Ojalá ese cabrón de Javier Valdez, esté donde esté, sonría al ver lo que provocó – Por Ignacio Rodríguez Reyna

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Ojalá ese cabrón de Javier Valdez,

esté donde esté, sonría al ver lo que provocó

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Por Ignacio Rodríguez Reyna

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Cecilio, Ricardo, Miroslava, Maximino, Filiberto, Javier… Todo un récord. Seis periodistas muertxs en los primeros seis meses de este lúgubre 2017.

Hace 30 días exactos, un grupo de sicarios acabó con la vida del periodista sinaloense Javier Valdez. Nos privó, a todos —periodistas, contadoras o estudiantes, obreros o ingenieras, da igual—,  de la posibilidad de entender y explicarnos un poco mejor el México contemporáneo.

Las balas con que lo ejecutaron nos han dejado un poco más ciegos, más débiles, más frágiles. Más indefensos en un país cuyo futuro nos buscan esconder y arrebatar.

El asesinato de Javier, el bronco fundador del periódico Ríodoce, mostró lo que desde los altos círculos políticos y económicos se ha querido minimizar: hemos entrado en una zona ciega, un estadio oscuro, un asfixiante túnel negro en el que hasta moverse lastima, mucho más respirar.

Marcó lo que ya sabíamos: el buen periodista, quien se toma en serio su trabajo, provoca el desprecio de los narcos, de las autoridades y de otros poderes; pero exhibe, por otra parte, a una sociedad en buena parte indolente, adormecida, egoísta y timorata, que prefiere agachar la mirada y seguir soportando los abusos e injusticias cotidianas.

Pero también ha disparado, literalmente, un alentador aunque tardío deseo de los periodistas de hacer lo que tenemos que hacer. Quizá ya aprendimos a lidiar con el hecho de que la sociedad puede ignorar temporalmente nuestro trabajo, pero eso no significa que no reafirmemos nuestra convicción de que hoy más que nunca los periodistas, los buenos periodistas, somos importantes para ayudar a levantar ese denso velo que cubre los ojos de la sociedad.

Y la muerte de Javier Valdez será, por más doloroso y triste que parezca, lo que nos impulse a organizarnos, a hacer a un lado nuestras diferencias, a actuar con la certeza común de que en principio sólo los periodistas podemos hacer algo por los periodistas.

Estos días, justamente, nos estamos reuniendo cerca de 500 colegas de todo el país para discutir qué hacer, cómo demandar, exigir, no sólo castigo para este asesinato, sino que las autoridades asuman su responsabilidad y creen condiciones mínimas para garantizar nuestro ejercicio profesional.

La muerte de Javier y la admirable entereza con la que sus compañerxs de Ríodoce siguen trabajando, ha iluminado, ha lanzado una bengala, sobre el oscuro cielo de México. Es tristísimo, pero a la vez alentador.

La muerte, el asesinato de Javier ha abierto un pequeño resquicio en la desesperanza.

Ojalá podamos hacer que ese cabrón de Javier, esté donde esté, sonría al ver lo que provocó.

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