Carta abierta a México para no olvidar Ayotzinapa -Por Tryno Maldonado

* Principales, Digital, La cáscara de la historia

Metales pesados

Carta abierta a

México para

no olvidar

Ayotzinapa

Por Tryno Maldonado

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Sé como ustedes que, por su velocidad y omnipresencia, las noticias son abrumadoras. Creo, como creen ustedes, que las muchas cortinas de humo que siembran los medios de comunicación orgánicos al poder han opacado o trivializado asuntos de importancia capital que entre esa misma sobreexposición mediática se desgastan hasta perderse en la memoria colectiva. Entiendo que las preocupaciones individuales vayan ganando ante una realidad tan horrorosa como inabarcable, y que a veces —con justa razón— prefiramos cerrar los ojos, voltear hacia otro lado. Leer lo que contaré a continuación sólo les tomará cinco minutos.

En otoño de 2014 dejé mi casa en Oaxaca y me mudé a vivir a la normal de Ayotzinapa con sólo una mochila al hombro, una libreta y un cambio de ropa. Durante los cuatro meses que duró mi estancia allí, dejé de lado mi vida personal y profesional con la idea de ayudar en la búsqueda y en las acciones de lucha que emprendieron los familiares de los 43 muchachos desaparecidos en Iguala. Encontrarlos, conocer la verdad y exigir justicia. Dejar una memoria escrita.

Lo que encontré en Ayotzinapa con el paso del tiempo fueron 43 familias que pasaron a ser algunas de las amistades más aleccionadoras, sinceras y entrañables que he tenido la fortuna de contar. Lo que encontré en Ayotzinapa fueron 43 madres, 43 padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas que por su enorme generosidad se volvieron también mi familia. Un grupo de normalistas que se volvieron mis compas cuando la palabra “compa” era sinónimo de criminalidad para el Estado y con los que compartí durante meses la comida, el techo y hasta la enfermedad por las carencias en los peores momentos.

Lo que encontré en Ayotzinapa fue la mayor lección de vida que he recibido.

En ese lapso impartí talleres, lavé ollas, limpié los pisos de la normal, ayudé en la cocina del campamento, cargué víveres, hice brigadas con los padres, participé en casi todas las marchas en diferentes ciudades de Guerrero y el DF, y me enfrenté al lado de los normalistas y familiares de los normalistas desaparecidos a la violencia ejercida por el gobierno mexicano en distintas formas y niveles: desde el robo de mis notas personales y escritos por parte de infiltrados del gobierno; el acoso de las policías de todos los órdenes; el encapsulamiento y la golpiza de la Policía Federal en el Zócalo de la capital del país al final de la mega-marcha del 20 de noviembre de 2014;  hasta el franco ataque de elementos del ejército cuando, al lado de los padres de los normalistas desparecidos, marchamos en enero a las puertas de las instalaciones del 27 Batallón de Infantería en Iguala, el último lugar donde se obtuvo la geolocalización del teléfono celular de Julio César López Patolzin, uno de los 43 desaparecidos.

Afirmo lo siguiente porque lo sé de primera mano: desde hace 10 meses en Ayotzinapa se concentra una de las más valiosas reservas morales de México.

Estoy convencido de que si dejamos que Ayotzinapa se desvanezca, nos arrancarán como país un órgano fundamental no sólo para nuestro sentido de la justicia, sino donde se está jugando mucho de nuestra provisión más preciada: la dignidad de todo un pueblo. De allí, entre otras cosas, su importancia a casi un año de lucha.

Si olvidamos a Ayotzinapa, estaremos condenando al país a por lo menos 10 años más de terror y a una escalada de nuevos terrores cada vez más hondos; a 10 años más de impunidad, cinismo e injusticia de una oligarquía que es la única beneficiaria de ese terror que ella engendra.

Si olvidamos a Ayotzinapa, estaremos condenando a la generación más joven de México, las más sana y la mejor educada de la historia —el “bono demográfico”— a la violenta aniquilación que está perpetrando sistemáticamente en su contra el Estado mexicano.

Si olvidamos Ayotzinapa, permitiremos que la retórica de la llamada “guerra contra el narco” siga imponiendo su lógica de sangre y muerte, una lógica absurda pero cotidiana donde caben y se justifican cualquier tipo de tropelías por parte del Estado mexicano; una lógica donde las decenas de miles de víctimas son criminalizadas a priori y estigmatizadas con el recurso eufemístico que desarrolló esa misma retórica beligerante para invisibilizarlas: “bajas colaterales”. Bajas que algún día —si estamos en el lugar equivocado o nos volvemos incómodos para el poder— podríamos ser nosotros mismos.

Si olvidamos a Ayotzinapa, esa será la alarma definitiva de que como país nos hemos deshumanizado a tal grado que, casos como el de los siete muchachos que el pasado 7 de julio fueron torturados y ejecutados en Zacatecas por el Ejército Mexicano, ya no nos perturbarán ni nos sorprenderán más, sino que serán un nuevo índice de frías cifras de desaparecidos, índices de nombres de asesinados por el Estado.

Por eso hoy quiero recordarlos: sus nombres eran Germán Martín González, de 26 años; Víctor Hugo, de 16 años; Fernando José, de 17 años; Beatriz Fernández, de 27; María Alejandra Rocha Montes, de 18 años; Jorge David, de 17 años; y Guillermo de 15 años.

Si olvidamos Ayotzinapa, permitiremos que se repitan hasta el cansancio sucesos como los de Ostula, Michoacán, el 19 de julio, donde el Ejército disolvió una protesta y un plantón de civiles y mató a un menor de 12 años de edad.

Si olvidamos Ayotzinapa, permitiremos que México continúe siendo una de las coordenadas del mundo donde el ejercicio de periodista —un oficio vital para que una sociedad ejerza la crítica contra el poder— sea de los de más alto riesgo.

Si olvidamos Ayotzinapa, estaremos condenando a nuestros activistas y a nuestros periodistas a ser desaparecidos, a ser torturados y a ser asesinados impunemente y a sangre fría por las autoridades y los gobiernos.

Si olvidamos Ayotzinapa, estaremos asesinado una y otra vez, en un círculo sin fin, al fotoperiodista Rubén Espinosa, de 31 años, y a la activista social Nadia Vera, de 31 años. Torturados y ejecutados en la capital del país con tiros de gracia el día 31 de julio.

Si olvidamos Ayotzinapa, si olvidamos ese horror obsceno —en su acepción original: lo que nunca debió entrar en escena—, ¿seremos dignos como mexicanos y mexicanas de considerar que conservamos una cuota mínima de humanidad, un mínimo de empatía, un mínimo de valor en nuestros corazones?

Mis queridos amigos y amigas, los familiares de los 43 muchachos desaparecidos me han enseñado en estos últimos 10meses que, al menos en lo que respecta a ellos, llegarán hasta el final de su lucha —que por extensión es nuestra lucha y a la vez es todas las otras luchas justas de este país— sin perder ni un ápice de esas tres cualidades ahora tan escasas.

Si olvidamos hoy Ayotzinapa, las generaciones futuras hablarán de un país que solía llamarse México y cuyos habitantes lo dejaron desangrar hasta morir por no tener los arrestos suficientes para sacarlo del secuestro de décadas en que lo mantuvo una pandilla de criminales con licencia; por no tener el valor no sólo de decir “ya basta”, sino de reunir el coraje para ser consecuentes con esa indignación y esa rabia, para organizarse y emprender acciones cotidianas que lo hubieran transformado antes de entregarlo para morir.

Vivos se los llevaron. Vivos los queremos.

Comentarios (4)

  • jose luis parra lopez

    El gobierno federal y sus autoridades hacen lo imposible por continuar con el esclarecimiento de los hechos de los 43 jóvenes desaparecidos en el estado de guerrero, los gobernantes que están al frente de los estados y las comunidades son elegidos por los ciudadanos que los habitamos, esta por demás culpar a terceros cuando la responsabilidad es nuestra.

  • cinthya

    claro que es un tema que no se olvidara porque el amor a un hijo o un ser querido no es fácil de aceptar pero también no se puede olvidar por tanto desmadre que se a ocasionado

  • Guadalupe

    Te entendemos Tryno, captamos el mensaje, lo sentimos y tienes toda la razón. Me dio mucho gusto encontrarme con este texto, sabes? los compas de acá de Durango nos quedamos así, sintiendo eso que dices, después de que se fueron.
    La Caravana Norte de los padres de Ayotzinapa llegó el domingo 2 de agosto a Durango, los escuchamos y acaban de irse. Aquí expreso algo de lo que significó su paso por Durango:

    Creo que este agüite es general, se ha convertido en un sentimiento nacional.
    Ese sentimiento de impotencia, de no saber ¿cómo?, ¿Qué hacer? ¿Cómo organizarse? en contra de un gobierno, autoridades, políticos, policía, militares, todo un sistema que mata, asesina, tortura, amedrenta, que es cómplice, que les vale madres que mueran estudiantes, periodistas, activistas sociales y ciudadanos en general, de esos ciudadanos como ustedes, como yo, como nuestros amigos y como cada mexicano que ha muerto o desaparecido por intervención directa del Estado, o no han recibido justicia por omisión directa del Estado.

    Ayer me decía un amigo, que ¿en qué carajos pensamos al exigirle justicia al propio Estado que asesina o que es cómplice y que tiene intereses políticos y económicos en esta crisis humanitaria que vive México?.

    No lo sé, ni tampoco mis compas, lo hemos platicado y nos quebramos la cabeza buscando respuestas.
    Sólo sabemos y sentimos algo que hace dos días nos dejaron los padres de estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.
    Llegaron a Durango, son su dolor a cuestas, con su coraje, con su fuerza, con ese amor infinito por sus hijos, los cuales llevan en el corazón. Compartieron su búsqueda de justicia con los periodistas, con los activistas, y con toda la gente que fue a verlos y a apoyarlos. Compartieron su lucha.

    Los vimos, tristes pero a la vez con mucha fuerza, su motivo principal para seguir por todo el país compartiendo su lucha y para recordarnos a todos que las vidas de sus hijos importan, que me merecen regresar con ellos, porque los extrañan, porque son seres humanos, su motivo principal son ellos, su hijos, esos de los cuales traen una imagen en sus camisetas.
    Pero además de esta lucha por sus hijos también es una lucha por nosotros, porque su búsqueda de justicia para sus hijos, también es una búsqueda de justicia para todos nosotros. Para todo México. ¿Porqué no lo entendemos? porque no los apoyamos con la suficiente fuerza en esta lucha? ¿Por qué no apoyamos la búsqueda de justicia de todos los desaparecidos? ¿de todos los asesinados? ¿de todas las vidas perdidas?. ¿Porqué México? ¿Porqué no actúas a la altura de la circunstancia?. Tu mal no es la violencia. Tu mal es la indiferencia.

    Termino con esto, y porque al final de cuentas no importa qué y no importa cómo, pero desde cualquier geografía debemos de seguir luchando en contra de la violencia en todas sus formas, y seguir luchando por defender los derechos humanos, levantar la voz, apoyar a los que luchan, apoyar a los que buscan a sus seres queridos, a la justicia. Por sobre todas las cosas.

    Comparto este texto de José Emilio Pacheco:

    “…Hoy no sólo el diría que ‘se han roto todas las corrientes, fracturado todas las fuerzas y lo que avizora es la gran catástrofe’.

    Precisamente por ello la rendición es imposible. La esperanza y la voluntad de lucha son más necesarias que nunca.
    Contra todas las formas de la muerte se alzará siempre el árbol de la vida”.

  • Humberto Caballero Solano

    Totalmente de acuerdo no olvidar, no rendirnos y actuar

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