La falsa división de la izquierda y la lucha por la hegemonía -Por Gibrán Ramírez Reyes

* Principales, Digital, La cáscara de la historia

Letras del poder

La falsa división de la izquierda

y la lucha por la hegemonía

Por Gibrán Ramírez Reyes
@GibranRR

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Es de uso común en el debate público de los últimos años la sentencia de que Andrés Manuel López Obrador dividió a la izquierda, mermando así sus posibilidades de triunfo en cualquier elección. Esto no tiene base alguna. En primer lugar, habría que partir de que el PRD es un partido de izquierda, esto es —atendiendo a Norberto Bobbio— que prioriza la igualdad por encima de las diferencias y desigualdades. Y el PRD difícilmente, y sobre todo a partir del Pacto por México, ha seguido el camino de la igualdad; por el contrario, ha militado con quienes promovieron la privatización del petróleo, o el esquema de Zonas Económicas Especiales, que sigue un modelo de desarrollo similar al actual. Más bien de plano el mismo.

Probablemente ese camino no nos lleve a ningún lado. Así que tomemos otro: la suposición de que López Obrador dividió a las izquierdas partiría de que el voto habitual de éstas se fraccionó, haciéndose más impotente para obtener escaños u otros cargos. Y eso es mentira. Pongamos por caso la actual elección en el Estado de México. La alianza total de los partidos de izquierda en 2011, con Alejandro Encinas como candidato, alcanzó apenas 20.9 por ciento de los votos, mientras la coalición PRD-PT de 2005 obtuvo 24.5 por ciento y la de 1999 21.99 por ciento —en 1993 Encinas logró 8.7 por ciento. En las encuestas donde menos intención de voto tiene, Delfina Gómez alcanza el máximo logrado por el PRD en su historia. ¿Cómo una parte puede ser superior al todo del que se extrajo?

Pensar que la suma de los votos de Delfina Gómez y Juan Zepeda es lo que habría alcanzado la izquierda unida, en un principio resulta fantasioso y absurdo: un 45 por ciento que existe en las mentes de quienes entienden algo de números pero nada de política. El hecho de que el crecimiento de Morena haya rebasado al histórico del PRD y además éste tenga todavía una base considerable de votos, se explica porque Morena es un partido de verdad nuevo, con su propia base social y con un crecimiento vertiginoso. Juan Zepeda, por su parte, apenas ha conseguido alcanzar el porcentaje que las encuestas otorgaban al PRD desde agosto de 2016.

El fenómeno digno de observarse, entonces, es el surgimiento de Morena, que significó una ampliación del electorado de izquierda y, en consecuencia, la lucha por la hegemonía en este sector político. Sobre el crecimiento de Morena habrá que estudiar mucho, y ya lo harán los especialistas en partidos, pero es evidente que uno de los factores que determinaron el aumento de su fuerza fue la separación del aparato burocrático del PRD. A Morena le benefició alejarse de esas restricciones —que llevaron al partido del sol a la desgracia en 2009, sin aprovechar los errores de Felipe Calderón— y del estilo político consistente en sintetizar el descontento en un polo.

El asunto de la hegemonía, en primera instancia, está ya resuelto: en prácticamente todo el país, en las preferencias electorales Morena es superior al PRD, marca la agenda y domina el campo del discurso. Estando esto claro, las salidas del PRD no son muchas. Una sería luchar por recuperar esa hegemonía, por sí solo. Otra, buscar la forma de articularse en el sector ya hegemonizado por Morena. Una tercera, incorporarse al bloque dominante en que PRI y PAN alternan la conducción.

Adoptar la primera opción es, de plano, condenarse a la irrelevancia. Por eso el PRD la ha rechazado, insistiendo en que “determinarán” al ganador de las próximas elecciones presidenciales —se entiende que esto puede ser como parte de alguna alianza ganadora, o bien, siendo factor de división para que Morena pierda (¿o hay una tercera opción que se me escape?).

Pero quizá estas decisiones no son igualmente válidas si el PRD se respeta a sí mismo. Max Weber juzgó que en la política debía primar la ética de la responsabilidad, así fuera morigerada por la ética de la convicción. Las acciones son políticamente responsables si contribuyen a la consecución de los fines éticos que nos hemos planteado —y si son consecuentes con los valores que los orientaron, diría yo. En ello reside la disyuntiva del PRD.

No hay división de la izquierda, sino su crecimiento, la definición de su hegemonía y una disyuntiva para el futuro, en la que el PRD puede ser o no relevante, y en la que también puede ser o no responsable con el ideal igualitario que dice tener. La nostalgia por la unidad de la izquierda añora un pasado que nunca existió o intenta engañar a los incautos. No hay mucho más.

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