Alí en La Habana. Su encuentro con Fidel Castro -Por Gay Talese

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ali y fidel

Por Gay Talese *

Hace en La Habana una noche de invierno tibia, ventosa, de palmas que tremolan, y los principales restaurantes están repletos de turistas de Europa, Asia y Suramérica, que presencian la serenata de guitarristas que cantan sin descanso: “Guan-ta-na-me-ra… guajira… guan-ta-na-mera”; y en el Café Cantante hay unos bulliciosos bailarines de salsa, reyes del mambo, artistas masculinos de pechos descubiertos que bufan y levantan mesas con los dientes, y mujeres de turbante, enfundadas en faldas que les ciñen las nalgas y que tocan silbatos mientras rotan sus cuerpos resplandecientes en un frenesí erótico. Entre el público del café, así como en los restaurantes, hoteles y demás lugares públicos de la isla, se fuman cigarros y cigarrillos sin límites ni restricciones. Dos prostitutas fuman y charlan en privado en la esquina de una calle mal iluminada que limita con los prados impecables del hotel de cinco estrellas de La Habana, el hotel Nacional. Son mujeres cobrizas, rozan los 20 años y llevan blusas abrochadas en la nuca y minifaldas desteñidas; y al tiempo que conversan abren los ojos mientras dos hombres, uno blanco y negro el otro, se agachan sobre el maletero abierto de un Toyota rojo estacionado cerca, regateando los precios de las cajas de puros del mercado negro que se apilan dentro.

El blanco es un húngaro de mandíbula cuadrada, de treinta y tantos años, con un traje tropical de color beige y una corbata ancha y amarilla, y es uno de los principales empresarios de La Habana en el próspero negocio ilegal de la venta de puros cubanos enrollados a mano y de primera calidad por debajo de los precios comerciales locales e internacionales.

El negro detrás del coche es un individuo algo calvo, de barba gris, de unos cincuenta y tanto, años que vino de Los Ángeles y se llama Howard Bingham; y no importa qué precio pida el húngaro, Bingham sacude la cabeza y dice:

—¡No, no: es demasiado!
—¡Estás loco! —exclama el húngaro en un inglés con poco acento, sacando una caja del maletero y pasándosela por la cara a Howard Bingham—. ¡Si son Cohiba Espléndidos! ¡Los mejores del mundo! Pagarías mil dólares por una caja de éstas en Estados Unidos.

—No yo —dice Bingham, que lleva una camisa hawaiana y una cámara colgada del cuello: es fotógrafo profesional y se hospeda en el hotel Nacional con su amigo Muhammad Alí—. Yo no te daría más de cincuenta dólares.
—Estás loco —dice el húngaro, cortando el sello de papel de la caja con la uña y alzando la tapa para dejar ver una reluciente hilera de Espléndidos.

—Cincuenta dólares —le dice Bingham.
—Cien dólares —insiste el húngaro—. ¡Y date prisa! La policía puede estar de ronda.

El húngaro se endereza y por encima del coche mira el prado bordeado de palmas y las luces de pie que en la distancia alumbran el camino que conduce al ornamentado pórtico del hotel, que está ahora atestado de personas y vehículos; luego se vuelve para echar otro vistazo a la cercana vía pública, en donde ve que las dos prostitutas soplan el humo en su dirección. Frunce el entrecejo.
—Rápido, rápido —le dice a Bingham, entregándole la caja—. Cien dólares.

Howard Bingham no fuma. Él, Muhammad Alí y sus compañeros de viaje se van mañana de La Habana, tras tomar parte en una misión de ayuda humanitaria de cinco días que vino con un avión cargado de suministros médicos para las clínicas y hospitales desabastecidos por el embargo de Estados Unidos; y a Bingham le gustaría regresar a casa con unos buenos cigarros. Pero, por otro lado, cien siguen siendo demasiado.

—Cincuenta dólares -dice Bingham con firmeza, mirando su reloj y echando a andar.
—Está bien, está bien —dice de mal grado el húngaro—. Cincuenta.

Bingham se saca el dinero del bolsillo y el húngaro le echa mano y entrega los Espléndidos antes de irse en el Toyota. Una de las prostitutas da unos pasos hacia Bingham, pero el fotógrafo apura el paso de regreso al hotel. Esta noche Fidel Castro ofrece una recepción para Muhammad Alí, y Bingham tiene apenas media hora para cambiarse y bajar al pórtico para tomar el autobús fletado que va a llevarlos a la sede de gobierno. Trae una de sus fotografías para el caudillo cubano: un retrato ampliado y enmarcado de Muhammad Alí y Malcolm X caminando juntos por una acera de Harlem en 1963. Malcolm X estaba a la sazón por los 37 años, a dos de una bala asesina; el joven Alí, de veintiún años, estaba a punto de conquistar el título de los pesos pesados en una memorable victoria inesperada contra Sonny Liston en Miami. La fotografía de Bingham lleva dedicatoria: “Al presidente Fidel Castro, de Muhammad Alí”. Bajo su firma el ex campeón ha garabateado un corazoncito.

Aunque Muhammad Alí tiene ahora 54 años y lleva más de 15 lejos del cuadrilátero, sigue siendo uno de los hombres más famosos del mundo, reconocible en los cinco continentes; y mientras recorre el vestíbulo del hotel Nacional con dirección al bus en un traje de rayón gris y camisa de algodón abotonada hasta el cuello v sin corbata, numerosos huéspedes se le acercan para pedirle un autógrafo. Le lleva unos treinta segundos escribir “Muhammad Alí”, tanto le tiemblan las manos por efecto de la enfermedad de Parkinson; y aunque camina sin apoyo, sus movimientos son muy lentos, y Howard Bingham y Yolanda, la cuarta esposa de Alí, lo siguen de cerca.

Bingham conoció a Alí hace 35 años en Los Ángeles, poco después de que el boxeador se convirtiera en un profesional y antes de que se deshiciera de su nombre de esclavo (Cassius Marcellus Clay), y se uniera a los Musulmanes Negros.

Bingham llegarla a convertirse en su más cercano amigo varón, y ha fotografiado todos los aspectos de la vida de Alí: su triple ascenso y caída como campeón de los pesos pesados; su expulsión del boxeo durante tres años, a partir de 1967 , por rehusarse a prestar servicio en el ejército de Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam (“No tengo ningún pleito con los tales Vietcong”); sus cuatro matrimonios; su paternidad de nueve hijos (uno adoptado, dos ilegítimos); sus incesantes apariciones públicas en todas partes del mundo: Alemania, Inglaterra, Egipto (navegando por el Nilo con un hijo de Elijah Muhammad), Suecia, Libia, Pakistán (abrazando refugiados afganos), Japón, Indonesia, Ghana (luciendo un dashiki y posando con el presidente Kwame Nluumah), Zaire (batiendo a George Foreman), Manila (batiendo a Joe Frazier)… y ahora, en la última noche de su visita a Cuba en 1996, se encamina a una velada social con un viejo luchador a quien admira desde hace tiempo; uno que ha sobrevivido en la cima durante casi cuarenta años contra la malquerencia de nueve presidentes estadunidenses, la CIA, la mafia y una gran cantidad de militantes cubano-americanos.

Bingham espera a Alí junto a la portezuela abierta del autobús fletado, que bloquea la entrada del hotel; pero Alí se demora entre la concurrencia del vestíbulo, y Yolanda se hace a un lado para dejar que algunos se acerquen más a su marido. Ella es una mujer grande y bonita, de 38 años, sonrisa radiante y tez pecosa y clara que deja traslucir su ascendencia interracial. Lleva una bufanda envuelta con soltura sobre la cabeza y los hombros, mangas largas que le cubren los brazos y un traje de colores vivos bien diseñado que le llega debajo de la rodilla. Se convirtió del catolicismo al islam al casarse con Alí, un hombre 16 años mayor que ella pero con el cual compartía lazos de familia que se remontaban a su infancia en su nativa Louisville, donde su madre y la madre de Alí eran como hermanas del alma que viajaban juntas para asistir a los combates de aquéI.

En ocasiones Yolanda se unía a la comitiva de Alí, donde conoció no sólo el ambiente del boxeo sino a las mujeres coetáneas de Alí que fueron sus amantes, sus mujeres, las madres de sus hijos; y no perdió el contacto con Alí durante la década de 1970, mientras ella se graduaba en psicología en la Universidad de Vanderbilt y obtenía luego el título de máster en negocios en UCLA.

Entonces (con la extinción de la carrera boxística de Alí, de su tercer matrimonio y de su vigorosa salud) Yolanda entró en la intimidad de su vida de modo tan tranquilo y natural como con el que ahora aguarda para retomar su lugar al lado de él. Sabe que Alí se está divirtiendo. Hay en los ojos un lejano destello, poca expresión en el semblante y una total ausencia de palabras en la boca de quien fuera el más parlanchín de los campeones. Pero la mente detrás de la máscara del Parkinson funciona normalmente; y, cosa típica en él, se entrega a lo que hace: escribir su nombre completo en las tarjetas o trozos de papel que le pasan sus admiradores: Muhammad Alí.

No se conforma con el eficiente Alí, ni con las simples iniciales. Nunca fue cicatero con su público. Y entre el público de esta noche hay personas de toda Latinoamérica, Canadá, África, Rusia, China, Alemania, Francia. Hay 200 agentes de viaje franceses hospedados en el hotel, vinculados a la campaña del gobierno cubano para incrementar la creciente industria turística (que el año pasado atendió unos 745 mil visitantes que gastaron aproximadamente mil millones de dólares en la isla). Tmbién están a la mano un productor de cine italiano y su amiguita de Roma y un antiguo luchador japonés, Antonio Inoki, quien le lesionó las piernas a Alí durante una exhibición en Tokio en 1976 (pero que lo abrazó afectuosamente hace dos noches en la sala del hotel, mientras escuchaban al pianista cubano Chucho Valdés tocar jazz en un piano Moskva de media cola fabricado en Rusia); y en la aglomeración también está, más alto que los demás con su metro 98 centímetros, el héroe cubano de los pesos pesados Teófilo Stevenson, de 43 años de edad, medallista olímpico en tres ocasiones, en 1972, 1976 y 1980, y quien, en esta isla al menos, es tan famoso como los propios Alí o Castro.

Aunque parte de la reputación le viene a Stevenson de sus pasados poderío y pericia en el cuadrilátero (si bien nunca se enfrentó a Alí), también se puede atribuir a que no sucumbió a las ofertas de los promotores de boxeo profesional, resistiéndose empecinadamente al dólar yanqui…, aunque dista de parecer necesitado. Vive entre sus compatriotas como un encumbrado pavo real cubano, ocupando altas posiciones en los programas deportivos del gobierno y atrayendo suficiente atención de las mujeres de la isla como para haber recolectado cuatro esposas hasta la fecha, las cuales dan fe de sus gustos eclécticos. Su primera mujer era profesora de baile. La segunda era ingeniera industrial. La tercera, médica. La cuarta y actual esposa es abogada penalista. Se llama Fraymari y es una mujer de una pequeñez como de niña, piel aceitunada y 23 años de edad, que, parada al lado de su marido en el vestlbulo, difícilmente sobrepasa la mitad de la guayabera bordada que él lleva puesta: una camisa ajustada y de mangas cortas que acentúa su torso triangula¡ sus amplias espaldas y el largo de sus brazos oscuros y musculosos, brazos que otrora impedían que sus adversarios infligieran algún daño a su atractiva estampa latina.

Stevenson peleó siempre desde una posición muy derecha y aún conserva esa postura. Cuando la gente le habla, baja la vista pero mantiene erguida la cabeza. La mandíbula firme de su cabeza ovalada parecería estar fija en ángulo recto a su columna vertical. Es un hombre ufano, que se exhibe cuan alto es. Pero presta oído, eso sí, en especial cuando las palabras que ascienden hasta él vienen de la animada y pequeña abogada que es también su mujer. Fraymari ahora le hace ver que se hace tarde: todos deberían estar ya en el autobús; Fidel puede estar esperando.

Stevenson baja los ojos y le hace un guiño. Ha captado el mensaje. Ha sido el acompañante principal de Alí durante esta visita. A su vez fue huésped de Alí en Estados unidos en el otoño de 1995; y aunque él apenas sabe unas cuantas palabras en inglés y Alí nada de español, les basta su lenguaje corporal para hermanarse.

Stevenson se desliza entre la multitud v cuidadosamente rodea con el brazo los hombros de su colega campeón. Y entonces, lenta pero firmemente, conduce a Ali hacia el autobús.

La ruta al Palacio de la Revolución de Fidel Castro es como una vía de los recuerdos, con viejos automóviles norteamericanos que andan traqueteando a unas 25 millas por hora: modelos pre embargo ya sin suspensión, cupés Ford y sedanes Plymouth, Desotos y LaSalles, Nashes y Studebakers, y una variedad de collages vehiculares armados con rejillas de Cadillac y ejes de Oldmobile y parachoques de Buick emparchados con recortes de barriles de petróleo e impulsados por motores enlazados con utensilios de cocina, podadoras de césped de antes de Batista y otros artefactos, lo que ha elevado en Cuba el oficio de la latonería a la categoría de arte superior.

Las relativamente nuevas formas de transporte que se ven en la vía son, por supuesto, productos no estadunidenses: Fiats polacos, Ladas rusos, motonetas alemanas, bicicletas chinas y el resplandeciente y recién importado autobús japonés con aire acondicionado desde el cual Muhammad Alí ahora extiende la vista, por la ventanilla cerrada, hacia la calle. A veces él levanta la mano, en respuesta a los saludos de los peatones, ciclistas o automovilistas que reconocen el bus, que ha salido repetidas veces en los noticiarios locales transportando a Alí y sus compañeros a los centros médicos y lugares turísticos que han formado parte del apretado itinerario.

En el bus, como sucede siempre, Alí viaja solo, repantigado sobre los dos primeros asientos del pasillo izquierdo, justo detrás del conductor cubano. Yolanda se sienta un poco más adelante, a la derecha, al lado del conductor y muy cerca del parabrisas. Los asientos detrás de ella están ocupados por Teófilo Stevenson, Fraymari y el fotógrafo Bingham. Detrás de Alí y ocupando también dos asientos, va un guionista estadounidense llamado Greg Howard, quien pesa más de 135 kilos. Aunque lleva viajando con Alí sólo unos pocos meses, mientras acopia información para una película sobre la vida del pugilista, Greg Howard ya está afianzado como su íntimo compinche, y como tal es uno de los poquísimos en el viaje que han escuchado la voz de Alí. Alí habla en voz tan baja que es imposible oírlo entre la multitud, y en consecuencia los comentarios o sentimientos públicos que se espera que exprese o que él quiere expresar son verbalizados por Yolanda, o Bingham, o Teófilo Srevenson, e incluso a veces por este joven y corpulento guionista.

“Alí está en su fase zen”, ha dicho Greg Howard en más de una ocasión, refiriéndose a la quietud de Alí. Como Alí, admira lo que hasta ahora ha visto en la isla: “Aquí no hay racismo”; y como hombre de raza negra, desde hace largo tiempo se identifica con muchas de las frustraciones y confrontaciones de Alí. Su tesis de estudiante en Princeton analizaba los disturbios raciales de Newark en 1967, y el último guión que ha escrito para Hollywood se centra en los equipos de las ligas negras de béisbol de los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Concibe su nuevo trabajo sobre Alí al estilo de la película Gandhi.

Los 24 asientos por detrás tácitamente reservados para el círculo íntimo de Alí están ocupados por el secretario general de la Cruz Roja cubana y el personal humanitario estadunidense que la ha confiado donaciones de suministros médicos por valor de 500 mil dólares y una docena de representantes de los medios estadunidenses, entre ellos el comentarista de la cadena CBS Ed Bradley y sus productores y equipo de cámara para el programa 60 minutos.

Ed Bradley es un individualista, cortés pero reservado, que ha aparecido en la televisión durante una década con el lóbulo auricular izquierdo perforado por un pequeño aro; cosa que, ante los comentarios desfavorables que expresaron al principio sus colegas Mike Wallace Abdy Rooney, motivó la explicación de Bradley: “es mi oreja”.  Bradley también se da el gusto de ser un fumador de cigarros; y mientras viaja en la parte central del autobús junto a su amiga haitiana, saca pleno provecho de la actitud permisiva del régimen cubano respecto del tabaco, fumándose un Cohiba Robusto por el que pagó el precio completo en la tabaquería del Nacional… y que ahora despide una costosa y aromática nube que le gusta a su amiga (que también fuma a veces un cigarro) pero que no es objeto de aprecio de las dos mujeres californianas afiliadas a una agencia de ayuda humanitaria que van sentadas dos hileras atrás. (…)

El autobús atraviesa la Plaza de la Revolución y se detiene en un puesto de control cercano a las enormes puertas vidrieras que se abren al vestíbulo de suelo de mármol de un moderno edificio de los años cincuenta que es el centro del único bastión del comunismo en el hemisferio occidental. Cuando la portezuela del autobús se abre, Greg Howard se mueve hacia adelante desde su asiento y agarra por los brazos y los hombros a Muhammad Alí, que pesa 106 kilos, y lo ayuda a ponerse en pie; y cuando Alí consigue bajar hasta el peldaño de metal, se da la vuelta y se extiende hacia dentro del bus para tomar los brazos y antebrazos del robusto guionista y tirar de él hasta ponerlo en pie.

Esta rutina, repetida en todas y cada una de las paradas del autobús a lo largo de la semana, no va seguida del reconocimiento por parte de uno u otro hombre de haber recibido ayuda, aunque a Alí no se le escapa que algunos pasajeros encuentran sumamente divertido este pas de deux, y no vacila en valerse de su amigo para resaltar el efecto cómico. En una parada anterior del bus en el Castillo del Morro (una obra del siglo XVI en donde Alí había seguido a Stevenson por una escalera de caracol de 117 peldaños para divisar desde la azotea el puerto de La Habana), Alí vio la figura solitaria de Greg Howard allá abajo en el patio de armas; y sabiendo que era imposible que la estrecha escalera pudiera dar cabida al corpachón de Howard, se puso a agitar los brazos, invitándolo a que subiera a reunirse con él.

La guardia de seguridad de Castro, que ha recibido por anticipado los nombres de los pasajeros del autobús, conduce a Alí y su comitiva por las puertas vidrieras hasta dos ascensores que esperan para hacer un breve recorrido, al que le sigue un corto paseo por un pasillo que finalmente desemboca en una espaciosa sala de recepciones de paredes blancas, donde se anuncia que Fidel Castro pronto se hará presente.

  • Fragmento del texto incluido en el libro Retratos y encuentros, publicado por Alfaguara.

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