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Análisis

Canonización de Cuauhtémoc

Cuando le quemaban los pies, Cuauhtémoc dijo: “¿Acaso estoy en un lecho de rosas?”. ENRIQUE SERNA escribe al respecto: “Sin una buena dosis de literatura, la historia sería un terreno baldío”.

Por Enrique Serna
15 feb 2021

CUAUHTÉMOC
Ilustración: Raquel Moreno.

EMEEQUIS.– Admiro a Cuauhtémoc desde que mi maestra de cuarto grado me narró su heroica resistencia cuando lo españoles le quemaron los pies con aceite hirviendo por negarse a revelar dónde estaba el tesoro imperial. Según la leyenda, cuando Tetlepanquétzal, su compañero de tortura, lo volteó a ver con una mirada lastimera, implorándole permiso para soltar la sopa, Cuauhtémoc le respondió con estoica ironía: “¿Acaso estoy en un lecho de rosas?”. Las frases célebres tienen un alto valor nemotécnico, y  la de Cuauhtémoc quedó grabada con letras de oro en mi memoria infantil, junto con otros dos ejemplos de elocuencia en momentos críticos de nuestra historia: la respuesta de Pedro María Anaya al general Twiggs, cuando le preguntó dónde estaban las municiones escondidas en el convento de Churubusco: “si hubiera parque no estaría usted aquí”, y la salvadora frase de Guillermo Prieto cuando un piquete de soldados conservadores quiso matar a Benito Juárez en Guadalajara: “Los valientes no asesinan”.

Ahora sé, como cualquier aficionado a la historia, que Cuauhtémoc no dijo en el tormento una frase tan sublime. Según La conquista de México de Antonio López de Gómara, la única fuente más o menos fidedigna sobre este episodio, su respuesta al señor de Tacuba fue: “¿Estoy en algún deleite o baño?”. El significado de la frase no cambia, pero su efecto irónico se debilita, y quizá por eso, Eligio Ancona la retocó en Los mártires del Anáhuacla novela histórica de donde proviene la leyenda que me narró mi maestra. No culpo a Ancona por enmendarle la plana a López de Gómara, pues en el siglo XIX, cuando los escritores liberales forjaron nuestra historia de bronce, cualquier recurso era válido con tal de apuntalar un patriotismo frágil.  

Durante más de un siglo su versión del martirio de Cuauhtémoc gozó de enorme popularidad, y como las efemérides sirven para actualizar el pasado, la del quinto centenario de la conquista no sólo debería incitarnos a desterrar mitos, sino a descubrir cómo se forjaron las leyendas que nos dieron patria, pues sin una buena dosis de literatura, la historia sería un terreno baldío. Que tire la primera piedra quien no prefiera sustituir una verdad insípida por una falsificación aderezada con imaginación y donaire. 

Como las leyendas religiosas suelen traslaparse con las profanas, la de Cuauhtémoc en la versión de Ancona probablemente sea eco de una leyenda medieval, el martirio de San Tiburcio. Obligado a caminar sobre brasas por no querer abjurar de su fe, según cuenta Santiago de la Vorágine en La leyenda dorada, “Tiburcio se paseó sobre las ascuas todo el tiempo que sus verdugos quisieron, y mientras daba esos paseos, yendo y viniendo sobre el fuego, decía: ‘Paréceme que estoy caminando sobre una alfombra de rosas”.  

Ancona cometió al parecer un plagio patriótico, pero la cadena de invenciones había comenzado muchos siglos atrás. Quizá los informantes de López de Gómara, un amigo de Cortés que nunca vino a México, tuvieron en mente los martirios de santos cuando le narraron el de Cuauhtémoc. De hecho, en esa época las vidas de santos estaban más vigentes y eran mejor conocidas que en el siglo XIX. Tiburcio no fue el único santo que pronunció frases irónicas bajo tortura. Muchos otros mártires de la cristiandad se ufanaron así de que Dios los inmunizaba contra el dolor. Aunque resultara un tanto blasfemo canonizar a un adorador de Huitzilpochtli, el martirio de Cuauhtémoc se prestaba de maravilla para ponerle una aureola de santidad, reciclando algunos elementos de las hagiografías medievales. 

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Al comparar La piedad de Miguel Angel con el monumento funerario de Juárez en el panteón de San Fernando, Rebeca Villalobos Alvarez sostiene con buenos argumentos que los liberales expropiaron la iconografía cristiana para crear la religión de la patria (véase El culto a JuárezGrano de sal, 2020). En el terreno de los símbolos nunca hubo una completa separación entre la Iglesia y el Estado, pues las imágenes y las vidas de santos tenían un fuerte arraigo en la sensibilidad popular que los ideólogos liberales no podían desaprovechar.  Pese a los esfuerzos de Santiago de la Vorágine por inaugurar el rigor historiográfico en la Edad Media, la crónica del martirio de San Tiburcio pertenece por derecho propio a la literatura fantástica, de modo que Ancona, en este caso, se fusiló una de las viejas supercherías que los liberales abominaban de dientes para afuera. La veracidad intransigente yace en los archivos cubierta de telarañas, sólo las ficciones persuaden y conmueven a los lectores. Ni Cuauhtémoc ni San Tiburcio invocaron un lecho o una alfombra de rosas mientras les chamuscaban los pies, pero las dos religiones a las que pertenecen, el cristianismo y el patriotismo, se valieron de la misma ironía para convertirlos en objetos de culto.  

 


CUAUHTÉMOC

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

CUAUHTÉMOC

Enrique Serna

El autor (Ciudad de México, 1959) es novelista, cuentista, ensayista, guionista y biógrafo. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio de Narrativa Antonin Artaud. Acaba de publicar “El vendedor de silencio”, novela sobre el periodista Carlos Denegri. (Alfaguara, 2019).

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