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Análisis

Ganar una batalla (Un cuento pandémico)

“En este encierro obligado pienso en mi padre y rescato sus ojos azules y tiernos. Azul mar Mediterráneo. Cariñosos hasta cuando me llama la atención porque he desobedecido a mamá”. Colaboración de BEATRIZ RIVAS.

Por Beatriz Rivas
24 oct 2020

Una historia para estos tiempos.
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– El asesino de moda lleva en su maleta una enorme lista de fallecimientos. Al principio, morían familiares lejanos de amigos lejanos de lejanos conocidos que nunca he visto más que en redes sociales. Pero, poco a poco, la muerte se ha acercado a mi territorio. El primo de una compañera de la Facultad de Filosofía y Letras perdió la batalla ante la Covid-19, después de tres días intubado. El padre de una querida alumna acaba de fallecer por un cúmulo de males (la avanzada edad, entre ellos) y el golpe certero de esta pandemia que a casi todos nos mantiene atemorizados y tras las puertas. Temo por mi propio padre; si el virus lo mata, yo no quisiera seguir viviendo.

Esa alumna es una escritora brillante y usa el poder de sus letras para sobrevivir al duelo y a la ausencia. Tiene la generosidad de compartirme sus reflexiones; gracias a eso, he ido enterándome de quién fue su papá y de la conflictiva (y fría) relación que llevaban. Pienso nuevamente en mi padre y decido escribir sobre él, para paliar mis temores y porque tengo un rato extrañándolo. No debo esperar su muerte sin antes rendirle un merecido homenaje. Como nació en 1932, carga varios años en su currículum; por lo tanto, es un candidato ideal para que el virus, que ahora nos amenaza, haga con él un buen trabajo de selección natural. Además, soy hipertensa y supongo que de él heredé ese defecto: la presión arterial elevada (una amenaza en potencia). También es diabético y tiene una certera tendencia a un vientre más desarrollado que aquellos centímetros aconsejados por los médicos. ¡Ay, el peso de la genética! 

En este encierro obligado pienso en mi padre y rescato sus ojos azules y tiernos. Azul mar Mediterráneo. Cariñosos hasta cuando me llama la atención porque he desobedecido a mamá. Rescato su voz que me contesta, con paciencia, cualquier pregunta. ¿Por qué se cayeron las nubes?, cuestiono  en cuanto alcanzamos la altura de crucero, la primera vez que me subo a un avión y él está a mi lado, como siempre, para atenuar mis temores. ¿Detrás de cuál nube puedo ver a mis abuelos?, los que dices que están en el cielo. Sigo preguntando: ¿para qué sirven las hormigas? ¿Quién despeina a las palmeras y por qué las gaviotas se llaman gaviotas? Y los delfines, ¿qué idioma hablan? 

Recuerdo los cuentos que me narra cada noche, después de arroparme con el cobertor y de encender una pequeña lámpara de la que emanan luces (¿o son sombras?) en forma de animales, que se proyectan en las paredes de mi habitación y me hacen sentir acompañada. 

Rescato el sándwich de jamón, aguacate y jitomate, que a diario me prepara como parte del lunch para la escuela, junto con alguna fruta o verdura. Y su mano firme y fuerte cuando me enseña a nadar en las olas, durante esas vacaciones en las que me lleva a conocer el mar. Sus rodillas rojas de tanto apoyarse en la arena, para ayudarme a construir el mejor castillo que he visto.

Recuerdo la emoción que siento todas las noches cuando escucho abrirse la reja del garaje, el motor de su coche apagándose, las llaves al deslizarse en el cerrojo de la puerta, y verlo, por fin, entrar a la casa, besar a mi madre y, enseguida, abrazarme y levantarme para verme hacia arriba, mi cabeza casi tocando el techo (¿ya les dije lo alto que es?). 

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Rescato su rostro emocionado la noche que me conduce por ese largo pasillo, hacia el altar. Él vestido de etiqueta y yo, de blanco. Él con los ojos húmedos y yo, con un par de lágrimas que ya se asoman. Los juegos de agua de Haëndel, nuestro concierto favorito, suenan desde el coro de la Iglesia, decorada con flores blancas y rojo granate. Mi mano siente la suya, firme y tierna. No necesito más para sentirme emocionada y segura.

Recuerdo sus consejos cuando lo invito a tomar un tequila en su restaurante favorito, el día que tengo el quinto pleito con mi esposo. Papá es el primero en felicitarme y enviarme un enorme ramo de flores en el instante en que anuncio mi embarazo y los primeros ojos que veo al despertar de la anestesia. El primero en correr a mi lado, cinco años después, cuando anuncio mi divorcio. Inevitable.

Entonces decido llamarle y decirle todo lo que no le he dicho desde hace tiempo. No debo esperar a que este virus (o alguno nuevo que esté listo para estrenarse) o un infarto o una insuficiencia respiratoria o un accidente de automóvil o una pancreatitis o un cáncer o un derrame cerebral o el simple peso de la vejez, se lo lleve de mi lado. Lentamente marco el teléfono que a los cuatro años me aprendí de memoria (junto con la dirección de nuestra casa, por si un día me perdía). Cinco sesenta trece once. Nadie responde. Vuelvo a marcarlo. Sigue sin contestar. Imagino que está en el baño o se quedó dormido leyendo un libro sobre los reyes de España (la encantan las novelas históricas). Me sirvo un poco de vino para que la espera sea más agradable y me siento en mi sillón preferido. Después de la segunda copa de un tinto español que tiene un cuerpo para presumir, le marco de nuevo. Cinco sesenta trece once. Sigue sin contestar. Comienzo a preocuparme. Cinco sesenta trece once. Cinco sesenta trece… Cinco sesenta… Estoy muy angustiada. Cinco… Lo dejo sonar hasta el infinito, que se parece a una grabadora diciendo: la llamada no puede ser completada o bien, este número no existe. 

Y entonces me acuerdo, con una precisión que creía enterrada, que papá lleva años muerto. Que falleció un mes antes de que yo naciera. Que por no haberlo conocido, tuve que inventármelo. Necesité imaginarlo. Quise construirlo día con día, desde mi niñez hasta mi vida adulta. 

De pronto, una deliciosa calma me invade. Le acabo de ganar una batalla al coronavirus pues se podrá llevar a muchos, casi a todos, pero no a mi padre. 




Una historia para estos tiempos.

Beatriz Rivas

La autora es novelista. Ha publicado, entre otros libros, "La hora sin diosas", "Jamás, nadie", "Dios se fue de viaje" y "Fecha de caducidad", todos en Alfaguara. Tiene cuatro vicios: escribir, leer, viajar y tomar mucho whisky

Una historia para estos tiempos.

Beatriz Rivas

La autora es novelista. Ha publicado, entre otros libros, "La hora sin diosas", "Jamás, nadie", "Dios se fue de viaje" y "Fecha de caducidad", todos en Alfaguara. Tiene cuatro vicios: escribir, leer, viajar y tomar mucho whisky

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