Delfina Gómez y la hazaña democrática de Morena -Por Gibrán Ramírez Reyes

* Principales, Digital, La cáscara de la historia

Delfina Gómez: “Soy como tú“. Foto: Cuartoscuro.

Letras del poder

Delfina Gómez y la hazaña

democrática de Morena

Por Gibrán Ramírez Reyes

@GibranRR

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La irrupción de Morena en el Estado de México y el significado que esto tiene para nuestra democracia no se ha dimensionado correctamente. Dicha entidad es la encarnación de lo peor de los regímenes subnacionales: es hereditario, se cultiva en él la violencia política, el fraude, el dominio del dinero. Se trata de un régimen que, en específico, es peor que el viejo régimen nacional que tuvimos.

Por eso, la irrupción de Delfina Gómez y los ciudadanos del Estado de México, que se habrían alzado con un holgado triunfo de no ser por la multiplicidad de trampas del PRI y sus aliados, nos acerca a un cambio de régimen en el enclave autoritario más antiguo y significativo de México. Si la elección se limpiara, Delfina Gómez sería la próxima gobernadora. Eso significaría una victoria que es, además, más valiosa por las condiciones en las que se logró. El territorio mexiquense fue operado por el gabinete federal, el gabinete local, los gobernadores priistas y el aparato partidista, agentes que contribuyeron, cada uno, con su tajada de presupuesto público. Corrieron miles de millones de pesos de los impuestos de todos, porque se trató de un asunto de Estado, de una elección de Estado.

En términos proporcionales, el movimiento democratizador articulado por Morena en el Estado de México es similar pero superior al de 1988 en su propia escala: ascendió la voluntad popular, casi disolvió la maquinaria priista y sólo se le pudo frenar mediante prácticas fraudulentas. Anticipa, además, un amanecer democrático, porque quedó demostrado que, con el trabajo necesario, no habrá estructura electoral que pueda plantar cara a un pueblo harto, uno que se ha decidido a cambiar —y me parece que, en ese sentido, es también un digno prólogo de 2018: el poder vigente tendría que replicar la estrategia, pero no habrá poder que alcance para frenar el ímpetu de cambio en 32 entidades, cuando apenas alcanzó para sostener uno con alfileres.

La del Estado de México es una de las élites más estables, más viejas, de la historia mexicana. Una de las más repudiables en los últimos tiempos. En una sucesión orgánica y más o menos tersa, gobierna desde antes de que el Partido Nacional Revolucionario surgiera, es decir desde 1925. Pero el grupo actual llegó al poder con Alfredo del Mazo Vélez, el abuelo del candidato del PRI, que gobernó el estado de México de 1945 a 1951. A partir de entonces, alternaron en el poder con otros grupos que comían del mismo plato, como el de Carlos Hank González, recuperando la hegemonía la dinastía Del Mazo en 1981, ya como aliado de los neoliberales del gobierno.

Los de Atlacomulco han forjado y solidificado una cultura política clientelar, oligárquica —casi feudal—, fundada en una capacidad de intermediación con sectores empobrecidos que encontraban en el PRI el único contacto con el Estado, la única red de distribución de favores y soluciones, una forma de mal vivir, en cuya cúspide estaba el gobernador. No se trata del viejo régimen mexicano, sino de uno peor, en tanto que la pluralidad ha brillado por su ausencia, y la oposición —por lo general— ha tenido precio.

No niego que hubiera fisuras, pero habían sido leves: nada que hiciera pensar que asomara, silencioso, el derrumbe, como ahora ha quedado claro. Eruviel Ávila fue un indicio significativo, pues es externo al grupo de oligarcas y siempre fue visto como un intruso, aunque se le dejó gobernar ante el temor de que defeccionara y encabezara una alianza PAN-PRD, rompiendo el preciado dominio del viejo partido amafiado. Como finalmente constataron, Ávila gobernaría sin alejarse del control de la élite mexiquense.

Pero el corazón del autoritarismo mexicano por fin ha empezado a dejar de latir.

Poner en jaque a los de Atlacomulco, y a manos de una candidata que viene de abajo, maestra de primaria, es un hecho histórico, porque significa también poner en jaque al que ha sido el punto fuerte del priismo, desde donde se reconstruyó después de su caída de 2006, que parecía anunciar su declive. No sólo con dinero, sino con una aceitada maquinaria electoral, los de Atlacomulco y Toluca se hicieron hegemónicos en el PRI, ganaron elecciones, pusieron a su candidato, humillaron a Manlio Fabio Beltrones, se hicieron de la presidencia de la República. Y fue desde ahí que se gestó la coalición de intereses que sostiene al actual presidente, con componentes tan identificables como OHL o Grupo Higa.

Hay también otra manera de dimensionar el logro de Morena en el Estado de México. Por población, la entidad es similar a Chile. Más de 50 por ciento de sus municipios tienen un bajo Índice de Desarrollo Humano, similar a Angola, Nigeria o Kenia; 83 por ciento de su población es pobre o vulnerable. La mayor parte de sus atrasos respecto al resto del país son atribuibles al mal gobierno. Este círculo vicioso y la situación de dominación política hacía casi imposible prever un escenario como el del pasado 4 de junio hace sólo seis años, cuando Eruviel Ávila se alzó con la gubernatura con 64 por ciento de los votos, sacando unos 45 puntos de distancia a su principal competidor, que fue Alejandro Encinas. El miedo y el dinero parecían aceitar perfectamente la resignación al PRI como única opción. Pero esto ha comenzado a caerse. Y enfatizo que ha comenzado, porque no será cosa fácil desmontar estructuras tan viejas y persistentes.

El movimiento representado por Delfina Gómez —y esto hay que reiterarlo cuanto sea necesario— tiene la dimensión de una auténtica rebelión ciudadana, una auténtica revolución pacífica en el enclave autoritario más importante del país, que tiene la dimensión de un país por sí mismo. La élite autoritaria no lo ha entendido y se concentra en atacar a Delfina Gómez y a Andrés Manuel López Obrador, sin considerar que el gran atributo de ambos es el de ser un espejo del pueblo. Tirar piedras a un espejo no sirve para destruir el cuerpo que en él se refleja. Quizá distorsione la imagen, haga menos reconocible la identidad, genere algunas dudas, nada más eso.

Falta, desde luego, mucho por hacer para lograr reconvertir el pluralismo autoritario de hoy en la democracia de mañana. Sin embargo, ya va quedando claro que es posible tener alternancia con alternativa y que la gente común puede triunfar contra las élites que la oprimen.

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