Duarte, el perfecto priista.- Por Ignacio Rodríguez Reyna

Digital, Sociedad

Por Ignacio Rodríguez Reyna

Duarte, ese niño huérfano de padre a los 12 años, se convirtió al paso del tiempo en un bulto, con un apetito de poder sin límite, sin empatía alguna.

El presidente Enrique Peña Nieto se quiebra la cabeza y padece noches de insomnio ya que no atina a entender por qué los mexicanos no valoramos todo lo que él y su gobierno han hecho por la sociedad mexicana.

Se decepciona con cierta frecuencia porque los ciudadanos se resisten a contar lo bueno, porque las mujeres, hombres, jóvenes o adultos, no corren a decirle a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, lo bien que marcha el país.

El presidente se enfada y se desespera porque los estudiantes no interrumpen las clases en las aulas, no piden permiso a sus maestros para dejar a un lado temas muy aburridos y comentar entre todos las grandes obras y avances que se registran a diario en el país.

Tampoco crean que Pepe Mid (recuerden que se escribe Meade, pero se pronuncia Mid) comprende muy bien por qué nomás no avanza en las encuestas y se encuentra estancado, por qué los potenciales electores no entendemos que es un ciudadano sin partido, que no es priista, que él es candidato del PRI, pero que no tiene partido, que ha sido secretario de Estado del PRI, pero que nunca se afilió a él; que ha sido secretario de Estado con gobiernos del PAN, pero que no se mezcló mucho con ellos.

No entiende cómo es que no se comprende que él sí es honesto, que es un ciudadano sin partido y que no es posible que se tenga la desfachatez de preguntarle si está dispuesto a investigar casos de corrupción de funcionarios de esta administración; lo perturba que haya resistencia a darnos cuenta de que para atacar la corrupción (y aquí lo cito) “tenemos que movernos en un esquema en el que la pregunta no sea válida”, lo desconcierta que no se entienda que “México va a funcionar bien cuando la pregunta deje de tener mérito”. ¿Okei?

En fin, vale la pena que les recordemos un nombre: Javier Duarte. Quizá así puedan entender por qué una gran parte de los mexicanos se resisten y no caen rendidos ante sus encantos políticos.

Javier Duarte de Ochoa es el priista perfecto. Así como el título del libro de Arturo  Ángel Mendieta que estamos presentando.

Javidú, como le llaman cariñosamente a ese hombre quienes se han beneficiado de la estela de corrupción que dejó a su paso, es un perfecto priista.

El espléndido retrato que hace Arturo Ángel del reinado de Duarte en Veracruz es atroz. Nos lleva a adentrarnos en una zona tan retorcida que las palabras para describirla cabalmente pierden toda posibilidad de hacerlo.

Podemos decir que este minucioso y tenaz trabajo periodístico retrata a un hombre corrupto, cínico, amoral, siniestro, pero eso se queda corto.

Las palabras no alcanzan a retratar la perversidad de quien dejaba sin pensión a un jubilado, sin pago a un maestro universitario, sin medicinas ni infraestructura a los hospitales, sin cobija a un afectado por las catástrofes naturales, pero, en cambio, pagaba 15 suites de lujo para quienes lo acompañaron a festejar la recepción de su título de doctorado a España, pagaba por disfrutar una comilona de 300 mil pesos o por regalarle a su novia una camioneta Land Rover o una casa en Boca del Río.

Las páginas de Duarte, el priista perfecto constituyen una memoria detallada de una época actual, viva, que se resiste a morir y, por el contrario, se refugia en enclaves donde lucha por clonarse y pervivir.

Duarte, ese niño huérfano de padre a los 12 años, se convirtió al paso del tiempo en un bulto, con un apetito de poder sin límite, sin empatía alguna y con una personalidad tan narcisista que nada le era suficiente para satisfacer sus necesidades de recibir devoción por parte de sus incondicionales.

Duarte, como lo constata la paciente investigación de Arturo Ángel, no es un caso aislado; tiene características especiales, pero no es el único en su falta de desconexión emocional con sus semejantes y en el quebranto de todo comportamiento ético.

Los casos de Mario Villanueva, César Duarte, Roberto Borge, Tomás Yarrington muestran que el veracruzano no es una anomalía ni una aberración. Es un problema estructural.

Es producto de un sistema político, de un PRI que practica el vampirismo social y económico.

Las páginas de la investigación de este libro nos ofrecen pruebas de una verdad periodística: Javier Duarte, su consorte y su grupo de cortesanos políticos y empresariales saquearon inmisericordemente al estado de Veracruz.

Las cuentas aún no definitivas muestran la dimensión de la tragedia que han vivido los veracruzanos: la Auditoría Superior de la Federación ha denunciado que faltan 35 mil millones de pesos y su equivalente en Veracruz que se desviaron al menos 22 mil millones de pesos más.

De ese tamaño es la barbarie. Podríamos citar cifra tras cifra sobre el saqueo, pero sólo enunciemos un dato: Karime Macías, la esposa de Duarte, gastó en 2011 más de ocho millones de pesos en ropa, bolsas, accesorios, joyas y otros pequeños detalles. Y todo con dinero que literalmente le quitaba a los veracruzanos.

Autora de la célebre frase escrita con letras de oro “Sí merezco abundancia”, Karime es retratada en las páginas del libro como ese pequeño demonio que rondaba en la oreja de Javier para instigarlo al mal.

Esa es la impresión que queda luego de leer los múltiples testimonios y evidencias reunidos por el autor. Su papel en esta trama no es menor. Cerebro y brazo ejecutor a la vez de un desfalco impúdico al estado, Karime vive hoy en Londres, disfrutando de la inacabable cantidad de recursos que ella, su marido y un puñado de incondicionales se robaron, luego de armar una compleja trama de empresas de papel que sirvieron como el conducto para succionar insaciablemente la tesorería pública federal y de Veracruz.

En esa tarea no estaban solos. Y gracias al trabajo periodístico de Arturo Ángel podemos identificarlos con nombre y apellido: Tarek Abdalá, Edgar Spinoso, Alberto Silva, Erick Lagos y Adolfo Mota.

Estos son particularmente relevantes porque son diputados federales por el PRI. Y aunque están considerados como engranajes esenciales de la maquinaria de atraco están protegidos por el fuero. La actual fiscalía de Veracruz pretendió ilusamente pedir el desafuero de Abdalá, pero la mayoría priista en la Cámara de Diputados les hizo ver que era una ingenuidad.

Por nombres y datos concretos no sufre el libro. Y llama la atención el de los integrantes del círculo de empresarios que junto con Duarte robaba alegremente los recursos de los veracruzanos para comprarle ranchos y propiedades a Javidú en Valle de Bravo, Veracruz, Texas, Nueva York y España.

Uno de ellos, por ejemplo, Moisés Mansur, vive en Canadá y hasta dónde se sabe no es buscado por las autoridades de la PGR. Él ha contado, junto con otros participantes de este cártel, detalles de todos los esquemas que usaban para apropiarse indebidamente de los miles de millones de pesos.

Un ejemplar trabajo como el de Arturo Ángel, aunque menos extraño que en tiempos pasados, no es el común denominador que hoy encontramos en la prensa mexicana. Quisiera creer que la detención de Javier Duarte convalida la tesis de que la calidad de una democracia se corresponde con la calidad de su periodismo de investigación.

No me parece que se haya llegado a ese punto. La calidad del periodismo de investigación que se comienza a hacer con más frecuencia en México, como el que da sustento al libro del que hoy hablamos, no merece la baja calidad de la democracia que vivimos en México.

Un escenario me perturba luego de leer el libro de Arturo Ángel: las acusaciones contra Javier Duarte sólo son por el desvío de unos pocos cientos de millones de pesos, la actuación de las autoridades de la PGR ha sido muy limitada, Karime vive en Inglaterra y con todos sus bienes, la mayoría de personajes involucrados goza de relativa tranquilidad y Javier sonríe.

Sonríe porque sabe que una buena parte de esos miles de millones de pesos fueron a las campañas electorales del PRI, sonríe como lo hizo en las docenas de fotografías en las que aparece con el presidente Peña Nieto, con Pepe Mid y con Luis Videgaray, por ejemplo.

Sonríe porque la impunidad mata, como lo hizo con los 17 periodistas asesinados durante su gobierno y los otros tres que se encuentran desparecidos.

Sonríe porque si libra la cárcel y muestra suficiente arrepentimiento, capaz que hasta Andrés Manuel López Obrador lo integra a su gabinete.

Por esa sonrisa impúdica que puede convertirse en carcajada es que muchos mexicanos no quieren contar lo bueno del gobierno del presidente Peña Nieto ni se enganchan con la buena onda ciudadana de Pepe Mid.

Y el libro de Arturo Ángel nos lo recuerda. Gracias por eso.

* Texto leído en la presentación del libro de Arturo Ángel el pasado jueves en el auditorio del CIDE.

 

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