Aquaman es mexicano

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Aquaman

es mexicano

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El jugador Raúl de la Peña, que Alemania nacionalizó en 1990 para defender a ese país en dos Juegos Olímpicos, regresó a México en el 2000 con la misión de levantar a la selección nacional. Logró conformar un equipo competitivo y que el deporte se jugara en 28 estados. En 2002, en los XIX Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Salvador, México ganó el oro, tras 27 años de absoluta sequía.

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POR ANÍBAL SANTIAGO • @apsantiago
FOTOGRAFÍAS: CHRISTIAN PALMA

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En 2008, cansado de trabajar en circunstancias adversas, Raúl de la Peña se fue a vivir a Colima y se volvió transportista. Hasta que, en 2014, fue llamado de emergencia: se necesitaba que encabezara de nuevo a la representación mexicana. Para entonces ya sólo se jugaba waterpolo en 10 estados. En seis años, “el retroceso fue muy grave”, lamenta.

Hoy tiene como meta inmediata posicionar a México entre los cuatro mejores de los Juegos Panamericanos de Toronto, en julio próximo. Mientras, este Aquaman de dos metros de alto lucha para borrar la noción de que, por su físico, el mexicano no puede competir contra las potencias. Y pelea por becas para sus jugadores.

Quiere llenar los espacios desperdiciados. “Sólo en el DF y el conurbado hay más albercas de 50 metros que en Holanda y Bélgica juntos, pero ellos sí tienen campeones mundiales de natación”.

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Empuja la puerta, irrumpe con sus pasos rotundos en el enorme galpón vaporoso con aroma a cloro y camina hasta la orilla de su universo: la alberca. Y entonces baja la mirada, como cada día de su vida: Raúl de la Peña Vega ve al mundo desde la cumbre. Allá arriba, con sus dos metros de altura, percibe a quienes se atraviesan en su camino como una procesión de molleras cuya identidad descubre sólo si inclina su propia cabeza.

Esta mañana de enero lo que el hombre de 48 años tiene bajo su mirada son dos equipos de siete chicos cada uno. De gorras azules y rojas, participan en el Campeonato Nacional Infantil de Waterpolo. Bracean, jalonean, gritan, patalean, se pasan el balón amarillo para perforar la portería enemiga.

El agua salpica, los festejos de ¡goool! rebotan contra las paredes del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, rajan el aire los silbatazos de los árbitros. Cubierto por una chamarra tricolor con la leyenda “Selección Nacional”, Raúl observa en silencio, como un gigante bueno y compasivo que atestigua los avances de sus pequeños hijos. Algo hay de eso. Hace muy poco, el waterpolo mexicano era un caos lastimoso, ahogado en el pantano de sus aguas. No había misión, rumbo, almirante.

Pero un día de 2014 este pequeño empresario transportista radicado en Manzanillo contestó su teléfono. Supo entonces que la Federación Mexicana de Natación lo necesitaba con urgencia: faltaban sólo meses para los Juegos Centroamericanos y del Caribe, y algo había que hacer para dignificar una actuación que podía ser catastrófica. Retirado de la dirección técnica del polo acuático, el jugador mexicano que Alemania nacionalizó en 1990 para defender a ese país en dos Juegos Olímpicos aceptó entrenar a la selección de waterpolo.

Se volvió un raudo labrador obligado a hacer fértil el desierto. Unas veces en Sonora o Guerrero, otras en España y Estados Unidos, fue hallando semana a semana buenos jugadores mexicanos, muchos perdidos en el anonimato. Ser reclutado era no sólo integrarse a una selección, sino encarar una transformación del waterpolo nacional. “Yo los entrenaba, volvían a sus clubes y cuestionaban por la forma en que los preparaban. Luego me dijeron varios entrenadores: ‘¿Por qué los pones contra mí?’ Yo contestaba: ‘No es así, sólo tengo mis formas. ¿Y si aprendes conmigo nuevas formas de jugar waterpolo?’, les proponía”.

En la semifinal de los Juegos Centroamericanos y del Caribe del 29 de noviembre pasado, México venció a Cuba, potencia continental. Aquellas innovadoras “formas” de las que hablaba Raúl parecían ser correctas.

El siguiente partido, sin embargo, fue un largo túnel donde en 24 de sus 32 minutos totales no se divisaban salidas hacia la medalla de oro. Con un 6-4 en contra México arrancó ante Venezuela hasta el último cuarto. “Estaba frustrado porque habíamos hecho mucho más que los rivales. Pero por las ganas de los chavos, yo me decía: en algún momento le vamos a dar vuelta”.

Lo consiguieron. A sólo 45 segundos de la culminación del duelo, con un gol de Perseo Ponce. Tras el silbatazo final, los más de 100 kilos de peso del técnico se elevaron y cayeron en la alberca, donde abrazó a sus jugadores. Así, esa bomba humana que estalló en el agua decretó una revolución del waterpolo mexicano.

México, hasta hace poco un equipo desahuciado, era el número uno de la región.

CON LA MANO EN LA CINTURA

El subcampeón mexicano de nado de pecho aguardaba su competencia una día de mediados de 1977 y, para hacer menos insoportable la espera, comenzó a vagar con sus amigos Norman y Ricardo —los tres de 11 años— por la alberca de la UNAM. Raúl sumaba ya un lustro con ese resignado ir y venir de la natación, la rutina infinita de cientos, miles de kilómetros, para un día ser el mejor del país. De pronto, detectaron que en la fosa varios chavos jugaban “futbol acuático”. Los vio el entrenador Mariano Dávalos: “¿No quieren jugar waterpolo?”. Los niños nadadores de la Unidad Independencia aceptaron.

El primero en darse cuenta de que al pequeño Raúl ese deporte no le era indiferente, fue su entrenador de natación, Ricardo Zúñiga. En pleno evento descubrió que su pechista no estaba descansando para la prueba, como mandaba el protocolo, sino que se desgastaba en la cascarita acuática junto a los carriles. “Se enojó mucho”, se carcajea Raúl. Aquel enojo importó poco. Lo grave fue percatarse de que “a la semana siguiente mis amigos ya jugaban waterpolo en la UNAM y yo seguía nadando”.

—¿Y qué hiciste?
—Era muy chiquito y mi rutina era nadar-nadar-nadar-nadar —pone cara de fastidio—. Les dije a mis papás: quiero jugar waterpolo.

Ana Isabel Vega y su esposo Praxedis de la Peña dudaron un mes, dos, tres. Cuando la insistencia de Raúl —el quinto de siete hermanos— cumplió medio año,
accedieron.

En el otoño, Raúl entró a Pumas. Ya adolescente, se reveló como un prodigio: de zurda poderosa como un látigo, poseía virtudes que rara vez vienen en paquete. Aunque en 1985 medía 1.98 metros y pesaba unos 100 kilos, se movía con velocidad insospechada.

En la posición de boya (“centro delantero” del polo acuático) sumó con los universitarios siete campeonatos nacionales y con la Selección Nacional participó en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, así como en Panamericanos.

Pero ninguna alegría fue tan grande como la de 1984. En el torneo Preolímpico de Italia, con Raúl como goleador, México quedó en el lugar 13. Y como los países socialistas boicotearon los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, el equipo ascendió a la posición 10. La plaza olímpica estaba asegurada.

“Pero (Felipe) El Tibio Muñoz —entonces funcionario en la Dirección de Desarrollo del Deporte— dijo con la mano en la cintura: ‘no se calificaron directamente, no van’. Era aquí al lado, en Los Ángeles, y el hospedaje lo pagaba el país anfitrión. ¡Sólo había que ir! —exclama Raúl—. Para mí fue muy difícil. De México nunca en mi vida recibí ni pedí un peso, por México le echaba todas las ganas del mundo y nunca hubo apoyo de nada”.

No era una locura escapar del país.

LA MASA

Sus últimos años como waterpolista, Raúl los vivió como jugador del equipo italiano Catania, y los alemanes Wurzburgo y Hamm. En el año 2000, su esposa Ana Laura quería volver a México. Aún seleccionado alemán, Raúl emprendió el retorno. A unos meses de su llegada, la Federación Mexicana de Natación le ofreció el cargo de entrenador de la Selección Nacional de Waterpolo.

Después de 14 años fuera del país, seis de ellos como estrella del equipo Spandau 04, empezó a recorrer las albercas mexicanas. En Europa, cualquier equipo profesional debe limitar su entrenamiento porque “de 5am a 10pm —explica Raúl—, ya sea para clases o el público, toda alberca se utiliza al límite. En Alemania éramos campeones de Europa y nos daban un carril. Eso es optimizar el recurso. En México, el recurso se desperdicia”.

El entrenador veía albercas vacías. “Sólo en el DF y el conurbado hay más albercas de 50 metros que en Holanda y Bélgica juntos, pero ellos sí tienen campeones mundiales de natación”.

—¿Cuáles te han impactado más?
—La alberca del CNAR (Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos y Alto Rendimiento) está subutilizada, el (Centro Acuático) Ceforma está subutilizado, la alberca de la UNAM se subutiliza y lo mismo la de la Unidad Cuauhtémoc del IMSS. Muchos países de primer mundo quisieran nuestros espacios.

—¿Qué se puede hacer?
—Una alberca debe ser autosuficiente, pero hoy a todas las albercas mexicanas las patrocinan gobiernos. En Alemania se prohíbe construir una alberca sin un plan de trabajo a 10 años que asegure su autosuficiencia. Y si una no cumple el mínimo establecido de servicio al público, se cierra.

Al observar partidos de los clubes mexicanos, vivió un shock: “Me dio tristeza ver el nivel tan bajo”. México aún entrenaba y jugaba con el estilo de Kálmán Markovits, entrenador húngaro que logró con la selección tricolor el onceavo puesto en México 1968 y el primero en los Panamericanos de 1975. “Aunque Kálmán fue un gran entrenador —precisa Raúl— ya era hora de cambiar la mentalidad. Se seguía entrenando como en mis tiempos: horas de natación, pues te ponían a nadar 4 mil metros lineales o mariposa con pants, o voleo o tiros o juego. Hoy el waterpolista de clase mundial hace eso, pero en conjunto. Antes, todos entrenaban igual: boya, extremo, portero. Ahora existen entrenamientos específicos. Y en México, además, dominaba otra idea: había que jugar en zona, jamás hombre a hombre, porque como el mexicano es pequeño físicamente, íbamos a perder”. Es decir, el polo acuático cargaba un complejo.

Sin niños y adolescentes waterpolistas, Raúl no podía soñar con calidad. En el 2000 se volvió un explorador. Recorrió el país para encontrar waterpolistas, motivar a los clubes a que los formaran y ayudar a realizar competencias regionales. En la VI Olimpiada Infantil y Juvenil del 2001, el volumen de actividad de la disciplina fue inédito. En un par de semanas, de siete de la mañana a 10 de la noche se realizaron 300 partidos de waterpolo en cinco albercas.

De la Peña podía escoger, ahora sí. En la alberca del CDOM metió hasta 60 jugadores, lo mismo de Baja California Sur que de Aguascalientes. La selección se federalizaba y dejaba de ser exclusiva del Valle de México.

“El deporte se jugaba en 28 estados del país. Si quieres, primitivo; pero había waterpolo. Si no teníamos calidad, teníamos masa. Eso era el principio”.

Y el principio fue feliz. En 2002, en los XIX Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Salvador, México ganó el oro.

Concluían 27 años de absoluta sequía.

CON MI MOCHILITA

Tomaba el sol con su familia en el verano de 1986, en una villa del Hotel Acapulco Princess, cuando sonó el teléfono. “Llegó al DF el equipo alemán Spandau 04 a un campamento de altura. Tienes que venir”, le dijeron a Raúl. El equipo berlinés fundado en 1904, entonces campeón europeo de la LEN Champions League, por octava vez consecutiva monarca de la Deutsche Wasserball-Liga (Liga Alemana) y por séptima ocasión consecutiva campeón de la Wasserballpokalsieger (la Copa Alemana), ofrecía a la selección de México varios encuentros amistosos. “Jugar con un equipo de ese nivel era una oportunidad irrepetible. Tomé mi camioncito y regresé al DF, igual que el resto de la selección, que estaba de vacaciones”. Tras una semana de juegos, Armando Fernández, jugador mexicano del Spandau 04, se le acercó y sirvió de intérprete: “Mi entrenador está interesado en ti”, le confió. Raúl se rió incrédulo. Antes de partir, el técnico Uwe Gassmann dejó al boya de los Pumas un último y muy franco mensaje: “En un mes acaba la liga y apalabramos a un rumano. Si no se incorpora, eres nuestra segunda opción”.

—¿Cómo te sentiste? —le pregunto.
—Contento, pero veía pocas posibilidades.

Al mes, Raúl llegó a casa: “Llamó Armando Fernández desde Alemania —le contó su mamá—, le urge hablar contigo. Te llama mañana a las seis de la tarde”.

Al día siguiente, Raúl ganó la final con los Pumas y para alcanzar la llamada desde Europa evitó ir a festejar y se fue volando a casa. “Ocurre algo rarísimo: los equipos A y B de Spandau 04 están en la semifinal de la Copa Alemana. Quieren que refuerces al segundo equipo. ¿Vienes? —le preguntó Armando por el auricular—. Te compran un boleto para mañana”.

“Al día siguiente yo ya estaba en el aeropuerto con mi mochilita”, relata Raúl.

Con 20 años de edad, abordó un vuelo que hizo escala en Nueva York y Frankfurt antes de aterrizar en Berlín, su destino.

El presidente del Spandau 04, Udo Lehmann, y Armando, recibieron un lunes al joven que tiritaba en el frío bajo cero. Lo cubrieron con una chamarra, lo llevaron a comer y le mostraron la alberca del club.

El martes ya estaba entrenando con el Spandau 04, donde había 10 seleccionados, entre ellos los medallistas olímpicos Peter Röhle y Hagen Stamm. “Imagínate, como mexicano tenía que ganarme un lugar”, cuenta Raúl. A los 15 días fue convocado para jugar frente al ASC Duisburg la Semifinal de Copa con el Spandau B (en la otra llave jugaría el Spandau A con sus figuras).

Viajó con el equipo cerca de 600 kilómetros hasta Duisburgo y saltó al agua. “No acababa el segundo cuarto y ya tenía tres expulsiones, por mi culpa nos metieron dos goles y no metí ninguno. Fue el peor juego de mi vida. Un desastre”. El equipo cayó 10-8 y quedó fuera de la lucha por la Copa.

De vuelta en Berlín, despertó un domingo al amanecer. “Me la pasé caminando cabizbajo. Pensaba: mañana me dan las gracias, desperdicié mi oportunidad”.

El lunes, después del entrenamiento, el técnico felicitó al Spandau A, ganador de su semifinal, y comenzó a trazar en el pizarrón la lista de los 13 waterpolistas que jugarían la final de la Copa. Como una ensoñación, vio aparecer el suyo al final: “Raúl de la Peña”, escribió el técnico Gassmann. “Pensé: ¡voy a jugar! Fue como si me reconectaran a la electricidad”.

El día de la final, Raúl comenzó en la banca, hasta que entró y no volvió a salir: metió cinco goles, el Spandau ganó 7-5 y se consagró campeón alemán. “Acabó el juego y se me salían las lágrimas. Me decía: ¿qué pedo, qué pasó?”.

El técnico Gassmann se acercó al mexicano: “Wir möchten, dass Sie bleiben”, le dijo (“Queremos que te quedes”).

PIN PON

Raúl dejó de ser el entrenador de la selección mexicana de polo acuático en 2008, se fue a vivir a Colima con su esposa y sus pequeños hijos Mariana y Mauricio. Cuando volvió a encabezar el representativo nacional, en 2014, la disciplina ya sólo existía en 10 estados, de los 28 que lo jugaban seis años antes: “El retroceso fue muy grave”, lamenta.

Por si faltara, en la Federación Mexicana de Natación sólo había una persona encargada de organizar las competencias nacionales de todas las categorías: Eder Rivera, coordinador de la disciplina.

¿Y los metodólogos que preparan los entrenamientos de las selecciones? “El de waterpolo es el mismo que el de pin pon, raquetbol y siete deportes más. ¿Se parecen? —pregunta Raúl y suelta una risita—. Y ni se te ocurra ir a los estados: el entrenador de waterpolo es el de natación que corrieron. Sus entrenamientos se reducen a: pónganse los goggles, naden y luego tiren fuerte”.

Otra vez a contracorriente, convocó a jugadores de Baja California Sur, Jalisco, Aguascalientes, Estado de México, DF, Guerrero y Sonora, y luchó para sacarles la idea de que, por su físico, el mexicano no puede competir contra las potencias y la única salvación es optar por un esquema ultra conservador. Incluso, dice Raúl, si los serbios, húngaros o croatas, los mejores del mundo, superan los dos metros de altura y los 100 kilos de peso, hay opciones. “Son gigantescos. Pero por eso veo por internet las ligas de Italia, España, Grecia: tienen un biotipo parecido al del mexicano. Si ellos compiten, nosotros podemos”.

—¿Cómo convenciste a tus jugadores de cambiar su estilo?
—Los persuadí de que no competirían en fuerza, pero sí en dinamismo: anticipándose, con velocidad, buscando ganar espacios libres, levantando la cadera. No fue fácil, hubo resistencia.

De visita en México, un prestigioso analista e intelectual de la disciplina, Antonio Aparicio, coordinador técnico de waterpolo en la Federación Española de Natación, vio jugar a la selección de México el año pasado: “a este equipo sí que lo veo bien”, le confesó a Raúl.

Meses después, a través suyo, México fue invitado a España para enfrentar equipos profesionales. Aunque los mexicanos perdieron con el Barceloneta (actual campeón europeo), el Terrasa, Montjuïc y Horta, empataron con Pueblo Nuevo y Sant Andreu, y le ganaron a L’Hospitalet.

México experimentó el polo acuático top del mundo, y salió vivo para contarlo.

UNA BUENA Y UNA MUY MALA

Raúl dio por hecho que su actuación deslumbrante —cinco goles— en la final de la Copa Alemana le había asegurado un puesto titular. Falso. En el primer trimestre de 1987, ya en el torneo de Liga, no jugaba más que un cuarto. Se acercó molesto al entrenador.

—Me trae de México, me dice que soy muy bueno y no me mete. ¡Vine a jugar!
—Tengo siete seleccionados que si no son titulares dejan de jugar con Alemania y estoy nacionalizando un polaco —le respondió Gassmann, un muy preparado maestro de la Universidad Técnica de Berlín—. Luego vienes tú. Ten calma, Raúl.

Pero se impacientaba: su sueldo en el Spandau 04, el peor del tabulador, le daba para rentarse un departamento de una habitación y sin cocina en el barrio de Schöneberg. En un solo ambiente se integraban el sofá, el baño, un minibar, un fregadero y dos hornillas para calentar los alimentos.

Para ganar algo de dinero durante el lapso libre de ocho a 16 horas que se abría en medio de los entrenamientos matutino y vespertino, el waterpolista y mecánico automotriz titulado trabajó como peón en la constructora Hohenwart. Taladró con perforadoras neumáticas el pavimento que unía a Berlín con otras ciudades. “Como mojado, partía piedra a menos 10 grados, que con el viento se sentían como menos 20. ¿Sabes lo que es trabajar en medio de la nada con ese frío? —cierra los puños como sujetando una máquina y pronuncia rrrrrrr—. Ya en casa, después del trabajo, me dolían las manos. Al rato me lanzaba al entrenamiento y en la alberca me iba sintiendo muy bien, recuperado”.

Un día cayó enfermo. No había modo de que los pulmones resistieran semejantes faenas. Solo, sin familia, buscó restablecerse bajo el cobijo de sus frazadas. Alguien tocó y abrió. Era Uwe, su entrenador. “Supo que estaba enfermo y me llevó medicinas hasta mi casa”.

Enterado de la chamba del mexicano —13 años mayor que él— Uwe puso un alto. “Me dijo: ‘espérate, qué chingas te estás parando’”. La directiva del Spandau 04 se comunicó con la constructora y le rogó que cambiara a Raúl de funciones sin bajarle su ingreso. Funcionó. De la Peña recibió un camión de carga de 4.5 toneladas: “Subía cadenas, llantas de tractor y me decían: ‘llévalas al kilómetro 53 y regresas la ponchada’”.

El sacrificio del joven conmovió a Uwe Gassmann, quien le abrió su casa, donde vivía con su esposa y sus pequeños hijos. “Me volví muy cercano a su familia y los fines de semana me invitaban a comer. Mi primer entrenador se volvió, además, mi primer amigo”.

Uwe se alzó con el título de la Wasserball-Europameisterschaft (el torneo europeo de naciones) y de inmediato buscó a Raúl, en ese momento goleador de la liga local e invicto con el Spandau desde hacía dos años en un partido de cualquier competencia.

“Te quiero nacionalizado para que juegues en la selección alemana”, le dijo.

Raúl entregó sus documentos para volverse alemán, en días en que tener esa nacionalidad era ser ciudadano del mundo. La noche del jueves 9 de noviembre de 1989, el país no podía contener la euforia. El muro que por 28 años dividió la ciudad en dos estaba cayendo. Como el resto de los habitantes, los waterpolistas se organizaron para destruirlo simbólicamente.

—¿Cómo lo viviste?
—Yo no iba a ir, era un día de cero grados. Pero al llegar a casa, después de trabajar y entrenar, dije “lo voy a ver por la tele”. La prendí y empecé a ver la euforia, me entró la intensidad del momento y me dije “voy para allá”. Agarré un six de cervezas y aunque no llegué con amigos me metí entre la gente que estaba feliz. Había miles de personas con picos y palas, con sus botellas de champaña. ¡Todos bebíamos!

Meses después de aquel capítulo histórico, Raúl recibió en una oficina de gobierno el diploma y el pasaporte alemán. La idea era prepararse de la mano de su entrenador, Uwe, para los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.

Antes de la Navidad, Raúl viajó a México para estar con su familia. En enero de 1991 recibió una llamada urgente de Berlín: “Murió Uwe Gassmann”. Su amigo y entrenador, el hombre que lo ayudó a ser jugador estelar de una de las mejores ligas del planeta, perdía la vida a los 37 años por un cáncer fulminante.

TORTILLAS, CHILE, CHORIZO

Volvió a Alemania para el funeral de Uwe en pleno invierno. “Él era papá, maestro y un súper exitoso entrenador. Fue muy dura su muerte”, admite Raúl, que recomenzó su vida europea en la orfandad profesional. No obstante, el sustituto de Gassmann en el seleccionado, el rumano Nicolai Firoiu, lo convocó. Desde ese momento y hasta una década más tarde, prácticamente no dejó de jugar con ese equipo nacional.

Acudió a los Olímpicos de Barcelona 1992 y anotó siete goles, aunque los teutones quedaron en séptimo lugar. A su regreso al Spandau 04, sumaba dos Champions League europeas, seis campeonatos de liga, cinco de copa y tres subcampeonatos de goleo con promedio de 50 tantos por torneo. Los trofeos y las medallas se le amontonaban en su departamento.

Consagrado pero aún bajo un régimen semiprofesional que lo empujaba a tener otro ingreso, Raúl se asoció con el acaudalado empresario Stefan Quambusch, quien lo contrató para el Wuppertal, un nuevo equipo profesional de primera división, y le ayudó a impulsar la compañía TexMex de comida mexicana que había fundado junto al waterpolista Armando Fernández.

Raúl inauguró su vida matrimonial con un buen sueldo, se daba gusto de jugar con los mejores waterpolistas e incluso pidió un préstamo bancario de 20 mil marcos para TexMex. “A los seis meses, cuando el negocio crecía como la espuma y me decía ‘Yo aquí me vuelvo Rockefeller’, el empresario me llamó: ‘Vacía la bodega, el carro lo regresas a la oficina y ya no te voy a pagar. Mañana me embargan’… ¡Puta! Ahí me tienes sacando tortillas, chiles, chorizo. El Wuppertal estaba quebrado, desapareció; y yo, sin trabajo y con la deuda bancaria”.

Sin tiempo para lamentarse, siguió con la selección, “era lo único que me daba dinero”. Intentó entrar a otra escuadra. Viajó a Dusseldorf para entrevistarse con los dueños de la cadena Lindner Hotels & Resorts, propietarios del equipo de waterpolo DSC 98 de la segunda división alemana. En el escritorio desplegó su plumaje —“hablo español, alemán, inglés e italiano”— aunque reconoció su angustia: “Busco equipo y estoy con mi negocio en bancarrota”.

Le pidieron los datos de la deuda y tiempo para responder. “Al salir de la oficina, pensaba: ‘creo que la regué, nadie quiere comprar un problema’”. Pero a los días lo llamaron: “Ya te pagamos la deuda”. Para compensar, Raúl debía entrenar al equipo infantil del club y laborar en asuntos administrativos del hotel que Lindner tenía en el aeropuerto (los cuatro idiomas sí sirvieron).

El equipo ascendió a primera división y salió subcampeón de Copa. En 1996, Raúl participó en los Juegos Olímpicos de Atlanta y clavó la pelota en la red siete veces.

LES VAMOS A DAR

Sus pasos sonoros se oyen por las escaleras del Comité Olímpico Mexicano. Raúl llega agitado y con unos minutos de retraso, porque cruzó la Ciudad de México desde la Universidad Anáhuac. Quiere becas universitarias para los seleccionados de provincia, de modo que se animen a vivir en el DF y formen parte de su equipo. De la Peña busca posicionarse entre los cuatro mejores de los Juegos Panamericanos de Toronto —en julio próximo— y continuar hasta el Campeonato Mundial de Natación 2017, en Guadalajara.

—Quiero conseguir becas, algo que me permita amarrarlos —explica—. Cada año pierdo lo que invertí en cada muchacho porque se van y tengo que empezar con otros. Para los Centroamericanos hubo quienes no vieron en 10 meses a sus familias, sacrificaron la escuela. ¿Cómo hace un muchacho de Sonora para quedarse en el DF? Además de que sean los mejores waterpolistas, quiero que hagan una carrera, decirle a un jugador: ‘en cuatro años no te vas, para que llegues al Mundial del 2017 y además tengas estudios’. Cierto, ganaron los Centroamericanos, y en el proceso les dimos comida y, a los de afuera, hospedaje. Y también les damos mil pesos para los peseros o para ir al cine con la novia. ¿Pero cuánto son mil pesos? Un chavo que descuida escuela y familia gana una competencia y es feliz. ¿Pero lo hará cuatro años? ¿Cómo hago que no vuelva a su tierra si me dice adiós? —reitera el hombre de manos gigantescas.

Para los Juegos Centroamericanos y del Caribe, De la Peña también tuvo que echarle un ojo al mundo. Aunque cueste creerlo, Oliver Álvarez, Max Aguilar, Omar Montiel y Jorge López son waterpolistas mexicanos que juegan profesionalmente en España. Y en universidades de Estados Unidos hay otros tres: Israel Pérez, Jorge Pérez y  Andrés Oneto. Todos se sumaron a quienes juegan en México.
Raúl formó un equipo competitivo, pero amenazado por viejos estigmas: no hubo en la competencia en Veracruz una selección nacional con menos promedio de peso y altura.

Antes del último partido ante Venezuela por la medalla de oro, el entrenador alzó la voz: “Es su final: no se la dejen arrebatar. Es en México, no éramos favoritos y a lo mejor algo así no se vuelve a dar. Repítanse una frase: esto es nuestro”.

Abajo en el marcador durante tres cuartos y medio, México logró el empate cuando faltaban dos minutos. Raúl pidió tiempo fuera. “Señores, ya empatamos. Por favor, no lo dejen ir”. Con 45 segundos, el gol de Ponce puso el 7-6 de la ilusión. Venezuela tuvo un último ataque cuando restaban 45 segundos. La defensa alzó sus torsos y nada entró.

Faltan siete meses para los Juegos Panamericanos de Toronto, clasificatorios hacia los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016: lo esperan Brasil, Estados Unidos, Canadá, tres selecciones de poder monstruoso.

—¿Se puede? —pregunto a Raúl.
—¿Por qué no? —sonríe—. Vamos a entrenar. Y si vienen en un mal día, les vamos a dar.

Quizá sea posible convencerse otra vez, como dice Raúl, del “esto es nuestro”.

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