Archivo de ‘Clionáutica’
Lunes, Marzo 8th, 2010

En 1947, Daniel Cosío Villegas dictaminó que México sufría una crisis moral debido a que la Revolución Mexicana no había cumplido las metas que se impuso. Tres años antes, un contemporáneo suyo marcó la pauta al analizar el gran problema que significaba (y significa) ser un trabajador del pensamiento en este país.
Don Edmundo O´Gorman fue uno de los historiadores más importantes en el México del siglo XX. Sus trabajos sobre el pasado colonial y la filosofía de la Historia determinaron la forma de realizar el oficio historiográfico en el país durante el siglo pasado. Sus traducciones a obras fundamentales como Idea de la Historia, de R.G. Collingwood, y las introducciones que hizo a las ediciones de Herodoto y Tucídides hechas por Porrúa, además de todas las generaciones que pasaron por sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lo convierten en un guía para todos aquellos que nos dedicamos al arte de investigar al ser humano en el tiempo.
1944; Edmundo O´Gorman tenía un pequeño empleo en el Archivo General de la Nación y daba clases en la Universidad Nacional. En ese año envió un artículo a Rafael Heliodoro Valle, directivo de Excélsior, en el que analizaba uno de los más grandes problemas de México: su relación con la cultura.
México, señala O´Gorman al inicio del artículo, tiene serios problemas políticos, económicos y sociales. Pero uno de ellos es enorme, tan grande que quienes nos gobiernan no se han dado cuenta de ello: la forma en que tratamos a la cultura mexicana y a quienes son responsables de crearla.
Ese México de fines de la Segunda Guerra Mundial le apostaba al progreso y la industrialización; a ser “una ciudad norteamericana de tercera categoría” en la que el gran negocio era la especulación con bienes raíces. Los políticos lucraban con el poder, la Iglesia emprendía su reconquista espiritual, los capitanes de las finanzas y la industria luchaban por ser cada vez más ricos, y la clase media se conformaba con seguir su vida de siempre.
En ese mundo mexicano era y es normal, dice O´Gorman, que los citadinos tengan una vida en la que lo principal es la búsqueda del confort y de tener los máximos derechos con las mínimas obligaciones posibles. Y una de esas obligaciones a las que la mayoría se niega a responder es con la cultura. Simplemente no les interesa, y están en su derecho. No todo mundo tiene por qué saber de libros, música, artes o historia. Sin embargo, dice O´Gorman, la situación se complica cuando aquellos “bárbaros modernos” a los que no les gusta la cultura, ocupan puestos en los que deberían defenderla.
Porque la cultura es, nos guste o no, algo vital y necesario para las sociedades. Un gobierno que quiere ser complaciente con todos sus gobernados y que busca garantizar su espacio en el presupuesto en lugar de realmente gobernar (con todos los problemas que ello conlleva), sólo está incubando un pequeño huevo del que con el tiempo saldrán horribles problemas para la sociedad que lo permitió.
Una sociedad que no valora a sus intelectuales está condenada a la mediocridad por siempre. O´Gorman se queja en su artículo de los mínimos sueldos recibidos por historiadores, escritores, pintores y músicos, lo que los obliga a vivir de “chambitas” sin el tiempo para desarrollar su arte en todo su esplendor.
Este texto es uno de los primeros en la carrera historiográfica de O´Gorman, así que obviamente no nos habla de los diversos esfuerzos que con el paso del tiempo surgieron para de alguna manera solucionar este problema, como Conacyt, Fonca, SNI y otros.
Sin embargo, vale la pena leerlo, ya que, a pesar de algunos cambios, vivimos también en una época utilitarista, a la que le importa más la apariencia que el fondo, y que se arrastra en la angustia que le provoca el ansia de poseer cada vez más cosas.
Como señala O´Gorman: “La primera condición para gobernar es tener buen gusto. Enséñame tu corbata y te diré si puedes ser presidente de la República”.
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Martes, Marzo 2nd, 2010
La Ciudad de México en 1942. Un maravilloso documento historiográfico:
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Martes, Marzo 2nd, 2010
 ¿En qué momento nació la autoridad del tiempo? ¿cuándo fue que los seres humanos le otorgamos un poder a esa forma de medir el transcurso entre dos acciones? El tiempo siempre ha intrigado al ser humano. Nuestra incapacidad para controlar lo que ya ha sucedido y para saber lo que vendrá ha hecho que en diferentes etapas nuestra visión sobre el tiempo haya cambiado. El historiador francés Francois Hartog reflexiona sobre el tema en su ensayo “La autoridad del tiempo”, publicado en la revista Historia Mexicana. Para Hartog, fue la Roma clásica la que creó una nueva relación con el tiempo. Al recordar las hazañas de los antiguos, los romanos restituían el tiempo pasado hacia su propio presente, con el fin de imbuir a los gobernantes de la legitimidad que les diera el pasado. Los tiempos idos y la imitación de los grandes ejemplos servía a los romanos para sobrellevar las épocas de crisis. El tiempo era circular; el presente existía en función del pasado, el cual regresaba constantemente para renovarlo. El cambio en la perspectiva del tiempo se dio cuando el Cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano. Si antes el tiempo era cíclico, ahora sería lineal. Los hombres, como creación divina, habríamos pasado por el origen en el Jardín del Edén, la caída, y la llegada de Jesucristo. Su pasión y resurrección inauguraron un nuevo tiempo, en el que el pasado ya no era visto como la fuente de autoridad, sino como una etapa preparatoria en el camino hacia la Parusía. Las comunidades cristianas primitivas creían que el retorno de Cristo se daría durante sus vidas, pero cuando pasaron los siglos y ésto no sucedió, el tiempo se dividió entre el recuerdo de un nuevo “pasado puro” (correspondiente al instante en el que Jesucristo estuvo en la tierra) y la esperanza de la resurrección. Ese “pasado puro” sería recordado por aquellos que se oponían a la corrupción de Roma, (como Lutero y sus seguidores) y buscaban regresar a una época más sencilla y humilde, mientras esperaban la segunda venida. El tiempo volvió a cambiar a partir de la llegada de la Modernidad. En un proceso que tardó siglos, Europa se acercó a la laicidad, con lo que la fé en el regreso de Cristo se transformó en la esperanza de un futuro provechoso para la humanidad. Es entonces cuando nació el mañana, visto como un momento en el que, gracias al triunfo del pensamiento, el ser humano desarrollaría todas sus capacidades y viviría en abundancia y armonía. El Positivismo y el Comunismo (cada uno a su manera) auguraron la llegada de esa nueva “era dorada”, y el segundo a través de las Revoluciones, intentó hacerlo realidad. Sin embargo, el fracaso de los absolutismos del siglo XX, junto con el relativismo que caracterizó a la segunda mitad de ese siglo y el inicio de este, han hecho que el presente sea cada vez más el tiempo predominante. El pasado es visto como algo que ya no tiene valor en sí, y el futuro ya no aparece como un espacio de esperanza, sino de temor. El presente es visto entonces como un periodo que se cumple por sí mismo, lo que nos obliga a vivir cada vez más rápido si pretendemos entenderlo. Todo se hace pequeño e instantáneo, porque ya no podemos ver hacia atrás ni hacia adelante. No sería justo pretender que las próximas generaciones mantengan nuestra forma de ver el tiempo. ¿Pero a qué le apostarán ellas? ¿Volverán al pasado para buscar soluciones a sus problemas, o se atreverán a soñar con un futuro que sea positivo y en el que la mayoría de los problemas sean resueltos? lo cierto es que, mientras exista la raza humana, el tiempo seguirá a nuestro lado y no podremos ignorarlo.

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Miércoles, Febrero 17th, 2010
 Fernando Macotela, director general de la Feria del Libro del Palacio de Minería, me hizo el honor de invitarme a dar una serie de conferencias sobre historia y otras locuras que hago en este blog. Los días que estaré en la feria son:
Domingo 21 de febrero, conferencia “Espejos enfrentados, hacia una historia del diario Excélsior”, en el Salón de Rectores, a las 4 pm.
Viernes 26 de febrero, “¿Vale la pena saber un montón de cosas sobre un montón de gente que ya está muerta? el problema de la divulgación histórica”, una conversación con mis amigos, el Dr. Miguel Ángel Hernández (UAM Azcapotzalco) y el Mtro. Othón Nava (Instituto Mora), Auditorio Tres, a las 6 pm.
Sábado 27 de febrero, conferencia “Lucas Alamán, un fantasma entre nosotros”, Salón B seis, a la 1 pm.
Están cordialmente invitados, me encantará verlos por ahí.
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Lunes, Febrero 15th, 2010
 En este año bicentenario las voces que opinan sobre nuestro pasado se han multiplicado de forma innegable (así como yo comprenderé, jejeje). Ahora le toca el turno a Héctor Aguilar Camín, con su ensayo Actualidad del Pasado, publicado en la revista Nexos de este mes, como parte de la serie La Construcción de México. Lo interesante de esta catarata de voces radica en que, muchas veces sin desearlo, surge un diálogo entre los autores que publican en distintos medios. Primero Florescano, luego González de Alba y ahora Aguilar Camín (junto con muchos otros) colaboran para que por lo menos, del Bicentenario nos quede la necesaria reflexión sobre nuestro pasado y hacia dónde queremos dirigirnos. En su artículo, Aguilar Camín presenta diversas ideas: Primero, debemos reconocer que somos un país en el que la historia está viva. Esto no es solamente un cliché; muchas de nuestras costumbres son tricentenarias, por lo menos, No vivimos en una nación que contempla su pasado muerto desde la vitrina de un museo. Nosotros sólo debemos salir a la calle para darnos cuenta de que aquello que fuimos sigue influyendo en nosotros y marca nuestra forma de ser. Este “vivir de la costumbre” ha marcado especialmente nuestra historia política. No somos una nación que haya nacido en la democracia; la hemos ido construyendo poco a poco, con un paso muy errático pero constante pese a todo. A veces se nos olvida que nuestra primera costumbre política fue la monárquica-autoritaria, y que durante el siglo XIX comenzamos la transformación hacia un Estado repúblicano y democrático. Con muchos tropiezos, pero al final logramos construir instituciones liberales, y más aún; contamos ya con una cultura democrática que, por lo menos, nos permite darnos cuenta de aquello que es liberal y lo que no. Es cierto que falta muchísimo para que México sea un Estado moderno, pero por lo menos vivimos en una sociedad que ya puede diferenciar entre lo dictatorial y lo democrático. La segunda costumbre política mexicana es mucho más compleja, tiene que ver con nuestra vida cotidiana y quizá es el mal más grande que sufrimos en este país: no respetamos las leyes. Desde el ciudadano más humilde hasta la corporación multinacional estamos acostumbrados a “darle la vuelta” a los códigos y reglamentos que tendríamos que obedecer. El viejo refrán español: “acátese, pero no se cumpla” sigue vivo entre nosotros, y mientras no construyamos una ciudadanía consciente de la importancia de las leyes y su cumplimiento, no hay forma de que salgamos adelante. Si tenemos por norma tirar basura en la calle, darle una mordida al funcionario para agilizar los trámites, comprar mercancía pirata y otras linduras, ¿cómo podemos exigirle a nuestras autoridades que respeten nuestro voto, que no utilicen a su gusto el presupuesto salido de nuestros impuestos y que permitan que nuestras riquezas naturales desaparezcan para siempre? Cada uno de nosotros tiene que empezar por respetar obedecer la ley, para que México realmente pueda cambiar. Al final del ensayo, Aguilar Camín reflexiona sobre la amarga visión crítica que desde el presente lanzamos a nuestro pasado, como si quisiera referirse a lo dicho por González de Alba hace tiempo. Y Aguilar Camín señala que si bien la crítica es necesaria, también necesitamos reflexionar con más calma sobre la historia de nuestro país. No somos la gran potencia tecnológica o económica, pero tampoco hemos caído en la barbarie que ha marcado a las grandes civilizaciones. No hemos tenido a un Abraham Lincoln, pero tampoco hemos creado un José Stalin. No estamos acostumbrados a discutir libremente nuestra vida política como sí lo hacen otras naciones, pero a cambio jamás hemos tenido holocaustos o gulags. Hemos pasado por cosas muy malas, tuvimos muchos errores y muchos crímenes, pero también nos hemos esforzado en hacer las cosas mejor. Como dice Aguilar Camín al final de su ensayo: “somos un país considerablemente mejor que el que hemos sido, aunque el país que somos sea tan imperfecto que merezca y justifique nuestras quejas”.

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Lunes, Febrero 8th, 2010
 Al parecer no, de acuerdo a lo que dice Luis González de Alba en su artículo de hoy en el diario Milenio. Tomando como base el slogan de la campaña institucional para conmemorar el Bicentenario y el Centenario, González de Alba señala cinco puntos que destruyen cualquier ánimo fiestero-patriótico que cualquiera pueda tener: 1.- Miguel Hidalgo, el dulce padrecito que nos llevó hacia la libertad, en realidad lo que hizo fue retrasar once años la Independencia de México, ya que con su movimiento sólo logró que los criollos que ya querían formar su propia nación se horrorizaran ante la violencia desatada y fortalecieran sus lazos con el Imperio Español. La rebelión de Hidalgo duró diez meses y el Virreinato siguió tan campante. (Por cierto, señala González de Alba, la “imagen oficial de Hidalgo” es en realidad la de un cura austriaco que venía con Maximiliano de Habsburgo, quien quizó apoyarse en la figura del cura de Dolores para legitimar su imperio.) 2.- “Heredamos de España un territorio con más de cinco millones de kilómetros cuadrados, de los cuales nos quedan menos de dos. El resto lo perdimos tanto por agresiones extranjeras como por guerras civiles, maniobras políticas y corrupción. Actualmente “nadie en aquellos territorios perdidos suspira por devolverlos al gobierno mexicano”, dice González de Alba. 3.-No hemos aportado gran cosa en los últimos 200 años de progreso mundial. “Nada que hoy sea parte de la vida civilizada nació o tuvo su impulso en México” 4.- Nuestros paisajes y riquezas naturales no son ningún mérito; ya estaban allí mucho antes de que nosotros llegáramos. Por el contrario, nosotros somos culpables de su deterioro. 5.- Las culturas prehispánicas que tanto presumimos no fueron tan importantes, (puesto que no contribuyeron a la construcción de la ciencia, la tecnología o las libertades actuales), y para empezar ni siquiera son mexicanas; puesto que lo que ahora llamamos Nación Mexicana es una combinación de culturas que surgió siglos después de que los grandes pueblos indígenas hubieran desaparecido. Ante razones incendiarias como las presentadas, creo que podemos hacer dos cosas: podríamos convocar a toda la población mexicana para que el próximo 15 de septiembre (o primero de mayo, o 15 de marzo, o cualquier fecha que les guste) hagamos una gran carrera; a la cuenta de tres todos salimos corriendo hacia Estados Unidos para abandonar este suelo que jamás debió existir. Seguramente los gringos movilizarán a su ejército para impedir la invasión y habrá muchos muertos, pero bueno, todo movimiento necesita mártires. Los que sobrevivan tendrán la dicha de vivir en una nación civilizada y olvidarán para siempre que alguna vez existió una cosa llamada México. O, podemos tomarlo con calma, respirar profundo, y analizar una a una las razones expuestas por González de Alba. Este artículo es un excelente ejemplo de lo que se llama “Historia Crítica”, la que nos promete que al fin vamos a conocer “la verdad de lo ocurrido”, y nos asegura que todo lo que nos contaron en la primaria es falso y debemos destruirlo. De alguna manera, este artículo sirve de contraparte al que escribió Enrique Florescano en Nexos el mes pasado, y que también comenté en este blog. Uno señala que los argumentos presentados para conmemorar la existencia de México están errados, mientras que el otro dice que hay una serie de avances que hicieron posible que este país siga vivo, (a pesar de todo lo que le ha pasado) y que es justamente por eso que debemos festejarlo. Yo creo que la verdad histórica sobre México está en algún punto a medio camino entre las interpretaciones de Florescano y de González de Alba (si acaso existe “la verdad histórica”) Es cierto que Hidalgo no era un dulce y puro padrecito de pueblo. Asesinó a mucha gente y cometió tropelías, pero no pudo retrasar una independencia que, para empezar, no era un hecho a consumarse. Es un error pretender explicar los acontecimientos históricos por su consecuencia y no por su desarrollo. Pensar que “de todos modos iba a darse la Independencia, pero Hidalgo la retrasó” es jugar con los hechos de manera conveniente. Por cierto, el asunto de la imagen de Hidalgo lo explicó Laura Suárez de la Torre en la revista BiCentenarios, del Instituto Mora, y es más complejo que la explicación de González de Alba. Que perdimos más de la mitad de nuestro territorio por las rencillas internas más que por las agresiones externas, es cierto. Que no hemos cuidado nuestro territorio, es verdad. Pero eso de que ni nosotros ni los pueblos prehispánicos tenemos valor porque no hemos aportado nada a la cultura universal en los últimos 200 años me suena exagerado. Sobre esa base podrían bien desaparecer gran parte de las culturas mundiales, ya que las está midiendo con un rasero utilitarista: “si no has aportado nada no mereces existir”. Me parece que en el fondo hay un problema de percepción en la manera en que hemos visto nuestra historia. O queremos aparecer como los grandes caudillos mundiales y nos sobrevaloramos, o creemos que somos la escoria del planeta y nos subvaloramos. Lo que la sociedad mexicana necesita (y muchos historiadores se esfuerzan día a día para lograrlo) es una visión madura de nuestro pasado, que señale los errores, pero también los logros, y que sobre todo nos ayude a construirnos un futuro mejor, puesto que lo merecemos. O también podemos hacer la carrera multitudinaria hacia Estados Unidos, o China, o a cualquier lugar donde podamos despojarnos de nuestra cultura y nuestra responsabilidad histórica (en caso de que algo así sea posible…)

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Viernes, Enero 29th, 2010

El programa de radio Ponte en Medio, que transmite la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México, me hizo el honor de invitarme a charlar con ellos sobre la historia del periodismo en México y su importancia. El programa es conducido por Elia Baltazar, una periodista con 20 años de experiencia en este oficio, egresada de la ENEP Acatlán, reportera del diario Excélsior, especialista en temas urbanos y periodismo de investigación, además de que es autora de una biografía sobre Julio Scherer que esperamos ver pronto publicada. Ponte en Medio es un programa sobre todo lo que sucede en el mundo de los medios de comunicación, ya que los medios también son noticia y una sociedad realmente democrática necesita cuestionarlos constantemente. La entrevista se transmitirá hoy 29 de enero a las 6 pm (hora de la Ciudad de México) en la estación CódigoDF y luego podrá descargarse.
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Domingo, Enero 24th, 2010
 La revista Nexos en su número de enero de 2010 comenzó una serie de doce reflexiones sobre los 200 años de vida de nuestra patria. La idea de esta serie es pensar en México a largo plazo, como lo exige este aniversario, enfocándose más en la construcción de aquellas instituciones que permiten que nuestro país siga adelante y no sólo en los problemas o en las rencillas provocadas por antiguas intepretaciones de nuestra historia. El primer texto de esta serie fue escrito por Enrique Florescano, con el nombre Deber de memoria. Florescano comienza su artículo señalando que la sociedad contemporánea tiene la obligación de recordar a todos aquellos que en el pasado contribuyeron a formarla. No podemos vivir como si la historia no existiera; creer que todo lo que somos y nos rodea surgió junto con nosotros y que desaparecerá cuando nos hayamos ido es condenarnos a una existencia pequeña basada en lo inmediato y que se tropezará una y otra vez con aquellas barreras que desconocemos por nuestra ignorancia. Como señala Florescano: “en la medida en que somos hijos del proyecto colectivo que despuntó en 1810 y fue ratificado en 1910, los mexicanos del siglo XXI tenemos el compromiso moral de recordar esos orígenes y transmitir su legado a los ciudadanos de hoy y de mañana”. Para Florescano, los objetivos de nuestros “Padres fundadores” se mantienen vigentes: República Federal, Estado laico, principios democráticos, garantías individuales, igualdad de derechos y opotunidades, la irrestricta participación ciudadana en los asuntos públicos, los derechos sociales, la aspiración de erradicar la pobreza, educación para todos y el imperativo de producir riqueza para todos. Si bien este conjunto de proyectos no se planteó desde el primer momento de la Revolución de Independencia, sino que se fue armando con el paso del tiempo debido a la suma de múltiples inquietudes por parte de aquellos actores a los que Florescano llama “nuestros padres fundadores”, vale la pena considerarlos como fruto de los movimientos de 1810 y 1910. Al final constituyen ese proyecto nacional al que los mexicanos de diferentes épocas le apostaron y por el cual se enfrentaron entre sí en muchas ocasiones. Señala Florescano que 2010 puede ser una gran oportunidad para infundirle un nuevo aliento al proyecto de construir una nación democrática que pueda satisfacer las necesidades de sus habitantes. Después el autor se dedica a revisar lo que los distintos gobiernos estatales, la clase política y los historiadores están haciendo para conmemorar en este año bicentenario. Luego de deplorar que la Comisión Organizadora de los festejos haya tenido cuatro coordinadores, (lo que llevó a que en repetidas ocasiones tuvieran que desandar el camino), los preparativos de nuestros centenarios aparecen “tardíos, pobres en imaginación y faltos de proyección nacional y perspectiva de futuro”. Al parecer esto tiene que ver tanto con la incapacidad del gobierno federal para organizar unos festejos a la altura de su importancia, como a cierta reticencia de origen, por parte de un gobierno que no se reconoce como heredero de lo obtenido gracias a las luchas independentista y revolucionaria. Lo mismo señala con respecto a los partidos políticos, quienes al parecer no tienen un programa de festejos o piensan que en el fondo “no hay nada que celebrar”. Quienes están realizando muchas labores al respecto son los historiadores, quienes a través de la realización de congresos, coloquios, programas de televisión y radio y la publicación de libros, revistas y páginas de internet están proponiendo revalorar críticamente nuestro pasado, con la perspectiva que nos da el presente. 2010 puede ser un año de muchos festejos y muy poco contenido, (lo que sería lamentable) a menos que podamos usar su peso simbólico para renovar ese proyecto nacional del que Florescano hablaba al principio de su ensayo. Y para lograrlo es fundamental que los actores nacionales se sienten a conversar sobre lo que ha sido y lo que queremos que sea nuestro país. Florescano no habla sobre el programa Discutamos México (quizá porque no estaba enterado de su realización cuando escribió este ensayo) pero ése puede ser un intento por lograr ese diálogo nacional que tanto necesitamos. Sin embargo, no será suficiente con un programa de televisión. Ante la falta de una gran conversación nacional sobre el pasado y el presente del país, hay que realizar miles de pequeñas discusiones en todos los lugares donde pueda hacerse: universidades, instituciones, medios de comunicación, y por supuesto en la red. Para avanzar hacia el futuro hay que romper con los fardos del pasado, señala Florescano. Para 2010 necesitamos una visión de largo plazo, que nos permita darnos cuenta de que sí hay mucho que celebrar. Ante todo, podemos estar contentos por la simple razón de que México existe, a pesar de sus múltiples problemas, y que en 200 años la sociedad mexicana logró construir un país con una enorme cultura que ahora tiene ante sí el reto de observar su pasado para cambiar su futuro.

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Viernes, Enero 15th, 2010


 Lo siento, voy a sonar muy patriotero, pero ni modo: me encanta nuestro escudo nacional. Cuando voy al Zócalo y veo esa bandera monumental, no puedo evitar emocionarme ante el tamaño del águila, cuya posición de perfil crea la ilusión de que en cualquier momento va a levantar el vuelo. Me gusta por poderosa, por brillante, en una palabra, por solar. El escudo nacional es una representación del Sol. Sin embargo, no tenía claro a qué especie pertenece el águila de nuestro escudo, hasta que leí Dos águilas y un sol. Identidad, simbolismo y conquista del Cuauhtli sagrado, de Miguel Ángel González Block. Y me llevé una enorme sorpresa. Yo suponía que en el escudo estaba representada un águila real, que es una de las aves más hermosas que existen. Pues resulta que no. Nuestra águila mexicana, la del escudo y la bandera, es un animal imaginario. Simplemente no existe. Antes de que acudamos a Greenpeace para hacer una campaña con la que salvemos a esta especie imaginaria, veamos lo que nos propone Gónzalez Block en su libro. El autor es doctor en ciencias sociales por El Colegio de México y se ha dedicado a la investigación y análisis de las políticas y los sistemas de salud; pero además es un ornitólogo aficionado (o sea que le encanta el estudio de las aves y lo hace por placer). Por diversas razones que González Block explica en su libro, se puso a investigar el origen del animal que aparece en nuestro escudo nacional. Él también creía que era la representación de un águila real, pero se dio cuenta de que había varios aspectos en esa ave que no concordaban con la imagen del escudo: -El “águila mexicana” tiene una cresta en la cabeza (que se puede ver en nuestras monedas). El águila real no tiene ninguna cresta. -El “águila mexicana” tiene garras lo suficientemente poderosas para pararse en un nopal y no espinarse. A pesar de su fuerza, un águila real no puede hacer eso. -El “águila mexicana” se para (o “se percha”) en una pata, mientras con la otra sostiene a sus víctimas, las cuales pueden ser serpientes (entre otros animales). El águila real tampoco hace eso. Si el “águila mexicana” no es un águila real, ¿cuál es entonces? Gónzalez Block empezó a analizar las distintas aves de presa que viven en México desde los tiempos prehispánicos y se encontró con una que cumple todos los requisitos anteriores: el Caracara Cheriway. Esta ave, dice González Block, “mide entre 53 y 60 cm. de largo. Tiene una longitud de alas de 1.2 m y pesa alrededor de 1.5 kg. Se aparea de por vida y mantiene un área territorial estimada en 20 km. cuadrados (…) el plumaje del Caracara presenta la corona negra, que se continúa con una cresta erectil del mismo color; las plumas del cuello y pecho son blancas y muy hirsutas y esponjadas, formando un disco junto con la corona y con el pico verdoso al centro cuando se le observa de frente. Las partes superiores del lomo, del abdomen y de los flancos están barradas de negro. El plumaje en el resto del cuerpo es negro. En vuelo, las puntas de las alas se observan con parches blancos; la cola es blanca con franjas negras y con la banda terminal negra y ancha. Las plumas en general son largas, delgadas y redondeadas en las puntas”. El Caracara (o como lo llamaban los mexicas, Iztaccuauhtli) aparece en las representaciones chichimecas y mexicas desde mucho antes que llegaran los españoles. Era vista por los pueblos prehispánicos como un compañero del Sol, al que le llevaba la semilla de vida que los hombres le ofrecían con los sacrificios humanos. El Iztaccuauhtli tenía la misión de alimentar al Sol para que éste con su luz y calor mantuviera la vida en la tierra. Como señala González Block, los sacrificios humanos eran una representación de las costumbres del Iztaccuauhtli. Los sacerdotes y los guerreros se ponían capas blancas y negras, que representaban los colores del ave, y luego de sacrificar a su víctima comían su carne, en una ceremonia que les confería los poderes que (pensaban) tenía el Caracara. Pero, si el Caracara es la verdadera “ave nacional”, ¿por qué no está en la bandera y el escudo? Recordemos que la conquista de América se dio en varias etapas: primero fue una conquista militar, pero luego vino el trabajo de suplantar a los viejos símbolos por otros nuevos (como en el caso de la segunda imagen más importante de nuestra historia: la Virgen de Guadalupe). Los españoles también tenían un ave sagrada: el águila real. Este animal era venerado en Europa desde los griegos y romanos, y luego fue incorporado al catálogo simbólico del cristianismo. Los Habsburgo, que dominaban España y casi toda Europa cuando Cortés venció a los mexicas, usaban el águila como símbolo de su poder. Era una forma de representar la presencia del monarca en cualquier punto de su imperio, sin importar que tan lejos estuviera. En los códices posteriores a la conquista, el Caracara fue suplantado por el águila real, para demostrar que ahora el poder lo tenían los españoles (y también para darle a los indígenas un nuevo emblema), pero pronto esta “nueva ave” empezó a mexicanizarse. Los pintores indigenas la retrataban de perfil, sobre un nopal, devorando una serpiente, y con una rara combinación de plumas largas y cortas en su cuerpo color café. El águila real y el Iztaccuauhtli empezaron a combinarse. A los misioneros españoles les agradaba la imagen de un águila y una serpiente, siempre y cuando hicieran referencia a un mensaje totalmente cristiano (el bien -solar- derrotando al mal -terrenal), pero no les gustaba (ni a ellos ni al resto de los venidos del viejo mundo) que el símbolo imperial de la Casa de Austria se estuviera “contaminando” con una imagen que recordaba a los vencidos señores de Tenochtitlan. Empero, con el paso de los siglos (igual y como pasó con la Virgen de Guadalupe), los elementos españoles y mexicas se imbricaron profundamente creando un simbolismo y una cultura nuevos: la mexicana. El águila del escudo nacional es una mezcla de Iztaccuauhtli con el águila real. Cuando los hijos de los españoles -los criollos- empezaron a sentir que merecían ser una nación independiente, recurrieron a los viejos símbolos mexicas, pero ahora con nuevos significados. Tonantzin se había convertido en una dama gentil, madre del único Dios, que había venido a estas tierras a cuidarnos, y la mezcla del caracara y el águila real produjo un animal fantástico que representaba la unión de dos culturas para que surgiera una nueva. En esta época de (Bi)Centenarios, en la que muchos desearíamos que la historia nos sirviera para imaginarnos un nuevo y mejor futuro, (y no sólo para gritar los ¡vivas! de siempre que al final se reducen a nada), podríamos empezar por revalorar el mensaje oculto de nuestro escudo nacional: tenemos un pasado muy conflictivo, pero también muy rico. Una nueva mirada a nuestro pasado puede ayudarnos a construir un mañana que sea diferente a lo que hemos vivido. Que el Iztaccuauhtli, el águila real y nuestra águila mexicana nos indiquen el camino.

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Lunes, Diciembre 28th, 2009
Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo,
Por la razón, que no cesará de soñar con un plano del laberinto,
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad,
Por el firme diamante y el agua suelta,
Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Ángelus Silesius,
Por Schopenhauer, que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego,
Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa, que prodiga color y que no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,
Por los duros troperos que en la llanura
arrean los animales y el alba,
Por la mañana en Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron de una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del Islam que abarcó mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales que convergen en mí,
Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
Y una cifra de cosas que no sabemos, y un epitafio de los vikings,
Por la música verbal de Inglaterra,
Por la música verbal de Alemania,
Por el oro, que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leído: Gesta Dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas,
Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
Por Séneca y Lucano, de Córdoba
Que antes del español escribieron toda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre, que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía,
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria, sentida en los jazmines, o en una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas, y no llegará jamás al último verso y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte, esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.
“Otro poema de los dones” Jorge Luis Borges.
¡Nos vemos en 2010!
* Especial para emeequis.
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