Tan excéntrico como México

Enrique Vila-Matas, Premio Fomentor 2014
Cultura - Página: 62 - No.341 o descarga el PDF (0.29 MB).

Descargar PDF (0.29 MB).

Enrique Vila-Matas,
Premio Fomentor 2014

Tan excéntrico

como México

.

Hablemos de poder. Hablemos de la cosecha de reconocimientos literarios. De los aplausos o la aceptación. O no. Mejor hablemos de los peligros del poder. De qué podría hacer Enrique Vila-Matas con un poco de mala fe. “Ser un hijo de puta”, responde con humor, aunque no se ría: “Vengarme de todos los gilipollas que han estado diciendo desde el principio que no valía la pena lo  que yo hacía”.

Pero no.

.

POR TATIANA MAILLARD • @MadameMaillard

.

El autor catalán, en cuya obra cabe lo estrafalario y lo melancólico, la anécdota y el delirio, no busca poder ni venganza. Por eso sólo habla de lo que ha hecho y, sobre todo, de lo que ha renunciado a hacer.

.

Los premios no pueden ser tan buenos. Tanta ceremonia alrededor de una persona, toda la procesión de halagos y ovaciones, de palmadas en la espalda y manos listas para el apretón; el ambiente celebratorio de un no-cumpleaños, los discursos y las sonrisas de fotografía, la vanidad… Todo eso no puede ser tan bueno.

Enrique Vila-Matas no hace un solo gesto. No se mueve. De hecho, lleva ya bastante tiempo en la misma postura, sentado en una mesa de la cafetería del hotel NH Alcalá, en Madrid, con la barbilla apoyada en las manos y los codos sobre la mesa. Hablamos de premios. Él ha pasado por el trámite del reconocimiento en varias ocasiones. Veintidós veces se cuentan desde el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en 2001, obtenido por El viaje vertical, hasta el Fomentor de las Letras con el que fue reconocido este año.

Pero, ¿y si los premios literarios fueran más bien peligrosos? Un jurado coincide en que algo que ha hecho alguien es bueno y lo reconoce públicamente. Nadie ve el peligro en ello. Pero qué tal que las ovaciones guiaran lentamente al ovacionado hacia la adopción de fórmulas, hacia tramas y estilos diseñados para complacer a los jurados, o a los monstruos editoriales transnacionales, o los mismos lectores de siempre.

Qué tal que el autor se vuelve autocomplaciente.

—¿Tú qué crees? ¿Ha pasado esto?

Retraído en su inmovilidad de tótem recubierto con un elegante traje de saco y pantalón azul marino, en el centro de su estela de loción perceptible a medio metro de distancia, Vila-Matas piensa. Se toma su tiempo antes de contestar.

—Hay muchos que se mantienen por completo fieles a sí mismos y no se han dejado llevar por el éxito. Y hay otros que se envanecen, que viven una historia de delirio y de fama. No es mi caso —suelta con un acento seco; la voz, un susurro grueso, duro, gutural.

De no haber sido por el servicio militar que prestó en Melilla cuando era joven, quizá su destino habría sido otro. La historia de cómo empezó a escribir inicia en 1971, con el joven catalán serio y excéntrico —si existe una definición con la que Enrique Vila-Matas se siente cómodo, es ésa—, que había dirigido algunos cortos cinematográficos (Todos los jóvenes tristes, en 1969, y Fin de Verano, en 1970). Un joven que, no obstante, se aburría hasta la desesperación.

—No tenía sentido salir a pasear en una ciudad que nos conocíamos de memoria y donde no podíamos hacer nada porque íbamos vestidos de soldados —dice ahora, que tiene 66 años y una aureola de cabello gris y despeinado—. No tenía posibilidades, era practicante de nada —y recuerda al Vila-Matas de veintitantos años, con el cabello castaño sometido a riguroso corte militar, que no podía ni salir del cuartel y no se sentía entusiasmado por ser soldado.

Había dos opciones para escapar del aburrimiento: escribir o volverse loco. Hizo las dos cosas.

Escribió Mujer ante el espejo contemplando el paisaje, que publicó dos años después, en la entonces emergente y arriesgada editorial Tusquets, de Beatriz Moura. Tan arriesgada, que la primera portada del libro tenía la gracia de haber sido diseñada con las letras invertidas, de modo que sólo pudiera leerse frente al espejo.

De la vez que se deschavetó, cuenta que un día subió al palomar del cuartel, bebió una botella de coñac, fumó kif y se tomó cinco anfetaminas. Y si no estaba loco, el coctel lo había dejado en las condiciones idóneas para asemejarse bastante a un desquiciado. La anécdota está registrada en su sitio web y es retomada en el cuento El hijo del columpio.

—Pasé una etapa en el manicomio de la ciudad, porque perdí la paciencia con el fusil y lo tiré al aire. En el encierro me dediqué a escuchar música de Bob Dylan, hasta que decidieron sacarme porque pensaron que me había fingido loco.

El talento para la mentira. Vila-Matas podía fingirse loco, o mentir sobre su dominio del idioma inglés. En diversas entrevistas ha evocado la anécdota de cuando se inventó la traducción de una entrevista a Marlon Brando para la revista Fotogramas. Le habían preguntado si sabía el suficiente inglés como para traducirla y él dijo “Yes”. Lo siguiente que ocurrió fue la publicación de declaraciones que Brando jamás había dado.

De la locura de Melilla, a la escritura. De la escritura, a los premios, pero no de manera tersa ni inmediata. Por eso el autor defiende que no, que los premios en nada contribuyen a sentir que toda batalla contra el texto está ganada de antemano.

—El éxito me ha llegado tan tarde; he pasado gran parte de mi vida sin ser reconocido; que ahora que ha llegado me sienta bien, me va bien, porque me permite cosas que antes tenía que… me va bien, no me va mal. No me perjudica.

—Hay que tener fuerza para no ceder al delirio del ego —se le sugiere. Él asiente, con ese ruido gutural que suena a inquietud, a temperamento nervioso. Asiente como si estuviera plenamente convencido y luego pronuncia:

— El poder…

El poder, sí. En todas sus escalas, desde lo discreto hasta lo ostentoso. El poder de la palabra, el poder de la escritura, el poder de la influencia o el poder por el poder.

—Lo que nunca aparece en los periódicos —regresa— son todas las propuestas de poder que me han ofrecido y a las que he dicho que no. ¿Por qué? Porque se sabe valorar al autor por lo que deja de hacer.

Esto es lo que sí ha hecho Vila-Matas:

Ha dirigido cortos cinematográficos.

Ha actuado en películas (Tam-Tam, dirigida por Adolfo Arrieta en 1976 y en la que el escritor interpreta a Witold Gombrowicz).

Ha sido huésped de Marguerite Duras (experiencia en la que se inspira, en parte, la novela París no se acaba nunca).

Se ha obsesionado con la multiplicidad de métodos para suicidarse, así sea simbólicamente (Suicidios ejemplares).

Ha escrito con humor. Él, que parece el hombre más serio del planeta, con ese rostro donde la boca se mantiene en permanente línea recta.

Ha escrito desde la extrañeza, o más bien, obsesionándose con personajes o situaciones que resultan inquietantes, estrafalarios. Y por esas características, es que el autor considera que no hubo mejor receptor de su mundo que México.

—México fue el primer país en entender lo que hacía.

Vila Matas es cortés, congruente con la imagen de hombre elegante que proyecta. Si acaso algo desentona en esta estampa de normalidad, es cierta tensión en su hablar, algo parecido a un nerviosismo controlado, acompañado de ruidos. Sonidos que a veces toman forma de afirmación: “Ajá, ajá, ajá, sí”. O que tienen un significado indeterminado: “Mhjm”.

En 1985 la editorial Anagrama publicó Historia abreviada de la literatura portátil, un libro que da cuenta de la conspiración shandy llevada a cabo por la sociedad secreta de los portátiles; un grupo que contaba entre sus miembros al mago Aleister Crowley, los escritores García Lorca, Scott Fitzgerald y Gombrowicz; los artistas plásticos Marcel Duchamp y Georgia O’Keefe, y la actriz Pola Negri, entre otros.

—Cuando nadie en España decía nada de La literatura portátil, se presentó en México. Y por primera vez descubrí que había personas a quienes agradaba lo que yo hacía. Eso no ocurría aquí (en España). Algunos me preguntaban: “¿Qué pasa que aquí no te hacemos caso y, en cambio, en México sí?”. No sabía qué contestar… así que le pregunté a Sergio Pitol qué hacer en estos casos. Él me dijo: “Lo que pasa es que tú eres excéntrico y México también es un país excéntrico”.

Vila-Matas: excéntrico y ordenado. Él divide su producción literaria en etapas, como si de súbito el escritor hubiera desaparecido de esa mesa, de ese café, de ese hotel en la calle de Alcalá, para que el académico de su propia obra tomara su asiento.

—Hubo una etapa muy interesante, que fue la primera —dijo, para dar inicio a la clase—. Es la etapa por la que pasa todo escritor auténtico. Aquella donde va a llamar la atención, porque en los primeros libros aparece un mundo nuevo, que no se puede prolongar más allá de las primeras obras. Creo que mi primera etapa llega hasta Bartleby y compañía. Encuentro gente que adora la primera etapa de esos libros, que yo entiendo que son muy buenos, son los más sencillos, están al alcance de todo el mundo. Está muy bien.

Vila Matas habla de necesidades. La suya: “no ser simplemente un narrador”, fluir entre el ensayo y la literatura, posarse en el cine y la música o el arte contemporáneo. “Mi segunda etapa inicia con El mal de Montano. Y ahora estoy en una tercera etapa”, aquella a la que pertenece Kassel no invita a la lógica (Seix Barral, 2014), un libro protagonizado por el arte contemporáneo, del cual el escritor ha formado parte de la misma extraña manera en la que ocurren sus obras: Vila-Matas fue invitado a la feria de arte contemporáneo Documenta, en Kassel, Alemania, para ser parte de un performance donde se pidió a diversos escritores, como Mario Bellatín, ocupar una mesa en un café de chinos y escribir una obra, a la vista de los clientes.

Pero no ha sido su único acercamiento con el arte contemporáneo, como tampoco ha sido su única vivencia peculiar. En 2005, la artista francesa Sophie Calle le llamó por teléfono para proponerle que escribiera una historia a fin de que, posteriormente, ella la viviera. Es decir: todo lo que escribiera Vila-Matas en papel sería vivido por Sophie. De ahí surgió la narración “Porque ella lo pidió”, que forma parte del libro Chet Baker piensa en su arte.

—Fue una llamada muy rara para mí. Me llamó a casa. Yo sabía quién era ella, pero no la conocía (en persona). Fui a París a verla y me propuso salir del encierro literario e ir hacia otro lugar: el de la vida. Me dijo: “Escríbeme lo que tengo que hacer durante el año que viene” y entonces escribí lo que tenía que hacer, mas de inmediato inventé un viaje a las Azores. Como ella no iba a las Azores, yo quedé bloqueado, porque la novela no podía continuar hasta que ella no hiciera un movimiento. Me quedé pendiente de una persona para poder seguir escribiendo, lo que en realidad me dejó sin poder escribir.

Es por este tipo de experimentos que Vila-Matas se asume excéntrico.

—Soy excéntrico en el sentido de que no hago una literatura central ni académica, ni profunda o seria. Mi mundo era totalmente marginal.

Contrario a su mundo, Vila-Matas no es un autor marginal. Su aceptación goza de buena salud. Colecciona eventos y latitudes: un día está en la Feria del Libro de Buenos Aires; otro, en un festival de Estocolmo, y después, en Dublín para presentar una antología de la mejor ficción europea, prologada por él.

No. Escritor marginal no es.

—Ayer leía una frase de Chéjov que me encantó: “El primer signo de talento es ser infatigable”. Y yo he procurado mantener toda mi vida esta idea que, mínimo, me asegura talento, que es la de ser infatigable. No he parado ni pienso parar.

* * *

Qué tal que los premios no fueran una buena noticia. ¿Y si el reconocimiento derivara en conformidad?

—La pregunta debería ser: ¿Qué pasa cuando te reconocen? ¿Pasas a ser un autor más importante de lo que eras? ¿O un poco? ¿O más o menos? ¿O no? —la metralla de preguntas va acompañada por la mirada perseverante, helada, que escapa de los ojos ligeramente rasgados de Enrique Vila-Matas.

En 2008 fue distinguido con la Legión de Honor.

—¡Es la hostia!, porque aún no he entendido bien porqué. Como he escrito un libro sobre Francia (París no se acaba nunca), algún ministerio o algún lugar decidió que debía tener la Legión de Honor. No ocurre nada más que esto. Yo no he cambiado de amigos, de relaciones. No cambia nada más.

Vila-Matas no es inmune a la crítica feroz. Para muestra, el blog Patrulla de Salvación, que desde 2011 funciona como alternativa contra las reseñas literarias condescendientes en medios de comunicación españoles.

Bajo el lema: “La literatura está en peligro”, la anónima autora —que firma como La sargento Margaret, una supuesta septuagenaria barcelonesa— ofrece, con dosis altas de ironía, una crítica del mundo editorial, autores emergentes y vacas sagradas, además de uno que otro chisme de la industria. Pocos se salvan. Vila-Matas, no. De hecho, es uno de los blancos favoritos.

—Hasta en los conventos de monjas hay envidias —sentencia el catalán—. Eso perjudica muchísimo a la escritura. Lo que yo he hecho es apartarme totalmente de la vida literaria y hacer vida de escritor. Acudo lo menos posible a lugares públicos, a diferencia de antes, que iba a muchas cosas. Iba porque me divertía.

—¿Se divertía o hacía relaciones públicas?
—Nunca he sido de este estilo. Además, no era muy simpático. Me dedicaba a beber, que era lo que me interesaba. Pero en el momento en que dejé de beber, ya no me interesaba ir.

Ni las relaciones públicas, ni el poder y, desde hace tiempo, tampoco el alcohol, le interesan. “Lo que yo he hecho es apartarme totalmente de la vida literaria para hacer vida de escritor”. Apartarse de lo que él llama “la mafia de la literatura”.

—¿Hubo una crítica que casi le llevara a renunciar?
—Tuve una crítica brutal por mi libro Una casa para siempre, que, bueno, no es un libro que me encante.

Leopoldo Azancot, crítico literario, dedicó su columna de El País del 9 de junio de 1988 a la novela de Vila-Matas, bajo el título de “Fantasía irresponsable”.

—Dijo todo lo peor que se puede decir de un libro en la página central de El País. Me hacía ver como un criminal. Pasado el momento de estupor, me dediqué a hacer desde entonces, y hasta ahora, todo aquello que él decía que estaba mal. Esa crítica fue demoledora. Si me dices que puede desanimar lo demoledor, te diré que a mí no, por el aliento que me han dado quienes estaban en contra de lo que hacía. Para mí ha sido estimulante y extraordinario, el motor de todo lo que he ido haciendo. ¿No os gusta? ¡Pues ahora váis a ver!

Enrique Vila-Matas ha hecho casi de todo. Pero, también, dice, ha optado por no hacer algunas cosas.

—Una de las cosas que puedes hacer, si hablamos con humor, es que, puesto que eres tan reconocido, es  volverte un hijo de puta, vengarte de todos los gilipollas que han estado diciendo desde el principio que no valía la pena lo que hacías y tienen que aguantar ahora. Pero se sabe valorar al autor por lo que deja de hacer.

Eso dice Vila-Matas.

 

ee

_

Deja un comentario

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Revista emeequis

Desplácese hasta la parte superior