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Análisis

El deseo en tiempos de cólera digital

ANA CLAVEL escribe sobre paraísos virtuales: “Una sociedad que enmascara y privilegia la satisfacción inmediata, sin duda está encontrando en los territorios del ciberespacio alternativas para la problemática del deseo insatisfecho”.

Por Ana V. Clavel
2 may 2020

nuevos tiempos
Ilustración: Raquel Moreno.

Si usted pensaba que con las llamadas “Real Dolls”, esas muñecas sexuales hermosas y casi perfectas, ginoides diseñadas conforme a pedido y que por supuesto valen miles de dólares, ya lo había visto todo, permítame decirle que está en un error. Antes le confieso que la primera vez que di con ellas en una expo erótica, no me atreví a mirarlas de frente y mucho a menos a tocarlas. Hace ya más de una década que eché un vistazo a su catálogo. Entonces había once estilos de muñecas que se mostraban en posturas diversas: desde la chica de minifalda y botas que se recarga en una columna hasta la joven de corsé y liguero con piernas abiertas y pubis descubierto. Entre otras opciones: siete tipos de cuerpo que incluían la talla petite, el cuerpo atlético o el voluptuoso, y la supermodelo; cinco tonos de piel (claro, medio, bronceado, africano, asiático); siete tonos de color de cabello (la gama del rubio al negro, pasando por el castaño y el pelirrojo); diez estilos de cabellera, etc. También se podía escoger el color del iris, el delineado de los párpados, el color de las uñas y de los labios. Y por supuesto, al gusto del cliente, el pubis rasurado o al natural. 

Claro que sabía de las muñecas inflables que más bien parecen grotescos payasos de circo. También había leído de las bellísimas “Hortensias” en el relato homónimo del escritor uruguayo Felisberto Hernández, con piel de cabritilla y temperatura graduable, que la prensa de 1949 calificó de “nueva falsificación del pecado original”. También sabía de las chicas ®Plastisex que se venden en el cuento “Anuncio” (1961) del narrador mexicano Juan José Arreola, cuyo himen plástico es un verdadero sello de garantía: “Tan fiel al original, que al ser destruido se contrae sobre sí mismo y reproduce las excrecencias coralinas llamadas carúnculas mirtiformes”. Es decir, sin mayores eufemismos, muñecas vírgenes capaces de sangrar. Sustitutos del objeto de deseo aún manipulables, especímenes literarios que juegan a la ciencia ficción, pero que aludían a una realidad tangible, todavía capaces de “interactuar” en un plano físico con el mundo de fantasías que se desatan  y se anudan en la imaginación de cada cual.

         Pero viene mi hijo, un millenial en toda la extensión de sus habilidades cibernautas, y me cuenta de la modelo digital “Melody”, un diseño 3-D de una chica con estética animé que se presenta, en este mundo en el que usted y yo probablemente seguimos viviendo en la era del fuego y las cavernas, como un personaje de Inteligencia Artificial que fue infectada por un virus porno, convirtiéndola en la primera “Camgirl Hentai” del planeta. Para que entienda usted mi asombro cuando vi a Melody en la pantalla de la computadora: una hentai en general es un tipo de dibujo porno japonés, un cómic o animé con tintes marcadamente eróticos. Ahora bien, ¿recuerda usted a Señorita Cometa, Astroboy o Dragon Ball? Bueno, esos son cómics japoneses digamos de primera y segunda generación. Las hentai son ya un modelo porno especializado, pero la clase “camgirl hentai” pertenece a una generación más avanzada, por la que los usuarios pagan y hacen donaciones generosas para que su creadores sigan perfeccionando la calidad de su imagen y movimientos y sus artes de seducción virtual, y muestre sus encantos en videos porno verdaderamente alucinantes, que conjugan la imaginación y empatía infantil y la sexualidad adulta más explícita pero  también sofisticada. De hecho en su primera transmisión en vivo, Melody dio mucho que hablar: por un lado la comunidad internauta la acogió con aplausos y miles de fans se volcaron ante los encantos de esta primera camgirl virtual. Por el otro, muchas chicas camgirl reales, que se graban a sí mismas en sus casas desde sus celulares, se han quejado de esta batalla desleal pues argumentan que un modelo programado por computadora puede transmitir indefinidamente sin agotarse, ni necesidad alguna de tomar un respiro para descansar, comer o ir al baño…

¿INTELIGENCIA ARTIFICIAL PARA UN DESEO ANIMAL?

En la reciente secuela de Blade Runner se plantea una realidad hipertecnologizada que permite hacernos una idea de la frontera que las “hentai camgirl” están traspasando. Recordemos que la cinta dirigida por Denis Villeneuve nos introduce a un mundo distópico envuelto en tinieblas, donde los androides sexuados son una realidad cotidiana, así como modelos de Inteligencia Artificial que hacen las veces de pareja siempre dispuesta para el consumidor en todos los aspectos menos en el físico. En la cinta la chica llamada Joy, no sólo dialoga y “cena” con su dueño cuando llega del trabajo, sino que leen juntos una novela de Nabokov: Pálido fuego, en un guiño interestelar sobre la vida más allá de la muerte y el juego de mundos con el que al parecer se divierten los dioses.

Una era extraña marcada con el año 2049, en la que los humanos han sido relegados a un papel secundario dentro de su propio mundo, lo cual abre una cuestión interesante de nuestra propia realidad pues los ciclos de decadencia y renacimiento están presentes a lo largo de la historia, pero también hay fronteras físicas para la innovación y el avance, limitaciones tanto de los propios humanos así como de la realidad tangible. La cuestión aquí es la necesidad de la Inteligencia Artificial (IA) para continuar el avance en el campo de las ciencias y la dependencia de robots y tecnología que realiza actividades en un tiempo y calidad muy por encima de las capacidades humanas. El concepto de una IA que venga a resolver las necesidades de las personas no es exclusivo de la ciencia ficción, sino una necesidad real dentro del campo de las ciencias, pero ¿también en el territorio del deseo? 

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Si bien no es una “necesidad primaria” sin duda responde a un mercado tremendamente lucrativo. En años anteriores hemos visto el avance de las muñecas sexuales a niveles extraordinarios (hay ya un modelo que conjunta Inteligencia Artificial llamado “Samantha”, que dialoga y le dice a su dueño si la está acariciando y excitando suficientemente), al alcance de cualquiera que pueda desembolsar unos cuantos miles de dólares para dar un nuevo sentido a la frase “cosificar al objeto del deseo” y llevarlo a otro nivel (claro que es preferible el comercio de estas muñecas a la trata de personas). Películas como Her y Ex Machina han explorado la siguiente fase evolutiva de estas muñecas, es decir, cómo dotarlas de una chispa propia para que sean más que un cascarón vacío o un simple robot, y la modelo digital “Melody” continúa esta tradición y ese reto.

En ese sentido, algo que viene ya marcando pautas son las modelos reales que posan como “camgirls” y edecanes digitales que han hecho trastabillar a clubes de caballeros y table-dance con sus actuaciones en streaming o tiempo real. Se trata de muchachas que, con la cámara de su celular o de su computadora personal, dan shows desde la comodidad de sus casas ante una audiencia mil veces mayor que las presentaciones de antes en centros nocturnos y antros similares, previo pago –una cifra de pocos dólares que cualquiera puede desembolsar pero que se magnifica por el número de usuarios– a sus respectivos portales web.

ENTRE LA INNOVACIÓN Y EL DESASTRE

Y no sólo eso, si uno recuerda a los travestis con cuerpos con implantes, más atractivos que los de muchas mujeres, como los que se veían hasta hace poco en las calles de Viaducto e Insurgentes, que no son para nada una realidad ficticia –aunque haya todavía algunos despistados que son los últimos en enterarse­–, uno podría pensar que no estamos demasiado lejos del mundo de placeres virtuales que propone Blade Runner 2049. ¿Tan rápido se está dando el cambio que simplemente nos despertaremos un día en ese futuro que tantos anhelan y otros muchos temen, un porvenir donde deshumanizar al otro sea la norma incluso más que en las épocas en que la esclavitud era legal?

A este coctel de fantasías y deseos, en el que ya viene incluido el antagonismo entre hombres y mujeres que predomina hoy en día, sumemos la gripa imperial que ha paralizado la economía global para abrir la puerta a una depresión económica potencialmente peor que el desplome de los mercados en la década de los veinte. Una sociedad que enmascara y privilegia la satisfacción inmediata, sin duda está encontrando en los territorios del ciberespacio alternativas para la problemática del deseo insatisfecho que tanto se ha agudizado en nuestros tiempos de ira, mucho ruido y pocas vides y nueces. 

Tal vez se estén priorizando satisfacciones superfluas antes que necesidades básicas, pero ¿quién juzga y quién paga? Pues a fin de cuentas las inversiones no se hacen al azar. Preocupante el camino sobre el filo de la navaja que la humanidad ha transitado desde siempre entre la innovación y el desastre.

Y es que estos tiempos acelerados de cólera e insatisfacción en la era digital nos están conduciendo a un cambio en el paradigma del deseo. Como seres de carne y hueso, con pulsiones de vida y muerte, e instintos animales básicos, a quienes el universo nos entra por la dimensión física de los sentidos y el cuerpo, la desviación hacia paraísos virtuales parece perfilar una poética del deseo que tiene muy poco de plenitud y comunión, y mucho de vacío, alienación y soledad.

@anaclavel99

Con la colaboración de Pablo Lamoyi.

nuevos tiempos

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

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Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

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