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Los niños le gritan a la televisión. Así va el fracaso de Aprende en Casa

Más allá de los retos tecnológicos que supone la estrategia de Esteban Moctezuma, está el otro tema: la calidad de la educación. Millones de pesos en un plan que no tiene fondo ni forma: en 15 años pagaremos las consecuencias, advierten especialistas.

Por Alejandra Crail
12 feb 2021

SEP
Esteban Moctezuma durante una conferencia con López Obrador en Palacio Nacional. Foto: Andrea Murcia / Cuartoscuro.com.

EMEEQUIS.– Alumnos que deben calcular cuántas personas se contagiarán luego de que un virus peligroso surge en un laboratorio. La explicación de una raíz cuadrada que hace cabecear a un adulto de 30 años. La historia de un papel que se intenta doblar 103 veces y termina en una conversación difícil de seguir con un astrónomo. No es ficción. Es Aprende en Casa.

He vuelto a la escuela. Estoy sentada frente al televisor de mi casa, como los más de 30 millones de estudiantes de educación básica y media superior que intentan aprender por medio de la TV, desde que el gobierno mexicano suspendió clases presenciales tras la llegada de la Covid-19.

La Dra. Ana Razo, profesora investigadora del Programa Interdisciplinario sobre Política y Prácticas Educativas (PIPE-CIDE), hace lo mismo. Mira clases de preescolar, primaria, secundaria y algunas de bachillerato, para darnos una idea de la calidad de la educación que están recibiendo los niños y adolescentes mexicanos en pandemia, a través de la estrategia que instauró Esteban Moctezuma Barragán, secretario de Educación.  




Se llama Aprende en Casa, pero –según me han dicho varios padres de familia– los niños no aprenden en casa, al menos no por medio de este proyecto en el que el gobierno ha invertido millones y millones de pesos a lo largo de un año. 

Sólo por proyección, la Secretaría de Gobernación de Olga Sánchez Cordero pagó 450 millones de pesos que se repartieron entre Televisa, TV Azteca, Cadena Tres I y Multimedios. 

Y aunque el gobierno no ha hecho públicos todos los contratos, una revisión de la base de datos de Compranet hecha por esta revista digital arrojó que la SEP contrató, al menos, a la empresa Manatie Prod, S.A. de C.V. –productora que presume haber realizado telenovelas, noticieros, campañas publicitarias, reality shows, series y documentales– por casi 97 millones de pesos para elaborar el material audiovisual a Aprende En Casa II, así como a Sinergia Consultoría de Negocios, S.A. de C.V. que obtuvo 30 millones de pesos.  

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México apostó por una estrategia a distancia porque, a diferencia de otros países, donde ya hubo vueltas a clase intermitentes –como en Francia, España, Reino Unido e incluso Cuba, Nicaragua, Uruguay y Camboya, El Congo, Ghana, entre otros–, la educación no es considerada una actividad esencial.  




Algunos de los contratos de Aprende en Casa. 


ABONANDO A LA DESIGUALDAD

Llevo las de ganar. De inicio, formo parte de la previsión del gobierno mexicano, encabezado por Andrés Manuel López Obrador: tengo televisión e Internet.  

Aunque el gobierno confió en que la mayoría de la población tiene acceso a este aparato y a la red, la ecuación no es tan efectiva: en los hogares más pobres el 17% carece de una TV, según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Usos de Tecnologías de la Información en los Hogares (Enduthi, 2019). Unos cuantos millones más la tienen, pero sin señal. En suma, el 30% de los mexicanos –casi 38 millones de personas– no cuentan con Internet.

Además de las cuestiones técnicas, que chocan con la realidad de miles de familias que viven la brecha de desigualdad, está lo otro, enmarcado en el artículo tercero de la Constitución: el derecho a una educación de calidad. Una educación que, previo a Covid, no cumplía, en muchos casos, con los estándares mínimos. 

En la última prueba PISA (2018) –el examen estandarizado a nivel internacional que analiza los sistemas educativos de cada país–, la evaluación a estudiantes de 15 años arrojó resultados alarmantes para México: el 35% no tiene un nivel mínimo de competencia en lectura, matemáticas y ciencias; en contraste, sólo el 1% tiene un desempeño en los niveles de competencia internacional más altos. 

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Mirar Aprende En Casa, me dice días después la Dra. Razo, es ver el futuro: una caída en los niveles –ya precarios– de preparación de niñas, niños y adolescentes, que abrirá, además, la brecha de género. No es cosa menor, la educación es un derecho llave que da pie a otros, como al de una vida digna, al de la salud, al de un trabajo justo en la vida adulta. 

No hay mejor inversión que en una educación de calidad, si se quiere que una sociedad progrese, pero en pandemia, lejos de corregir los errores de las clases presenciales, se trajeron a un medio más desafiante y desigual. 

“Aquí tenemos cápsulas informativas que no se sustentan en despertar el interés por aprender, y si esta no es la misión, todo lo demás está construido en el aire, se derrumba”, dice la especialista que lleva analizando el desarrollo de las clases en las aulas desde 2013. 

Tanto Moctezuma Barragán como el gobierno mexicano se olvidaron de poner en el centro de la estrategia educativa a los niños y jóvenes y su derecho a aprender. 


Clases de matemáticas mediante el programa Aprende en Casa. Foto: Cuartoscuro.com.


VOLVER A PREESCOLAR

Es martes por la mañana y en unos minutos comenzará mi clase de “pensamiento matemático” de tercero de preescolar. Me pregunto cómo se enseña a través de una pantalla a un niño cuya edad le demanda jugar, moverse, experimentar. 

Conozco a los primeros rostros de la estrategia. Una carismática conductora llamada Zohar, un ajolote colorido de nombre Ajolisto y una maestra en educación preescolar, Itzayana Oropeza.

Nos muestran un problema: Itza necesita calendarizar sus actividades del mes, pide ayuda y arma un calendario con las actividades: cumpleaños, riego de plantas, clase de canto. De pronto, estamos conociendo los pasos para hacer un pastel. Pero lo único que me ha hecho pensar en matemáticas son los números que indican los días del mes. Ningún reto. Ningún interés. 

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“Pensamos que el desarrollo matemático ocurre sólo por la presencia de un número. Es equivocado. El pensamiento matemático tiene que ver con la relación que hacemos entre los números, proporciones, incluso en preescolar. Aquí no hay pensamiento matemático”, detalla la Dra. Razo.

La clase de español, llamada “lengua materna”, no es muy diferente. Veo con frustración a Zohar pintar un pez de cartón junto con la maestra, cuatro largos minutos viendo a otros hacer cosas en silencio que quisiera hacer yo. 

La Dra. Razo me explica que el centro de la enseñanza es pensar qué hace el estudiante mientras ve lo que hace el maestro. Y notamos que aquí, en preescolar –y se repetirá en todos los grados– los estudiantes no somos más que simples observadores pasivos. Aquí no hay desafíos cognitivos y, por ende, nada que despierte nuestra curiosidad, esa semilla que nos lleva a querer aprender cosas. 

Preescolar, detalla la especialista, es una etapa de desarrollo del lenguaje. Las y los niños necesitan escuchar la voz de los adultos narrando lo que hacen y lo que ven para poder incluirlos a su propio proceso, pero aquí no lo hay. No sabemos qué hacen con el pez de cartón porque no nos lo dicen, tampoco cómo crearon unas obras de arte con cajas. No sabemos nada. Sólo vemos. 

“Eso nunca podrá ser considerado aprendizaje centrado en niñas y niños”.

Lilí es una pequeña que cursa este grado y, a decir de Rosa, su mamá, fuera de Ajolisto –uno de los aciertos de la programación, según la Dra. Razo– las cápsulas le aburren y, sobre todo, le frustran. Rosa batalla con llantos incontrolables de una pequeña que quiere hacer las actividades, pero no alcanza a seguir a las conductoras ni tiene el material. 

Lo que se instaura en estos programas establece una dinámica familiar desafiante. “Hay una frustración doble: primero, tener el material; segundo, lograr el objetivo de un producto hecho claramente por un adulto. Los niños terminan pensando que no pertenecen a la actividad mandatada”.

GRITARLE AL TELEVISOR 



 Los videos, en muchos casos, diluyen la motivación por aprender.


Estoy en tercer grado de primaria, nos explican cómo se lee una gráfica de barras. El conductor es Erick Tejeda y el profesor se llama Eduardo Bacasegua. El Profe tiene un buen dominio de la información, pero el conductor es un compañero de clase que no aporta mucho. 

De pronto, nos presentan una gráfica de los embarques de vacunas que han llegado al país, el conductor nos dice que aún tenemos la esperanza de volver al mundo de antes… pero además, sugiere tener una gráfica sobre la efectividad de las vacunas. Así sin más.

Me adelanto unos años y voy a tomar otra clase de matemáticas, pero de sexto grado. El tema es descuentos e impuestos, pero una vez más, somos espectadores. La maestra Gaby Silva explica detalladamente cómo sacar los porcentajes de una cifra, pero el tiempo no alcanza para seguirle, además, aparecen videos que rompen con el ritmo. Una voz dice: “Dije que haríamos primero el decimal, pero haremos primero la fracción”. Luego: “Primero hagamos el decimal porque dije que era lo que haríamos”. No hay claridad. Nos hablan de sacar el IVA, pero no dicen qué es el IVA, para qué sirve ni por qué hay que quitárselo al precio de una bicicleta. 

En segundo de secundaria, me enfrento a la raíz cuadrada, pero no lo logro. Cabeceo entre la explicación. Me pierdo en sus voces. Tengo preguntas, pero aquí no están permitidas.  

Para tercero de secundaria, la receta no cambia mucho más. Malos videos, ejercicios insensibles, como aquel que nos invita a calcular cuántas personas se contagiarán en 9 horas con 15 minutos luego de que tres científicos experimentaran con un virus altamente contagioso. “¿Es en serio?”, pregunto en voz alta y, por supuesto, nadie responde. Me siento frustrada y un poco ansiosa. 

La crítica es que en la enseñanza no se puede obviar el contexto y en una situación como la actual, hay que privilegiar la salud mental y emocional de niñas y niños y no sobreexponerlos a información que pueda aumentar su estrés y ansiedad, explica Razo.

Pienso en Sofía, de ocho años, alumna de segundo de primaria, que solía ir a una escuela en Nezahualcóyotl, Estado de México, y en la imagen que me narra su mamá: ella, frente al televisor gritando “¡No te entiendo!”. Luego el tic que le comenzó en el ojo derecho y el movimiento de su mano hacia atrás que se acrecentaban cuando tenía que ver estos programas y enfrentarse a la tarea sola. La pequeña tenía niveles de estrés altísimos por la falta de interacción en su proceso de aprendizaje, estuvo a punto de tener una parálisis facial. Su mamá suspendió Aprende en Casa. 

En la clase de Español para sexto, leímos a Julio Cortázar y las Instrucciones para subir una escalera. A Razo le emocionó que hubiera una lectura que se pudiera seguir a distancia y que estuviera relacionada con la clase: los instructivos. 

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La Dra. Razo dice que, a diferencia de preescolar, aquí los maestros tienen mayor dominio de los temas, hay objetivos claros y en su mayoría se cumplen, pero los acompañantes no terminan por abonar. Los videos, considera, diluyen la motivación por aprender. Pero no todo está perdido. Las maestras de sexto de primaria, por ejemplo, tienen un objetivo claro al momento de transmitir los aprendizajes y suplen las carencias que vienen de sus co-conductoras, explicando a detalle información que la contraparte da por hecho y dando así oportunidad al estudiantado de entender qué es lo que se está observando y, sobre todo, cuál es la intención. 

Hay problemas técnicos notorios. Se notan productos hechos por distintas manos con objetivos poco claros entre sí, o bien, sin objetivo alguno. En suma, una parte fundamental, el recuadro con el lenguaje de señas, parece no tener un lugar, las tomas se hicieron sin considerar que esa información es valiosa y que debe coexistir con el resto. 

EL TERROR DE BACHILLERATO

Cuando la Dra. Ana Razo vio las clases de bachillerato, me confesó, no durmió esa noche. 

Describir lo que ocurrió en la media hora de cada video es complejo, porque no hay principio ni fin, ni forma ni fondo. 

Dos conductores jóvenes están en el Museo de Antropología intentando doblar una hoja de papel 103 veces, no tenemos idea para qué. Descubrimos que es una tarea imposible. De ahí nos llevan a hablar con un señor que edita libros y nos habla del grosor de las hojas, tampoco sabemos para qué. Por último, terminamos con un astrónomo que nos habla de los años luz… No sé qué es lo que vimos. 

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La clase de comunicación no es mejor. Es rarísima. Un video con el sonido musical altísimo y la voz imperceptible nos muestra frases sobre el tiempo, caras de filósofos famosos y frases. No sé qué ocurrió. Inmediatamente, personas dan su testimonio sobre cómo sobrellevan la pandemia, un hombre me sume en una profunda tristeza sólo de ver su semblante. Terminamos con una conversación con un letrado filósofo cuyo nombre olvidé, igual que el del conductor, que nos habla sobre las paradojas y el tiempo. Y mi única pregunta es, ¿en dónde está el tiempo que perdí aquí?. 


Un niño toma clases a distancia en un local de la Central de Abastos en CDMX. Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro.com


Como en preescolar, en bachillerato las alarmas de la especialista se encienden. “La deserción escolar es altísima en este nivel y siempre culpamos a los jóvenes, pero nunca nos preguntamos por qué dejan la escuela”. 

Al no tenerlos al centro de la estrategia y no fomentar su interés por aprender, los alejamos del sistema educativo, explica: les hacemos creer que no sirven para la escuela o que de la escuela no sacan nada interesante. “No es culpa de ellos, es culpa de cómo está construida la estrategia”.  

En suma, la deserción escolar se ha agravado con la pandemia, aún no sabemos a qué nivel, porque la SEP no ha hecho públicos los datos estadísticos más recientes, pero también se estima catastrófico. 

“Como sociedad vamos a pagar muy caro que la escuela deje de ser el lugar divertido, seguro, amable, que nos ofrezca un futuro. Es muy triste, sobre todo con este tipo de intervenciones en las que asumimos al otro como un observador pasivo de toda la acción”.

El Centro de Opinión Pública de la UVM encontró por medio de una encuesta que, aunque la mayoría de la ciudadanía considera que es preferible tener este modelo de aprendizaje a no tener ninguno, 52% indica que no es posible medir los avances o progresos de los estudiantes que han tomado estas lecciones y 31% desconoce si los niños serán evaluados. 

Casi la totalidad de los encuestados dijo que el regreso a clases traerá alumnos con desventajas y que aumentará el abandono escolar en niveles más básicos como primaria y secundaria. Sólo el 21% considera que no debe haber un repaso de lo que se ha intentado enseñar a través de la televisión. 

Mientras tanto, vemos el futuro. Lo que sembramos hoy, cómo educamos hoy –vaticina Razo– lo vamos a ver reflejado en 15 años, en las próximas pruebas que nos revelen los errores que no corregimos y llevamos a Aprende en Casa y que, probablemente perduren porque tampoco queda claro si hay un interés por resarcir las fallas para la vuelta a las aulas. 

“La función de la escuela no es transmitir información, sino sembrar el interés genuino y personal por aprender, cuando esa semilla llega, nada te lo puede quitar. Lo que vemos en intervenciones como estas no está abonando. Aquí se confunde dar información, con aprender. Esto no es aprendizaje”.

 

 @AleCrail




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