Fumarse a México a las 4:20

* Principales, Nacional, Noticias, Sociedad

Foto: Archivo/Cuartoscuro

Por Juan Carlos Franco

Hoy

Fumar mota ya no es contracultura. Sigue siendo un crimen, pero ya no es una acción rebelde. La normalización ha echado raíces, permitiendo que el estigma sea eliminado un paso a la vez. Es tan fácil oler el tufo reconocible de la mariguana lo mismo en la facultad de humanidades de una universidad pública que en cualquier edificio en la zona más fresa de la ciudad, en el Ceremonia o fuera de la Sala Neza, saliendo de un coche en vía pública o en la explanada de un hospital del IMSS.

En varios lugares del mundo, incluso, la legalización o la despenalización permiten pensar un mundo donde las virtudes del cannabis (incluyendo los ingresos a la Hacienda Pública) formen parte del cotidiano. Las experiencias de Países Bajos, Portugal, Canadá y ciertos estados de la Unión Americana hablan por sí solos.

Por normalización, entonces, habría que entender no sólo la facilidad con que el humo sale de cualquier parte o la relativa falta de prejuicios alrededor de la sustancia, sino el advenimiento de las estructuras del capitalismo salvaje (llamado amablemente capitalismo tardío o postfordismo) también hacia la «cultura cannábica», ese conjunto de códigos que se desarrollaron para vivir entre la prohibición y el placer, desarrollando vínculos con otros con gustos similares al tuyo. El sistema del capital rige cualquiera de las expresiones. El libre mercado es el rey del consumo: si alguien lo pide, alguien estará ahí para ofrecerlo (y cobrar lo necesario por ello). Estados Unidos lo sabe mejor que nadie.

Lo que la historia enseña, sin embargo, es que el orden capitalista es un orden cruel. Estamos al límite de la desigualdad que ha impuesto como inevitable: la acumulación de capital a costa de los trabajadores, la especulación financiera, la corrupción de las élites y la destrucción del planeta se suman a la violencia que ha fomentado el crimen organizado, de la mano de las cúpulas políticas, al mantener la prohibición como política pública global, a pesar de que prácticamente todas las evidencias apuntan a las virtudes de lo contrario. Una cosa salta a la vista de cualquiera que se adentre a investigar sobre el cannabis y las políticas públicas: prácticamente toda la literatura especializada, que incluye a biólogos, historiadores, sociólogos, médicos, analistas políticos, economistas, especialistas en ética o en crimen, se decanta a favor de la legalización de esta sustancia con base en la información que aporta su disciplina y el conjunto de las investigaciones de todos los saberes.

La mayoría de los argumentos en contra de la legalización, y en general en contra del consumo de cannabis, viene de políticos y líderes morales o religiosos como padres, sacerdotes y pensadores conservadores, muchos de ellos presionados por fuerzas mayores a ellos, sea Estados Unidos y la Unión Europea o la construcción divina a la que profesen su fe.

La marihuana es la droga ilegal más consumida en el mundo. En 2005, 160 millones de personas la consumieron (alrededor del 4 por ciento de la población adulta global). De las personas que prueban la mariguana, sólo el 9 por ciento se vuelve adicto a la sustancia (y un 17 por ciento si empezó a usarla en la adolescencia).[1] Los estudios repiten constantemente que, si no se usa en los años cruciales de crecimiento hasta los 18,[2] no significa prácticamente ningún riesgo para la salud si su consumo es moderado, aunque constante. Prácticamente todos los que la hemos probado sabemos que no es el monstruo psicotrópico que parecen pintar los gobernantes y las buenas conciencias. Y es éste el mayor cambio con respecto al siglo pasado: la mayoría de las personas sabemos lo que la mariguana es, en la práctica o en la teoría.

Pero este estado de cosas también ha cobrado sus víctimas: los mexicanos lo sabemos mejor que nadie. Pero también en los países no productores es evidente la desigualdad. Mientras algunos pueden comprar con relativa confianza prácticamente la droga que sea y consumirla sin repercusiones, otros sufren las consecuencias: encarcelamientos masivos, violencia policial racista, crisis de opiáceos que afecta desproporcionadamente a los más pobres, y un largo etcétera.

En relación con el cannabis, es clara la contradicción norteamericana: se empeñan en sostener el peligro de la mariguana para la sociedad y los individuos a nivel global (incluidos los negros y los latinos de su propio territorio) al tiempo que la legalizan para uso medicinal y recreativo en varios de sus estados. La política global que encabeza y fomenta Estados Unidos, la de la prohibición, se acerca peligrosamente al colonialismo: un régimen que beneficia desmedidamente al estado que la impulsa mientras destruye, en todos sentidos, a los estados que están verdaderamente tocados por el problema. La prohibición y criminalización como doctrina externa deja la violencia afuera, lejos, mientras permite fumar tranquilos a los norteamericanos al tiempo que suma a sus arcas los impuestos que se derivan de ello.

El punto en el que nos encontramos hoy, en el mundo y en México, tiene todo que ver con nuestra relación con el vecino del norte. ¿Qué autonomía hemos tenido al tomar decisiones sobre la mariguana? Prácticamente ninguna. Mientras, basta investigar un poco para darnos cuenta con absoluta certeza de que nos han estado jodiendo desde hace mucho tiempo.

1909-1914

Uno de los mejores presidentes de la historia de los Estados Unidos, de acuerdo al juicio popular, estaba en la Casa Blanca: Theodore Roosevelt. En esos días, se reunía en Shanghái la primera conferencia prohibicionista internacional: la International Opium Comission. A la mitad de ese encuentro, el Congreso estadounidense pasó la Smoking Opium Exclusion Act of 1909, que buscaba limitar el consumo recreativo de opio al controlar su importación al país. Unos días después entró en efecto.

La idea central era prohibir la importación del opio y sus derivados al territorio estadounidense, propiciando la prohibición del consumo interno. Sin embargo, las cosas se dieron de manera distinta. Las drogas que trataban de contrabandearse eran aceptadas como importaciones e inmediatamente reexportadas, sobre todo al país más cercano, México, que para esos años los necesitaba con urgencia. De esta manera, Estados Unidos aseguraba que el dinero siguiera fluyendo dentro de su país, aunque las sustancias quedaran fuera. Para 1914, año en que es aprobada la Harrison Narcotics Tax Act, queda asentado: el consumo es técnicamente ilegal, pero de cualquier manera cobramos impuestos a la producción que haya de existir.

Desde el primer año de la prohibición narcótica, y como premonición de lo que habría de pasar hasta nuestros días, Estados Unidos tiene el control del dinero, de la fuerza, del alcance de las sustancias y, además, de la autoridad moral.

En México, en esos años, la Revolución comenzaba a instalarse con toda su fuerza, y con ella el uso de narcóticos entre los combatientes. La mariguana, que había empezado a usarse en el siglo XIX como psicotrópico (con relativa impopularidad), comenzó a hacer sus rondas en los cuarteles, incluso estando prohibidas por los altos mandos. Ya los indígenas reclutados por los ejércitos liberales habían usado la mariguana como analgésico y distractor. Era natural que esa costumbre se extendiera hasta alcanzar prácticamente todos los bandos de la guerra.

Una imagen habría de nacer: la del «peladaje», la de los pobres que fuman, las Adelitas y los revolucionarios, la del mexican sombrero y la hueva y el crimen y la barbarie de los beaners. Es decir, la de las clases acomodadas que miran con desdén (y con ignorancia) las costumbres de las clases bajas. Ya lo dice Luis Astorga, uno de los investigadores más importantes sobre el tema: en la historia de las drogas en México «escasean las fuentes confiables y, por lo tanto, abundan las mitologías».[3] Y esas mitologías han persistido, mutatis mutandis, hasta nuestros días.

Pero hoy, en nosotros, queda el eco de una imagen de hace más de un siglo: en Estados Unidos la prohibición es espoleada aprovechando la guerra que se extiende, con una violencia devastadora, tan sólo a unos kilómetros de la línea imaginaria de la frontera.

El principio

Básicamente todas las civilizaciones antiguas usaron el cáñamo de alguna forma: como textil, como remedio medicinal o como psicotrópico. Los arqueólogos convienen que su origen está en Asia central, donde se han encontrado restos de plantas de hace 6 mil años. De ahí tomó tres rutas: hacia el este de China (donde el caracter chino , «cannabis» significan también «insensible» o «aletargado» como adjetivos, y «lepra» como sustantivo), hacia el sur de la India y el sureste de Asia, y hacia el oeste asiático, desde donde tomó camino hacia África, Europa y, eventualmente, América.

En la cosmogonía hindú, una de las primeras de las que se tiene noticia con referencia al cannabis, el néctar o amrita «inmortalidad», relacionada con el griego «ambrosía», la bebida de los dioses, goteó desde el cielo. Fue consagrado a Shiva y fue la bebida favorita de Indra. De ahí brotó el cáñamo (llamado ganja, o vijaya, «victoria»), otorgado a los seres humanos para fomentar la valentía, el deleite y los deseos sexuales intensos. La primera referencia a ella se encuentra en el Rigveda, el texto sagrado más antiguo de India.

Es indudable, no obstante, la preocupación que todas las culturas han tenido con respecto a esta hierba y sus efectos. El primer caso documentado tiene que ver con la Sharia, la ley islámica del siglo VII, que prohíbe, con base en ciertos pasajes del Corán, el consumo de alcohol y en general de embriagantes tóxicos, incluido el haschisch. En el oriente islámico del siglo XIII, el cáñamo pasa de ser alimento, vestido y alivio médico y espiritual a «embriagante tóxico y nocivo» explícitamente. Al mismo tiempo, es claro también que los prejuicios y las generalizaciones empiezan a jugar desde ese momento: «El derviche y alquimista Abd al-Rahim al-Yawbari (s. XIII) dice que los sufíes que toman hachís no ayunan, no cumplen ninguna de las prescripciones religiosas que establece la ley, no se purifican con las abluciones, se perforan el pene para simular castidad, y tienen la execrable costumbre de afeitarse el rostro por completo».[4]

En la Edad Media occidental, el uso de plantas para la vida diaria o los rituales religiosos estuvo prohibido y fue estrechamente relacionado con la brujería y los rituales demoníacos. La bula Summis desiderantes affectibu (el antecedente directo del Malleus Maleficarum), escrito por el papa Inocencio VIII, prohibía, con este argumento, el uso de cualquier planta que modificara la conciencia y alejara de Dios.

Si bien es claro que la religión ha estado en el centro del embate en contra de las drogas en general, ¿cómo una hierba tan central para el desarrollo de tantas culturas se volvió un problema tan grande? La respuesta está en muchos años de prejuicios, intereses y estrategias políticas.

1941-1971

Hace tan sólo 60 años la marihuana era una droga muy poco común. Sin embargo, el imaginario colectivo (y una dosis enorme de racismo, xenofobia e intereses comerciales, eso que rige hasta nuestros días al Partido Republicano de EEUU) posibilitó la construcción de una política pública estricta y violenta a nivel mundial. La convención sobre el control de drogas de la ONU en 1961 (y posteriormente de nuevo en 1988) tipificó como delito la producción, distribución, consumo y posesión de cannabis al mismo nivel que otras drogas. En 1970, Nixon firmó la Controlled Substances Act, que categoriza las drogas según su peligro; la mariguana está en el nivel más alto, el I, junto a la heroína, los quaaludes, el peyote y el LSD, por encima de la cocaína, el fentanil, la metadona y las metanfetaminas (nivel II). En 2016, la DEA anunció la ratificación de esta ley, sin cambios.

Para entender esta época, hay que acercarse a la figura de Henry J. Anslinger, prohibition agent durante los años de la Ley Seca (1919-1933) y primer director de la DEA y, por tanto, primer zar antidrogas. Durante 32 años, fue el principal ideólogo detrás de la prohibición que rige hasta hoy.

Durante los años 20 y 30, el jazz había hecho uso extensivo de la mariguana, lo cual reforzaba la idea de que los negros y los pobres la consumían; la persistencia del crimen y la violencia en esas comunidades planteaba una correlación que Anslinger y sus cercanos no dudaron en dar a conocer, sin rigor, frente a los medios. (Se ha vuelto de culto entre los stoners de hoy productos culturales como Reefer Madness [Louis Gasnier, 1936], película que mostraba la demonicación propagandística de la era Anslinger.)

Después, de los años 40 a los 60, la misma relación sería alineada por la DEA (y los medios que seguían su discurso), pero ahora con los comunistas: fumar mariguana acercaba peligrosamente al anti-americanismo.

«El lado cómico del asunto», dice Escohotado, «se observa en que Anslinger había atribuido al cáñamo una “irreprimible inclinación a la violencia” durante los años treinta. En los años cincuenta y sesenta, dando un giro copernicano al asunto, asegura ante el Congreso que los usuarios de marihuana “se tornan enfermizamente pacifistas”, “propensos a picar el cebo del comunismo”. La planta seguía siendo un fármaco “asesino de la juventud”, si bien por razones opuestas».[5]

Sin embargo, los enemigos número uno del país en el discurso del director de la DEA eran, naturalmente, los mexicanos. La emigración de mexicanos a EEUU aumentó considerablemente durante la época de la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera (de la que, frente a la Revolución, no suele hablarse pero que, se calcula, causó la muerte de 250 mil mexicanos y la expatriación a Estados Unidos de 250 mil más). Para 1929, el final del conflicto cristero, Estados Unidos se encontraba en una crisis desorbitante: la Gran Depresión.

El cultivo de amapola sería permitido por el gobierno mexicano para la producción de morfina durante la Segunda Guerra Mundial para las tropas aliadas, en particular las estadunidenses. Asimismo, en Estados Unidos durante la Segunda Guerra, se reanudó el cultivo industrial de cáñamo para la elaboración de cuerdas, lonas y telas resistentes. Sin embargo, el advenimiento de las fibras sintéticas y de las sustancias de laboratorio eliminó su necesidad y la prohibición se instaló otra vez.

Antonio Escohotado cita en La cuestión del cáñamo dos ejemplos de las opiniones que rodeaban a Anslinger (y que usaba políticamente) sobre los mexicanos. C. M. Goethe, líder del grupo Coalición Americana, escribía al New York Times en 1935: «La marihuana, quizás el más insidioso de los narcóticos, es consecuencia directa de la emigración mexicana. Han descubierto a traficantes mexicanos regalando cigarrillos a niños en la escuela. A nuestra nación le sobra mano de obra».[6] Por otro lado, un habitante de Colorado: «Desearía poder mostrarles lo que un pequeño cigarrillo puede hacer a uno de nuestros degenerados hispanoparlantes residentes. La mayoría de nuestra población es hispanoparlante, débil mental casi siempre, debido a condiciones sociales y raciales. Como representante de líderes cívicos y funcionarios de justicia, les pido ayuda».[7]

La historia de la participación de los medios estadunidenses es también una de vergüenza, y está representada por William R. Hearst, dueño y editor de varios periódicos y punta de lanza en el amarillismo periodístico, también dueño de radiodifusoras en todo EU y, punto clave, dueño de fábricas de papel (con las que imprimía sus periódicos). Hearst sabía que el papel de cáñamo era más resistente y de mejor calidad para la impresión que el de la madera, pero él ya tenía inversiones millonarias en esta industria y, sobre todo, tenía el control casi absoluto sobre ella. Además, está el odio racial que al parecer tenía Hearst sobre todos los mexicanos a raíz de los saqueos y expropiaciones a terrenos y latifundios, en concreto el de San José de Barbícora, Chihuahua, de un millón de hectáreas, que desde 1881 pertenecía a su padre, el senador y minero millonario George Hearst, famoso por defender sus intereses millonarios en el senado, amigo de Victoriano Huerta (quien, junto con otros políticos mexicanos, vendió latifundios baratos a magnates estadounidenses en Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Sinaloa, Veracruz y otros estados).[8] A lo largo de su carrera, William R. Hearst se encargó de hacer una constante e implacable campaña de desprestigio contra los mexicanos, que incluía, claro está, su filiación pacheca y los crímenes ligados con la cultura y las drogas, incluso cuando fueran falsas o imprecisas.

Una historia parecida está en la figura de Pierre S. du Pont, cuya familia es aun hoy dueña de DuPont, una de las compañías químicas más importantes del mundo, así como accionista en General Motors y numerosas otras. Ha sido documentado que du Pont, cercano a los políticos de Washington, cabildeó en contra de la legalización del cáñamo, especialmente con fines industriales, porque estaba invirtiendo en el desarrollo del nylon como fibra sintética.

En México, excepto acaso con el gobierno de Lázaro Cárdenas, las políticas estadounidenses se encontraron con un ambiente cómodo para prosperar. La Liga de la Decencia, impulsada por Soledad Orozco, esposa del presidente Ávila Camacho (1940-1946), que en 1943 le había puesto calzones a la recién inaugurada Diana Cazadora y repetía constantemente su hazaña con orgullo, no sólo combatía el vicio y la pornografía, sino también a Blanca Nieves (una mujer viviendo con siete hombres), a Agustín Lara (canciones sobre amores impúdicos), las bodas en las kermeses y los maniquíes en los escaparates. Más adelante, los gobiernos de Ruíz Cortines (1952-1958) y Díaz Ordaz (1964-1970) habrían de reprimir las expresiones artísticas y culturales «escandalosas». En junio y julio de 1952, por ejemplo, se clausuraron 200 centros de vicio y perdición, donde, claro está, se fumaba mariguana.

En Estados Unidos, la reacción antimexicana causó una reacción en los jóvenes, que durante los 60 comenzaban a organizarse en otro a un movimiento libertario. Todo esto, junto con la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos humanos, configuró el rompimiento que significaría el 68 para la contracultura del mundo. Y la mariguana estaría en el centro de todo.

Seis meses en 1940

Justo en medio de esta época, la posguerra y sus consecuencias, una voluntad de izquierda demostró que la legalización es posible. Y sucedió nada menos que en México.

Eran los últimos meses del gobierno de Lázaro Cárdenas, un presidente que había sacudido al México posrevolucionario: había nacionalizado las industrias petroleras, retomó la reforma agraria y el reparto de ejidos (áreas de tierra de tenencia comunal), recibió a numerosos exiliados españoles, varios intelectuales incluidos, y exilió a Plutarco Elías Calles. Su gobierno, como suele suceder con los gobiernos de izquierda, no contaba con la simpatía de los empresarios, pero sí del pueblo. Una esperanza se veía al final de la larga resaca de la Revolución.

En medio de esta popularidad, y atendiendo a las investigaciones con toxicómanos del doctor Leopoldo Salazar Viniegra en La Castañeda, Cárdenas decidió lanzar, en enero de 1940, el Reglamento Federal de Toxicomanía. El doctor Salazar argumentaba que la toxicomanía era un problema de salud, no de seguridad; que los narcóticos, en particular la mariguana, no representaba un riesgo social real y que era el alto precio de las sustancias, que ya desde entonces generaba la política prohibicionista, lo que llevaba a las personas a cometer crímenes.

En sus propias palabras, en un famoso ensayo titulado El mito de la mariguana: «Frente a nuestro real y formidable problema de alcoholismo, la cuestión de la mariguana no merece la importancia de problema social ni humano. […] La instrucción, la cultura, la orientación de nuestro pueblo, permitirá que el calumniado y hermoso arbusto no sea en lo futuro más que lo que debe ser: una rica fuente de abastecimiento de fibras textiles».[9]

La legislación cardenista eliminó los delitos relacionados con la posesión y consumo de drogas, instaló clínicas donde los toxicómanos podían acceder a las sustancias en dosis baratas y seguras, e incluso dejó libres a varios delincuentes relacionados con crímenes relacionados con drogas.

Pero el ejercicio radical, innovador globalmente, no duró. A pesar de los buenos resultados (no hubo un aumento en el crimen, los toxicómanos reportaban mejorías, no hubo una carga significativa en la economía), a inicios de junio, tan sólo unos meses después de puesto en marcha el reglamento, el gobierno declaró que la escasez de sustancias como la morfina y la cocaína a raíz de la Guerra Mundial volvía insostenible el nuevo esquema. No se hablaba de los cultivos nacionales  o de otras formas de abastecimiento. Hoy, se sabe que el gobierno de Estados Unidos presionó para revertir la ley a la legislación prohibicionista y punitiva de 1931. No obstante, basta recordar este momento de la historia de nuestro país para darnos cuenta: la prohibición no es el estado natural de las cosas. Y no sólo eso, sino que la política opuesta funciona.

El trabajo visionario del doctor Salazar Viniegra se ha vuelto de culto entre los activistas de la legalización. El momento político que permitieron sus investigaciones sigue presente. Sin embargo, la reacción del país (vía presión estadounidense, que amenazó con dejar de venderle a México otros medicamentos) fue dura y marcaría para siempre el destino de nuestro país. La toxicomanía, ahora llamada drogadicción, dejó de ser considerada un problema de salud pública administrado por la Secretaría de Salubridad y Asistencia, hoy Secretaría de Salud, sino como uno de seguridad nacional perpetrado por la policía y el ejército, es decir, por la PGR y la Sedena. Con un plan a nivel federal, la fuerza pública iría, entonces, detrás de productores, traficantes y, finalmente, contra los consumidores.

Foto: Archivo/Cuartoscuro

2006-2019

Según RT, existe evidencia documental de al menos 250 mil 547 homicidios en el país entre diciembre de 2006 y abril de 2018.[10] La guerra contra las drogas ha significado, en muchos sentidos, un cambio radical en la vida del país: significa, por un lado, una crisis humanitaria y, por otro, algo cercano a una guerra civil. El extremo de la prohibición hoy puede ejemplificarse con el caso mexicano.

El origen de todo no está precisamente en las sustancias. Diego Osorno lo pone en estos términos: «Salinas llegó con una elección calificada como fraudulenta por una buena parte de la sociedad. ¿Y qué es lo que hace para ganar legitimidad? Golpes mediáticos. Empezó a encarcelar líderes sindicales corruptos, encarceló a Miguel Ángel Félix Gallardo, dio golpes mediáticos que consiguieron el apoyo de Estados Unidos y de la sociedad. Lo mismo hizo Calderón, pero no le funcionó a tal grado. Llegó con una elección fraudulenta, con un déficit de legitimidad bestial. Buena parte de la sociedad no lo consideró presidente. Entonces él eligió este tema, la guerra contra las drogas, de manera muy parecida a como lo hacen los presidentes republicanos de la derecha estadounidense, para purificarse moralmente. Eligió este tema para emprender una guerra y verse como el hombre fuerte, como el hombre que controla, como el hombre que gobierna, como el hombre que tiene el poder, ese poder que no esta tan claro que haya conseguido en las urnas, lo consigue por medio de sangre».[11]

Algunos estimados dicen que México gasta hasta nueve mil millones de dólares al año para luchar contra las drogas, más de tres veces la cantidad que gasta Estados Unidos,[12] unos 168 mil millones de pesos (como referencia, el presupuesto total de la UNAM para 2019 es de casi 45 mil millones). Es decir, gastamos más de 300 mil pesos por minuto.

Hoy, es claro que se trató, en muchos sentidos, de una falla enorme, una estrategia pensada al mismo tiempo para legitimar el gobierno nacional y simpatizar a los Estados Unidos.

¿Cómo puede reconocerse (y enmendarse) un error político? ¿Cómo dar vuelta atrás a una decisión que ha traído consigo una decidida reducción en la calidad de vida del país? ¿Cómo podemos esperar resultados distintos frente al crimen haciendo las mismas cosas que han demostrado ser catastróficas para sus habitantes? ¿Por qué no cambia la estrategia? O bien, la pregunta hoy: ¿por qué la estrategia era otra en campaña y es la misma en los hechos del gobierno?

La legalización parece estar en el centro de la mayoría de las opciones distintas a la guerra actual. La prohibición y criminalización, en particular de la mariguana, es casi un absurdo sostenido por endebles argumentos morales, falacias políticas e intereses extranjeros.

Como Calderón y Peña Nieto lo hicieron también al terminar sus mandatos,[13] Fox tuvo la posibilidad real de despenalizar la posesión de drogas en 2006, cuando presentó una iniciativa para reformar el Código Penal Federal, el Código Federal de Procedimientos Penales y la Ley General de Salud. Él mismo la echó para atrás. El vocero de la Presidencia, Rubén Aguilar, aceptó que el gobierno de Estados Unidos había tenido que ver con la decisión de vetar la reforma.[14] Hoy, sin mayor empacho, Fox declara que la guerra contra las drogas nunca ha funcionado[15] y que le gustaría ser productor legal de mariguana.[16]

La prohibición, además de violencia, siempre genera una cultura a su alrededor, un conjunto de signos que identifican a los que participan de ella. Sucedió en la Prohibición estadounidense, sucede hoy con la cultura gansta afroamericana y, sin duda, con la narcocultura en nuestro país. Hoy, Malverde, narcomensajes, capos y telenovelas y series sobre ellos, la moda «buchona», narcocorridos, las figuras del lujo (trocas, Buchannan’s, mansiones, joyas), armas, la Santa Muerte, y muchas otras, algunas de las cuales identifican a organizaciones criminales concretas o a zonas geográficas, forman parte de la idea de narcotráfico (y que, si atendemos a uno de los argumentos principales de Los cárteles de no existen, el pionero estudio de Oswaldo Zavala, tendría no poco que ver con la construcción de un discurso oficial desde el poder político, un ellos contra nosotros).

Tal y como la contracultura sesentera empezó a generar signos propios del consumo de mariguana (en eso que habría de decantarse en la cultura cannábica) y que servían para unificar la experiencia de consumir mariguana frente a la estigmatización y la ilegalidad, la narcocultura busca exactamente lo mismo. Según Diego Osorno, la narcocultura tiene tres funciones. La primera, enfrentar el riesgo de mercado al proporcionar protección psicológica contra el riesgo violento, de morir y matar, en el negocio. La segunda, el valor organizacional: para sobrevivir al estigma social, ayuda a conformar una ideología que les dé coherencia como organización. Y tercera, funda sueños e instituye aspiraciones para atraer más mano de obra, es decir, es algo así como la propaganda para el reclutamiento en la organización criminal.

Al mismo tiempo construida dentro de las organizaciones y fuera de ellas, la narcocultura significa el secuestro del país por medio de los referentes que genera para simultáneamente sostener y estigmatizar a sus criminales más destructivos. Mientras en otros lados del mundo, y en particular en Estados Unidos, muchos de los signos del imaginario sobre mariguana (y otras drogas) posibilitan un relativo estado de bienestar (a nivel personal tanto como político), en México la construcción simbólica muestra lo omnipresente de la destrucción causada por una política pública que nunca debió haber existido.

Foto: Archico/Cuartoscuro

1971-1988

La historia del por qué el 4-20 se convirtió en sinónimo de mariguana representa perfectamente la variedad de símbolos y de circunstancias de una cultura que comenzaba a volverse contra sus valores tradicionales. Cinco amigos en la próspera comunidad de San Rafael, California, cerca de San Francisco, se reunían al terminar las clases afuera de la escuela; se hacían llamar Los Waldos, porque se veían frente a una pared (wall). En 1971, un guardacostas les contó de un cultivo de mariguana que ya no podía cuidar, así que para que lo encontraran les dibujó un mapa del tesoro (literalmente). Así fue como Los Waldos empezaron su búsqueda por todo el pueblo. Todos eran jocks; se reunían al menos una vez a la semana terminando su entrenamiento, a las 4:20 pm, para fumar weed y lanzarse a buscar. Nunca la encontraron.

Entran a escena los Grateful Dead. Por conexiones con Los Waldos (el padre de uno de ellos era el agente de bienes raíces de la banda, el hermano mayor de otro era buen amigo de Phil Lesh, el bajista de la banda). No es secreto que Grateful Dead fue una banda central para la contracultura estadounidense de los 60. Como tal, estaban cerca de la mariguana. What a long, strange trip it’s been, canta Jerry Garcia en “Truckin’”. Los Waldos, en ese entonces aún alumnos de preparatoria, pasaban tiempo con la banda y usaban su lenguaje-código. A los miembros de la banda se les quedó pegado y se extendió por la comunidad stoner de California.

No fue hasta casi veinte años después, en 1990, que Steven Hager, reportero para High Times, acaso la revista sobre mariguana más importante del mundo, escuchó por primera vez ese número. Antes de un concierto de los Dead, recibió un flyer: «We are going to meet at 4:20 on 4/20 for 420-ing in Marin County at the Bolinas Ridge sunset spot on Mt. Tamalpais». Bastó un poco de investigación para dar con el origen de ese número. Hager publicó un artículo sobre esto, y el número se volvió famoso a nivel global. El 20 de abril es celebrado en todos lados, la hora ha sido referenciada en numerosos productos culturales, de Pulp Fiction a La vida moderna de Rocko, y hoy los perfiles en Tinder y Grindr están llenos de #420. Cinco estudiantes de high school, los hippies, California, las tocadas hippies de los Grateful, el gobierno de Nixon y la necesidad de ocultarse frente al estigma social: todo esa época estaba ahí.

1971 fue un año importante para la mota, y no sólo por eso. La revolución contracultural de los 60 había alcanzado y golpeado constantemente al gobierno de Nixon (1969-1974). ¿Cómo sacas a los manifestantes pacíficos del front lawn de la Casa Blanca? Criminalizando sus costumbres. Fumar mariguana era una de las más constantes.

Pero también fomentas la institución de una prohibición rigurosa y global. En ese mismo año, se llevó a cabo el Convenio sobre sustancias psicotrópicas de la ONU, que, además de agregar las sustancias más novedosas a la lista (como barbitúricos, psicodélicos y anfetaminas, que no habían sido prohibidas en la Convención de 1961 por sus posibles valores médicos), radicalizó la prohibición a nivel mundial y ponía el ojo particularmente en el tráfico internacional de drogas. Este Convenio significó la creación de numerosas leyes nacionales de prohibición, criminalización y acción violenta sobre toda la cadena de oferta y demanda de las drogas. Es decir, el inicio real de todo.

Las anécdotas mexicanas de la época son mucho menos coloridas. Con excepción de algunos actos contraculturales, las anécdotas de la época tienen que ver casi siempre con lo mismo: el estigma social. Sin embargo, un evento en concreto significó un momento importantísimo para la contracultura nacional (y la idea de mariguana). El Festival Rock y Ruedas de Avándaro, conocido simplemente como Avándaro, realizado el 11 y 12 de septiembre de 1971, reunió a 250,000 jóvenes en Valle de Bravo, todos con ganas de escuchar ese rock nacional que se había apuntalado en el país frente al rock sesentero gringo. De acuerdo a José Agustín, el gran cronista de la contracultura, el festival era una mezcla de gente bien y el peladaje y durante todo el evento las oleadas de humo de mota no dejaron de llenar el espacio. También hubo grandes cantidades de LSD, peyote, hongos y alcohol. Y sexo. Es decir, desenfreno monumental. Ya teníamos nuestro Woodstock.

Fue entonces que, a las tres de la mañana, tocó Peace and Love, banda tijuanense de rock psicodélico, una de las primeras de incluir los metales, lo que les daba un sonido cercano al último Big Band jazz, como el de Quincy Jones, pero imbuido de los Doors y los Beatles. Después de mandar a chingar a su madre al que no cantara, empezaron su última rola, “Mariguana”, a la one, two, tres, cuatro:

Mariguana, quiero mariguana.

Mari, mariguana,

mari, mariguana.

Quiero mariguana.

El coro fue memorable, tanto que lo escucharon en la Ciudad de México. La transmisión radiofónica en vivo, por Radio Juventud (660 de AM), fue interrumpida en ese momento. La noticia corrió rápido. La sociedad estaba escandalizada. La reacción no se hizo esperar. Entra en escena Luis Echeverría y la época oscura para la música en México: el presidente prohibió todos los conciertos de rock, cerró cientos de «hoyos funky» y antros underground, y hostigó a miles de jóvenes sólo por llevar el pelo largo, huaraches o portar flores en el pelo.

Después de la popularización hippie (y jipiteca, la versión mexicana) de la mariguana, quedó claro en el imaginario popular (o podría haberlo hecho) que no se trataba de una droga terrible que llevaba al crimen y la violencia, sino, acaso, al atolondramiento y el idealismo. Pero aun así el poder encontró la forma de volverla otra vez algo indeseable a través de una idea moral: su relación con el amor libre y otras drogas, con la insatisfacción anti-establishment y la falta de productividad. Los alcances de la estigmatización son incomprensibles. Y peligrosos, como habría de verse en los siguientes años. La cultura, construida al mismo tiempo alrededor del discurso oficial y en canon católico, habría de poner durante los setentas y ochentas al consumo de drogas en un lugar tal de arrinconamiento social que, de alguna u otra manera, lo que habría de venir sería inevitable.

Foto: Archivo/Cuartoscuro

1914-1939

La historia de la mariguana es la historia del estigma social. La época decisiva de la relación de la mariguana con los mexicanos está en la Revolución, pero sobre todo en sus secuelas.

José Guadalupe Posada, curiosamente, ya había sido parte importante en la conformación de este imaginario. Dice Monsiváis: «Sus piezas, invariablemente, atestiguan la vitalidad áspera, malencarada, inocente, resentida de la chusma, de esa leperuza y ese peladaje que Posada, sin embellecerlos en lo mínimo, describe con el afecto posible: el del pleno y jocoso reconocimiento de su existencia».[17] Igual que hizo constantemente con la clase política, Posada se burla sin reparos de lo más bajo. Lo hizo con Los 41, con los indígenas y con la pelada en general, y lo hizo también con los consumidores de mariguana con un personaje: Don Chepito Mariguano. «El homenaje de Posada a la sátira de la transgresión, mezcla de viejo raboverde, demagogo, cómico chusco, disparate a la moda, payaso de las bofetadas, alma de la fiesta, acosador sexual. Don Chepito, inermidad y locura, contempla con sonrisa depravada las ineptitudes de la inepta sociedad, que en su oportunidad lo vapulea». El retrato, como la mayoría de los grabados de Posada, es mucho más que la mera bufonada. Es un retrato satírico y al mismo tiempo costumbrista. Dice Juan José Arreola de Don Chepito: «Este hombre está por debajo de sus ideales pero todavía intenta escalarlos y se cae de todas partes, del caballo y de la bicicleta; del tablado teatral y del lecho amoroso. Y sobre todo se cae de sí mismo, de sus propias piernas que una droga falaz llenó de fuerza ilusoria».[18] A pesar de que el retrato contenía mucho más que una crítica social, los lectores mexicanos, y a la larga la cultura, habrían de tomar los aspectos más sórdidos y violentos en la configuración de la idea del «mariguano».

Esta idea porfiriana habría de chocar con la realidad revolucionaria. Después de batallas terribles y una relación tensional entre facciones políticas y con Estados Unidos, en 1916 el gobierno de Carranza declara la ilegalidad de la producción, comercio y consumo en todo México. Las drogas habían tomado un sorpresivo protagonismo en la lucha. La Revolución fue una guerra sumamente violenta entre facciones a menudo difíciles de definir y enmarcada en momentos de relativa paz psicotrópica entre batallas. El reflejo hacia fuera del país, en particular hacia Estados Unidos, era el de un país de pachecos. El antecesor de Carranza, Victoriano Huerta, era famoso pacheco que, según la tradición, fumaba sin reparos en Palacio Nacional. (Algunas facciones revolucionarias, incluso, cantaban «La cucaracha», el corrido revolucionario más famoso, teniendo en la cabeza al traidor Huerta.)

Es para este momento que la migración hacia Estados Unidos se torna masiva, y con ella viaja también la costumbre proletaria de fumar para aguantar las jornadas exhaustivas de trabajo, para lograr despejarse al terminarlas o para luchar contra la soledad y hacer más fácil la aculturación. La primera ola habría de encontrarse con un país receptivo y cercano a los migrantes que progresivamente iría construyendo un concepto racista y estrecho de los mexicanos.

En 1925 se realiza el Convenio de Ginebra. A las drogas controladas en ese momento (opio, morfina y cocaína) se le agrega la heroína y el cáñamo, ésta última iniciativa de la delegación egipcia puesto que en ese país el consumo de mariguana estaba vinculada por el gobierno monárquico (y la colonia inglesa que lo impuso) con la subversión independentista, situación que, en vez de solucionar las tensiones, se agravó después de la prohibición. Al relacionarse con la persistencia del cáñamo en la historia de Egipto desde los faraones de la segunda dinastía, cuatro milenios antes, los insurrectos habrían de sentir una afrenta más en contra de la identidad egipcia originaria, y reivindicarían el cáñamo (en particular el hashish) como parte de la lucha y la concordia.

Para finales de los 30, la idea de la maldad de la mariguana estaba casi completamente arraigada. Películas como Mariguana, el monstruo verde (José Bohr, 1936), protagonizada por Sara García, mostraban melodramáticamente lo que, según este imaginario, podía sucederle a alguien si consumía mariguana. (Spoiler: nada bueno.) Lupe Rivas Cacho, una de las divas más importantes del teatro mexicano posrevolucionario de la capital, se volvió famosa con Doña Grifa, que a la postre popularizó el término «grifa», que primero se refería a la mariguana y se extendió hasta nuestros días, como adjetivo, para definir a todo el que consume o está bajo los efectos de la mota.

Después de la guerra de Revolución, la Iglesia católica habló cada vez con más vehemencia en sus sermones de la enormidad del pecado de consumir mariguana. Pero esto ya había sucedido antes.

1492-1908

El cáñamo llegó a nuestro continente en forma de velas y cuerdas. La resistencia de la fibra de esa planta hacía que fuera ideal para confeccionar enseres navales, no como plantas o semillas, mucho menos como sustancias. «Muchas cosas les faltaban también de las que acá percibimos, que son más deleitosas que necesarias, como decir seda, azúcar, lienzo y cáñamo», escribió el cronista Francisco López de Gómara, secretario de Hernán Cortés, en su Historia de la Conquista de México.

A petición expresa de Cortés, los españoles habían traído el cáñamo al Nuevo Mundo y los jesuitas la extendieron por el territorio. Los conquistadores (supuestamente) no lo usaban como psicotrópico porque fue satanizada por el Papa Inocencio VIII, quien lo había erigido como pecado. Tan sólo unos años después, el virrey Antonio de Mendoza limitaría su siembra porque se había hecho de conocimiento del nuevo gobierno que los indios ya la usaban con fines tóxicos. No hay pruebas reales de esto; es quizás osado pensar que los indígenas, tan sólo unos años después de la Conquista y frente a la nueva raza, que no usaba el cáñamo con fines psicoactivos sino industriales, consumiera ya la mariguana en aquél sentido. Parece ser que se trataba más bien del pipiltzintzintli, ese compuesto usado sobre todo por los mazatecos en Oaxaca pero que tiene su origen en el mundo azteca. No se sabe a ciencia cierta de qué sustancia se trataba, pero la mayoría de los investigadores apuestan porque su ingrediente principal era la Salvia divinorum, una planta que causa fuertes alucinaciones y que se mastica o se bebe en infusiones.

De cualquier manera, su cultivo fue fomentado por la corona española durante varias décadas, con los Borbones como los grandes impulsores de su siembra a gran escala, y la Iglesia detrás. Sin embargo, a principios del siglo XVII las cosas cambiaron. El Malleus Maleficarum había sido publicado unos años atrás y fungiría como el antecedente directo del Edicto del Peyote, publicado en 1620 por la Santa Inquisición, puesto que el peyotl «ha tomado mas fuerça el dicho vicio» frente a la Santa Fe Católica y «se ve notoriamente la sugestion, y asistencia del demonio» en los que la consumen. La Iglesia, junto con la Corona española, comienza a tomar una decidida moral anti-sustancias, que nunca incluiría, a diferencia del Islam, el alcohol o el tabaco. Es difícil determinar por qué, aunque probablemente tenga que ver con motivos económicos (la productividad de los indígenas y los esclavos africanos), prejuicios racistas (los aborígenes no poseen la entereza intelectual o emocional para soportar una sustancia de esa naturaleza) y el cambio de paradigma, en Europa y sus colonias, sobre el consumo de sustancias, eso que David Courtwright denomina «revolución psicoactiva»:[19] la capacidad que tiene todo individuo de alterar sus procesos mentales conscientes y habituales, un proceso histórico que empezó en 1500 y que se constituyó plenamente a principios del siglo XIX. «El comercio de las drogas, parafraseando al antropólogo Robert Ardrey, floreció en un mundo en el que la psique hambrienta sustituía progresivamente al estómago hambriento».[20]

Esto trajo una serie de prejuicios e ideas racistas: el opio es culpa de los chinos; la mariguana de los mexicanos; la cocaína de los homosexuales, los vagos, los intelectuales acomodados; más adelante, el crack de los negros; el LSD de los hippies más hardcore; los opioides de los pobres; y un largo etcétera. La mariguana, entonces, parece relacionada estrechamente con lo mexicano, incluso vista desde dentro del país. Esto, sin embargo, no es más que una construcción externa, llena (como, por lo demás, están muchos argumentos sobre las drogas) de ignorancia y mala fe, sobre todo los que construyó EU en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, es innegable que el nombre mariguana (o, en inglés, marijuana) proviene del español, o bien del náhuatl, y que muy seguramente se originó en México.

No obstante, no hay ninguna certeza, sólo varias teorías: las curanderas, Marías y Juanas, usaban el cáñamo con fines medicinales; hasta hoy, los indígenas tepecanos, que usan el cáñamo con fines religiosos, le llaman Rosa María. «Los etimólogos más serios», dice el traductor Fernando A. Navarro, «suelen negar validez a esta etimología popular, pero lo cierto es que marijuana es en la actualidad el nombre más frecuente de esta droga en EEUU, y que tanto en inglés como en francés se han acuñado ya las formas coloquiales Mary Jane y Marie-Jeanne, respectivamente. Sea como fuere, lo cierto es que el nombre de María está ya hoy íntimamente asociado a la marihuana». Aun así, parece la más aceptada.

Por otro lado, según el activista Ricardo Sala, nace de la combinación de varios términos náhuatl: mayi («mano»), por la forma de la hoja; malli («prisionero»), porque la planta se apodera del individuo; ihuani («interesante») y tlahuana («embriagarse»).[21] Otras etimologías que se mencionan: del supuesto árabe marwana («dura», «valiente») o de la posible voz africana maranguango, usada hoy en Panamá como «brujería» o «bebedizo».

Lo cierto es que el cannabis se ha consumido, a partir la «revolución psicoactiva», en todos lados y por mucho tipo de gente. Se han encontrado restos de pipas con mariguana en el jardín de la casa de Shakespeare, y en su soneto 76 escribe «and keep invention in a noted weed» (aunque los académicos debaten si se trata de una referencia a esta planta o no). Entre las acusaciones legales a Juana de Arco está la de usar cannabis. Nietzsche la encomió. Baudelaire escribió numerosos poemas en su influjo, el afamado «paraíso artificial». También la consumieron famosamente Gautier, Nerval, Rimbaud, Coleridge. Ni hablar de los (muchos) que lo hicieron en el siglo XX. Pero la accesibilidad total a las drogas no llegaría sino hasta mucho tiempo después, con una revolución de otro tipo.

1988-2006

El neoliberalismo significó también la liberación de los mercados ilegales. Las armas, la pornografía infantil, los mercados negros de todo tipo se unieron a las drogas en el camino laissez faire, laissez passer: las transacciones comerciales son entre entes privados. La globalización, su consecuencia económica, sentó las bases del momento que vivimos hoy en el mundo: cualquiera puede encontrar lo que quiera en el momento que quiera prácticamente en cualquier parte del mundo, aun cuando sea ilegal. Como en tantas cosas, el mercado se le ha impuesto al estado.

El Tratado de Libre Comercio, la figura más clara del neoliberalismo en nuestro país y la región, no sólo cambió la forma en que compramos y consumimos cualquier producto, sino también la forma en que nos drogamos. Pero sobre todo, transformó la forma en que las drogas que producimos significan el viaje de miles de estadounidenses. La eliminación de las barreras aduanales significó entre Canadá, Estados Unidos y México, aún hoy, la división entre productores y consumidores, entre los que ponen la fuerza de trabajo (y los peligros que conlleva) y los que la aprovechan (con las ventajas que representa). (¿Qué tan distinta es la explotación colonial de lo que Estados Unidos impone hoy en día al resto del mundo, pero sobre todo a su vecino del sur?).

La guerra contra las drogas es la consecuencia inevitable, o al menos lógica, de un sistema que propicia la austeridad gubernamental, el libre mercado, la privatización y la desregulación. El neoliberalismo, asumido a partir del Consenso de Washington propuesto por EU en conjunto con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, ha permitido que el mercado se vuelva lo salvaje que es hoy y que, como es palpable, la distribución del ingreso ha sido sumamente desigual en todo el mundo. En México, a pesar de los beneficios que sus defensores pregonan, el PIB sólo ha crecido a una tasa del 2.4 por ciento anual en el periodo de 1993-2013 y han aumentado constantemente las tasas de ocupación informal y desempleo.

Con relación a los narcóticos, así lo explica el economista Salvador Medina Ramírez: «Básicamente, las organizaciones del narcotráfico son empresas capitalistas (ilegales) que se dedican a la exportación al mercado de más importancia de México y del mundo: EU. Para ello, requieren importar productos de EU (armas) que les permiten garantizar su producción y distribución de narcóticos, para posteriormente exportarlos a Estados Unidos. Incluso algunas veces maquila parte de la producción en México, para añadirle cierto valor agregado, al importar componentes básicos de otras partes del mundo (ej. pseudoefedrina)».[22] 

Si forma parte del sistema, ¿Qué opción queda? ¿Podemos pensar fuera del capitalismo? ¿Existe una vía posible para que los problemas ocasionados por esta guerra acaben pronto?

Foto: Archivo/Cuartoscuro

El futuro

Es fácil ser cínico con respecto al futuro de las drogas en nuestro país. Yo lo soy. Incluso la falsa dicotomía propuesta por Calderón, y asentada en la comentocracia, sobre luchar contra los cárteles y ver la violencia aumentar o dejarlos hacer a cambio de la paz está asentada en un cinismo terrible, muy cercano a la visión política del PRI.

El voto para López Obrador fue, sobre todo, un voto en contra de las estrategias fallidas de los gobiernos de los últimos sexenios. Entre ellas, quizás la más importante fuera la de un nuevo acercamiento a la guerra contra el narco, una que por su naturaleza no pudiera siquiera llevar ese nombre. En cambio, la estrategia propuesta una vez en la Presidencia es alarmantemente similar a las anteriores: el ejército, o bien la Guardia Nacional con mando militar, luchando con violencia contra criminales que, gracias a su poder, cuentan con un capacidad violenta igual o mayor a la del gobierno.

No basta una declaración. «Ya no hay guerra contra el narco» no basta. Los números ofrecidos por Jorge Ramos en un careo directo con el Presidente en su conferencia matutina son correctos (y los ofrecidos por AMLO, en cambio, falsos)[23]: la violencia no va a la baja. Según las investigaciones de Animal Político, en enero de 2019, la tasa de víctimas de homicidios fue de 2.4 por 100 mil habitantes. El crecimiento de dicha tasa fue de 10.65 por ciento con respecto al mismo mes de 2018; 47.42 con respecto a 2017; 83.05 por ciento con 2016 y 105.5 por ciento con 2015. En febrero de 2019, la tasa fue de 2.44. Así, el crecimiento en la tasa con respecto al mismo mes fue de 15.34 por ciento en 2018; 52.87 por ciento en 2017, 72.63 por ciento en 2016 y 96.46 por ciento en 2015. La consideración por los números, sin embargo, nunca deberá opacar el respeto y la considerar por las víctimas, y ése debería ser el primer paso a dar hacia un giro de la estrategia y, por lo tanto, de la vida en el país.

Estamos a años luz de pensar en la reparación de daños a las víctimas de esta guerra. Pero al menos podemos pensar en resarcir las cosas hoy. Es ése, al menos en teoría, el plan maestro del gobierno federal para la acción (llamado Plan de Paz y Seguridad 2018-2024): amnistía y desarme de carteles, drogas legales, combate a la corrupción y a la impunidad, volver prioridad a los desaparecidos, el ejercicio pleno de los derechos humanos y garantizar empleo, educación, salud y bienestar. A pesar de esto, lo único que hemos visto como ley, casi como decreto, es la Guardia Nacional.

La mariguana está en el centro del debate por una razón simple: estudio tras estudio el argumento profesional es, una y otra vez, que no hay razón para su prohibición, mucho menos su criminalización. Las experiencias de otros países, y del nuestro en unos meses en 1940, hablan al menos de la posibilidad, la existencia real de una alternativa viable.

En 1898 podía leerse en El Imparcial: «La mariguana, nefanda hierba, funesta como Lucrecia Borgia, tentadora diabólica, de efectos más intensos que el alcohol, veneno consumido clandestinamente por proletarios que creen realizar su paraíso en el inferno que la droga terrible les produce».[24] Hoy una frase así sería insostenible. La visión cultural (incluso moral) sobre la mariguana ha cambiado definitivamente. Las circunstancias violentas también han obligado a ver el fenómeno desde una óptica distinta, desde un filtro ético. Los hechos hablan: la violencia no está relacionada orgánicamente con la mariguana. La violencia es producto del sistema que la alberga, pero también de decisiones políticas inconscientes. Y al menos una de ellas puede cambiar.

No ha existido una mejor época que ésta para legalizar las drogas, en especial la mariguana. La mariguana se ha abierto paso, a pesar de la prohibición. En el horizonte (quizás uno muy lejano) se deja ver el derecho inalienable a alterar nuestras conciencias. Pero hoy, el momento cultural y político a nivel mundial permite la legalización y una serie de medidas para retomar el poder del estado y el énfasis en el bienestar de la gente para llegar a una solución profunda, no sólo cosmética.

El temor de Dios o de Estados Unidos debe quedar completamente de lado, así como los intereses y las fobias personales. La prueba de ello está en la historia: nunca ha funcionado, no va a funcionar esta vez. Necesitamos de un estadista con temple y voluntad política, sin consultas populares ni negociaciones. Necesitamos una decisión respaldada por los hechos.

Sería ingenuo pensar que, legalizándola, la mariguana vuelva al cauce espiritual y armónico de las primeras culturas; como parte del sistema capitalista, será un producto más que se venda junto a un montón de Coca-Cola, armas y experiencias para Instagram. Y sin embargo, sí podría conformar un mundo mejor. Los usos industriales del cáñamo son mucho más ecológicos que los de otros recursos naturales, sobre todo en cuanto a la producción de papel. El ahorro en las estrategias de seguridad y los ingresos públicos por los impuestos al consumo y la producción pueden generar un esquema de rehabilitación para adictos y de resarcimiento para las víctimas de la guerra. Las ventajas del cannabis medicinal son inconmensurables. El consumo consciente, similar al saber beber, será un imperativo, y para ello, como para muchas cosas en este país, se necesita un programa educativo robusto, cercano a un énfasis constante en el bienestar de sus habitantes.

El panorama es alentador en cuanto al posible papel de la mariguana en nuestra sociedad y desesperanzador en cuanto al uso de la violencia en el país. Ninguna solución será a corto plazo, pero debemos hacer algo. Los hechos y la información sobre la mariguana son claros sobre lo que significa en nuestro mundo: no un peligro, sino una posibilidad. Podemos empezar por ahí. Vamos un paso a la vez.

Foto: Archivo/Cuartoscuro

[1] https://www.drugabuse.gov/publications/research-reports/marijuana/marijuana-addictive

[2] https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC135493/

[3] Astorga, El siglo de las drogas, p. 18.

[4] Indalecio Lozano (introd., trad, y notas), Solaz del espíritu den el hachís y el vino y otros textos árabes sobre drogas, Universidad de Granada: 1998. 14.

[5] Escohotado, La cuestión del cáñamo, p. 125.

[6] New York Times, 15/09/1935, p. 17, citado por Escohotado, La cuestión del cáñamo, p. 122.

[7] F. K. Baskette, citado por Escohotado, La cuestión del cáñamo, pp. 122-123.

[8] Feliciano, República pacheca, pp. 47-48, que cita a su vez a Jack Herer, El emperador está desnudo.

[9] Leopoldo Salazar Viniegra, “El mito de la mariguana”, citado por Enciso, Nuestra historia narcótica, p. 78.

[10] https://actualidad.rt.com/actualidad/272788-mexico-llega-250000-asesinatos-inicio-guerra-narcotrafico

[11] Entrevista con Froylán Enciso, “La Narcocultura del sexenio de Calderón”, Nuestra historia narcótica, pp. 168-169.

[12] https://sipse.com/mexico/gasto-genera-combate-al-narcotrafico-en-mexico-226582.html. En la nota dice «9 billones de dólares», pero es un error de traducción de billions.

[13] https://politico.mx/minuta-politica/minuta-politica-gobierno-federal/fox-calder%C3%B3n-y-epn-buscaron-cambiar-pol%C3%ADtica-de-drogas-al-salir/

[14] https://www.jornada.com.mx/2006/05/05/index.php?section=sociedad&article=056n1soc

[15] https://es.panampost.com/panam-staff/2014/09/23/vicente-fox-la-guerra-contra-las-drogas-nunca-ha-funcionado/

[16] https://elpais.com/internacional/2013/06/06/actualidad/1370482986_582416.html

[17] https://www.jornada.com.mx/1996/09/15/sem-monsivais.html

[18] https://www.jornada.com.mx/2003/05/18/sem-arreola.html

[19] Cf. Courtwright, Las drogas y la formación del mundo moderno.

[20] Courtwright, Las drogas y la formación del mundo moderno, p. 23.

[21] Ricardo Sala, “Hacia una etimología náhuatl de ‘marihuana’”, http://www.drogasmexico.org/nota.php?aid=366

 

[22] https://redaccion.nexos.com.mx/?p=6733

[23] https://www.animalpolitico.com/elsabueso/sabueso-amlo-presume-baja-inseguridad-datos/

[24] Artículo de El Imparcial (1898), citado por Ricardo Pérez Monfort, “México intoxicado (1870 a 1929)” en Addictus, año 1, num. 5, marzo-abril de 1995, pp. 21-27.

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