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EMEEQUIS.– A la Avenida Insurgentes de la Ciudad de México le nacieron un par de pequeños riachuelos, estrechos caminos pegados a la banqueta, de un lado y del otro de la avenida icónica que une el norte con el sur de la ciudad más poblada de América Latina. Apenas unas líneas color naranja y un par de letreros que gritan “Sólo bicis” señalan sus contornos.

 Doce kilómetros redondos. Nace y muere en la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma, da la vuelta en Río Churubusco –ese que sí era un río, pero que en los años 60 se decidió que era mejor echarle concreto encima. Todo sobre una línea perfecta que, en ese último punto al sur, divide a la colonia Insurgentes Mixcoac de la Actipan y por la que uno puede andar en una o en otra, según el sentido de la circulación por el que tome el riachuelo.

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Los riachuelos surgieron el mismo día que en México se declaró el inicio de la “nueva normalidad”, el también nacimiento de una vida antes desconocida en todo el país, tan desconocida como la ciclovía emergente que se estableció por primera vez en la larga historia de esta larga avenida –mide casi 30 kilómetros de largo– para tratar de reducir los contagios por Covid-19 en el transporte público. 

Una alternativa útil para los que el 1 de junio reactivaron sus actividades y que saben que la sana distancia en una urbe como esta es imposible cuando se trata de movilidad. 


La nueva ciclovía de Insurgentes mide 12 kilómetros.


Así comenzó un nuevo flujo en ese espacio que antes era mayoritariamente utilizado por automovilistas que renegaban de cualquier otro usuario que no tuviera consigo un motor. Cinco, 14, 20, 50 ciclistas. Poco a poco, armados con cascos, cubrebocas y caretas, montados en esos caballos de dos ruedas fueron cubriendo los riachuelos. 

Rosy Díaz y Diego Uriel, emprendedores mexicanos, los fueron contando con el paso de los días. Ellos también llegaron con los riachuelos para ofrecer servicios mecánicos gratuitos en el camellón de Álvaro Obregón y también sus productos para ciclistas bajo la marca ID BOSS.

“Ha ido creciendo bastante el número de usuarios. Hubo una reducción con las manifestaciones del 5 junio y del fin de semana, pero ya está volviendo el flujo. Sí era necesario el espacio”, cuenta Rosy, quien agregó a sus ventas diseños propios de cubrebocas, especiales para usuarios de la bici.

Esa ciclovía emergente es un parteaguas, un antes y un después de la movilidad capitalina que surgió junto con la pandemia. 

“Con el coronavirus llegó una oportunidad dorada para los ciclistas”, dice Areli Carreón, alcaldesa de la Bicicleta en CDMX y miembro fundador de la asociación Bicitekas. La oportunidad es que todas y todos aquellos que no se habían subido a la bicicleta por miedo, por falta de infraestructura, hoy lo hagan. 

“La gente usa la bici por diversas razones: economía, recreación, salud, conciencia ambiental. No es así cuando les preguntas por qué no lo hacen, sólo hay dos principales barreras: dicen que no hay infraestructura adecuada o que tienen miedo de que les maten, que les cueste la vida andar en bici”. 

LA NUEVA NORMALIDAD VIAJA EN DOS RUEDAS

La nueva normalidad no sólo trajo consigo la ciclovía en Insurgentes. En total, la Secretaría de Movilidad de la CDMX plantea un total 54 kilómetros de ciclovías paralelas al Metro, Metrobús y otros medios de transporte de la CDMX. Se prevé que 23 mil ciclistas recorran estos espacios cada día.

La primera etapa son los 12 kilómetros de Álvaro Obregón a Río Churubusco y otros 14 kilómetros de la estación Parque Lira a la estación Rojo Gómez, en sincronía con la Línea 2 del Metrobús. Mientras que, en cuando el semáforo epidemiológico transite de rojo a naranja, se ampliará la ciclovía de Insurgentes a un total de 40 kilómetros, desde San Simón hasta Villa Olímpica, de norte a sur. 

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Lo mismo se está replicando en otros lugares del país. Pablo Lemus, el alcalde de Zapopan, Jalisco, anunció tres ciclovías que en conjunto suman 15.3 kilómetros para conectar este municipio con Guadalajara.

En Puebla, el ayuntamiento habilitó 26 kilómetros de ciclovías emergentes, pues según dijo la presidenta municipal, en esa zona cada día se registran 67 mil desplazamientos en bicicleta: 2% de los viajes diarios en la capital.

En Monterrey, Nuevo León, la asociación Pueblo Bicicletero inició una recolección de firmas para solicitar al municipio se implementen ciclovías emergentes.

También ocurre en otras partes del mundo. En Quito, Ecuador, como método para agilizar el tránsito, evitar contagios y reactivar la economía, se abrió la primera “vía alterna de circulación sin motor” de 4.5 kilómetros, que se suman a 70 ya existentes. 

En Berlín, Alemania, también se inició una reconfiguración del espacio público para priorizar a sus ciclistas, ya de por sí numerosos. Milán, Italia, apuesta por 35 kilómetros nuevos. En Lima, Perú, también se busca descongestionar el transporte masivo. 

La bicicleta se ha convertido en una actividad prioritaria en el mundo, en la Ciudad de México, incluso, su venta se incluyó en la lista de actividades esenciales, junto con la minería, construcción, fabricación de vehículos y elaboración de cervezas. 


La bicicleta, dice Areli Carreón, vuelve más fuerte que nunca en medio de la pandemia.


LA BICICLETA COMO MOTOR ECONÓMICO

La ciudad en bici huele a cañería, a pan recién horneado, papas fritas y carne quemada, también a un árbol al que le han cortado las ramas y al anuncio de la lluvia que dan las nubes negras que nos observan por encima de nuestras cabezas. 

La ciudad en bici se siente fresca, el aire se le estrella a uno en la cara, pero no de forma violenta, más bien como caricia que se cuela entre el casco y el cubrebocas, como una forma de retomar el aliento cuando ese pedazo de tela que hoy en día sólo nos deja conocer al otro por lo que dicen sus ojos, encapsula la respiración. 

Desde la bici se observa. Se observa que el metrobús, pese a ser pasadas las 18 horas, aún no escupe gente; que los vendedores ambulantes diversificaron sus negocios y todos han incluido entre su productos caretas y cubrebocas de diseños diversos –los hay tejidos, graciosos y sobrios; que la Chilanguita está clausurada y, como símbolo del abandono de más de tres meses de pandemia, la cubrieron de grafitis, lo mismo que al VIPS que está por el Parque Hundido; que a la altura de la Roma hay muchos departamentos en renta, uno de ellos con un ventanal gigante que, de mirar al frente desde dentro, se podría ver lo que pasa dentro de la sex shop del edificio al otro lado de la calle. 

La bicicleta, escribió Valeria Luiselli en su libro Papeles Falsos, “está a medio camino entre el automóvil y el zapato”, entre otras cosas porque –parafraseando– el peatón “no puede contemplar más que lo que tiene inmediatamente frente a él”, porque los que viajan en el transporte público “están restringidos a sesenta centímetros cuadrados de intimidad y pocos metros más de horizonte visual” y porque el automovilista “no escucha ni huele ni mira lo que realmente está en la ciudad”. 

La bicicleta permite al que la usa mirar las ofertas en los restaurantes, los dos por uno en alitas, cervezas y comidas corridas, que en los aparadores de las tiendas de ropa en la Plaza Manacar los maniquíes visten aún prendas de la temporada pasada, que los Rappis y los Ubereats han sostenido, a base de dos ruedas, la economía de muchos negocios que han resistido a la crisis. 

La bicicleta, dice Areli Carreón, vuelve más fuerte que nunca en medio de la pandemia. No sólo porque ayuda a quien la usa a mejorar su salud a base de ejercicio –tan importante en un país donde la diabetes mata a 214 personas diariamente y la obesidad a tres cada día–, porque permite la sana distancia y reduce la posibilidad de contagiarse en el transporte público, sino porque también ayuda a reactivar la economía. 

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En el estudio Bueno para los negocios, se concluye: “Caminar y andar en bicicleta son esenciales para una estrategia de revitalización exitosa. No es exagerado afirmar que condiciones de alta calidad para peatones y ciclistas son de vital importancia para el éxito en centros de actividad comercial y de negocios”.

Andar en bici en un espacio seguro, explica Carreón, permite que el usuario pueda detenerse con facilidad en un negocio que llame su atención, que pueda notar sitios de su interés en su camino cotidiano y, por ende, se convierte así en un potencial cliente. 

Hace referencia a lo que ha ocurrido en Paseo de la Reforma con el paseo dominical, en el que se cierra la vía para que sea de uso exclusivo de ciclistas. “Los usuarios paran en sus recorridos para consumir en los negocios, el paseo le ha dado un nuevo valor económico a la zona. 

“En estos momentos, una de las prioridades para el bien de todos es la reactivación de la economía, sobre todo de los pequeños y medianos negocios. Contrario a lo que piensan muchos locatarios de que una ciclovía aleja clientes porque los automovilistas no tienen en donde estacionarse, la infraestructura ciclista acerca a potenciales consumidores”, detalla.

EL MIEDO, ALIADO DEL CAMBIO EN LA MOVILIDAD

Daniel, de 33 años, salió a probar la ciclovía emergente como parte de un experimento que le llevó a concluir que sí, que en cuanto den la orden de volver a la oficina, podrá hacerlo en bicicleta. 

“Es más saludable y más rápido en una ciudad como esta, aunque me sigue preocupando la seguridad y que los automovilistas no nos respeten o sean agresivos, me da más miedo contagiarme”, detalla.

Junto a él circulan un par de chicas en ropa deportiva; antes del Covid-19 era imposible usar de forma recreativa la Avenida Insurgentes. También lo hacen los Rappis y Uberats con sus caparazones gigantes en la espalda. Uno que otro ciclista profesional, con bicis de montaña y uniforme de carrera. Y las y los oficinistas que, en ropa formal, van de norte a sur o de sur a norte por toda la ciudad. 

En su camino se sorprende que un taxista le dé el paso, también descubrir que puede andar por esa avenida sin miedo a que le echen el coche encima. Se plantea visitar a sus padres, que viven muy al sur de la ciudad, en Coapa, cruzando todo Insurgentes cuando el semáforo cambie a naranja. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dicho que “en tiempos de Covid-19, el uso de la bicicleta es un imperativo para mantenernos sanos y saludables” sobre todo ante la necesidad que gran parte de la población tiene de seguir en movimiento. “Se debe considerar utilizar la bicicleta o ir caminando, algo que contribuye a mantener la distancia de seguridad y a realizar el ejercicio físico que estos días no hemos podido practicar debido al teletrabajo o a la restricción de actividades deportivas o recreativas".

El miedo al contagio, reconoce Carreón, se ha vuelto el motor del cambio en la movilidad. “Por eso digo que estamos ante una oportunidad de oro, quizá de las pocas cosas buenas que puede dejar el Covid: movernos de forma saludable, cuidando el ambiente, sin riesgos y, sobre todo, infraestructura para mantenernos seguros”.

 

@AleCrail

 


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