Breakfast en Tijuana

Sociedad - Página: 30 - No.365

De cómo las letras pueden regresar la dignidad a las personas

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Breakfast

en Tijuana

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“Rece por mí, porque no sé a dónde iré a parar”. Así termina un joven treintañero la historia de decepción amorosa que lo lleva a perderse en el alcohol. Suspira hondamente, me agradece por permitirle escribir y se mete en la fila del desayunador salesiano del “padre Chava”.

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POR GEORGINA HIDALGO VIVAS • @cactodeasfalto
FOTOGRAFÍAS: CHRISTIAN PALMA • @ChrisaelPalma

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Se supone que vine a adar un taller de escritura, a recabar testimonios de los miles de migrantes que llegan a este lugar, pero aquí no sólo habitan dreamers deportados sino familias que viven al filo de la pobreza extrema, madres solteras en busca de capacitación y alimento, indigentes cuya iluminación proviene del crack, universitarios en desgracia, veteranos de guerra sin patria, viejos bardos de los camiones. Toda una fauna que sobrevive al desamor del fin de los tiempos.

A eso vine a Tijuana. A ver si las letras pueden devolverles la dignidad y sus sueños.

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Vine a Tijuana porque me dijeron que acá les hacen falta las letras. Que las vidas de acá merecen ser contadas. Y no me pude resistir. Me dijeron que a los migrantes les hacen falta palabras para dejar constancia de su vida, para que no se olviden.

Me llamo Georgina Hidalgo. Es mi primer día en este lugar donde el aroma del desayuno y del café inunda el aire. En el patio del desayunador salesiano permanezco de pie, observo y me observan. Cientos de seres humanos se acomodan alrededor de mesas en espera de un alimento que quizá sea el único que probarán en el día.

Por ellos estoy aquí. Porque alguien en el Conaculta pensó que a esta gente la vida ya le ha cobrado caro y que es hora de dejarlos hablar, de despertarlos del letargo, de iluminar la oscuridad y devolverles sus sueños.

He llegado a las ocho de la mañana para hacerme cargo durante tres meses de un taller de escritura que aspira a rescatar las “memorias de la migración”.

Pero a este desayunador, el del “padre Chava”, llegan no sólo migrantes o dreamers deportados, sino familias enteras que viven en el abismo de la pobreza, la “normal” y la extrema; madres solteras en busca de alimento para su prole, indigentes, universitarios caídos en desgracia, adictos, veteranos de guerra, viejos bardos de los camiones. Toda una fauna que sobrevive al desamor del fin de los tiempos.

Por eso vine a Tijuana.

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Es muy pronto para reflexionar sobre la verdadera necesidad de un taller literario en este lugar. Apenas es mi primer día y según el programa debo hacer que los talleristas escriban sus sueños y expectativas, antes y después de migrar.

Hasta pensé en disfrazarme de pitonisa para atraer alumnos. Incluso convencí al sacerdote Jesús Arrambarri, que hace las oraciones y los anuncios en el sistema de sonido del desayunador, de que me prestara el micrófono para invitarlos con mi mejor voz impostada a “escribir su historia, a contarme sus sueños o pesadillas de la frontera”.

No habían pasado cinco minutos cuando un señor se me acercó: “Le preguntaba a la licenciada si usted sabe descifrar los sueños”, me dice. “Pues más o menos”, miento. “¿Le digo lo que soñé? Soñé un montón de moscas, pero así (junta los dedos de la mano), yo las barría y las barría con la escoba, pero era una pared así llena y con una escoba las tumbaba así (me muestra cómo). “Mañana véngase al taller y lo analizamos”, le digo. “Ándele pues, la busco mañana”.

Un “vidente” llegó a contarme sus revelaciones divinas. Lo invité a escribirlas porque estaba necio en llevarme al desierto, “al punto donde fue ungido”. Otro llegó a sermonearme con eso de que todos los sueños ya han sido escritos en la Biblia y una muchacha drogada me retó agresivamente a que mejor le contara yo mi historia.

—Lo que pasa es que quieres escribir los libros, publicarlo en el periódico. Por eso ya hablé con mi amiga, una gabacha, y le dije que voy a escribir mi propia vida y mi propio libro.
—¿Y cuándo lo vas a hacer? —le pregunto.

—Lo tengo bien grabado aquí —se golpea la frente—. Y no soy olvidadiza.
—Bueno, una cosa es tenerlo ahí y otra escribirlo poco a poco en hojas.

—Permíteme, ¿sí?, a mí nunca se me olvida nada, ni se me olvidan los sueños. Vete a la chingada”.

Tijuana comienza a cobrarme su cuota de locura.

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Debo recordar que estoy aquí gracias al éxito de los talleres de música (huapango y guitarra) y artes plásticas  (grafiti y dibujo), gracias a esa “cultura utilitaria” que puede medirse en resultados tangibles: tantas horas, tantos alumnos, tantos “beneficiarios”. No me preocupa. Sé que pueden llenarse páginas enteras con el vacío existencial del hombre. Así que soy una infiltrada, una ingenua dispuesta a escuchar secretos guardados en el baúl de la vergüenza, un buzo sin escafandra dispuesto a explorar el desagüe de desechos humanos del Bordo tijuanense, la verdadera línea fronteriza, la estampa apocalíptica de una ciudad de reglas implacables no escritas.

Soy también el blanco de las burlas de los resentidos, la novedad entre los solitarios, un imán de paranoicos, la futura víctima de mis propios prejuicios. Bajo este techo de aguas que se arma y desarma sin usar clavos pienso en la sencilla posibilidad de permanecer callada y escuchar. En la importancia de adaptarse, de embonar como las piezas de los muebles prefabricados, pero aquí el caos es el orden, la lógica es el desvarío.

* * *

Los excesos de Tijuana pueden adivinarse en sus semblantes, en sus ropas arrugadas y cochambrosas. Llevan tatuajes con números temidos en los barrios bajos de San Diego, San Francisco, Los Ángeles y otras ciudades, pero acá ya no significan nada.

Muy de mañana aparece ante mis ojos la Tijuana “ojerosa y pintada”, la que se cubre las cicatrices que denotan su adicción a los golpes, la que suda la cruda, esconde el escote y se limpia el rímel corrido por las lágrimas del desprecio.

Francis observa con ojo de águila. Son ya seis años viendo pasar de todo, le son familiares los insultos, sabe que por fuera se burlan de su sobrepeso. Aún así la llaman “madre”, pero ella no tiene compasión. Los borrachos no entran. Los que aprovechan el lavabo para asearse son apurados o sacados. Las que enseñan de más deben cubrirse. Los que traen la malilla, el síndrome de abstinencia de la heroína, mejor que esperen a calmarse.

Adentro, las proles son atendidas por voluntarios que expían con trabajo sus propias culpas. Sirven mesas, limpian y cocinan para no estar tan solos.

En las mesas se comparte café con leche y pan dulce. Un voluntario de nombre Alberto espera de pie para bendecir los alimentos.

Se sienta a mi lado y aprovecha para recitarme sus teorías. “Aquí se viene a desayunar esperanza. Todos tenemos diferentes estómagos, el espiritual, el familiar, el de trabajo, igual el de la droga. La adicción es una obsesión de la mente”.

Es bajito pero correoso, dice que fue marine en Filadelfia, que arreglaba portaaviones. Ahí comenzó a beber. Su familia vive en San Diego, pero él “se deportó solito”. Lleva seis meses viviendo en Tijuana y acude al albergue como voluntario para no sentirse “tan abajo”. Quiere ver si encuentra un departamento, un trabajo, compañía.
Se “vio forzado” a venir a Tijuana por necesidad monetaria, aunque luego irá contando a cuenta gotas que en realidad se tiró a la bebida porque su mujer le quitó a su hijo. “Miro a esta gente y no me quejo. Al contrario, me doy un sopapo. Yo estoy bien”.

Se ha dado cuenta de que “aquí todos son refugees, como los de Europa”. “Sí, refugees de un sistema que no les sirvió. Muchos son pochos, no quieren aceptar a México como su país porque su vida está allá y la gente de aquí no los quiere porque muchos vienen de la cárcel. El inmigrante que viene aquí está tatuado y es rebelde, está deprimido y no viene a hacer cosas buenas, ni con la mentalidad de trabajar. Vienen enojados”.

La semana pasada Alberto cayó en la cárcel por primera vez. Se le perdió su identificación y en Tijuana “si no se tiene identificación oficial lo avientan a la 20 (la cárcel 20 de Noviembre de Tijuana) como un criminal”.

Es alcohólico pero no quiere hablar sólo de eso. Tuvo que pasar por eso para encabronarse consigo mismo. Ahora se pregunta cuál es su excusa. “¿O sea, qué onda conmigo? Yo le enseñaba a bailar a la gente, era expresivo, positivo, no usaba malas palabras para nada, pero la calle me fue cambiando. Fue mi culpa por hacer mal choices. Me escondo de lo que tengo que hacer en la vida, de mis deberes. Aquí estoy, no salgo, no voy a San Diego, estoy en el limbo. Experimentas un poquito el infierno mental en vida”.

—Tu teoría es muy buena —le digo y lo invito al taller a escribirla de puño y letra, pero a él le gusta dibujar. No le atrae nada la idea de escribir a mano.
—Dame una computadora y te escribo todo.

Sigue disertando sobre su “teoría del refugee”. “La mayoría están en un shock. Tienes que hablarlo, pero yo no quiero estar hablando de eso. Que no se me olviden mis malos hábitos, o que puedo caer y fregar toda mi vida otra vez, que no se me olvide. Ya me fui, ¿verdad? Luego le seguimos”.

Le piden que limpie y no pierda el tiempo. Rápidamente se lleva un recogedor y una escoba.

Como él, yo también “ya me fui”.

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Cambié mi marketing y fabriqué unos anuncios con la leyenda “Escribe tu historia”. Los pegué aquí y allá y de nuevo hice campaña en los altavoces. El cura Jesús Arrambarri está entusiasmado con eso de explorar los sueños de la comunidad, tal vez más emocionado que yo, así que anda por todo el desayunador encandilándome a los incautos.

Así, un poco a fuerzas, llegó al taller Ignacio David Esposo, un cuarentón sonorense que vivió desde niño en Carolina del Norte hasta que fue deportado a Tijuana hace cinco años. Lo sacaron del país una madrugada, luego de purgar cinco años de cárcel por un crimen que no cometió. Lo “removieron”, como llama el Departamento de Seguridad de Estados Unidos a la masiva expulsión de mexicanos en situación ilegal, calificándolos de “extranjeros criminales convictos” por haber cometido infracciones de tránsito, incidentes de violencia familiar o andar borrachos, drogados.

Quedó marcado desde aquella noche en el billar de Huntington Park, en Los Ángeles, cuando se le ocurrió amenazar de muerte al borracho que quería interrumpir el juego. El malacopa amaneció muerto e Ignacio fue señalado, encarcelado y juzgado por un crimen que no cometió. Cuando encontraron al asesino, era demasiado tarde. Durante ocho años quiso probar su inocencia, pero hasta su esposa y sus hijas, ahora universitarias de 22 años, dudaron de él.

Es un tipo alto, ojiverde, adusto, con mirada profunda, piel quemada por el sol. Su rostro quedó grabado en la manta que cubre la techumbre y se ha convertido en “la cara de la migración”, el ejemplo del migrante luchador. Describe orgulloso el mural que habla de los sueños. Lo pintó con el grafitero Libre. “Este es el sueño de un emigrante, es el sueño de todos, llegar a Estados Unidos”.

En el mural La Bestia deja atrás la campiña y los migrantes se transforman en aves de colores atrapadas por una tormenta en el camino. “Aquí somos aves y nos agarran, pero luego nos transformamos en personas, en brazos que son la fuerza de trabajo. La verdad, nos hizo falta pintura”, dice para justificar que sólo haya gotas en vez de nubarrones.

Pero los suyos han sido verdaderos huracanes existenciales. Así que después de la tormenta, Nacho espera. “A ver si me encuentro un abogado que me ayude, porque no tengo dinero para eso. Espero topármelo”.

Luego de vivir 12 días en la Casa del Migrante, se fue al Bordo, el canal de desagüe junto a la línea fronteriza en donde habitaba junto con otras 3 mil personas. Vivió un año bajo el puente, junto a los marihuanos, pero lejos de los tecatos (adictos a la heroína) y los tonayaneros. Hasta en el Purgatorio hay niveles.

Una madrugada hasta esas orillas del abismo llegaron camiones llenos de policías y arrasaron con sus vecinos, dispararon a sus mascotas y limpiaron la cloaca de una vez por todas. “Fue una limpieza. A unos los aventaron en Ensenada, otros a San Quintín, a varios a San Felipe, allá al lado de Mexicali. Nos limpiaron”.

Pero él continúa en pie de guerra. Tras el atropellamiento de un indigente amigo suyo, ha propuesto al sacerdote que se elabore un censo en el desayunador. Le preocupa que pasen días sin que puedan identificar sus restos como ocurrió con su amigo. Que su historia quede sin contar.

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Muchos curiosos aparecen por el taller. Se ha corrido la voz de que publicaremos una edición con sus testimonios y preguntan “si les vamos a pagar”. Los pongo a escribir en hojas blancas. “No importa la ortografía sino que ustedes se expresen”, digo. Hice una lista de preguntas para orientarlos, pero en general escriben con total libertad.

Varios esgrimen pretextos —“es que tengo que ir a otro lado”, “no sé cómo es eso de contar una historia”, “es que tengo trabajo”, “ya no me quiero acordar”, “es que me da flojera escribir”—. Les doy la opción de grabarlos. Acepta la mayoría y pronto dejo de interrumpirlos con mis preguntas y prefiero que me cuenten a su manera. Unos nada más tienen necesidad de ser escuchados, de contarle su vida a alguien distinto que no los juzgue ni los catalogue; otros buscan desahogarse, un abrazo, así sea simbólico.

Entre los que sí escriben comienza a sorprenderme el grado de escolaridad, por encima del promedio del país. Muchos tienen la preparatoria terminada y hasta universidad. A veces escriben en inglés y me recomiendan libros y música. La semana pasada me quedé con 20 horas de entrevistas y decenas de hojas blancas llenas de breves biografías que son verdaderas joyas, incluso con sus faltas de ortografía:

Istoria de Chalinito asi me dicen. Yo soy cantante y canto muy vonito eso dice la jente pero el halcool a sido mi desgrasia y he perdido todo por ejemplo, guitaras, dinero, mujer e hijos y casa. Y muchas cosas mas. Sinceramente, Chalinito.

Hasta el momento se ha conformado un grupo de aprendices que más o menos es constante. Está Claudio, un nicaragüense bonachón que en los años sesenta llegó a vivir a las ciudades californianas de Burbank y Glendale. Fue mecánico y chofer hasta que chocó con un camión escolar y su licencia vencida lo llevó a la deportación. Aprendió a dar masajes en la cárcel gracias a que ayudaba a un huesero puertorriqueño y aunque aún cultiva su afición a tener varias mujeres, jura que no ofrece ningún masaje con happy ending.

También está La Güera Gabi, una mujer de 57 años, que es chiquita y picosa. Se vanagloria de que, a golpes y patadas, es capaz de mantener a raya a cualquier hombre que se quiera pasar de listo. Sabe defensa personal porque entre sus muchos empleos cuidó a una pareja de abuelitos chinos que la mandaron a cursos. Llega al taller, toma su lápiz y escribe sobre sus trabajos, su vida en el albergue donde tiene cama queen size y su amor por su “cabeza de foco”, como llama al novio que le ha robado la calma. Escribe: “Soy muy celosa nada más lo quiero para mi no me gusta que hable con nadie más que conmigo, le gusta irse a la cantina a tomar cerveza, andar viendo viejas de la barra, a mi no me gusta que se salga de la casa andar de canijo”. Y concluye: “Por eso le pego para que entienda”.

Luego está un hombre de 47 años al que llamaré Hipocondriaco. Es un lavacoches que usa bastón porque le duele la rodilla derecha y se expresa con un lenguaje sofisticado. Se nota que le gusta leer.  Él no tiene una buena opinión de sí mismo, está aquejado de dolencias que puede enumerar con obsesión médica y, en general, se considera una “víctima de un sistema podrido”. Con una semiparálisis facial, sigue mis instrucciones, se relaja al escribir, hasta se permite burlarse de sus sueños de “casarse con una gabacha y tener hijos de ojos azulitos”.

Hipocondriaco se emociona con la idea de escribir y publicar un libro. Reiteradamente me pregunta que cómo va a estar el asunto.

Quien me ha sorprendido es Víctor Madrigal. Llegó al taller prácticamente a desmayarse. Lleva varios días en la calle y los puntos negros en su piel, cuyas costras se quita obsesivamente, delatan su adicción y su anemia. Usa pequeños lentes. Saca un cuaderno en el que con letra pequeña lleva escritas en inglés ya varias cuartillas de su vida.

Víctor tenía una familia, amaba a una mujer que no pudo soportar vivir de este lado de la frontera y lo abandonó. Lo acusaba de engañarla. “¡Qué irónico, ¿no? A la única que le fui fiel!”, cuenta. Las estrías en sus brazos hablan de un pasado en el fisicoculturismo, pero ahora es un pálido fantasma que vaga lamentándose de su suerte, castigándose con crack por no haber podido mantener a su familia a su lado.

Dibuja letras cholas en ese cuaderno, al que de pronto le arranca varias hojas y me las da. Su letra es minúscula, casi ilegible. Le gustaría escribir como Tucker Max, al estilo de I Hope They Serve Beer in Hell, un libro que alcanzó el tope en la lista de best sellers de The New York Times, y en el que narra la vida alocada de un gringo bien mala onda. Estás en el escenario indicado, le digo a Víctor. Sí, en Tijuana hay mucha cerveza.

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Una especie de “oyentes” ocupan las mesas del taller. Uno se sienta  a escuchar pero sin escribir ni participar. Se ríe bajito mientras los demás leen sus hojas. Cuando todos se van, me dice: “Qué chistoso, aquí todos son héroes”. No me están contando su verdadera historia, sino que todos le ponen crema a sus tacos. No es el único que lo piensa.

Félix Sánchez, el voluntario chofer del desayunador, bigote canoso y rechoncho, también es escéptico. “Todos te contarán mentiras porque la vida que tuvieron es fea”.

Varios asistentes al taller me cuentan unas historias apocalípticas, desmesuradas. Relatan su secuestro a cargo de los “tumbadores” del desierto; el parricidio que cometió y lo condenó a la vida en las calles; el accidente que cambió su vida para siempre; el crimen que lo llevó a tocar fondo.

“Rece por mí, porque no se a dónde iré a parar”. Así termina ese treintañero la recreación del desastre amoroso que lo está llevando a  perderse en el alcohol.
Suspira hondamente, me agradece por permitirle expresarse. Y me deja su hoja con las huellas de su tormento:

“Me estoy hundiendo en la bebida, no encuentro trabajo. Les pido que oren x mi para empezar una nueva vida y encontrar una mujer de verdad. Atte. J. C. A. Pidan x mi”.

* * *

Debo dejar mis prejuicios a un lado. Martín me enseñó hoy que las apariencias engañan. Se sienta en la mesa, me pide hoja y pluma, se acomoda su cabellera china a los hombros y se dedica a escribir la que tituló “Sólo una historia más”. La reproduzco entera. Me dio gusto encontrar una voz narrativa en gestación, un pequeño milagro que alimenta mi optimismo.

Martín Iamas. Oct. 23-2015. Solo una historia más. Impresionante y bella vida, en familia sin carencias y éxito deportivo, muchísimos amigos y paseos, disfrutando de las hermosas playas, lagos, ríos, montañas y volcanes, era natural tan sano saludar incluso al desconocido, con un buenos días, tardes o noches según fuera el caso normal y de buenos modales, me refiero a el solo echo de saludar…

Sin pensar que el transcurso de la vida ese mismo saludo en otro lugar, en otro tiempo y con otras personas será sinónimo de desconfianza, prejuicio e incluso si me apuras de indiferencia o rechazo.

El saludar, la historia, la playa, el sol, el futball, correr mas de 40 kms una vez al mes (el rock), eran tan importante y fascinante para mi.

Pero un día desperté en otro lugar y al abrir los ojos me di cuenta que parte de la vie est belle es mentira, sobre todo esa historia nuestra nacional y mundial que es parte de mi vida.

La que para mi fue verdad, la historia por ejemplo que valoré y respeté resulta ser una mentira, era tan importante sentir, vivir el progreso la libertad, era solo un sueño, espectáculo o circo como mejor se entienda. Como algunos manipuladores definen historia: lo que les hubiera gustado que hubiera…

…continuando con una breve parte de la redacción de mi historia, respetando el guión que más o menos debo de seguir.

¿Quién soy? Yo soy México, alegría, tristeza, corrupción, riqueza, hipocresía, buena voluntad indiferencia, con derechos y obligaciones, con derecho a salud, vivencia digna, educación, espacios, recreativos, libre expresión. Oh, y sobre todo yo soy yo, no lo que un documento dice quien soy. Ejemplo: ni al IFE ni a Peña Nieto le tengo miedo y no me oculto de nadie aunque anónimamente puedo redactar mi historia, aquí está mi nombre y mi correo. (Los escribe.)

¿Viste que no tengo miedo? Porque soy realidad, no historia, les guste o no, les incomode o no, me da igual, nadie en este planeta es capaz de decir con exactitud quién o cómo soy. Bien nice pero prefiero decirte que suelo ser terriblemente insoportable con hechos: cuando he denunciado a policías al juez, por otro lado he conseguido la cantidad de empleos que yo he querido en U.S.A. y México sin recomendación, he sido campeón varias veces en futball esa si es historia verdadera no circo…

Un día en mi vida. Usualmente durante los últimos 20 años más o menos por ejemplo el viernes por la mañana doy gracias, posteriormente leo al menos 20 páginas (en suma de distintos libros) “Más allá del bien y el mal”, en inglés, “Escape a la libertad”, actualmente estoy leyendo “Paralell worlds”, entre otros “El antiguo y nuevo testamento”, estoy leyendo también la biografía de Napoleón en francés para reforzarlo…

En el transcurso del día antes o después del trabajo me fascina ver en ingles sin títulos “Two and a half man”, “That’s 70’s shows”, The big bang theory también si por ahí juegan Los Mets o el mejor equipo del mundo…

Por aquellos de que algún despistado no sepa de quién hablo se llama… Real Madrid (los 10 nunca nos equivocamos), Lakers, Dodgers, Patriots. Todos ellos son parte de mi vida y no soy fanático habitualmente para mi es lo máximo escuchar a: Led Zeppelin, ACDC, Pink Floyd, Van Halen, Guns n’Roses, Metalica, Eminem, The Doors y la hermosa Amy Winehouse, obviamente también me gusta la música disco de Abba, por ejemplo, o clásica, Pavaroti es mi preferido”.

¿Puede la escritura devolver los sueños? Hasta en el infierno hubo un Dante.

* * *

Es mi última semana en el desayunador. El frío invernal ya obliga usar chamarras, gorros y guantes y la vida en los albergues se anima con las fiestas del Thanks Giving Day. Hay nostalgia en el ambiente. Pronto llegarán las cobijas, las donaciones del Ejército de Salvación, los regalos. Nada de eso logra paliar la soledad de quienes recorren las calles.

Pensaba pasarme unos días durmiendo en los albergues de Tijuana, pero ser mujer es una desventaja y no parecer indigente, otra. La vida en los albergues tijuanenses se ha vuelto un negocio voraz y las condiciones sanitarias distan mucho de ser óptimas. Sólo quien consigue sus 20 pesos puede garantizarse una noche en paz. Y eso a veces. La Güera cuenta que tiene una pistola bien lista por si se ofrece y me pide 50 pesos. Jura que me los pagará. No puedo negarme.

Al día siguiente aparece en el taller. Me suelta a quemarropa: “¿Qué crees? Que fui a salir con mi domingo siete”. ¿Queeeé? Tiene 57 años, pero sacárselo “es pecado”, me dice con resignación. Me ha dejado en shock.

Hace frío y me congelo bajo ese techo insondable ante la mirada de cientos de ojos. Mis alumnos me abandonan. Uno a uno, acuden a avisar que no podrán venir. Hay trabajo. Claudio debe llamar a su esposa. Víctor fue asaltado en el hotel Rubí, el picadero de tecatos y marihuanos más famoso de la Cinco de Mayo.

Qué lástima. Me había cansado de ponerles preguntas guía. Esta vez quería que escribieran sobre Tijuana. Les iba a proponer escribir un cuento de hadas que empezara así: “Había una vez en un reino lejano llamado Tijuana un príncipe o princesa o bruja o monstruo llamado…”. No es una idea mía, la vi en la película Precious y pensé que sería un buen experimento. No resultó.

* * *

La llegada del fotógrafo de la revista, con sus luces y todo el equipo, atrajo otro tipo de colaboradores. Víctor apareció al fin más depre que nunca. Lo contraté para ayudar al fotógrafo, pues además de los retratos del desayunador, después deberé reportear otras historias de la frontera. Me pide que le consiga un pan dulce, tiene el azúcar bajo y corre el riesgo de desmayarse de nuevo. Lo hago y, una vez recuperado, se coloca dispuesto a enganchar a todo el que entre a desayunar.

El ajetreo de los retratos jala a varios ansiosos de fama y de contar sus hazañas delincuenciales. Los grabo. He sido yo la que más se ha nutrido de esta experiencia. Logré una colección de relatos que ni en mis más delirantes sueños hubiera imaginado. Mucho distan de ser una narración elaborada, pero constituyen un testimonio oral de los personajes del abismo fronterizo.

Durante tres horas y a veces hasta cuatro, invité a escribir a personas que hasta entonces parecían invisibles. Soltaron la pluma, la lengua y, en ocasiones, cargas que llevaban en los hombros, sólo porque alguien mostró disposición para escucharlos, les concedió importancia.

No lo entendí al principio, pero al ofrecer la oportunidad de contar o escribir su historia, recuperaron un poco de dignidad.

Vine a Tijuana porque me dijeron que acá les hacen falta las letras. Que las vidas de acá merecen ser contadas.

Ahora lo comprendo.

 

Comentarios (1)

  • Soraya Vázquez

    Excelente crónica, felicito a la autora de este texto, por tener la sensibilidad a flor de piel y tener la habilidad de captar el sentimiento y la entraña del fenómeno migratorio. Muchas veces quienes habitamos en esta ciudad, no alcanzamos a leer las historias en esos ojos vidriosos que en cada semáforo claman un poco de compasión.

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