José Agustín: A day in the life

Cultura - Página: 50 - No.364

  Su batalla por no desaparecer

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José

Agustín

A day in the life

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José Agustín lanza una bocanada de humo y da un sorbo a la cerveza, tranquilo, en su casa de Cuautla. Nada que muestre a un escritor dicharachero. No hay frases largas y elaboradas. Tampoco carcajadas. Algo de timidez y confusión despide su semblante.

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POR GUILLERMO RIVERA • @riveravazg
FOTOGRAFÍAS: CHRISTIAN PALMA • @ChrisaelPalma

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Es un día apacible, pero José Agustín, ese desmadroso que rompió en los setenta el convencionalismo cultural, ya no es el mismo.

Un accidente en 2009 delineó al que sería al escritor de antes y al de ahora. A partir de entonces, su esposa Margarita Bermúdez se convirtió en su alter ego durante los fragmentos de vida en que José Agustín extravía su memoria.

Símbolo de una época en las letras del país, libra cada día una batalla, la de mantener sus recuerdos tanto como pueda, tanto como lo deje esta vida suya. Porque la muerte ha tumbado a sus amigos, por eso él se conforma con pequeños placeres: un cigarro, una copa, un toque. Eso es un día en su vida. Y él se siente a gusto con eso. Qué más.

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José Agustín observa algún punto imaginario en el aire y clava ahí la mirada. Levanta levemente el labio superior y muestra un poco de sus enormes dientes. Voltea a ver algo más, pero el ojo retorna al mismo lugar, a la nada.

Uno espera, quizá por el lenguaje fresco y desparpajado de sus novelas, o porque las palabras fiesta y excesos vienen a la mente cuando se piensa en él, encontrar a un hombre que suelte risotadas y no pare de hablar. Pero no hay carcajada. Apenas una sutil risilla, discreta.

Asombra percibir incluso una pizca de timidez en su semblante, al menos al comienzo del encuentro.

—José Agustín, es usted, ¿cómo está?
—Sí, yo soy, y estoy bien.

La voz es tenue, medio chillona. A este escritor, a cuya obra le han colgado etiquetas en abundancia —precoz, adolescente, auténtica, envejecida y muchas más—, se le ha esfumado la potente sonoridad de las conferencias de hace una década, de las entrevistas que ofrecía a cada rato hace unos seis años, cuando salía de esta casa, en Cuautla, rumbo al Distrito Federal, a Puebla o cualquier lugar al que lo invitaran.

Eso no era importante, escapar sí. Pero ya no es posible porque incluso su caminar se ha entorpecido después de un accidente en 2009 que delineó al José Agustín de antes y al de ahora.

Hoy se distrae de manera regular, pero entre frase y frase, admite que las muertes de sus amigos Gustavo Sainz y Vicente Leñero —en junio pasado y diciembre de 2014, respectivamente— le afectaron más de lo que sería capaz de admitir en otro momento.

Reconocerlo sin temor no es poca cuando se es dueño de su currículum. Uno de los dos sobrevivientes de aquella generación de escritores que sacudieron a la literatura mexicana en los años sesenta gracias a un lenguaje desenfadado y representativo del vocabulario juvenil de la época, del cual aún resta algo en José Agustín.

—Cuando murió Gustavo, lo primero que dije fue…

Una pausa. José Agustín observa el punto imaginario.

—¿Qué dijo, qué pensó?
—Pensé: “Se adelantó ese güey”.

—¿Y?
—Y pensé que la muerte está muy cerquita, estamos pisándole los talones.

Algo no concuerda con la imagen que de José Agustín se tiene en la cabeza. Es la actitud pacífica. Está más delgado que hace tres años. No aparecen los lentes que ayudan a contrarrestar la miopía.

Pero aunque el semblante ha cambiado, aunque ya no arroje frases largas y elaboradas, es posible encontrar en sus facciones a aquel hombre de cabello largo y alegría desbordada de hace cuatro décadas.

Estrechar su mano remite a la época en que escribió la novela que iniciaría el movimiento disidente que agitaría a las letras: La tumba, escrita en la colonia Narvarte, con una máquina Olivetti Lettera 44.

Este hombre de enfrente, sentado ante la amplia mesa de cubierta de cristal, es José Agustín, el culpable de esa revuelta.

—¿Margarita, tenemos una cerveza? —solicita a su esposa Margarita Bermúdez, instalada en la cocina.

Hoy podemos celebrar dos cosas. Primero, que el escritor incorporó en sus obras, al lado de sus grandes amigos Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña y René Avilés Fábila —el otro sobreviviente—, temas como las drogas, el sexo y el rock. Y eso fue insólito en los sesenta, el tiempo en que prevalecía el conservadurismo y la actitud represora del PRI.

Segundo, que en agosto cumplió 71 años y se fue con la familia a celebrar a Tepoztlán.

Pero queda poco del José Agustín que bromeaba y brillaba con su humor negro, al que le importaban muy poco los convencionalismos. Como dice su esposa Margarita, está aquí y a la vez no está.

Está su cuerpo, su mirada fija.

* * *

Aquí estoy”. La espalda se yergue y levanta el semblante, en una actitud que recuerda por unos segundos al José Agustín que escribía una nueva novela y le insertaba un lenguaje más irreverente en respuesta a la crítica que calificaba a su anterior trabajo de ser un compendio de ocurrencias adolescentes y de mal gusto.

Observa ese punto en el vacío y raspa un cerillo para encender un cigarro. El movimiento es mecánico pero posee un aire elegante, como en las fotografías en blanco y negro que aparecen en internet, en donde también figura Sainz, cuando la fama prematura de ambos ya se había consolidado.

La muerte alcanzó a Parménides en septiembre de 1982. Este año tocó turno a Sainz. José Agustín sabe que él, tarde o temprano, será el siguiente. Quizá por eso, el tema de la muerte no le es cómodo.

El escritor respira. Lanza una bocanada.

—Hace pocos años llegué a la determinación de que uno tiene que morir. Lo mejor es resignarse.

Toma un trago a su cerveza. Margarita se acerca a él por atrás. Lo abraza, toca su pecho, le da un beso en la mejilla. Suave, directa, le dice:

—¿Cómo te sientes, amor?

En otra fotografía que aparece en internet, de hace al menos 50 años, José Agustín observa la cámara. Lleva traje. A su lado está Margarita, quien mira hacia a su costado izquierdo. Su vestido de novia es sencillo. Faltaba muy poco tiempo para que el rostro moreno y los ojos pequeños del escritor se conocieran entre un amplio público. Y también su afición a la marihuana, además de la constante sonrisa en su rostro y su peculiar estilo.

Ahora, impacta encontrar a un José Agustín que se conduce con muy pocas palabras.

Por fin, habla:

—Lamento mucho que se mueran los cuates, a muchos los estimaba tremendamente. También hay que prepararse —responde como si hablara consigo mismo.

—¿Usted cómo se prepara?
—A lo mejor me da igual —dice, pero se arrepiente casi de inmediato, moviendo la cabeza—. Bueno, no, no me da igual, la mera verdad. Se acerca el momento de que me alcance la parca, la parca de oro.

—Se acerca…
—A mí me ha ido de la chingada, aunque no tanto como a mis cuates que se han muerto. No ha sido nada agradable.

—¿Y qué ha concluido?
—Que hay que trabajar más, hacer cosas chingonas porque se muere uno rápido y no se sabe cuándo. Yo no sé cuándo.

La muerte ha querido sorprenderlo en más de una ocasión. Antes de ver cómo sus amigos caían en el camino, José Agustín recibió el primer aviso el 1 de abril de 2009 mientras una multitud de jóvenes le pedía un autógrafo en el Teatro de la Ciudad de Puebla.

Los asistentes querían verlo de cerca. Estrechar la mano de ese escritor de culto, autor de cuentos, ensayos y una decena de novelas desmadrosas. Querían estrechar la mano del también periodista y guionista, profesiones que compartió con Gabriel García Márquez, con quien coescribió el guión de El año de la peste, una película que dirigiría Felipe Cazals.

José Agustín se sorprendió del ánimo desbordado de sus lectores. Estaba al tanto de su éxito entre las generaciones que hoy tienen 50, 40, 30 años tal vez. Pero ese día  confirmó que sus libros aún eran leídos por jóvenes y adolescentes que tenían más o menos los mismos 20 años con los que él contaba cuando se convirtió en una “superestrella” literaria.

Era miércoles. Todavía faltaban dos años para que recibiera el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Pensaba en la aceptación del público cuando éste se abalanzó sobre él. El escritor, en reacción al entusiasmo de sus fans, dio algunos pasos para atrás y, ante el estupor de todos, cayó del presídium. Dos metros. Severas fracturas en cráneo y costillas. Veintidós días de terapia intensiva.

Más de seis años después, José Agustín no parece querer abordar el tema. No quiere o no puede comentar el accidente. No se acuerda. Ha intentando convencerse de que fue poca cosa. Nada grave.

* * *

José Agustín interrumpe el habla. Observa otro punto suspendido en el aire y fuma su cigarro, como si estuviera solo. Tienta el periódico que está sobre la mesa. Pero sólo lo mira, no parece leerlo.

—Y entonces, el accidente…

Voltea a ver a su esposa, esperando, quizá, que ella responda por él. Margarita le sonríe. Y es entonces cuando él habla:

—Estuvo canijo, sí, fue un golpe tremendo. Aunque no me desmayé. Pero fue una llamada de atención a mi vida en general.

José Agustín no dice, o no sabe, que a partir de ese momento su memoria resultó afectada. No está al tanto. Mira el exterior de su casa, pierde la vista en la piscina, en el verde pluritonal de los árboles, como si le bastara con saberse en casa y reconocer la tranquilidad que lo rodea. Y por eso calla.

Desde hace un par de años, ha mencionado a la prensa que escribe una novela, La locura de Dios, pero no ha adelantado más detalles.

—¿Ya la acabó?

Parece no escuchar. Vuelve la vista al periódico. La mirada vagabundea. Fuma. Cualquier cosa que no signifique presión en su actual vida de escritor en Cuautla.

—¿Cómo vas con el texto, amor? —insiste Margarita al aproximarse de nuevo a la mesa donde se desarrolla la charla. A partir de este momento sus respuestas fluyen, repentinamente, con muy pocas interrupciones.

—Ya la voy a terminar. Lo que pasa es que se atravesó un accidente que tuve hace dos años en Puebla —recuerda, aunque el accidente ocurrió, en realidad, hace seis años—. Estaba en una conferencia. Estuve hospitalizado. ¿Quieres un cigarrito?

—¿Se puede fumar aquí adentro?
—Sí, por Dios.

—¿Cigarro de cuál? —pregunta Margarita, bromista y cómplice.
—De los normales —responde José Agustín.

—Sí, adelante.
—Éntrenle, éntrenle. De estos cigarros sí fumo a diario, aunque le he bajado mucho al tabaco. Ya nomás son unos tres al día.

La cifra es poca si se le compara con los años en que el autor armaba loas escritas al tabaco, a la bebida, a la marihuana.

—Usted llegó a los 71 años tras una vida de excesos y trabajo ininterrumpido. ¿Alguna vez pensó si quería llegar a este momento?
—La verdad no era algo que me preocupara —responde y da un trago a su cerveza.

—¿Qué le dice el médico? ¿Le ha perjudicado fumar?
—Yo no me he dado cuenta de que me perjudique. Lo primero que me dice él es: “Ya no fumes, mano”, pero es un médico cuate que al final me da chance, me acaba diciendo: “Pásate un cigarrito”. Es que son grandes placeres, claro.

Silencio. Toma un nuevo cigarro.

—Uno tiene ciertos gustos. Si nos los quitan, ¿qué nos queda?
—Usted criticó las formas de la literatura y eso no simpatizó a muchos. ¿Ahora es más sencillo ser disidente?

Sonríe, toma aire:

—Espero que sí, porque si no… La libertad es del que se la trabaja. Así pasa con la literatura. Unos se esfuerzan por decir cosas y otros no.
—¿Qué opina de los críticos que lo siguen clasificando como un autor adolescente, de la onda?
—Pobrecitos. No sé si sea válido hacerlo, pero es lo que hacen. Así que no veo por qué no hacerlo nosotros también. Vamos a clasificar a los críticos también: estos son pendejos, estos son una bola de culeros.

—Son palabras pesadas.
—Perdón, pero es que yo siempre fui más pesado que el resto. Yo me llevo bien con todo el que quiera llevarse bien conmigo.

—Su abuelo fue revolucionario maderista. ¿Quizá…?
—Yo ya no me acuerdo de ni cómo me llamo.

—Ay, amor —suelta Margarita con aire maternal, acaba de entrar por la puerta otra vez, para preguntar si se ofrece algo—, ¿por qué dices eso?
—Tú sabes, Margarita, tú sabes.

* * *

La casa donde José Agustín vive desde hace 40 años tiene el número 31 de Campánulas, en Cuautla. Detrás de la barda, la piscina y un extenso patio donde abunda la vegetación: árboles de tronco grueso, girasoles y plantas de hojas largas y distintos tonos verdes. Al costado se levanta la casa, una construcción de corte colonial. Dentro se refugia José Agustín, animado, respondiendo preguntas sobre su vida, fumando un cigarro, bebiendo cerveza, despreocupado.

En una de las paredes, cerca de una de las pinturas realizadas por Margarita, un amplio retrato de un piloto de la Fuerza Aérea Mexicana ocupa un espacio relevante. Es el padre de José Agustín. A él pertenecía esta casa.

Antes, el escritor  y Margarita vivían en un departamento de la Prado Churubusco, en el sur del Distrito Federal. Se instalaron aquí cuando el casero quiso cobrarles el doble de renta. “Sólo si fuera muy pendejo te pagaría eso”, le dijo el escritor antes de marcharse. Cuando llegaron a Cuautla ya eran padres de tres hijos; el menor, bautizado como su papá, había nacido dos meses antes. Después de algunos años de vivir en Estados Unidos —obtuvo las becas Fulbright y Guggenheim—, la familia volvió a Cuautla. “Regresé con un poco de lana y le compré la casa a mi papá”.

En aquel tiempo, la rutina era muy distinta. José Agustín escribía en sesiones nocturnas de ocho, 10 y 12 horas. Se sentaba ante la máquina a las seis de la tarde, revisaba lo que había hecho el día anterior y retomaba la escritura. Alrededor de las nueve hacía una pausa para cenar, pero a las 10 volvía a sentarse y no se detenía más. Muchas veces seguía escribiendo durante la mañana hasta quedar exhausto.

Así escribió Vida con mi viuda, su penúltima novela. Publicada en 2004, ganó el Premio Mazatlán de Literatura un año después. Ahora es imposible mantener ese ritmo. Cada año que pasa, las desveladas pesan más.

José Agustín, el acapulqueño que en la adolescencia anunció a su padre que se convertiría en escritor, dice haber dejado atrás las rutinas: “Mis días son como un día en la vida, como decía John Lennon”. Y sonríe, satisfecho, consciente de que eso es quizá lo que siempre quiso.

No más horarios estrictos para escribir. Prefiere disfrutar de otros placeres: caminar por los alrededores de su casa, pasear a sus perros Nietzsche, Isis y Tonatiuh. No deja de leer La Jornada y El Universal, pero lo hace cuando se le antoja. Pequeñas rebeldías que todavía se permite. José Agustín, a sus 71 años, dice dormirse a las cuatro de la mañana y levantarse a las dos de la tarde. “Sigo siendo nocturno porque escribo mejor en la noche”, afirma, sin percatarse de que esa era su vida antes del accidente de 2009.

—¿Qué ha estado leyendo últimamente?
—¿Tenemos otra cervecita, Margarita? He estado leyendo literatura de griegos y romanos, sobre todo romanos. Cosas que nunca había leído. Ovidio, Virgilio, pero no La Eneida, otras cosas.

—¿Continuará con la Tragicomedia mexicana?
—No lo sé. No, por desgracia, porque eso sí me deja dinero, pero no.

La tumba acaba de cumplir 50 años. Usted ha dicho que ese libro fue la manifestación de un estado de depresión y oscuridad. ¿A qué se refería?
—A mí, pero también por añadidura a otras cosas más amplias. No me refiero al país, pero sí al entorno.

Toma un plátano. Calla.

—¿Qué entorno?
—De mis libros, La tumba se vende más, casi me da de comer. Quién se lo iba a imaginar. La literatura nunca me ha dejado mucha lana. Una vez me quedé sin trabajo, fui a pedir pero me bateaban en todos lados. De alguna manera estuve estigmatizado por la literatura.

—Cincuenta años después, ¿aún conserva ese estado de ánimo?
—En el país sí, en mí ya no. Yo me curé de todo eso. Pero ahí está Peña Nieto, el PRI otra vez, no chingues. La novela la escribí a los 16 años, pero se publicó cuando tenía 20. Estaba deprimido, pero no me daba cuenta.

* * *

De joven, José Agustín formó parte del taller literario de Juan José Arreola. Acababa de cumplir la mayoría de edad cuando decidió entregarle a su maestro, quien ya había recibido el Premio Xavier Villaurrutia, su manuscrito de La tumba.

Pasó más de un año antes de que Arreola le informara:

—Oiga, ya leí su novela.
—Maestro, ya era hora. Se tardó un año en leerla.

—No sea baboso. Le leí en hora y media ayer. Tenía algunas renuencias con usted. Su novela es muy publicable, así que la voy a publicar.

José Agustín suelta una leve carcajada al recordar la anécdota. De inmediato fuma su cigarro y su semblante se endurece de nuevo.

—Me quedé como pendejo —dice el escritor, en realidad casi susurra, como si hablase para sí mismo—. Me fui de nalgas. Nunca me explicó a qué se refería con las renuencias. Sepa la chingada. Me hubiera interesado mucho que me dijera.

José Agustín nació en Guadalajara pero fue registrado en Acapulco, Guerrero. Estudió letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, dirección en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y composición dramática en el INBA.

Poco tiempo antes de su charla con Arreola, viajó a Cuba, en 1961. Su simpatía por la Revolución cubana, apenas consumada dos años antes, lo llevó a casarse sin pensarlo con Margarita Dalton, escritora y hermana del poeta salvadoreño Roque Dalton. El matrimonio se concretó en un juzgado civil de Tlalnepantla. Gracias a eso, pudo obtener la visa y viajar de inmediato a la isla, donde el escritor cumplió los 17 años.

El matrimonio duró apenas un mes. Su unión fue consecuencia del deseo de ir, descubrir y ver con sus ojos de qué se trataba ese lugar de América Latina del que todo mundo hablaba. Ambos participaron en la campaña de alfabetización.

—¿Regresó a Cuba?
—Sí, me lanzaba ya por mi cuenta. Las primeras veces, Margarita Dalton me conseguía algún boleto o entrada para algo.

—¿Se peleó con la política cubana, como lo hizo su amigo Reinaldo Arenas?
—Yo no, pues. Siempre simpaticé, y me he considerado amigo de los cubanos desde entonces. Cuando Arenas comenzó a criticar a Cuba, yo pinté mi raya y le dije: “Hasta aquí llegamos tú y yo”.

Pausa larga.

—Él se puso muy proselitista. Estaba muy en su papel de que se trataba de partirle la madre a la República de Cuba. Yo le decía que no, que se esperara un poquianchis, ¿no?

—¿Tenía razón?
—Ay, Dios, me dio una comezón espantosa. ¿Margarita, qué me pongo aquí?

—¿Qué pensabas de Cuba, amor? ¿Que hacían lo que podían? —pregunta ella, al acercarse de nuevo a su esposo.
—Margarita, tú sabes de eso…
—¿Qué sé, qué sé?

* * *

Otra cerveza, por favor —pide a Margarita. José Agustín se sienta ante el escritorio de su estudio, instalado en otra construcción dentro del terreno en Cuautla. Abre los cajones, buscando algo, nadie sabe qué.

Hace un rato se levantó de la mesa y atravesó el patio, paciente, con el paso de quien no lleva prisa. Después se sentó aquí, como si estuviera solo, sin interlocutor.

Desde la pared, además de sus centenares de libros, lo miran las fotografías de Emiliano Zapata, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung y Aldous Huxley.

En el escritorio se aprecia un retrato de su abuelo, Tomás Gómez, general revolucionario. Aquí, José Agustín parece sentirse más en confianza. Sonríe más.

—Quizá sería preferible que ya descansara —sugiere Margarita. Sin embargo, al escritor no parece faltarle energía. Sus respuestas siguen siendo cortas y esquivas, pero parece más animado.

—Ya no bebo tanto, no se crean, dos o tres cervezas al día, nada más.
—Tuvo qué —acota Margarita.

Pero que el escritor haya cambiado sus hábitos no significa que abandonara uno de sus grandes placeres: la marihuana.

—De vez en cuando, sí. Ya no conecto, pero si la trae alguien aquí, encantado. ¿Quieres un poco? —ofrece.

Antes solía fumar varios cigarros al día, “macizos, en serio”. Ahora es cada vez más esporádico: “Con uno o dos churritos ya me quedo bastante noqueado”.

—Siempre ha dicho que está de acuerdo con que se legalicen las drogas, ¿sólo la marihuana?
—No, me refiero a todas, pero sí muy en concreto a la marihuana y a las drogas más o menos decentonas, la coca, la Pepsi.

—¿Legalizarla tendría efecto sobre el narcotráfico?
—Ya son varios estados en Estados Unidos donde se legaliza —anota—. Tarde o temprano para allá vamos. Creo que serviría; al menos no habría tanto nacido para narco.

La relación de José Agustín con la cannabis es de toda la vida. En sus primeros libros, la menciona de manera constante. El 14 de diciembre de 1970, en Cuernavaca, lo detuvieron por posesión de marihuana. Lo acusaron de cargar 17 kilos, aunque él afirma que era una mentira: llevaba sólo 60 gramos.

En Lecumberri, donde permaneció siete meses, tiempo en el que escribió la novela Se está haciendo tarde —en la trama las drogas desempeñan un papel central—, José Agustín se reencontró con algunos líderes del movimiento estudiantil del 68 y con el escritor José Revueltas, con quien coescribiría el guión de la película El apando, dirigida por Felipe Cazals. La película, basada en el libro homónimo de Revueltas, revelaba la alta corrupción en el sistema penitenciario.

Pero en Lecumberri su relación no era de trabajo. Apenas una charla breve sucedió a su encuentro:

—¿Usted también por aquí, José Agustín?
—Igual, maestro, ¿cómo la ve?
—De la chingada, cómo quiera que la vea.

José Agustín salió de la cárcel, según ha contado, porque Angélica Ortiz, madre de la cantante Angélica María, con quien el escritor habría tenido un romance breve, pidió al entonces secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, que interviniera en su favor. “Le mandé una carta que le pareció extraordinaria y así debió haber sido, porque me sacó libre luego luego. Tanto que había sufrido con abogados, y Mollejas dijo: ‘Sale este cuate’”, comentó el escritor en una entrevista publicada en el periódico Reforma.

Cuando salió de la cárcel, José Agustín habló con Margarita: era tiempo de pensar en hijos. Meses después nació Andrés, quien con los años se convertiría en su editor. Después llegó Jesús y, al final, José Agustín. Pocos meses después, la pareja se mudó a Cuautla.

* * *

Sonríe. Lanza un “aaah, es verdad”. Las cejas se elevan, levanta las comisuras. Acaba de recordar que el 19 de agosto pasado cumplió 71 años. Margarita comenta que estuvieron presentes sus hijos. El escritor no recuerda los detalles del festejo. Su esposa cuenta que ahí estuvieron por alrededor de cuatro horas y que también acudió Lucio, su sexto nieto, bautizado así en honor a la novela Cerca del fuego, que el abuelo escribió hace dos décadas. Un pequeño homenaje.

José Agustín se nota de mejor humor. Fuma y bebe, la pasa bien.

Dice ahora: “aaah, sí”. Comparte que Margarita encontró un diario que él comenzó a escribir hace 40 años, el que siguió después de su primer viaje a Cuba: Diario de brigadista. Margarita lo leyó con tanto entusiasmo que José Agustín le preguntó por qué se reía tanto. Ella se lo entregó. Y después él mismo comenzó a leerlo y no lo soltó. Margarita piensa que gracias a ese diario el escritor reafirma sus recuerdos. Quizá se pone de buenas al confirmar que el humor que lo caracteriza hoy viene de mucho tiempo atrás.

Después de leer un poco por las noches ese diario, cuando tiene ganas, afirma, continúa escribiendo La locura de Dios.

—Tengo un editor que, entre otras cosas, es mi hijo y es a toda madre. Entonces es muy difícil zafármele.
—¿Qué le dice?
—Bueno, es que él llega, se mete a mi máquina, a ver qué hice. Ya tiene una idea de dónde están las cosas y se arranca. Él insiste, sabe cuánto llevo.

Los dedos de José Agustín tocan el escritorio de madera. Se levanta, camina, lento, hacia uno de sus libreros, y parece querer decir algo. La expectativa aumenta, pero el escritor no comenta nada, al menos por un minuto.

—Ahorita estoy en una condición muy cómoda como escritor —comenta un momento después—. Lo hago cuando quiero y cómo se me da la gana.
—Quizás siempre fue así, aunque algunas cosas fueron por encargo.

—Sí. Y tal vez yo les di la vuelta, como con Tragicomedia mexicana. Es que me salió demasiado bueno el texto. La priista me lo encargó, una que se llama Mercedes Certucha. Me habló y me dijo: “Ya leí tu libro. Está muy divertido. Oye, pero le pegas muy fuerte al PRI”. “¿De eso se trata, no?”.

—Pero se publicó.
—Lo publicó, pero la versión original no se imprimió nunca.

—¿No le frustra escribir o leer mucho o poco.
—Nunca he leído esperando abarcar todo —responde—. Pero me gusta estar abierto. Cualquier lectura puede ser terapéutica si uno es un lector penetrante. Cura el alma, ¿sabías?

* * *

Hace unos minutos, Margarita observó a José Agustín salir de su estudio, lento, sin prisa. Él caminó hacia el amplio patio verde. Se detuvo un momento y después retomó el camino.

El fotógrafo aprovechó el momento para hacer algunos retratos.

—Una fotografía más en esa silla, por favor.

Apenas escucha la instrucción, José Agustín se desplaza, cooperador. Observa la cámara fijamente. No olvida dar un trago a su cerveza.

Margarita clava su vista en él, un poco inquieta. El doctor le dijo que lo mejor sería evitarle sobresaltos. “De milagro está aquí”, suspira ella en referencia al accidente de 2009. Lo dice con alivio.

Se muestra contenta por la presencia de los reporteros: “No quiero que la gente se olvide él, no, por favor”.

Margarita es una mujer delgada, de baja estatura, rubia y de ojos claros que practica el tai chi y que, hace pocos años, comenzó a pintar, después de toda una vida al pendiente de su esposo. Se conocieron en la prepa 7 de la UNAM, cuando él la invitó a formar parte de la sociedad de alumnos.

Años después, José Agustín la describiría como  una mujer “de una belleza de perfecciones leonardianas”.

Se casaron cuando él tenía 19 años y nada le impedía escribir sobre lo que quisiera e incluso dirigir el largometraje Ya sé quién eres (te he estado observando).

—El accidente sí es un parteaguas en su vida —comenta Margarita y vuelve a mirar a su esposo, quien continúa en sesión de fotos—. Espera, déjame ir a ver si está a gusto.

Se levanta. Pregunta al escritor si necesita algo. “Una cervecita, por favor”. Margarita se dirige a la cocina. Regresa y entrega el envase a su esposo. Retoma:

—Él se sintió raro, era movido. Que te pase eso ha de ser frustrante. Ahora estamos más tranquilos. Desde hace seis años, ya ni salimos. El tiempo nos ha ayudado a calmarnos.

José Agustín vivió deprimido un tiempo después del accidente. Con el paso de las semanas su ánimo mejoró. Sin embargo, Margarita no pudo dejar de notar que su marido disminuía el ritmo de escritura. Los desvelos también fueron cada vez más escasos.

—Ya no se desvela tanto. Él cree que sigue haciéndolo, pero no. Tampoco se debe quedar solo porque está muy delicado. Procuro esperarlo, pero a veces ya no puedo. Me voy a dormir. Él se queda aquí. Me da un poco de miedo porque está débil. Fue un golpe fuerte, le fracturó la cabeza. Hace un año le pusieron una válvula.

Apenas un año y medio menor que José Agustín, Margarita aparenta muchos menos años que los que ha vivido. Con una sonrisa relajada, cuenta que en las entrevistas ella tiene que aportar ideas ante la desmemoria de su marido. Siempre fue un hombre nervioso, dice, necesitaba del alcohol y del tabaco para calmar la ansiedad. Sobre todo, necesita escribir.

—Estar con un escritor es un trabajo. Me he dedicado a estar con él. Soy como la esposa de Buñuel. Ahora no dejo de observar lo que hace; hay que estar muy presente siempre. No hay enfermedad. Tiene hipertensión, pero ahorita está tranquilo. Él era un hombre muy activo. Siento que la gente lo extraña, a él y a su lenguaje. Sigue estando ahí y a la vez no está.

* * *

José Agustín se queda en la silla después de la sesión de fotos. Da un sorbo más a su cerveza. Ha disfrutado posar. No parece cansado. Es más, se le nota más animado que al principio.

—Pues no sé si escribiré la cuarta parte de la Tragicomedia. Veremos —dice al retomar una pregunta anterior y extiende los brazos sobre el soporte del mueble.

Es tarde. Sólo restan un par de fotos a la eterna pareja, aquella que alguna vez deambuló al ritmo del rock y en compañía de la marihuana. Ahora están aquí, más relajados, pero juntos. Eso es lo importante.

Por eso, José Agustín, antes de que esta conversación termine, brinda: “Salud”. Bebe la cerveza hasta el fondo. Levanta la comisura derecha.

Sonríe, de un modo apenas perceptible, como no queriendo gastar su buen ánimo de esta tarde. Margarita sonríe también.

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Comentarios (2)

  • alejandro cortés

    Muy emotivo el reportaje sobre uno de los escritores que formaron y siguen formando a generaciones de lectores. Muy perturbadora radiografía de sus viajes mentales en el laberinto de su memoria y el olvido.

  • Grace

    Este artículo muestra el abuso de confianza de un periodista sin oficio. Por donde la veas. Es más: solicito que eme equis nos de la dirección completa de su casa -como nos dio la de Agustín y Margarita, quienes, como siempre, únicamente mostraron bondad y sí, buenaondéz- para pasar a dejarle un currículum completo del autor y se entere de que JA no estudió letras en la UNAM. Ah! Y de paso vemos cómo lo balconeamos desde la intimidad de su casa.

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