La reforma llegó. Y con ella todo lo que el mínimo sentido común anunciaba: la confrontación política entre dos visiones, la cerrazón a escuchar los argumentos del otro, la exclusión del adversario. A quienes la apoyan y la cuestionan, más allá de los argumentos que cada uno tiene, se les olvida que México no es un país con pensamiento único, que la diferencia enriquece la vida democrática, que las decisiones del gobierno inciden en el bienestar de las 0mayorías, que el Congreso está obligado a incluir el abanico más amplio de voces en lo que legisla. La hora de la iniciativa de reforma energética llegó. Y la división de la sociedad. Llegaron las adelitas de López Obrador. Llegó su hora.
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