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Análisis

Doce años de narcoestado

ENRIQUE SERNA escribe sobre la detención de Salvador Cienfuegos y el periodo entre 2006 y 2018. “Doce años de grotesca simulación en que los mandos superiores de la policía federal y el ejército sirvieron a las organizaciones hegemónicas del crimen organizado”.

Por Enrique Serna
19 oct 2020

SERNA
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– La detención del general Salvador Cienfuegos en Los Angeles confirma, por si alguien lo dudaba, que la frontera entre el crimen organizado y los guardianes del orden público se difuminó por completo entre 2006 y 2018, la época más cruenta de nuestra historia después de la Revolución. Según las acusaciones de la DEA, Cienfuegos fue el principal encubridor del narco en México durante el sexenio de Peña Nieto, la misma función que desempeñó Genaro García Luna en el gobierno de Calderón. Durante doce años, la Secretaría de la Seguridad Pública y la Sedena estuvieron en manos de traidores a quienes los presidentes Calderón y Peña Nieto solaparon por codicia o ineptitud. Doce años de grotesca simulación en que los mandos superiores de la policía federal y el ejército sirvieron a las organizaciones hegemónicas del crimen organizado, mientras combatían a los cárteles con menor poder adquisitivo. Doce años de perseguir a los adversarios de sus patrones, que a su vez compraban a otros mandos militares o policiacos, de modo que la guerra entre carteles también era, y sigue siendo, una guerra intestina en las cañerías del estado.

En la época dorada del antiguo régimen, cuando gobernaba una mafia disciplinada y compacta, que otorgaba concesiones monopólicas al narco en distintos estados de la frontera, la competencia entre grupos delictivos estaba reducida al mínimo, pues el árbitro del negocio podía someter fácilmente a los delincuentes advenedizos. Ese modelo de complicidad se comenzó a resquebrajar desde los años 70, pero a partir del 2000, cuando la alternancia en el poder instauró un verdadero federalismo, que libró de ataduras a muchos gobernadores corruptos, el crimen organizado entró en una fase de expansión anárquica, pues ahora un capo local podía comprar a la policía de su estado y al comandante de la zona militar donde operaba. Una vez apoderado de la región, extendía su campo de acción al secuestro y la extorsión de comerciantes, para ordeñar mejor a la gallina de los huevos de oro. Mientras tanto la autoridad federal, nostálgica de la época en que regulaba el narcotráfico, pretendía controlar el avispero a la antigua, suprimiendo la competencia en beneficio de sus socios, los avispones más gordos.  

Hablo en pasado de esa docena trágica, pero la pesadilla continúa y nadie puede asegurar que vendrán tiempos mejores, porque hasta el momento López Obrador no ha logrado pacificar el país, ni la nueva Fiscalía General de la República parece tener capacidad ejecutiva o voluntad política para enjuiciar a los expresidentes: de lo contrario ya les hubiera abierto procesos, sin necesidad de una consulta popular electorera que sólo retrasa y entorpece la acción legal en su contra. Los grandes golpes a la corrupción institucional del pasado reciente vienen de Estados Unidos, porque nuestro sistema de justicia sigue teniendo precio. El ex director de Pemex confesó haberse quedado con un millón y medio de dólares del soborno de Odebretch y ni siquiera pisó la cárcel. Aunque Peña Nieto consintió los latrocinios de Rosario Robles, Lozoya y el general Cienfuegos, todavía no hay elementos para procesarlo. ¿Espera Gertz Manero que el Departamento de Justicia yanqui también le haga esa chamba?  ¿Qué amuleto protege al expresidente?  ¿Su videoteca, de la que ya nos dio una probadita con el golpe mediático a Pío López Obrador?  Si AMLO deja impune al rey de las ratas, podría pasar a la historia como un encubridor de la corrupción. 

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El arresto de Cienfuegos debería reavivar también la presión ciudadana para que el gobierno legalice todas las drogas, no sólo la marihuana. El congreso metió a la congeladora una tímida iniciativa que busca reglamentar la venta de marihuana para uso medicinal y la Secretaría de Salud ha lanzado una tupida campaña de spots contra las adicciones.  Como todos los conservadores, López Obrador se niega a conceder a los adultos el derecho de intoxicarse como les venga en gana, mientras no afecten a terceros. Pero la criminalidad asociada con la venta clandestina de drogas es una consecuencia de su prohibición, no de la incapacidad humana para lidiar con la realidad. 

El narco ya sobornó a un secretario de la Defensa y tal vez haya renovado su alianza con un ejército mimado y robustecido por el militarismo retrógrada de López Obrador. Es urgente quitarle fuentes de ingresos para evitar que los sucesores de Cisneros y García Luna sigan usufructuando la selectiva y tramposa guerra contra las drogas. Por haber padecido el narcoterror más que ningún otro pueblo, tenemos el derecho de innovar en esta materia. 

El gobierno de Estados Unidos se opone a legalizar las drogas, pero ya es hora de que el supremo caudillo, tan valeroso para insultar a científicos, intelectuales y periodistas, se faje los pantalones contra un enemigo de su tamaño.

 



SERNA

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

SERNA

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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