Coreografía infernal. Crónica del desalojo del Zócalo al terminar la marcha #20NovMX #Ayotzinapa -Por Tryno Maldonado

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Zócalo al final de la marcha #20NovMx por #Ayotzinapa. Foto: Natalia Sánchez | emeequis

Por Tryno Maldonado / emeequis

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México, DF, 20 de noviembre.- Una coreografía infernal. Es lo primero que pensaría un espectador ajeno a lo que sucedió en la plancha del Zócalo de la capital mexicana poco antes de las 22 horas del día 20 de noviembre, mientras aún llegaban los últimos contingentes ciudadanos y pacíficos de la marcha multitudinaria convocada por los padres de los 43 normalistas desaparecidos de la Escuela Rural de Ayotzinapa desde el pasado 26 de septiembre.

Para quienes arribamos a esa hora al Zócalo en los contingentes remisos, luego de más de tres hora de caminata desde el Ángel de Independencia, entre escritores, artistas y activistas, justo a mitad de la plancha todo parece también una coreografía policial muy bien montada. Una coreografía delirante en la que cada elemento entra a tiempo. Como los que parecen ser infiltrados y se comunican con señas entre ellos y nos señalan discretamente con un dedo. Ahí están también los agitadores que siembran el miedo entre la gente y la azuzan.

La quema del judas de Enrique Peña Nieto y los discursos han terminado. Es tan grande la marcha que los contingentes del final no llegamos a tiempo para verlo. La gente comienza a dispersarse. Pero aún es una gran multitud la que permanece y la que sigue convergiendo en el Zócalo desde la calle 5 de Mayo. Los supuestos “anarquistas” que llegan a sembrar la violencia, no son más que un puñado visiblemente segregado al costado de la calle Corregidora, frente a la fachada del Palacio Nacional. La enorme concentración pacífica —muchas familias y adultos mayores entre ellos— los llama a la no violencia y se desmarca visiblemente, lejos de aquellos que pretenden instaurar el caos para darle pretexto a la represión.

Sería tan fácil encapsularlos si ese fuera el propósito de la policía formada en hilera a todo lo largo de la fachada del Palacio Nacional con sus escudos al frente. Son muy notorios los rijosos y los contingentes han marcado su distancia. Tiran cohetones ruidosos pero inocuos, molotovs sin mucha puntería ni eficacia que se estrellan contra el piso con el ruido de botellas rotas y muchos de ellos ni se incendian. Pero para una danza infernal se necesitan dos. Y esperan justo eso: el inicio de la coreografía, de la respuesta policial en la que ellos serán la justificación para el empleo de la fuerza del Estado contra el resto de los que marchamos pacíficamente. Sería tan sencillo rodearlos y encapsularlos sólo a ellos, pienso de nuevo. Son tan pocos en comparación al resto de los 200 mil —o más— que marchamos. Pero sabemos que eso no ocurrirá.

Da la impresión de ser un montaje bien orquestado, violento, del cual quienes nos encontramos en el Zócalo a esa hora formaremos parte, muy a nuestro pesar. El pretexto oportuno para condenar más tarde la violencia en todos los discursos oficiales; y, sobre todo, para justificar la represión y la narrativa del miedo que se tratará de imponer al resto del país en el noticiario de las 22:30 que está por comenzar.

“El Estado está legítimamente facultado para usar la fuerza”, anunció días antes Peña Nieto. “La policía actuó con legitimidad contra los vándalos”, se escuchará decir a los conductores de los noticiarios orgánicos esa misma noche.

La marcha de este 20 de noviembre, a diferencia de cualquier otras que se hayan visto en la historia reciente de México, ha congregado y ha unido en una sola causa a sectores muy diversos. No es una marcha de partidos. Ni es una marcha corporativista. Veo y escucho a la gente de la sociedad civil que normalmente no sale a las calles a mostrar su indignación, de edades, orígenes y estratos sociales muy distintos, y me pregunto dónde están esos bárbaros que el gobierno busca.

Se escuchan de pronto cohetones o petardos del lado de la calle Corregidora. La gente se paraliza. Al primer amago de huida en estampida tropiezo accidentalmente con una mujer. La sostengo para no irnos al piso. Es una anciana de 1.50 metros que resguardaba junto a otra mujer de la misma edad una de las veladoras formadas en el piso del Zócalo, en torno a los retratos de los 43 muchachos desaparecidos por el Estado. El terror y la confusión empiezan a crecer como una descarga eléctrica en la muchedumbre.

¿Dónde están esos bárbaros contra los que se lanzará la policía en cuanto reciba el mandato de atacar? Lo pienso mientras miro cómo una familia de vendedores de elotes, con una niña, montan apresuradamente su bicicleta con la olla de maíz humeante y por accidente la vela que intentaban colocar en la ofrenda de los estudiantes cae y se apaga. Al mismo tiempo, una mujer mayor levanta del suelo una manta con artesanías que había intentado vender aprovechando la afluencia del día.

Los elementos de la policía lucen ansiosos por entrar en acción contra la gente desprevenida nada más recibir la orden. Muchos de los manifestantes intentan ingenuamente —con un discurso de solidaridad— persuadirlos de no actuar contra el pueblo. La gran mayoría de los que estamos en la plancha del Zócalo hacemos llamados a la calma y al orden entre nosotros frente a los indicios de la acción policial por venir y las llamas que  se alzan desde el punto donde se percibe el inicio del conflicto con los granaderos. Pero está también involucrado el Estado Mayor Presidencial, y los policías adicionales, que entran por sorpresa haciendo sonar sus pesadas botas y escudos de acrílico desde las calles aleñadas al Zócalo. Estos últimos vienen —¡cómo íbamos a saberlo!— para replegarnos y encapsularnos a quienes pretendíamos salir de ahí en orden y de manera pacífica una vez terminado el mitin.

Se escuchan un par de detonaciones más desde el nicho frente a la fachada Palacio Nacional, donde están los grupos de “anarquistas”. Hay fuego. Quizá lanzallamas de la policía. Bombas incendiarias del otro lado de la valla. Lo que se escucha podrían ser cohetones. La gente se paraliza de nuevo. Nos miramos unos a otros preguntándonos qué pasará enseguida, entre la calma tensa, el temor creciente y la total incertidumbre. Entonces vemos cómo comienza una desbandada en esa esquina humeante del Zócalo, como un tsunami de carne humana arrasándolo todo desde el costado de Corregidora y en dirección al vértice de Brasil y 5 de Mayo, donde hay una cuchilla con jardineras. La multitud comienza a ser repelida por una pinza de escudos de policía que se dirige con asombrosa velocidad hacia nosotros. Ninguno de los que estamos congregados en el centro de la plancha da crédito a lo que sucede.

“No corran”, gritan las voces extrañamente templadas de dos hombres tratando de apaciguarnos, como agentes de tránsito, alzando las manos frente a lo que ven que será una inminente turba. “Mantengan la calma. Muchachos, por favor, no corran. Calma”.

“¡No violencia!”, es el coro colectivo que se alza entre la multitud acosada por la policía. “¡No violencia!”.

Y, entonces, en un abrir y cerrar de ojos, sucede.

Centenares de elementos de la Policía Federal y del DF arrasan en cosa de minutos y como una avalancha con familias, niños, ancianos, vendedores ambulantes, turistas, periodistas, fotógrafos, observadores casuales, estudiantes y jóvenes. Lejos, muy lejos del núcleo del disturbio original.

A esa hora siguen llegando contingentes pacíficos de la larga marcha al Zócalo por 5 de Mayo. El caos y la colisión entre los dos flujos de personas bregando por entrar, y los otros tantos miles de personas intentando salir de la plancha perseguidos por la policía, será inminente.

En el corazón de la plancha se mantiene alumbrado con luz de veladoras un altar improvisado para los 43 normalistas con sus retratos, que será barrido por el paso de la policía. Antes de eso, mucha gente permanecía tranquilamente congregada en torno a él con amigos o con sus familiares luego de la marcha. Cientos de personas continúan en el Zócalo como punto de llegada o de reunión de los contingentes pacíficos rezagados; muchos más aprovechan el ambiente de verbena popular y cenan en los carritos o puestos improvisados de tacos y de esquites.

La ofensiva ocurre sin aviso, en cuestión de segundos y a base de fuerza, extinguidores, toletes, escudos usados con el canto como armas y gases lacrimógenos.

El humo de los extintores que emplea la policía contra los rostros y los cuerpos de la gente desprevenida, de manera arbitraria y aleatoria, es tanto y tan denso que termina por levantar un telón nebuloso por todo el sector del Zócalo hacia donde somos perseguidos y acorralados en tumulto. También los gases lacrimógenos espesan el ambiente. Un muchacho que corre con la turba es alcanzado por uno de los policías y golpeado con un tolete. En la desbandada hay familias enteras. Al final somos replegados e inmovilizados contra muros y puertas de los negocios cerrados entre Madero y 5 de Mayo. Estamos retenidos. Hay gritos de miedo. Somos una sola masa. Hay pisotones. Empujones por el pánico. Asfixia por los apretones. Caídas.

La nube de gases no deja ver más allá de un metro de distancia. Blancos quedamos los que hemos sido alcanzados por los extinguidores de la policía. A los que antes éramos ciudadanos coreando en voz alta del 1 al 43 y exigiendo justicia, de un minuto a otro nos vuelven una turba de fantasmas que huye descontrolada ante la amenaza de los granaderos y sus toletes. ¿De dónde salieron tantos y sin motivo? ¿Por qué se han dejado venir corriendo en formación contra las personas remisas y quietas de los últimos contingentes en el Zócalo? Los rijosos estaban justo en el otro extremo de la plancha.

Los llamados “anarquistas” habían estado causando desmanes y arrojando cohetones, ineficaces cocteles molotov, sin mucho éxito ni tino del otro extremo de la fachada del Palacio Nacional, en una refriega donde intervenía también el Estado Mayor Presidencial, ante nuestro reclamo colectivo: “¡No violencia!”. Apuntadores láser anónimos descubren lo que parecen ser elementos de la policía apostados en lo alto de Palacio Nacional, detrás de las atalayas, vigilantes. ¿Qué hacen allá arriba? No lo sabemos, pero el trágico imaginario nacional nos hace recordar inevitablemente a los francotiradores de la Plaza de Tlatelolco en el 68.

La sustancia que disparan los policías a la cara tiene el sabor del salitre. A monedas de cobre en la lengua. Te ciega y te asfixia, disparado así como lo están haciendo, a un metro o dos de distancia. Escucho el ulular de gas cuando me impacta en un oído. La multitud se dispersa aterrada, perseguida por la formación de granaderos que dan toletazos o castigan con sus escudos a quien le puedan dar alcance primero: es decir, a las familias con niños y a los más viejos. Una vendedora corre con miedo, empujando un carrito de supermercado con mercancía. Al ser interceptado en la carrera sobre una de las jardineras triangulares de 5 de Mayo, yo recibo el chorro de extinguidor en el cuerpo, seguido por una nube de gas lacrimógeno que no sé de dónde salió, pero que me toca en la cara y el los ojos como un rocío ardiente. Imposible distinguir de dónde viene. Tampoco sabemos qué hemos hecho para ser reprimidos así.

En esos momentos, aunque no ha pasado ni un minuto de la embestida de los policías, ya es imposible distinguir mucho entre la cortina de humo. La fila de decenas de policías que antes resguardaba el Palacio Nacional en formación en el otro extremo del Zócalo, se encuentra ahora justo delante de nosotros.

Hay un hecho poco usual. Cuando los que conformamos la multitud estamos entre la pared y la fila de policías, nos reconocemos acorralados; hacemos alto, las manos abiertas, como rindiéndonos por algo que ni siquiera sabemos qué es. Se reinstaura la calma por un momento. Soy de los que están más expuestos, al frente. Tengo a los granaderos delante. En ese instante un muchacho de unos 20 años, civil, bajito y delgado, hace algo fuera de toda razón: se lanza contra mí con los brazos extendidos, como tratando arroparme y arropar a la muchedumbre. Mi primer pensamiento es que quiere robarme la mochila. Pero es absurdo. Simplemente nos empuja hacia la pared. Ni siquiera es que parezca querer huir: entre nuestros cuerpos aplastados no cabe un alfiler. El arranque tan sospechoso del muchacho incita los nervios de la multitud y la estampida se desata de nuevo en el corredor sin salida. Es el pretexto justo.

“¡Calma!”, gritamos. Pero ya nadie escucha.

El granadero que dispara su extinguidor contra mí. Alcanzo a ver que encuentra cierto placer en ello: enconcho con los brazos a la persona que viene conmigo para que no reciba los toletazos inminentes que la policía comienza a repartir entre la turba, aunque quienes hemos sido encapsulados en esta calle —unos cien, es difícil precisarlo— estamos amontonados sin poder escapar a ninguna parte, sometidos contra la cortina metálica de una tienda cerrada y frente a una pared enorme de escudos con la leyenda “Policía”. El uniformado continúa rociándome con el extinguidor directo a la cabeza. Me cubro la cara con el capuchón de la sudadera para poder continuar. Aprieto la mano a mi acompañante, que es arrastrada por la turba de personas que, de pronto, ante la embestida de la policía, entra en pánico.

Un hombre pegado a mí se atreve a gritar: “¡Abran paso, está embarazada!”. Se refiere a una mujer atorada entre el congestionamiento de cuerpos. “Está embarazada”.

“Calma”, insistimos a gritos los que aún podemos hablar a pesar de los gases, dirigiéndonos con las voces como un grupo de ciegos que trata de salir de un laberinto. “Mantengan la calma. No se empujen”. Una mujer cae de rodillas al suelo. La levantamos entre todos. Avanzamos como un solo cuerpo. todos, con la frente pegada a la espalda del que va enfrente para protegernos de los gases. Pero es inútil, no hay por dónde salir. Sólo escudos por todo lados. Estamos encapsulados.

Me repliego esperando recibir un toletazo como los que he visto repartir entre los que quedaron aislados del grupo. Pero el golpe no llega. Vemos cómo los escudos de acrílico de la policía son usados contra la gente que nos rodea. Todos pensamos que seremos el siguiente. Pegan en la espalda y en las costillas con el canto. En la confusión veo macanas acercarse peligrosamente. Veo también  que estamos emparedados: entre los chorros del humo de extinguidor que no para de rociarnos, el gas lacrimógeno que hace casi imposible respirar y las vallas metálicas de lo comercios que han cerrado. Algunas personas tosen y vomitan ahí mismo. Cierro los ojos esperando de nuevo los golpes que no sé si llegarán. El pandemónium. ¿Cómo llegamos a este punto?

Horas más tarde veré las fotos de todo lo que sucedía en otros puntos de represión en ese mismo sector del Zócalo. Los muchachos hincados frente a los granaderos cantando a coro el himno nacional como último recurso para aludir a la solidaridad de los uniformados segundos antes de ser reprimidos.

Nada, en su sincronicidad de reloj, falla. Es una coreografía del poder. Tanta precisión en sus tiempos la vuelve, incluso, predecible. El Zócalo de la Ciudad de México debe ser desalojado con puntualidad para el noticiario de las 10:30 de la noche. Somos nosotros, los que tuvimos la mala fortuna de llegar en los contingentes pacíficos de la cola, quienes asistimos a la macabra representación —familias con niños, varios adultos mayores, mujeres embarazadas, personas en sillas de ruedas, vendedores ambulantes, estudiantes, periodistas, etcétera—. Somos nosotros los “bárbaros” que seremos exhibidos por televisión en horario estelar como parte de aquellos que quieren “desestabilizar” al país.

Cuando los granaderos finalmente abren el paso y salimos huyendo por Madero, un grupo de personas que no estaba con nosotros se une a la carrera y aprovecha para romper los cristales de un cajero automático. “¡No violencia!”, les reclama la gente. Como si los que huimos escupiendo los pulmones y casi a gatas tuviéramos encima la gana de hacer algo semejante. Pero eso último, claro, será la nota. Es parte de la coreografía.

Bienvenidos al espectáculo de la represión.

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Comentarios (11)

  • Liduvina sotelo

    Gracias Sr. Maldonado por su información valiente y por luchar por México y ojalá que todos pudieran enterarse y comprender la verdad de lo que pasa.
    Me impresionó su narración de los hechos ocurridos esa noche en el zócalo. Que angustia, rabia e impotencia! Mexico no te rindas!!

  • Lord Puma

    Cada palabra deja una sensación de impotencia indescriptible, los que salimos de la marcha a las 21hrs escuchamos en el metro Allende una recomendación (o advertencia) por parte de un oficial del metro: “aborden rápido porque la estación cerrará”. Después de leerte sólo constato que también el Gob de Mancera participó en esta función. ¿Por qué cerrar una “salida de emergencia” como pudo haber sido el metro?
    Estamos en total indefensión, sólo el pueblo puede salvar al pueblo.

  • Lar

    Estimado Tryno: Gracias por tu texto. Gracias por escribir y, al mismo tiempo, exorcizar con tu relato los miedos de quienes estuvimos allí. Después de leerte me invaden muchas emociones, estuve en ese mismo lugar pocos minutos antes con unos amigos y logramos salir sin que la policía nos hiciera daño. Sin embargo, también pude haber sido yo o mi amiga o mi amigo, al que le ocurriera lo mismo que a ti. Pudimos haber sido arrastrados como tu compañera y aunque no fue así, eso no me quita el espanto ni la rabia de que si les haya ocurrido a ustedes, al otro, a mi padre quien también estuvo allí. Tu texto me conmueve y me alivia leerlo, porque significa que estas vivo, lúcido, libre y combativo. Por lo pronto tienes un agradecimiento profundo de mi parte a ti y al medio que te brinda el espacio. Lo comparto porque estoy convencida que ya somos más los que no estamos cooptados por el noticiero que aludes, porque a pesar del miedo seguiremos saliendo a las calles y porque el poder de la palabra desnuda al poder de la represión.
    Saludos y abrazo solidario.
    L

  • Guillermo Reynoso

    Muchas gracias por compartir su testimonio!

  • FIDELINA SANCHEZ CORTEZ

    Sr Trino Maldonado:
    El escrito que usted nos proporciona me hace sentir deseos de llorar de hecho lloro. Duele tanta injusticia, que a un gobierno no le importen niños ni embrazadas, ni jóvenes. No les importa solo que su ansia del poder. Vi videos y no se alcanza a comprender todo. Se ve gente correr, humo, fuego, policías golpeando. Pero la narración que hace usted es increíble. Son los momentos exactos vividos por usted en la represión policíaca del 20 de noviembre en la manifestación con gente de la sociedad civil acompañando el dolor de Ayotzinapa y de todo lo que sufre nuestro México.

  • salvador torres

    Estuvimos ahí, fuimos de la cola, suscribimos todas y cada una de tus palabras, así fue. Excelente crónica. La compartiré en FB. Gracias.

  • dani

    Excelente testimonio de la pesadilla que estamos viviendo. ¿Puedo traducirlo al inglés para postearlo en Tumblr? O, ¿alguien más ya lo hizo? Ante toda esta impotencia, sólo se me ocurre compartir tanto como pueda a tantas personas como pueda. Gracias, Tryno.

  • c.a. valenzuela s.

    Definitivamente es una muestra del ahogamiento sufrido por el gobierno corrupto y represor. Tienden a buscar la provocación para hacer uso de la fuerza. Las cortes Internacionales están pendientes de estos sucesos y son la “barbarie” y la “violencia” del gobierno para con el pueblo y no como dice epn, del pueblo al gobierno. Patadas de ahogado. El inicio del fin.

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