Leonardo Eguiluz, fotógrafo de bichos

Reporte punk - Página: 14 - No.341

LeonardoEguiluz,

fotógrafo 

de bichos

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Su madre, bióloga de profesión, le enseñó a recoger bichos delicadamente con los dedos, inyectarles formol, sujetarlos con alfileres y clasificarlos.

Así, Leonardo Eguiluz se convirtió en un experto que mantenía correspondencia con grupos de aficionados que no sospechaban que aquel destacado insectólogo era apenas un niño.

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POR EMMANUEL MÉNDEZ • @emmanuelmendezs
FOTOGRAFÍAS: CHRISTIAN PALMA

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Su otra obsesión ha sido viajar. Leonardo ha recorrido México, Egipto, Europa, Centro y Sudamérica —donde repitió en autobús la ruta que hiciera por los Andes el joven Ernesto Guevara de la Serna, uno de sus ídolos—. Viajando descubrió el poder de una cámara y su capacidad de atrapar instantes.

Por eso estudió Comunicación, al tiempo que se interesaba cada vez más por temas de denuncia social. Esa combinación terminaría por rendir frutos en 2013, cuando fue becado por la World Press Photo y la Fundación Pedro Meyer en la modalidad de narrativa con imágenes.

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En medio de la cara llena de pelos se asoman unos ojos diminutos. Del cuerpo en forma de coraza sobresalen unos brazos largos y delgados. Con uno de ellos, entre bostezos, se rasca la cabeza, intenta aplacar los desordenados cabellos hasta que dejen de verse cual aterciopeladas antenas.

Recién levantado al mediodía de un sábado soleado, Leonardo Eguiluz se asemeja a uno de los cientos de insectos que tapizan esta casa al norte de la ciudad, en la colonia Nueva Santa María. Para él esto no es una desgracia ni una pesadilla kafkiana, sino un proceso normal de mimetismo. A sus 29 años de edad —y luego de haber pasado más de dos décadas entre ellos, hurgando con las uñas para encontrarlos, oyendo de cerca su zumbido, estudiando su comportamiento y viajando por el territorio mexicano, Centro y Sudamérica, Europa y hasta Egipto para retratarlos y llevarlos consigo—, es lógico que algo así terminara ocurriendo.

Leonardo es un coleccionista. De las paredes de su estudio cuelgan, bellamente enmarcados, bichos de cualquier tipo y procedencia: mariposas Morpho azul de Perú, libélulas guatemaltecas, gorgojos del Amazonas, chapulines recogidos en antiguos cementerios prehispánicos del sur de México e incluso enormes blatodeos de cañería. Aquí no se discrimina. Para él, cada uno tiene el mismo valor sentimental.

—Con las alas extendidas ya no da tanto asco; mira, hasta bonita se ve —dice al tiempo que señala una cucaracha de caparazón pardo. Dentro del marco, para conservarla en buen estado y repeler a los parásitos vivos, se observan bolitas blancas de naftalina.

No hay un solo insecto en esta casa de dos niveles de la delegación Azcapotzalco — monte de las hormigas, en náhuatl— que no haya recibido un cuidado proceso de disección.

Sobre los muebles de madera abundan, además, antiguas figuras aztecas, conchas, estrellas y fósiles marinos, macetas con diversas especies de flores, montones de libros, una caña de pescar, una red de tul para atrapar palomillas y, por supuesto, una cámara fotográfica, compañera de múltiples expediciones, tan inseparable como los insectos con los que ha llegado a camuflarse.

Entre todos esos tesoros camina Quentin, un gato blanco de manchas negras y café con leche. Parece un gigante explorando sus dominios.

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Toda obsesión que merezca ese nombre comienza en la niñez. El interés por los bichos se lo contagió su  madre, Margarita Eguiluz Ordóñez, bióloga de profesión, quien le enseñó a armar cajas entomológicas, a remover piedras con cuidado de no asustar a los buscados especímenes, a recogerlos delicadamente con los dedos, inyectarles formol, sujetarlos con alfileres y clasificarlos con ayuda de las guías de campo que juntos llegaron a aprender de memoria. Pronto, Leonardo se convirtió en un experto que mantenía correspondencia con diversos grupos de aficionados de varios rincones del mundo, quienes no sospechaban que aquel destacado insectólogo era apenas un niño.

—Éste, por ejemplo, sólo vive en Hiroshima —señala un escarabajo de más de 10 centímetros de largo y caparazón negro, similar a la armadura de un samurai—. Me lo mandó un japonés que quería a cambio lucánidos chiapanecos. Me escribía cartas en inglés que mi mamá y mi tía tenían que traducirme, yo estaba muy morrito.

A los ocho años, una parálisis periférica le afectó la mitad del rostro, debido a los constantes cambios de clima que sufría durante los viajes con su madre. Los médicos dijeron que tardaría mucho tiempo en recuperar la movilidad. Mirar en el espejo su cara partida en dos mitades, una de ellas petrificada, le hacía sentir vergüenza. En un arranque de furia, golpeó un avispero con un palo. Fue una chilpa roja quien lo curó a cambio de un fuerte dolor, al atacarlo justo en la zona paralizada.

—Aprendí a respetarlos, ni siquiera me gusta cazarlos ahora. Uno no puede oírlos, pero a lo mejor hasta gritan de agonía cuando los matas —dice girando la vista alrededor, como si ellos pudieran despertar un día y vengarse—. Quién sabe si me estoy volviendo viejo o paranoico, pero prefiero recogerlos cuando están muertos. El único que se me ha escapado es el amblipigio, que es una mezcla de alacrán, grillo y araña. ¡Está impresionante el cabrón!

Fueron años dorados que hoy, como diapositivas de un rollo fotográfico, acuden con frecuencia a su memoria, con el brillo intacto y ese contraste en blanco y negro propio de la nostalgia. Su madre falleció hace apenas unos cuantos meses, pero incluso desde la ausencia, Leonardo siente que ella le sigue dando lecciones.

Con el paso de los años, quien fuera el más joven del grupo de coleccionistas, se sintió afortunado de poder combinar la caza de bichos con otro proceso igual de fascinante: la fotografía. Otra obsesión que surgió en su juventud y desde entonces no ha parado. No hay nada que disfrute más, asegura, que el nervio que conlleva acercarse a su objetivo, accionar el obturador con cuidado de no asustarlo, apuntar la mira y conseguir una imagen precisa que obligue a los espectadores a mirar de cerca esa belleza incómoda de los insectos.

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Para los Eguiluz, viajar fue siempre una actividad tan indispensable como comer o respirar. Sus primeros destellos de memoria son las excursiones en compañía de su madre y su tía a la zona arqueológica del Tepozteco, en Morelos, donde comenzó a recolectar piedras de formas extrañas. También recuerda las lecciones para aprender a pescar en las costas de Veracruz, la ensoñación que le producía el mar y los largos paseos por la playa.

Cada cierto tiempo, como mariposa monarca, Leonardo siente la necesidad de migrar hacia nuevos territorios. Lo impulsan la curiosidad y las ganas de alimentarse con experiencias frescas. “Nada más para eso trabajo; el dinero se me va en viajes”, dice con una sonrisa en la que no cabe el arrepentimiento, mientras acaricia su barba hirsuta. “Por temporadas, cuando no hay mucho varo, me voy a chambear a bodas y bautizos, con tal de poder seguir viajando”.

Apenas ahorró una cantidad decente, extendió sus paseos hacia horizontes cada vez más lejanos. Huyó de las rutinas, las aburridas clases y los trabajos que no le aportaban más que un sustento raquítico. Eso sí, siempre acompañado de su material entomológico y su cámara profesional. Para él, las mejores enseñanzas sólo se obtienen dejando atrás la zona de confort.

En San Salvador Atenco, por ejemplo, mientras acompañaba al contingente del movimiento #YoSoy132, conoció de cerca el dolor de víctimas de los hechos violentos de 2006, gente hospitalaria que no sólo le abrió los ojos hacia una nueva conciencia social, sino que le dio a probar la sopa de huevos de mosco, un manjar de dioses.

En el norte del país visitó la casa de Pancho Villa, uno de sus héroes, y pasó la noche en la sierra de Sombrerete, escuchando el aullido lejano de los lobos, bebiendo cervezas a la luz de una fogata y tomando panorámicas del cielo plagado de estrellas fugaces, como  luciérnagas en estampida.

En los alrededores desérticos de las pirámides de Guiza, buscó bajo las rocas a la monstruosa araña camello y casi deseó encontrar a los míticos escarabajos carnívoros que se meten bajo la piel, para poder llevarlos de contrabando y evitar así la estricta revisión aduanal egipcia.

En Chamonix, frío pueblo de montaña con nombre de municipio guerrerense pero ubicado en la frontera compartida por Francia, Italia y Suiza, deleitó su vista con los paisajes nevados, los rebaños de gamuzas y la variedad de caracoles y demás bichos alpinos.

En Sudamérica convivió con indígenas mapuches, retrató a alpacas de peinados rastafari, aspiró el aire limpio de Machu Picchu y en autobús siguió el mismo camino por los Andes que recorrió el joven Ernesto Guevara de la Serna, otro de sus ídolos. Soñaba entonces con los ideales del Che e incluso llevó un diario en el que dejó escritas sus impresiones: “Me veo a mí mismo, tomando fotos de paisajes hermosos, sin pobreza, sin angustia, capturando cordilleras como ésta, sólo que repletas de gente libre, montañas de personas altas como los propios Andes, celebrando la victoria de la humanidad”.

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Si se quiere abrir una rendija para espiar el cerebro de una persona, basta con echar un vistazo a su biblioteca. Aquí, en lo alto de un mueble de madera barnizada, conviven por igual los libros de la italiana Tina Modotti y del francés Henri Cartier Bresson (considerado el padre del fotorreportaje), junto con los tomos de Charles Darwin y Humboldt, las enciclopedias laminadas con información detallada de flora y fauna, las biografías de Pancho Villa o el Che Guevara.

Leonardo confiesa que a pesar del gusto por las excursiones y el amor por los animales que aprendió desde niño, la biología nunca fue lo suyo. Lo que sí lo enamoró fue el periodismo, el poder de una cámara y la capacidad de capturar instantes. Por eso estudió Comunicación al mismo tiempo que aprendía los secretos de la fotografía y se interesaba cada vez más por temas de denuncia social. Esa combinación terminaría por rendir frutos el año pasado, cuando fue becado por la World Press Photo y la Fundación Pedro Meyer en la modalidad de narrativa con imágenes.

Que al final terminara eligiendo esa profesión no impidió que los bichos dejaran de estar presentes en su mente. Su primera exposición fue con una serie macro de abejas polinizadoras, cuando aún no terminaba la carrera. Además, en los últimos años ha realizado diversos montajes de crítica a la cultura de masas y de estilo apocalíptico, con cucarachas disecadas como modelos. Para su proyecto final en la maestría de Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Artes de la UNAM, planea hacer un libro sobre gente con tatuajes de artrópodos.

—El fotoperiodismo —dice— se parece mucho a la atracción que sienten los insectos hacia la luz, eso que se conoce como fototropismo. Es una fuerza igual de poderosa, aunque queda el riesgo, y más en este país, de acabar achicharrado por lo que te apasiona.

Los últimos días en la Ciudad de México han sido bastante agitados. Marchas, paros de actividades, movilizaciones masivas surgen aquí y allá sin otro objetivo que el de hacer oír la voz colectiva. Ya sea por los estudiantes, para protestar contra los cambios de reglamento del Instituto Politécnico Nacional, ya sea en reclamo por la desaparición forzada de 43 normalistas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero. La sociedad ha tomado las calles para anunciar, desde la impotencia y el miedo, su rechazo al ambiente de violencia que se respira en el país.

Al igual que hizo en su momento con el movimiento #YoSoy132 o durante las protestas de desnudos multitudinarios de Los 400 Pueblos, Leonardo se ha dedicado a documentar desde adentro las recientes marchas, en su mayoría organizadas por jóvenes. Con su lente, se siente parte de una marabunta que, ante el peligro de invasión, se coordina por instinto para luchar por la defensa del hormiguero. Una colmena perfectamente construida que sella su fortaleza con propóleos y garantiza su autodefensa. O como escarabajos que transforman las bolas de estiércol de la sociedad y hacen de ellas su guarida.

—No confiamos en el sistema judicial, menos creemos en los políticos —reflexiona Leonardo, con un gesto de repulsión que ni siquiera muestra al toparse con las más venenosas alimañas—. En nuestro país se trabaja para empresas extranjeras, los profesionistas somos mano de obra sobrante mal pagada. Se viven homicidios a diario por venganzas, odio, poder o género. Los discursos políticos son los mismos que hace 100 años. Se mata de hambre a la gente, se reprime la protesta, se aniquila todo esfuerzo intelectual, se acorta el presupuesto a la ya de por sí mala educación. ¿Somos realmente libres?

Quizá la única salida, la única forma de responder a esa pregunta se halle a través del arte, la ciencia, el periodismo o la enseñanza. Por si acaso, Leonardo quiere probar cada uno de los caminos.

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