La vida en prisión de Pedro Canché

Sociedad - Página: 38 - No.347

Las fobias del gobernador

Roberto Borge contra los periodistas

La vida en prisión

de

Pedro Canché

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El reportero maya Pedro Canché ha cumplido seis meses en prisión. Su “delito”, dice, es haber criticado al gobierno de Quintana Roo, quien lo acusa de “sabotaje”. Nada que se le haya demostrado y sí un largo proceso judicial cargado de absurdos.

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POR GUILLERMO RIVERA • @GuillermoRiverV
ILUSTRACIÓN: JOSÉ QUINTERO

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“Esa es la manera en que al gobernador le gusta castigar a sus críticos”, dice Canché desde la cárcel a emeequis. El periodista cuenta lo que significa vivir en prisión, las golpizas que le han propinado otros presos, la ausencia de sus hijos, el aislamiento.

Le han prohibido incluso el derecho a escribir cartas, pues por órdenes “superiores” le han retirado lápiz y papel. Así castiga el gobernador Roberto Borge a los periodistas críticos. Les tiene fobia.

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Chetumal, Quintana Roo.- Alcanza la libreta con la mano izquierda, se sienta sobre la cama de concreto y toma el bolígrafo. Mientras desliza la tinta, escucha a sus abogados. Le dicen que en los próximos días podría ser de nuevo un hombre libre, que es posible que el juez resuelva el amparo en su favor. Su silencio delata la duda. Pedro Canché Herrera sigue escribiendo.

El periodista maya sabe que el esfuerzo de los abogados se enfrentará con la decisión del gobernador Roberto Borge Angulo de mantenerlo sumido en este reducido universo desde hace medio año: la celda 1 del módulo 2 de la cárcel municipal de Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, después de que las autoridades lo acusaron de “sabotaje”.

Mi “delito”, dice, “es mi trabajo periodístico, la crítica irrita al gobernador Borge. No hay otro delito”.

Sujeta de nuevo la pluma, la única que le queda, y lee las 27 letras mayúsculas escritas a lápiz en la parte isuperior de la pared de enfrente: “DIOS ES LIBERTAD Y TODA LA VERDAD…”. En estas condiciones, él no se atrevería a suscribir esa frase.

Escribe, sin importar que, para olvidar que en los últimos meses no pudo reportear, escribir notas y tuitear sobre la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa y las muertes de Julio Scherer y Vicente Leñero. Si querían castigarme, lo lograron, reconoce Pedro.

Las hojas de la libreta son insuficientes si las compara con lo que es escribir sin limitación alguna en el teléfono o la laptop. El periódico que llega a la cárcel no basta: en internet revisaba decenas de portales de noticias, revistas y blogs. Añora perderse entre esa información y difundir en las redes sociales la que él mismo creaba: videos, nota, opiniones, crítica.

“Estoy atado de manos. No tengo medios para saber qué sucede afuera. Siento un vacío tremendo, horrible, tengo hambre de información. Eso es similar a la ceguera”, dice la voz queda del periodista, de rostro redondo, piel morena y baja estatura, sentado al lado de una decena de libros encimados que ya leyó.

“Lo que le da sentido a mi vida es escribir. Me gusta opinar y eso fue lo que no le gustó al gobernador”, reflexiona Pedro un poco antes de informar a los visitantes que las autoridades lo han amenazado con quitarle lo único que le queda: la pluma y el papel.

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¿Cómo quieres esto? ¿Lo quieres tranquilo o te damos en toda la madre? —dijo el hombre mientras introducía el brazo por la ventana del copiloto del automóvil del periodista.

La voz del sujeto alarmó a Pedro Canché. Éste reaccionó enseguida y apretó el botón para subir el cristal. La extremidad del intruso quedó apresada.

—Son tres contra uno. ¡Tengo un amparo! —respondió Pedro porque entendió que los sujetos no permitirían que se escapara. Era el 30 de agosto de 2014.

Días antes, Canché desestimó la advertencia de un amigo periodista. “Estás en un problema, refúgiate en alguna embajada. Borge va contra ti”, lo alertó. “No hay razón para huir”, argumentó Pedro.

Al poco tiempo, el director de la Defensoría Pública del Poder Judicial del estado, Lino Magos, lo acusó a través de su cuenta de Twitter de ser un “atentado de periodista y aprendiz de alborotador”.

El reportero maya se puso en guardia. “Hago responsable a Borge de cualquier cosa que me pase”, escribió en su perfil de Facebook a modo de defensa.

Las amenazas tenían un antecedente: decenas de manifestantes mayas instalaron un plantón el 11 de agosto en la Comisión de Agua Potable y Alcantarillado (CAPA), ubicada en la zona centro de Carrillo Puerto, en respuesta al aumento de las tarifas del servicio de agua en el municipio.

A Pedro no le interesó cubrir la manifestación. Era temporada vacacional y sus hijos, un adolescente de 12 años y una joven de 13 años, estaban de visita en Carrillo Puerto. Pedro convive con ellos durante las vacaciones escolares. Estuvieron con él desde principios de julio. El 9 de agosto regresaron a Cancún, donde viven con su madre. Pedro los llevó y regresó a Carrillo Puerto el día 13.

Cuando volvió al municipio, cuenta el reportero, los corresponsales en Quintana Roo de MVS y Proceso, Patricia Argonza y Sergio Caballero, respectivamente, le solicitaron ayuda para conocer los detalles del conflicto en el municipio. Ejidatarios afectados por la construcción de una carretera a los que se les negó el pago de derechos, amenazaron con unirse al plantón. El panorama se complicaba.

Aunque recordó las palabras de sus hijos, quienes le pidieron olvidarse del periodismo de denuncia, a Pedro le ganó la curiosidad periodística. Los días 16, 17 y 18 Canché envió información sobre los inconformes a sus compañeros. Entrevistó a los manifestantes y grabó con el celular. El 18 comenzó a circular la versión de que autoridades y manifestantes negociaban para poner fin al conflicto. Pero al día siguiente, a las 23:20, la policía antimotines llegó al plantón y lanzó la orden de desalojo. El enfrentamiento comenzó y hubo al menos 30 detenidos.

Pedro grabó la trifulca. El video formaría parte del expediente en su contra: sería la “prueba” de que esa noche había cometido el delito de sabotaje.

* * *

Llegó a la gasolinera después de las 10 de la mañana del 30 de agosto. Decidió marcharse a Cancún después de conseguir el amparo: no quería comprobar si el gobernador Borge intentaría detenerlo.

Visitó a su madre la noche anterior. “Debes tener cuidado, presiento algo”, le dijo ella. “No pasa nada”, insistió Pedro.

Cuando pagaba la gasolina, observó llegar un automóvil rojo. En ese momento recordó las palabras de su mamá.

—¡Bájate del carro, cabrón! —le ordenaron.
—No he recibido ninguna notificación, tengo un amparo —se defendió. Con armas y vestidos de manera informal, los tres hombres lo cercaron.
—Ahorita me estaciono —dijo Pedro.

Confiaba en el amparo. Movió su vehículo y los hombres colocaron el automóvil rojo detrás de él. Bajaron y comenzó al ataque. Querían sacarlo a la fuerza.

Durante 20 minutos Pedro permaneció en su automóvil. Durante ese tiempo, el brazo del individuo robusto que lideraba al grupo permaneció atorado.

—Voy a bajar el cristal, sacas tu brazo y me bajo —propuso Pedro y cumplió su promesa. Los hombres lo detuvieron—. ¡Suéltenme! Estoy bajando tranquilamente. Aquí está el amparo.

Pedro abordó el vehículo rojo y quien parecía ser el jefe de los tres condujo con dirección al Ministerio Público. Al llegar a las oficinas de la Subprocuraduría de Justicia, sintió alivio. No era un levantón.

Pedro Canché había sido acusado de “sabotaje”. Minutos más tarde, el juez Javier Ruiz Ortega le comunicó lo que el reportero ya sospechaba que le dirían: el amparo no era válido.

El mismo juez validó las pruebas de los demandantes en contra de Pedro. En unas horas sería detenido. Seis días después, el 5 de septiembre, Ruiz Ortega dictó el auto de formal prisión.

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Pedro investigó las detenciones. Averiguó que nueve personas permanecían encerradas. Varias de ellas no estaban en el plantón. Al momento del desalojo, sólo curioseaban.

Marisol Ceja Gálvez, amiga de Pedro, también fue detenida y encerrada algunos días. Marisol vive en un poblado cercano a Cancún y no se habían visto. En su declaración, ella explicó que se encontraba cerca del plantón porque quedaba a un lado de la plaza municipal y se había quedado de ver ahí con Pedro, quien le daría seguimiento al conflicto sin sospechar que habría un desalojo.

Un comunicado del gobierno de Quintana Roo, fechado el 21 de agosto, dos días después de los enfrentamientos, difundió una teoría complotista:  “Una de las detenidas, Marisol Ceja Gálvez, confirmó que forma parte del Partido Morena y del Congreso Ciudadano y que fue contactada por Canché Herrera, quien se autodenomina periodista internacional y activista del Movimiento Nacional Ciudadano, que según la detenida es la persona que paga los pasajes y estancia de gente de Playa del Carmen, Cancún, Holbox y Tulum que participaba en el bloqueo (sic)”.

Pedro recuerda en la entrevista con emeequis en la prisión lo ocurrido esos días: “Comenzaron a decir que yo había traído a personas de Cancún y otras zonas. El procurador del estado, Gaspar Amado García Torres, y la directora de CAPA, Paula González Cetina, declararon que pagué 5 mil pesos por persona para que se instalaran en el plantón. Es una difamación terrible”.

Las autoridades “armaron” la “investigación” en 48 horas, sólo con los testimonios de funcionarios de CAPA que lo vieron en el plantón.

Canché, de acuerdo con esos testigos, sostuvo una “conducta delictiva”: cometió el delito de sabotaje por entrevistar a los manifestantes y grabarlos con el celular, indica el reporte que al respecto ha elaborado la oficina para México de Artículo 19, la organización internacional cuya misión en impulsar la libertad de expresión y el respeto a los derechos de los periodistas.

Cuando comprendió que se estaba integrando un expediente exprés en su contra, Pedro grabó, con ayuda de su amiga Marisol, el video titulado “Pedro Canché vs Roberto Borge Angulo”. El reportero invitó al gobernador a debatir sobre la persecución a periodistas, la inexistencia de libertad de expresión en el estado y la desatención a la epidemia de dengue en 2013.

El gobernador no le perdonaría que lo haya retado.

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Incrédulos, los corresponsales escucharon las palabras del joven vendedor de hot dogs. Quería colaborar con ellos, enviando notas o fotos. Era 1989 y él tenía 19 años.

Uno de ellos, el corresponsal de Notimex, aceptó y le proporcionó su número de teléfono. A partir de ese momento, Pedro llamaba tan seguido como podía para transmitirle las novedades en Carrillo Puerto. Sin tener idea sobre cómo hacerlo, imitando lo que leía en periódicos y revistas, entrevistó al ex candidato del PRD a la alcaldía. Pedro marcó el número y dictó la nota. Él costeaba las llamadas y no recibía pago alguno. No sabía si la información se publicaba, pero la fascinaba pensar que así era.

Todavía hoy, Pedro no se explica de dónde nació su gusto por informar. En la costa, en el archipiélago de Boca Paila, aprendió a leer por su cuenta. Levantaba las bolsas de detergentes y preguntaba qué decían las letras. Aprendió a formar ideas. Se interesó por la fotografía porque veía a los extranjeros usar sus cámaras en la playa.

“Yo puedo escribir también”, se dijo a sí mismo. Un fotógrafo de Chetumal le vendió una cámara Pentax de 8 milímetros. Enviaba por correo las fotos que él mismo revelaba y las notas que redactaba al periódico Novedades, en Cancún.

Fotografiaba la basura en la calle, baches, policías recibiendo sobornos. Su perseverancia dio resultados. Publicaron con su crédito la imagen de un niño que jugaba en una laguna contaminada con basura. “Cuando la vi, ya nada me detuvo”, dice Pedro, sentado en una vieja silla colocada en una de las esquinas del patio de la cárcel.

“Llegaron a tener vergüenza en Novedades y me ofrecieron pagarme por honorarios”. Por cada fotografía recibía de 10 a 20 pesos. Por cada nota cobraba 50 pesos. Dejó el carrito de hot dogs y se dedicó de tiempo completo al periodismo.

“Cuando empecé —recuerda—, había una división tremenda en el PRI. En los periódicos no aparecía nada de eso. Decidí escribir sobre el tema. Por aquel tiempo, dos periodistas habían entrevistado a Cuauhtémoc Cárdenas en la radio estatal. Miguel Borge Martín, entonces gobernador y tío del actual, los corrió de la radio. Ellos hicieron una huelga de hambre durante 20 días. Así comenzaron los primeros ataques a la libertad de expresión”.

El ex gobernador, cuenta Pedro, se enfrentó al periodista Lorenzo Pacheco, quien entonces era el director de Novedades, porque publicaba notas críticas sobre el gobierno de Borge.

“Los Borge sienten fobia por los periodistas. Aquello sucedió en 1992. Roberto Borge Angulo también tiene esa tendencia. Lleva en las venas la sangre de la represión. No soporta ver que alguien opina diferente”.

* * *

Los enemigos se van al módulo uno y los amigos, al dos. ¡Así que tú vas para el primero!

La voz del oficial lo intimidó.

Pedro llegó a la cárcel municipal la tarde del 30 de agosto, unas horas después de su detención en la gasolinera. Los policías lo recibieron con empujones y golpes.

—¡Bienvenido a tu casa! Ni intentes hacer nada, este es un asunto político.

Durante tres horas permaneció en un separo. Después le dijeron que sería enviado al módulo uno, donde están los presos considerados peligrosos.

Llevaba apenas unas horas en la celda ocho cuando escuchó que le gritaban:

—¡Hey, tú, sal de la celda! ¡Sal, ya!
—No salgas, te van a golpear —le advirtieron sus compañeros.

Pedro no salió, pero alrededor de 15 presos lo sacaron a la fuerza y comenzaron a golpearlo, sobre todo en el estómago. La golpiza duró alrededor de media hora. Sentía que miles de agujas se le incrustaban en el cuerpo.

El fuerte golpe en el omoplato casi lo desmaya. Pensó en la muerte. Un grupo de presos lo rescató y lo llevó de nuevo a la celda. Los violentos golpearon a los rescatistas. La ayuda que recibió de sus compañeros evitó la desgracia. Los guardias se asomaron al módulo. “¿Hay algún problema?”.

El reportero durmió esa noche en el suelo. A las seis de la mañana del día siguiente, el agua fría lo despertó. Lo sacaron de la celda y lo golpearon de nuevo. Pedro no respondió. Se percató de que no eran los mismos de la noche anterior. “Luego supe que el presidente municipal recibió línea del gobierno para que esas personas me golpearan”.

Horas más tarde, comenzó a sentir intensos dolores en el cuerpo. No recibió atención médica. “Me llevaron con el alcaide (el director de la cárcel), quien me dijo que no podía hacer nada. Eran órdenes de arriba. Me dieron paracetamol. Estaba tan golpeado y era tan fuerte el dolor que días después llamaron a la Cruz Roja”.

Representantes de la CNDH llegaron al hospital el último de los tres días que estuvo ahí. Durante esa jornada de finales de septiembre, Artículo 19 (que además forma parte de la defensa de Canché) lanzó una alerta sobre su detención. En presencia de los representantes de la comisión, relata Pedro, fue sacado del hospital.

Lo regresaron a la cárcel. Continuaron las amenazas e intimidaciones. Una llamó su atención: “No publiques nada porque te va a ir peor”.

El collarín lo salvó. “Estoy lesionado. Pelearé con ustedes cuando ya no lo esté”, les respondió. La mentira funcionó. No hubo más golpes.

El 29 de septiembre, la abogada de Pedro solicitó un amparo al juzgado sexto de distrito en Chetumal. Cinco meses después, el juez Reynaldo Piñón Rangel no ha resuelto la solicitud.

* * *

Cuando el EZLN se levantó en armas, la Secretaría de la Defensa Nacional prohibió la dinamita. “En esta zona todo es piedra —expone Pedro—. Para hacer fosas sépticas o sumideros se usa dinamita. En una ocasión, soldados detuvieron a 34 personas de una organización campesina. Ellos me enviaron una carta. El representante me dijo que los habían torturado en Chetumal, entregaron toda la dinamita que tenían. Hice una nota titulada  ‘Ejército tortura a campesinos’. No la censuraron. La replicó el Diario de Yucatán, después La Jornada. Se hizo un escándalo”.

Pedro Canché se enteró entonces que elementos del ejército lo andaban buscando. Un reportero fue detenido y liberado más tarde cuando se dieron cuenta de que no era él. Un día, a las siete de la mañana, tocaron a su puerta. El coronel habló: “Venimos a llevarte a Chetumal”. El reportero sintió escalofríos. “Voy a vestirme y voy con ustedes”. Como pudo, huyó por otra salida, tomó una bicicleta y se ocultó durante una semana.

Fue a la redacción del periódico en Cancún y les contó lo ocurrido. Designaron a alguien para que lo acompañara a la 34 Zona Militar. Llevó las pruebas de su nota. Se entrevistó con un general y decidieron dejar en paz el asunto. Pedro continuó publicando notas incómodas. Tenía 24 años. “Después me despidieron. Yo creo que los metía en muchos problemas”.

Canché trabajó en Novedades de 1990 a 1995. Ahí fue fotógrafo, reportero y editor. Después estuvo sólo seis meses en el Diario de Quintana Roo por la censura a su trabajo. “Me olvidé de hacer otras cosas. Sólo quería hacer periodismo, pero eso no bastaba para vivir”.

Se dedicó a la carpintería. Gracias a ese trabajo, financió y dirigió una revista que bautizó con el nombre de Posdata. Con el tiempo, fue difícil sostenerla. Las ganancias de la carpintería no alcanzaban. Abandonó el proyecto. Continuó colaborando con otros medios, principalmente radio, donde le pidieron notas suaves.

“El periodismo es un camino de muchas piedrotas. Con la llegada de internet, empecé a enviar información a todas partes. Después me percaté de que el periodismo no sólo está siendo sometido, sino perseguido. Mis compañeros me dijeron que Borge había prohibido las caricaturas sobre él y Peña Nieto”.

* * *

Vestido con playera azul y pantalones de mezclilla, el cabello lacio levemente desordenado, Pedro Canché narra lo que sucedió en la cárcel después de que Artículo 19 creara a finales de enero un perfil en Tumblr (diariodepedrocanche.tumblr.com) para difundir su caso y los pocos textos que hoy puede escribir.

Las autoridades realizaron un operativo para decomisar celulares y laptops. No encontraron nada. Después del cateo, Pedro recibió la visita del ombudsman de Quintana Roo, Harley Sosa Guillén. “Él dejó la instrucción a alguien para que no se me permitiera escribir”, afirma.

Después de las golpizas, el periodista  comenzó a escribir a cualquier hora del día. Necesitaba dejar registro de lo ocurrido. Escribir era la única forma de olvidar por momentos la tormentosa situación. El material fue destruido tras una diligencia en la cárcel. Mojado y roto lo encontró en la basura.

Pedro continuó escribiendo, pero la actividad cesó tras la reciente visita de un amigo. “Debes tener mucho cuidado, no escribas, te va a acarrear más problemas si continúas haciéndolo”, previno el visitante. “Escribo poco desde hace unos 20 días”, dice, resignado.

—¿Significa que el periodismo está perdiendo la batalla?
—Pienso que nunca la va a perder. Es una lucha de la humanidad. Es un fenómeno que se da con Ayotzinapa, desapariciones forzadas, la falacia de los derechos humanos. Sin embargo, pienso que del 100 por ciento de quienes se dedican a ser reporteros, hay un porcentaje que va a luchar por la libertad de expresión. Siempre habrá víctimas.

* * *

Pedro Canché explica cuáles son los otros enemigos en la cárcel:

“Todos los días tengo que luchar contra la ansiedad. Se me colapsa la respiración. Siento una claustrofobia terrible. Sudor, sudor, sudor. Cuando me ataca la ansiedad, tengo que correr a acostarme. Cierro los ojos y hago terapia. Para controlarme, bebo varios litros de agua”.

Hace un mes sintió un dolor en el pecho. Era tarde y se acostó. La dolencia continuó. “Era como si la pata de un elefante me aplastara. Sufrí taquicardia. Comenzó a dolerme el brazo izquierdo. Era un dolor terrible. Avisé a los guardias. Vino el paramédico. Me revisó. Me dijo que no tenía nada pero el dolor seguía. Hasta que pasó”. La angustia de Pedro disminuyó cuando sus hijos lo visitaron.

En la cárcel no se sirven frutas ni carne. Un día, los presos comen frijoles; otro, arroz o espagueti. A veces verduras o lentejas. El desayuno, almuerzo y cena se sirven a las siete de la mañana, una de la tarde y siete de la noche. La ventaja de Pedro es que su familia le lleva alimentos preparados y despensa para que él o sus compañeros más cercanos puedan cocinar.

“Si no fuera por mi familia, esto sería doblemente horrible”.

* * *

Pedro Canché decidió hacer uso de las redes sociales cuando uno de sus colegas le dijo que los periodistas de Quintana Roo estaban siendo perseguidos por Borge: “Somos pocos para enfrentarlo, nos va a dar en la torre”. “Me acordé del viejo Borge”, recuerda el reportero.

Pero Pedro no imaginó que se convertiría en uno de esos perseguidos después de que el dengue hemorrágico llegara a Quintana Roo y cobrara la vida de muchos. “El gobierno ocultó las cifras”, asegura. “Yo escribí sobre el caso, pero cuando le tocó a mi familia me volví una fiera. Mi tía Rosa de 50 años murió de un día para otro. En el hospital le dieron medicamento que no venía al caso, como aspirinas. En su funeral se enfermaron varias personas de dengue”.

Cuando llegaron las cifras de varias zonas, Pedro comenzó a investigar, sobre todo después de la muerte de otro de sus familiares, su prima Wendy. “Ella estaba enferma de dengue. Los médicos dijeron que era otra cosa. Me hice pasar por médico en el Seguro Social de Cancún para conseguir su expediente. Descubrí que era dengue hemorrágico”.

Muchas personas enfermaron y los medios locales no informaban sobre el tema. “Los convoqué y dije que mientras Borge veía el futbol, las personas estaban muriendo de dengue. En el periódico Quequi de Cancún salió en la portada el ataúd de mi prima con el cabezal ‘Dengue mata a familia’. No pasó nada. Comencé a pedir que se fumigara el municipio, pero no había recursos. Realicé spots de prevención para evitar la aspirina. Escribí una canción que titulé ‘Dengue al gobernado’. La divulgué en YouTube”.

Pedro compró espacio en una radio privada. “Presenté pruebas de las cifras de muertos y datos sobre la inmovilización del gobierno: no había recursos, los hospitales estaban llenos. Entrevisté al director del hospital. Regresé a la radio. Lancé comunicados, compartí información con Proceso, MVS y La Jornada”.

Fue en ese momento cuando el gobierno se percató del tipo de periodismo que hacía Pedro. “Varias personas comenzaron a seguirme y el gobierno me ubicó. Pagaba a la radio para que pasaran la canción ‘Dengue al gobernador’. Los bots y trolls de Borge me atacaron. Después me dijeron que su gobierno había ordenado que no se transmitieran más spots”.

La familia Canché no estaba de acuerdo con las actividades del reportero. Le pedían que bajara el tono. Un día, Pedro llegó a su casa y se conectó a internet. Encontró un mensaje: “Papá, ¿por qué escribes tantas cosas? No vas a componer al mundo”.

* * *

Su familia es de Quintana Roo pero se encontraba en Tizimín, Yucatán, al momento de su nacimiento. A los meses de nacido, se mudaron a Sian Ka’an, Boca Paila. Se instalaron en Carrillo Puerto cuando Pedro era un niño de 11 años.

Su padre obtenía chicle de la savia del árbol Manilkara zapota y su mamá era la cocinera del campamento chiclero. Pedro, junto sus ocho hermanos, creció en la costa. Quizá esa sea la razón por la que una de las primeras cosas que desea hacer cuando salga de la cárcel es correr en la playa.

Pedro está ahora en el módulo 2. Lo acompañan 32 presos. Pesa 62 kilos, ocho menos que hace seis meses: tras la golpiza, evacuaba todo alimento. Comparte celda con un preso. Ambos usan el diminuto baño, la televisión que Pedro encargó a sus hermanas y también los pocos utensilios de cocina que él consiguió.

Sólo dos de sus hermanas lo visitan. Su madre no lo hace porque no quiere verlo ahí. Sus hijas le cuentan a su madre que el reportero organizó un equipo de voleibol (en el que él no participa, prefiere ver) y que varios presos lo estiman porque comparte sus alimentos.

—¿Cuál es el panorama actual para los periodistas?

Canché, quien hoy tiene 44 años y cumple 45 el 19 de mayo, responde:

—Es peligroso para el país que esas libertades se priven. No podemos dejarles a nuestros hijos un país con miedo. Lo que me ocurre a mí, no debe ocurrirle a nadie más.

—En cualquier momento pueden quitarte toda herramienta de escritura.
—En Quintana Roo el PRI continúa siendo absoluto. Su poder sigue siendo tremendo y continúa en las manos de los mismos. Si no es Pedro Joaquín Coldwell, son los González o los Borge. Esta familia le ha metido mucho fuego y corrupción a Quintana Roo. La disidencia, la poca, es amenazada y comprada. Los periodistas caen más rápido. El 99 por ciento está sometido al gobierno.

—¿Previste que esto pasaría?
—Estaba consciente, igual que mi familia.

—¿Ha valido la pena?
—Sí. Borge ha mostrado su intolerancia.

—¿Hay avances en periodismo de denuncia y libertad de expresión?
—Con Zedillo, ya se podían hacer caricaturas, al PAN se le criticó más. Pero ahora vemos que regresó el dinosaurio. Los jóvenes políticos, Peña Nieto, Borge, son como ancianos, tienen una mente arcaica. Si la libertad había crecido un poco, ahora cayó a su nivel más bajo… y creo que nos espera lo peor.

* * *

Es la noche del martes 24 de febrero. Al celular de este reportero llega un mensaje de los abogados de la organización Artículo 19 que atienden el caso de Pedro Canché ante los juzgados. “Se supone que a las 00:01 estará la resolución del amparo a Pedro”.

El mensaje de los abogados sigue: “En caso de que fallen en favor del amparo no necesariamente le darían la libertad”.

Llegan las 00:01. Pasan las 24 horas del 25 de febrero. Al cierre de edición de este texto, no hay fallo. Pedro Canché sigue preso.

Aún tiene en su celda cuatro libretas y una pluma con la mitad de la tinta gastada.

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