Archivo de la categoría ‘Desde este oscuro rincón’

Infidelidades públicas

Lunes, Abril 21st, 2008

El fenómeno público se caracteriza por un sinnúmero de factores negativos, perennes y endémicos. Su presencia día tras día ha hecho de éste, un mundo de códigos particulares, más asociados con los esquemas tradicionales de familia que de aquellos relacionados con la calidad en los servicios prestados a la ciudadanía.

La fidelidad y la traición en el servicio público se ejercen en paneles traslúcidos y, por lo tanto, peligrosos. Los pleitos de familia en los que el sentido de pertenencia juega un papel fundamental se trasladan nocivamente a una arena infestada por tantas otras figuras negativas —falta de preparación, corrupción, patrimonialismo, trafico de influencias—, cocinando un caldo de sabor amargo para el comensal, es decir, el ciudadano de a pie.

El papel que juega la imagen de la traición es de particular importancia. Desde la conformación de equipos de trabajo, el funcionario público promedio demuestra una mayor preocupación por allegarse funcionarios más fieles que eficientes. En este juego se perdona todo: la mediocridad, la prepotencia, inclusive la corrupción, pero la traición, entendida como la actuación fuera del canon del grupo, sin importar sus motivos jamás será perdonada.

De hecho, la denominación “empleados de confianza”, tras la que se ocultan una serie de oscuras figuras de abuso es, quizá, la prueba más clara de una visión posrevolucionaria de la administración pública mexicana.

En el jardín de las delicias utópicas, la confianza se obtiene primero a raíz del conocimiento de la persona. Hasta ahí la ecuación parece cuadrar de manera prístina, casi árabe. Cuando el cuadro deseable no conlleva más allá de la relación social, la cosa cambia. La potencialidad del funcionario cambia su base desde figuras como la eficiencia, la justicia, la democracia o cualquier otro valor posmoderno, a una simple, llana y deleznable figura de cacicazgo administrativo, de compadrazgo político. Un espacio en el que la crítica responsable se mantiene a raya la mayor parte del tiempo para anteponer el interés personal sobre la esfera de lo público.

Los códigos que sobre esta figura se han transmitido generación tras generación se asimilan a figuras más cercanas a las mafias que a la clase universal señalada por Hegel. En ellos los silencios, la subordinación absoluta, la nula existencia de la crítica —consustancial al progreso— dan paso a redes que se movilizan de puesto en puesto arrasando en su llegada con un cúmulo de experiencias operativas.

Por supuesto, cabe destacar que excepciones menores ocurren, y que existen funcionarios públicos que se han ganado la confianza de sus patrones a través de los resultados de su trabajo, sin embargo es más fácil hacer cantar a un asno que dar con ellas.

La alternancia en el poder —tan mentada desde hace ya algunos años— no parece haber inyectado la medicina adecuada para tan mórbida situación.

Los vínculos no desaparecen, se heredan. Se aprovechan bajo la seguridad que da a los recién llegados la eternización en el poder que tanto criticaron en campañas. Es la coronación de lo emético, la sublimación de lo más bajo del propio sistema, aquel que resulta imposible transformar.

Es posible que escriba algún día un volumen acerca de mis terribles experiencias con la denominada “pérdida de la confianza”. En él, seguramente lo anecdótico podrá ser factor de éxito, pero el reto real sería lograr construir desde la experiencia cotidiana una teorización que permita vislumbrar alternativas de cambio. Autores valientes ya han dado los primeros pasos, pero siempre desde la comodidad que da ver Roma incendiarse a lo lejos.

Por lo pronto, mis fidelidades se ubican en el terreno del bien público. ¿Acaso estaré en problemas?

Piratería, culpa y justicia social

Lunes, Marzo 3rd, 2008

Por Guillermo Merelo

Los conceptos de justicia e injusticia necesariamente varían en relación con el contexto. En un contexto dominado por la voracidad empresarial y en la que su mayor motivación es construir mundos ideales de consumo, el derecho al lujo ocupa un importante papel en la batalla contra la polarización social.

Me explico:

En la medida en que la cohesión social es no sólo deseable sino indispensable para el nivel de estabilidad de cualquier nación, combatir los agentes que la afectan es una responsabilidad no sólo gubernamental sino del mismo empresariado. La polarización del ingreso es un agente nocivo de primera línea.

México es un país con altos niveles de polarización del ingreso, es decir, de desigualdad distributiva. En territorios definidos habitan tanto acaudalados personajes que pelean un lugar en Forbes, como individuos que sobreviven con salarios mínimos.

La convivencia entre ricos y pobres no es nueva, históricamente los primeros han sido demandantes de servicios de los segundos. Entonces, ¿qué es lo que ha variado en los últimos años? La forma en que los conceptos del lujo viajan entre los distintos estratos económicos de la población.

Con la evolución de los medios de comunicación, la transmisión masiva de un estilo de vida “deseable”, acuñado por los empresarios, comenzó a influenciar de manera significativa el desarrollo y consumo de satisfactores cada vez más orientado a lidiar con los problemas superficiales de la vida cotidiana. La suma de estos productos dio origen posteriormente a la gran idea del siglo XX: la comercialización horizontal, no de productos, sino de estilos de vida.

Los anuncios comerciales de los años cincuenta producidos en Estados Unidos ya no vendían dentífricos, lavadoras o refrigeradores, sino los primeros caminos socialmente aceptables a la felicidad.

Actualmente muchos de los productos acuñados a los largo de estas décadas han transitado de la superficialidad a la necesidad real como códigos de comunicación y convivencia.

Imaginemos a un niño en su ambiente escolar, en el que las presiones de este mundo comercial son visualizadas de manera potencialmente mayor. Ahí, el acceso a satisfactores relacionados con el entretenimiento son moneda de cambio para el establecimiento de la convivencia. Un niño que no comparte una base de conocimientos en torno a lo mediáticamente deseable, se encuentra en situación de desventaja para la convivencia, lo que eventualmente podrá desencadenar desde la marginación momentánea, hasta la afectación permanente del autoestima. Los niños, independientemente de esta situación, se convertirán en factores de presión para obtener el satisfactor correspondiente. Después de todo, el modelo económico empresarial está construido para que así suceda.

Ahora intentemos visualizar esta situación a la luz de la polarización del ingreso.

Una familia con ingresos derivados del salario mínimo se encontrará con la necesidad de cubrir satisfactores primarios, pero también los secundarios relacionados con el desarrollo de sus hijos. Dentro de los factores de desarrollo se encuentran aquellas herramientas para lidiar con la vida diaria. Y en ese sentido el derecho al entretenimiento que todos tenemos ocupa un lugar importante.

“Papá, quiero que me lleves a ver la última película de Fulano de Tal”. El padre se tronará los dedos porque el salario que percibe en una fábrica de empaques para videos, apenas si le permite pagar los gastos indispensables para vivir y educar a sus hijos. Pensar en acudir a una sala de cine con su familia le significa algo así como el equivalente a una semana de trabajo. Comprar un película en cualquier almacén equivale a dos días de alimentación.

¿Qué hacer entonces?

La encrucijada entre el bien y el mal depende del lugar que se ocupa en la cadena alimenticia social. Si uno se encuentra en esta situación y encuentra de repente en la calle un puesto de películas piratas en la que se vende a 20 pesos el satisfactor requerido, habrá algunas consideraciones que atraviesen por la mente.

La piratería se equipara al robo. Claro que sí, pero el grado de culpabilidad que históricamente se ha tenido en relación con el robo ha estado asociado a quién se le roba y bajo qué circunstancias (el que no lo crea, recurra al cliché de Robin Hood).

El robo asociado a la piratería pone en riesgo millones de empleos en el mundo. Aunque de peso, este argumento se desmorona ante fenómenos como la reciente huelga de escritores de Hollywood, quienes reclamaban un trato injusto en la repartición de las ganancias de billones de dólares que capta la industria del cine y sus derivados.

Luminarias ataviadas en pieles, bajando de sus limos, sonrientes ante las cámaras, no parecen decir “la piratería afecta mi glamuroso life style“. Después de cobrar algunos millones de dólares por prestar su voz para una producción de dibujos animados de menos de dos horas, poco los afectará la piratería.

En este sentido la piratería es un delito, no cabe duda, pero su naturaleza variará siempre en relación con la posición que uno ocupa en el entorno social. Si la ley ha previsto no encarcelar a nadie por robar para comer, qué queda de los alimentos mentales fabricados por el sector empresarial y que se han transformado en satisfactores inalcanzables.

Ahí dejo la pregunta.

Mercados culturales

Martes, Enero 22nd, 2008

Por Guillermo Merelo

En mis viejos días de escuela, en una institución de este mundo neoliberal, comencé a observar de cerca el fenómeno del arte y las políticas culturales en contraste con una peculiar concepción de gobierno. Algunos de mis más queridos profesores se referían a la construcción de un mercado cultural autosustentable, como una necesidad inminente para las finanzas públicas.

Hace poco volví a escuchar esta idea en boca del presidente Felipe Calderón y comencé a escudriñar en mi cerebro el porqué nunca me convenció del todo.

El mundo neoliberal ha irrumpido de manera agresiva en nuestra vida, invadiendo cada rincón en busca de dos cosas: nuestra capacidad para generar riqueza y su contraparte para emplearla en la adquisición de bienes.

Así, el Estado tiene, ahora, la difícil labor de lograr equilibrios entre las pretensiones del sector empresarial y el futuro deseable para sus gobernados. Es claro que en este entorno destacan prioridades relacionadas con el empleo, la alimentación, la salud y la provisión de servicios públicos.

La educación juega un papel fundamental en dichas prioridades. Como fenómeno integral, el modelo educativo se compone de diversas pretensiones sobre las necesidades que los educandos tendrán al concluir su ciclo de formación, por lo que nuestro mediador –léase Presidente-, elegido democráticamente, no puede ignorar que un ciudadano requiere herramientas para lidiar con la voracidad de un modelo que difícilmente cambiará en décadas. Él se debe, en primer lugar, al desarrollo y protección de sus gobernados, por lo que debe orientar su labor en ese sentido.

No obstante, el modelo educativo comienza a transformarse exclusivamente en respuesta a las necesidades de los empresarios. En consecuencia, desde la primaria hasta la universidad las instituciones públicas y privadas maquilan profesionistas o técnicos con “mejores cualidades” para insertarse en el “mercado laboral” y pocas para construir formas alternativas para sobrevivir al modelo.

Por su parte los empresarios llenan nuestra vida con productos de fácil comprensión, limitado contenido y caducidad pronta. No venden sólo productos, sino estilos de vida efímeros. Los medios no escapan a esta realidad, y es en ésta en donde se inserta el problema del arte.

Siempre será sencillo ocupar nuestros momentos de esparcimiento viendo la mejor programación del Canal de las Estrellas; después de todo sus contenidos son hechos para llenar espacios vacíos con productos de igual naturaleza. Si bien por esto no puede condenarse a los individuos —cada quien hace con su tiempo libre lo que le viene en gana— sí es condenable para el Estado, que simplemente presencia cómo la telebasura y sus derivados se erigen como la única opción de entretenimiento para una sociedad que pierde día tras día su capacidad crítica, creativa y de visión en torno a la realidad del mundo, en lugar de entender que un mercado artístico requiere tanto de la formación de creadores como de público que se nutra de su labor.

Este monopolio afecta directamente a las expresiones artísticas, disminuyendo la afluencia a las salas y museos, la venta de libros o, incluso, la asistencia a actos masivos de carácter cultural. A nadie parece importarle.

Cuando el Estado anuncia la necesidad de crear un mercado artístico con retorno de inversión al 100 por ciento, destaca su corta visión en torno al fenómeno y su falta de responsabilidad en relación con su deber de formador. Es admitir haber perdido la batalla y simplemente hacerse a un lado dejando de asumir su papel natural de protector de la escena cultural mexicana.

Es claro que la constitución de un mercado artístico con retorno de inversión tendría que ser un derivado accidental de una política y no su objetivo motor. Países con la mitad del bagaje artístico de México instrumentan políticas de desarrollo en la materia las cuales no sólo comprenden apoyo a los creadores, sino la inclusión de contenidos en los programas educativos desde la infancia. Tras alcanzar exitosamente sus objetivos estas políticas, de manera natural crean un mercado en el cual no se frena la participación estatal, sino que los recursos adicionales se emplean para su evolución constante.

Sin una formación integral —en la que el fenómeno del arte ocupa un lugar preponderante para entender nuestra historia, nuestra cultura y, particularmente nuestra capacidad creativa— dejar los espacios culturales al libre mercado es condenar en el mejor de los casos al elitismo y en el peor a la extinción a esos espejos de evolución o transformación de la realidad nacional.

Al conocer los resultados de las diversas evaluaciones internacionales en materia de educación, observamos el bajo rendimiento escolar e inmediatamente condenamos al modelo educativo. El gobierno entonces anuncia estrategias de mejora —la mayor parte de las veces no llevadas a cabo— para brindar al empresariado lo que necesita. En contraste, si millones de ciudadanos presentan problemas de comprensión o apreciación del fenómeno artístico del país, simplemente se ignora la importancia del campo para su vida, se les abandona y, posteriormente se exige a las pocas instituciones culturales hacer arte rentable. El arte es entonces un lujo.

En el arte destinado a la ciudadanía en general, las matemáticas son secundarias, de lo contrario esperaríamos que el costo de cada obra que forme parte de nuestro acervo público fuera “recuperado” en la taquilla del museo, o en su defecto vendido por su “baja rentabilidad”.

En una nación ideal, junto a ingenieros, abogados y médicos, debe existir espacio para escritores, bailarines y pintores. Si bien el mercado natural —neoliberal y abusivo— no demanda su presencia, no puede condenarse a la extinción al mundo artístico.

¿Qué significa ser consejero de medio pelo?

Domingo, Diciembre 23rd, 2007

Tras el reciente fracaso en San Lázaro para designar a tres miembros del Consejo General del IFE quedó claro que los partidos políticos buscan integrar “a modo” el máximo órgano electoral del país. Las excusas son muchas pero, a final de cuentas, todas insuficientes ante el evidente nivel de suciedad de este público, democrático y manoseado proceso.

Decenas de ciudadanos, algunos con intenciones voraces y otros con preocupaciones honestas, acudieron al circo montado por nuestros dignos representantes populares para encontrarse, en el mejor de los casos, con el desinterés por sus propuestas y, en el peor, con el maltrato por sus supuestas filias.

Lo curioso es que los candidatos de los partidos, rápidamente identificados por sus contrapartes, fueron cayendo uno a uno, por la sola duda en torno a su objetividad. Ante este escenario, cualquiera pensaría que los partidos buscarían simple y llanamente a ciudadanos que se hubieran desempeñado sobresalientemente en un proceso de selección cuyas reglas fueron dictadas por los propios legisladores y bajo las cuales muchos de sus gallos no superaron a los huerfanitos de padrino.

Cuando parecía que ya no se podía caer más bajo, nuestros flamantes diputados se lanzaron a compartir con la opinión pública su reticencia a nombrar consejeros que denominaron de segunda línea, de medio pelo o de bajo perfil. Dejo aquí unas posibles definiciones aplicables a cualquiera de estos términos, por supuesto, en el contexto de nuestra jerga (léase trapo sucio) política (léase sucio trapo):

Consejero de segunda línea
Es aquel de dudosos méritos para alcanzar un asiento en el Consejo General del IFE. Por méritos debemos entender su capacidad para sacar brillo a los zapatos de los legisladores, la fuerza física adecuada para cargarles el portafolio o, al menos la solidez espiritual que les permita reconocer su profundísima inferioridad ante tan asépticos seres.

Consejero de medio pelo
Es aquel que no cuenta con la exuberante, blonda y hermosa peluca sintética proporcionada por un partido político. Cada pelo de este mágico accesorio representa un favorcito que el candidato le ha hecho o le deberá hacer a alguno de nuestros increíblemente dignos, éticos, preparados y democráticos partidos políticos. A falta de esta mágica cualidad puede acreditarse de manera equivalente el uso cotidiano del mágico champú del compadrazgo, amiguismo o amasiato; después de todo, la democracia significa también la horizontalización de cargos.

Consejero de bajo perfil
Es aquel cuya apariencia física o moral no se adecua a la concepción de pulcritud ideal para ser consejero electoral, la cual claramente requiere del cumplimiento de al menos cuatro de las siguientes cinco cualidades: subordinación, ceguera, afiliación política oculta, hambre extrema y baja autoestima. Esta clasificación previene al legislador de contratar consejeros que les salgan rebeldes o respondones, mediante la identificación de características inaceptables como contar con mayor nivel de estudios que el de nuestros diputados, no haber puesto la otra mejilla al ser insultados en la entrevista o haber proferido queja al percibir que las edecanes encargadas de poner el café y las galletas eran las únicas que acudían a escuchar sus propuestas.

Ante la contundencia del fenómeno queda claro el porqué no bastó una lista con los 15 mejores resultados del proceso, que incluía a la única mujer que se colocó por méritos propios, y creció y creció, hasta alcanzar a aquellos verdaderos futuros paladines de la democracia de alto perfil, primera línea y harto pelo.

¡Feliz año nuevo!

Homofobia en el corazón

Martes, Diciembre 11th, 2007

Ante los acontecimientos de las semanas pasadas en materia electoral, mi idea era dedicarles enteramente esta columna, sin embargo, como buen amante de lo electoral y ante la mezcla de rapacidad y estupidez que parece haber inundado la Cámara de Diputados, prefiero hacer a un lado esa historia y detenerme en una nota que recientemente encontré en esta ventana al mundo diario que es internet.

En la nota se narraba cómo una joven pareja homosexual había sido reconvenida de mostrar su afecto en un nuevo centro comercial colindante con la zona rosa de esta capital. El pecado: osaron tomarse de la mano y caminar así, demostrando la impureza del cariño entre personas del mismo sexo, frente al personal de seguridad del lugar.

Según se detallaba, los vigilantes del lugar dijeron que era norma de la administración conminar a las parejas homosexuales a guardar respeto y no mostrar su afecto en público.

Supongo que algunos columnistas del Reforma, miembros connotados de la Iglesia católica —ahora redimida por nuestra estúpida izquierda— o simplemente familias reaccionarias en el lugar equivocado, pudieron contribuir a la elaboración de tan curiosa norma.

Ángeles y serafines encarnados en administradores, no de una plaza comercial, sino de la moral pública, buscan ahora no la redención de los habitantes de Sodoma, sino establecer su aparente distancia. ¡Mientras no nos restrieguen en la cara sus cochinos afectos, pueden consumir en nuestro flamante centro comercial! La generosidad no tiene límites.

Lo paradójico es que esta acción ocurra en el corazón geográfico del movimiento homosexual mexicano, en el único lugar en el que parecía respirarse un poco de libertad, de igualdad y de tolerancia. En un espacio no ideal sino real.

Desconozco las implicaciones que pueda tener este incidente en la comunidad gay. No estoy seguro de que la indignación lleve a sus integrantes a cualquier acción de resistencia civil pacífica en los terrenos mismos en los que esta figura nació, en los de señalar la injusticia ante acciones de quienes ostentan la verdadera  autoridad —hoy empresarios globales en un entorno conservador—, tal vez es una comunidad aún embrionaria, o quizá simplemente no exista tal, pero como buen ciudadano, no puedo más que esperar que algún día estas situaciones encuentren su contraparte en una sociedad civil organizada que eleve su voz y tome acción para contrarrestar los abusos públicos y privados.

Mientras esto ocurría, el lobby de la Cámara de Diputados se encontraba atestado de suspirantes por obtener un cargo de peso para la democracia mexicana.

¡Pasen, regístrense, hagan de nuestro circo un éxito! Se acepta de todo: veterinarios, secretarias, y ex actores con miedo de terminar en el asilo de la ANDA, eso sí, todos desempleados y muy, muy, muy preocupados por la situación de nuestra democracia mexicana.

La trampa ha sido colocada y el queso sí que huele: más de 150 mil pesos al mes. Ante esto no puedo dejar de preguntarme qué contendrán los ensayos que presentan estos individuos. ¿Reflejaran preocupaciones reales en torno a la democracia?, ¿serán estrategias de educación cívica con impacto real en comportamientos como los del centro comercial de la delegación Cuauhtémoc?

La trampa ha sido tan bien montada que incluso hombres y mujeres honestos con formación y dedicación a la administración electoral o a su análisis, han acudido a inscribirse, pocos, cierto es, pero su acción parece legitimar la trampa. Les deseo lo mejor.

La democracia tiene muchas caras, la procedimental, esa que únicamente involucra los procesos electorales, es sólo la inicial. Si en San Lázaro les preocupa —y hago énfasis en el “si”— teñir de legitimidad un proceso viciado de origen, es porque en el fondo su concepción de democracia es tan limitada como conveniente a sus intereses. La democracia real, esa que busca día con día ganar terreno en nuestras calles, esa que involucra la construcción de políticas que fomenten la igualdad, la justicia, la tolerancia y la equidad, aún carece de medios para su desarrollo.

Mágico mundo de mujeres

Miércoles, Noviembre 21st, 2007

Por Guillermo Merelo

 

El teléfono sonó en la madrugada del 25 de diciembre de 2003. Sin saber cómo, lo supe. La llamada que había temido durante los últimos años había finalmente llegado. Mi madre, del otro lado de la línea lo decía: “Tu abuela ha muerto”. Una enfermedad respiratoria había arrancado de esta tierra al ser que más influencia ha tenido en mi vida. Semanas antes nos habíamos visto por última vez y, discretamente nos habíamos despedido para siempre.

 

Haber sido criado en los valores de la tolerancia por una mujer nacida a principios del siglo XX ha sido uno de los curiosos hechos que han rodeado mi vida. Nunca he entendido bien cuál era la base de su sabiduría, pero hoy más que nunca percibo sus ideas como claras, lúcidas y particularmente simples. Probablemente esa simpleza es la que me permitió abrirme camino ante la complejidad de los códigos de una sociedad reticente a la aceptación de cualquier rasgo que se ubique fuera de los parámetros tradicionales.

 

Hoy en día, la democracia nos ha enseñado que inclusive los “luchadores sociales” tienen límites no sólo en el entorno de los colores que los identifican, sino en una particular idiosincrasia que los orilla hacia los códigos de lo conocido, de lo políticamente correcto, de lo aceptado por las masas en tanto reditúa votos. Si vende lo compro, es el principio. Cobijar las causas ideológicas siempre será más fácil con apoyo que sin él. Bastaría preguntar al solitario diputado del PRD en el Congreso de Coahuila por qué votó en contra el equivalente a la Ley de Sociedades de Convivencia en aquel estado.

 

Las epiqueyas del “buen ser” acompañan generalmente la equiparación del término “malas compañías” con todo aquello que se ubique fuera del marco de una esperanza enlutada como realidad idónea. Así, aún hoy hay quien considera perniciosa la influencia que pueden ejercer sobre los “suyos” las madres solteras, los homosexuales, los testigos de Jehová o cualquier otro individuo con disfraz distinto del aceptado por los habitantes de la pequeña casita en la pradera.

 

La casa de mi abuela no podría haber sido más disonante. Una vieja maldición familiar –en el lado paterno– ha hecho que las mujeres permanezcan desvinculadas de los lazos tradicionales del matrimonio. La familia en la que crecí fue una de madres solteras, divorciadas, solteras por decisión y algunas por resignación. Un maravilloso mundo de mujeres que, lejos de los parámetros tradicionales, tuvieron que desarrollar herramientas para lidiar con la realidad y, al mismo tiempo, sacar adelante a sus hijos. Las jefas de familia se asociaron en una suerte de comunidad en la que, ante el obvio derrumbe de los esquemas tradicionales, la educación en la tolerancia fue indispensable para la supervivencia. En casa siempre fue bienvenido quien quisiera entrar en ella, quien necesitara un espacio para vivir o morir, quien quisiera hablar o quien quisiera permanecer en taciturna contemplación. El mensaje era claro: la heterogeneidad hace de la diferencia una homogénea característica y, en ésta, no puede subyacer sino la intención, lo abstracto.

 

En el mundo ideal, aquel que nos venden en la televisión, las madres llevan a sus hijos al partido de beisbol en una linda mini van, comen pastel de manzanas y no hablan de la realidad del mundo en que habitan; o tal vez sí, tal vez sea injusta esta imputación considerando lo ficticio de su entorno. Tal vez pueden vivir en él con los ojos cerrados, en un ejercicio de negación disfrazado de introspección colectiva. En mi mundo las madres no tenían sueños tan distintos, pero eran, sin saberlo, impulsoras de un cambio de visión. Cuando eres diferente tu percepción del mundo es tan diferente como tú. Las construcciones culturales –o prejuicios sociales– lentamente logran diluirse y abrir espacios, por pequeños que sean, a la convivencia entre seres distintos.

 

En el funeral de mi abuela un sacerdote católico –regalo de algún emético ser– comenzó a pronunciar un ataque disfrazado de sermón contra cualquier religión distinta de la católica. Mi enojo llegó a tal grado que finalmente logré llorar. Recuerdo aquella frase que alguna vez ella me dijo: “No hay religión buena o mala, en el fondo todas buscan lo mismo, simplemente hay que tomar lo bueno, dejar lo malo y actuar con sentido común”. Ahí se manifiesta la simpleza de lo abstracto.

 

Dicen que la educación por casa empieza. Nada más cierto, la educación en la tolerancia no puede iniciar lejos del hogar. Mi mágico mundo de mujeres me ayudó a ser distinto, a pensar distinto, pero sobre todo, a querer un cambio cultural en nuestra sociedad. El viernes pasado se celebró el día de la tolerancia y no pude dejar de pensar en mi abuela.

 

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