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Análisis

El beso en tiempos virales

¿Cómo le harán los besucones y otros necesitados de contacto corporal ahora que no se puede ni abrazar? Besar con imaginación es una opción en la pandemia, escribe ANA CLAVEL.

Por Ana V. Clavel
3 oct 2020

beso
Ilustración: Raquel Moreno.

Para Juan José Millás


EMEEQUIS.– Yo como la Valentina: una pasión me domina y es la que me ha hecho venir… No, más bien una cuestión me desvela y es la que me ha hecho preguntarme cómo se besan los amantes en estos tiempos virales. Ante la posibilidad de contagio es obvio que el beso del amor o la atracción sexual puede volverse el beso de la muerte. A menudo recurre entonces a mi mente el cuadro de Magritte, Los amantes de 1928, donde una pareja con rostros cubiertos por lienzos o paños se besa a pesar de las telas. No lo sé de cierto pero siempre me pareció que el cuadro del pintor belga surrealista por antonomasia, aludía a que en semejante acto amoroso siempre estamos frente a un desconocido, o incluso una persona encubierta. Y por partida doble pues el otro tampoco sabe de nuestra verdadera identidad. Supongo que en cierta medida literal, así debe de ser el beso que se dan dos personas ciegas. Pero también la imagen de Magritte podría sugerir la rareza de cómo nos veríamos besándonos con cubrebocas. 

“El labio de arriba el cielo / y la tierra el otro labio”, escribió el poeta español Miguel Hernández para enmarcar los vastos horizontes de una boca amorosa. Si los besos podían representar una forma del paraíso, ¿cómo sobrevivir a esta expulsión del edén al que nos orilla la pandemia? 

De todas las funciones de la boca, sólo besar es quizá la que más caracteriza al ser humano porque si bien los periquitos australianos, otras aves y algunos mamíferos se prodigan picoretes, ninguna otra especie lo hace con tal delectación y entusiasmo. Vaya que, si de labios acolchonados y mullidos se trata, ideales para esa labor, hay seductoras bocas que hacen ensoñar la imaginación aunque ahora deban guardarse bajo velos y mascarillas. Cuán lejos los récords de besos como en el caso de la pareja tailandesa que en 2012 abatió todos los registros con 50 horas de duración, o el de los artistas Marina Abramović y Ulay en el performance Death self (1977), en el que unían sus labios e inspiraban el aire expelido por el otro, sin respirar por la nariz, hasta caer inconscientes 17 minutos después. 

De ser un acto ritual, social y hasta contestatario, besar se había vuelto además de una afición y un placer, un arte de la sensualidad. Es que el contacto labial involucra una acción nerviosa y química relacionada con la estimulación erógena. ¿Cómo le harán los besucones y otros necesitados de contacto corporal ahora que no se puede ni abrazar?

En sus orígenes evolutivos el beso se asocia a una modalidad de alimentación en varios primates en que la madre masticaba el alimento para depositarlo luego en la boca de la cría. Y si pensamos en el beso succionador que nos alimenta a través del pecho materno, nunca como entonces podremos afirmar que “el amor es hambre”. Ya como gesto amoroso no sólo de índole maternal, tenemos un primer registro literario entre los héroes del Mahabharata, que se daban dulces besos como símbolo de entrega y devoción. Entre los primeros cristianos se acostumbraba el conspiratio: compartir el aliento a través de un beso en la boca, una co-respiración que crea un sentido de entrega y comunidad. Este carácter se fue haciendo tan intrínseco al acto de besar que, por ejemplo, en el “homenatge” a un rey o señor feudal, los caballeros ofrendaban su fidelidad a través de un ósculo, y en las ceremonias de aquelarre de la Edad Media las brujas rendían sumisión al diablo mediante el osculum infame o beso negro, que consistía en besar la otra boca del maligno: su ano. También era costumbre besar las reliquias como signo de reverencia (la Piedra Negra entre los musulmanes), o para atraer la buena suerte (la piedra de Blarney, también llamada la roca de la elocuencia, en Irlanda), pero supongo que ninguna de estas acciones es ya considerada con buenos ojos por las medidas de sanidad actual.

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Heredero del neoplatonismo y del amor cortés, el beso también fue considerado un instrumento de exaltación del alma hacia el empíreo. No es gratuito su simbolismo en los cuentos de hadas en los que un beso es capaz de vencer las fuerzas oscuras de la muerte y el caos para abrir paso a la luz y a una vida verdadera, como en los casos de La bella durmiente y Blanca Nieves.

De hecho, un beso puede implicar todo el paraíso y el éxtasis sin necesidad de otro tipo de intercambio, como cuando Julieta reconoce una vez que Romeo la ha besado: “En mis labios queda la huella de su pecado…” O cuando el poeta Elías Nandino, en su libro Erotismo al rojo blanco, crea una metáfora poderosa para resignificar la fuerza sexual de los labios, cuando dice: 


“Es que hay besos que valen mucho más

que un coito completo;

porque son tan carnales,

de veras,

que nos dejan las bocas

con dolor de caderas…”

 

En los tiempos infecciosos que corren, ¿podrían el cunilinguis, la felatio, el beso negro sustituir en la intimidad los besos que no se pueden dar en los labios superiores? Me temo que tampoco son sucedáneos libres de contagio en la medida en que el COVID 19 se trasmite a través de la saliva, y podría bastar un beso o una succión en las zonas genitales con epitelio encarnado y húmedo para que el bicho del mal caiga sobre nosotros.

¿Hubiera sido diferente el mundo si Jesús nos hubiera conminado con un específico “Besaos los unos a los otros”? Probablemente no pero algo de magia y misterio debe de haber en el beso cuando un poeta como Octavio Paz reconoce: el mundo nace cuando dos se besan”, o al menos eso sucedía antes de la pandemia. En otro mundo que ya me parece el Precámbrico, el beso compartía su placer a quienes lo atestiguaban y hasta una cierta envidia cuando uno contempla hoy imágenes del pasado cuando besarse era tan común como paladear una nieve de limón: lo mismo en un andén del metro que en la famosa fotografía de Robert Doisneau, titulada El beso (1950), donde una pareja parisina se besa ajena al mundo, en medio de la multitud pero a solas con su intimidad y sus deseos. Es que los besos eran contagiosos en un buen sentido y como bien sabía Joaquín Sabina en una canción, su único mal era que creaban adicción. 

Eran otro mundo en el que uno se podía dar el lujo de rechazar besos sin ton ni son, o de ponerse poético y exigente como en este graffiti que alguien escribió en una barda, cuando el paraíso estaba a la vuelta de la esquina: “Bésame sin labios”. Una frase que hoy se antoja profética. Porque en los tiempos actuales y ante este fantasma difuso que se interpone entre nosotros, pareciera que más nos vale encontrar otras formas de interactuar amorosamente con los otros. Y en efecto, besar con imaginación.

 

@anaclavel99




beso

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

beso

Ana V. Clavel

La autora (Ciudad de México, 1961) es narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran cuentos, novelas y ensayos como “Las Violetas son flores del deseo”, “Las ninfas a veces sonríen”, “Territorio Lolita” y, recientemente, “Breve tratado del corazón”.

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