¿Pueden las ciudades salvar al mundo? (1ª parte) -Por Inti Muñoz

* Principales, Digital, La cáscara de la historia

inti-munoz-1

Crónicas del torbellino

¿Pueden las ciudades salvar al mundo?

(1ª parte)

Por Inti Muñoz
@IntiMunoz

.

La humanidad se encuentra a la mitad de una tempestad. Una tormenta que tiende a empeorar si nos atenemos a los nubarrones que dan cuenta de un paisaje planetario que, a primera vista, tal vez sea el más negro que jamás haya existido. Para constatarlo basta con echar una mirada a las señales y estadísticas mundiales del hambre, la violencia, la desigualdad, la corrupción política y el desastre ambiental.

De acuerdo con datos de la ONU, casi 900 millones de personas no tienen que comer y desde hace un lustro la humanidad ha sido prácticamente incapaz de revertir esa cifra. Cada día mueren por hambre en el mundo más de 7 mil niños menores de cinco años. Casi 300 cada hora. A la par de ello, como señala Médicos Sin Fronteras, más de 8 mil personas mueren por enfermedades curables diariamente; casi 350 cada hora, casi seis cada minuto.

Cada año, también según la ONU, mueren violentamente más de 500 mil personas en la Tierra. Cada día, casi 170 personas pierden la vida en una guerra o en un conflicto armado y durante esas mismas 24 horas más de mil seres humanos fallecen a manos de algún otro tipo de violencia: la violencia que produce la lucha descarnada por sobrevivir, la violencia doméstica, la violencia criminal, la violencia religiosa, la violencia xenofóbica, la violencia de Estado.

Tras el fin de un largo debate científico, hoy sabemos oficialmente que una profunda crisis ambiental global ha desequilibrado la vida en la Tierra. Como lo confirman datos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas y Greenpeace, al quemar millones de toneladas de combustibles fósiles cada hora para producir y transportarnos, arrojamos todos los días a la atmósfera más de 100 millones de toneladas de dióxido de carbono, metano y azufre. Cada año acabamos con cerca de 10 millones de hectáreas de bosques y selvas. Vivimos en una olla de presión que se calienta en una estufa sin vigilante: nuestro ritmo de consumo de recursos de la naturaleza representa 150 por ciento —cifra que va en aumento— de lo que el orbe puede producir sosteniblemente.

Es verdad que estamos acabando con el planeta y que nuestra atmósfera comienza a hervir. Así, las sequías, las inundaciones y otros trastornos ambientales nos seguirán amenazando si no modificamos el rumbo. Cabe anotar aquí que el 20 por ciento más rico de la población mundial consume el 80 por ciento de los recursos planetarios, desperdiciando en el camino una tercera parte de lo que recibe.

El otro componente fatal de nuestra realidad está cifrado en la desigualdad y la exclusión. El abismo que separa a los ricos de los desposeídos se ha ensanchado dramáticamente en las últimas décadas. Hoy, como ha confirmado hace unos días Oxfam, “la riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1 por ciento más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99 por ciento restante”. Solo en África hay casi 100 millones de niños que no van a la escuela (UNESCO). Tres cuartas partes de la juventud mundial no acude a la universidad y en el mundo hay 760 millones de analfabetas, de los cuales dos terceras partes son mujeres. 

Un estudio reciente de la Organización Internacional del Trabajo señala que más de 60 por ciento de la fuerza laboral mundial opera en la economía informal y que esa cifra crece sin control; ello significa que la inmensa mayoría de los trabajadores del planeta no cuenta —ni contará en mucho tiempo— con seguridad social o prestación alguna. El empleo formal desaparece y nuevas formas de esclavitud surgen.

El conjunto de estos factores conforma un torbellino de infinito crecimiento que en su camino arrasa en primer lugar con la vida, los derechos y las expectativas de futuro de las niñas y los niños, las mujeres, los ancianos, los pueblos indios, los migrantes, los jóvenes y los desempleados.

Es casi imposible imaginar con optimismo el futuro. La difícil sociedad contemporánea de la que formamos parte pareciera estar condenada por la incertidumbre y el miedo. El fin del mundo ha comenzado a trascender los límites de la ficción para materializarse en una tangible noción de múltiples significados. Está ahí por obra de la faceta depredadora del progreso y está también en la dimensión apocalíptica de la opresión, de nuestras disfuncionalidades, de la podredumbre de una política que se deshace de su legitimidad democrática cuando el poder corrupto funciona como herramienta de los dueños del dinero y solo gobierna para las elites.

Luego el fin del mundo adquiere una utilidad y un significado adicionales: es la amenaza ideológica, religiosa y mediática con la que los poderosos buscan infundir temor para que nadie pretenda moverse o luchar para modificar el rumbo. Es el pensamiento único neoliberal frente al que la discrepancia está prohibida. Es la advertencia que debemos temer para así renunciar al cambio. El pretendido mensaje es claro: el destino ya ha sido escrito desde la opaca esfera que está en la cima por alguien que no dudará en castigar nuestra inconformidad. Obedecer o ser culpables del caos, esa es la posdata. 

Es justo aquí dónde entran en escena las ciudades. Desde hace algunos años la mayoría de la población humana habita en alguna urbe. Así, cualquier reflexión que pretenda explorar objetivamente las mareas históricas y los retos que determinan el presente y el futuro planetarios debe partir de ese hecho. Antes, sin embargo, es necesario comprender en toda su amplitud las improntas culturales que durante los últimos 30 años han dejado en el escenario urbano la globalización de los mercados financieros y la revolución tecnológica de la información; condiciones que han alterado una buena parte de las relaciones humanas y que se aparejan con la disolución del papel del Estado nacional en sus funciones sociales, económicas  y democráticas.

Si analizamos la persistencia o la agudización de las contradicciones, lastres y retrocesos que hoy pesan sobre nuestros hombros —o en contraparte, nuestros mejores progresos y construcciones colectivas— la misma clave transversal aparece: el papel motor de la historia que las ciudades han protagonizado desde su creciente, contradictorio y dinámico espacio social, económico y cultural; a partir de su condición de actor político colectivo, generador de conocimiento y multidimensional cruce de caminos.  La actual función de las urbes está determinada por la transición y el conflicto alumbrados, a un tiempo, por su ser social transformador y su capacidad para generar riqueza económica en una sociedad cada vez más desigual. Queda claro: como nunca, las ciudades mueven al orbe. Pero ¿hacia dónde lo están moviendo? ¿Hacia dónde lo podrían mover? Pongamos atención a la encrucijada.

.

* Inti Muñoz Santini (Chihuahua, 1974) es politólogo por la UNAMy
maestro en Gestión de la Ciudad por la Univesitat Oberta de Catalunya.

.

TE RECOMENDAMOS:

¿Pueden las ciudades salvar al mundo? (2ª y última parte) -Por Inti Muñoz

_

Deja un comentario

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Revista emeequis

Desplácese hasta la parte superior