendejo.

La vacuna contra el virus enconará la lucha del interés general contra el individualismo suicida de las naciones atrasadas, que no son necesariamente las más pobres. Según The Economist, uno de cada tres franceses se opone a las vacunas en general y a la del Covid en particular. En Polonia y Hungría, un 40% de la población comparte su paranoia. En México, el rechazo a la vacuna va ganando adeptos y probablemente será un formidable obstáculo para aplicarla. Permitir que la vacuna sea voluntaria significaría condenar a muerte a miles de familias. Ante el embate de la superstición obtusa, cualquier gobierno responsable tendría que imponer por la fuerza los derechos de la colmena.  

 

@emeequis

 

 


COVID

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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