El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)

Sociedad - Página: 42 - No.337

El joven que

tocaba el piano

(y descuartizó a su novia)

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POR ALEJANDRO SÁNCHEZ GONZÁLEZ

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Cuando Javier Méndez subió al podio para recibir su medalla de bronce en la Olimpiada Internacional de Física 2012 se abría un episodio luminoso que no tardaría demasiado en cerrarse. Acabaría poco más de un año después en un pequeño departamento del viejo edificio Juárez de Tlatelolco. De cómo un joven de 19 años, deportista, amable, educado, talentoso, se transformó en alguien que no era él y terminó por encajar un cuchillo en un cuerpo sin vida, de eso trata esta historia.

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El viejo elevador se detiene en el piso número 10 del edificio Juárez, en Tlatelolco, y ambos jóvenes ingresan con prisa al departamento.  Apenas hace unas horas de este 28 de junio de 2013 se han conocido personalmente, pero el deseo los ha sometido ya. Empiezan a besarse y a acariciarse. Javier toma a Sandra de la mano y la conduce delicadamente a su habitación. Las ropas quedan esparcidas en el piso y se sumen en la intimidad sin mayor preámbulo.

Ella lo abraza con la determinación de quien se sujeta a un salvavidas en el mar. Él, de 19 años, piensa que ese es un momento romántico y lindo. Se siente ilusionado y a gusto. Qué importa que apenas la haya conocido unas dos semanas antes en las redes sociales.

Media hora después de que se desnudaron, el tono rojizo de la tarde empieza a anunciarse. Se visten y pasan al sillón de la sala, donde siguen platicando.

Ni cómo podrían saber que la vida de ambos se retorcerá por completo en algunos minutos.

* * *

Carlos Medina Martínez, un joven aflautado, de unos 58 kilos de peso, cayó al piso como un tronco cercenado en el momento en que dos hombres corpulentos le cayeron encima. Tenía el pantalón negro levantado hasta las pantorrillas cuando uno de ellos metió la rodilla entre sus piernas y el muchacho apenas pudo girar el cuello para no tragar el polvo ni la hojarasca.

Inmovilizado en el suelo, le doblaron los antebrazos sobre la espalda y le colocaron con urgencia las esposas en las muñecas. Carlos era, entonces, el más indefenso sobre la tierra. Ni siquiera pudo pedir auxilio a sus compañeros de la cafetería, apenas a unos cuantos pasos, en la que trabajaba como mesero.

–¿Qué pasa con el muchacho? –preguntó, con temor, don Samuel, dueño de la farmacia contigua a la cafetería.

Carlos había entrado en la farmacia sin darse cuenta de que otros cinco hombres se habían colocado en las inmediaciones, con pistola en mano. Obedecía la indicación del gerente José Bocanegra y se disponía a guardar la moto repartidora.

Pasaban escasamente las 11 de la noche del lunes 28 de julio de 2014 y en el número 10 de la avenida Juárez se producía un pequeño caos.

—¡Camina! —le ordenó a Carlos uno de los hombres que lo levantó de un tirón con la mano metida en el cinturón.

Lo subieron entonces a un auto blanco y se marcharon casi instantáneamente, dejando un rechinido de llantas como su huella en una de las principales calles del centro de San Juan del Río, en Querétaro.

A don Samuel, ya muy alarmado, pues temía que al muchacho lo hubiesen secuestrado, se acercó entonces una mujer de jeans. Se había levantado de una de las mesas de la cafetería en la que durante horas mordisqueó y jugueteó con un pastel de chocolate.

Algo le dijo y le mostró unas imágenes que llevaba en un folder. Don Samuel quedó paralizado.

En esos momentos, como si un escalofrío invadiera todo su cuerpo, la cajera de la cafetería Finca Santa Veracruz, una joven de piel blanca y cabello lacio, tomó el teléfono y a trompicones marcó los números para comunicarse con Emilio Gonzaga, otro mesero del turno de la mañana, que había recomendado a su amigo, el mismo que ahora estaba siendo llevado quién sabe dónde.

–¡Emilio, cuéntame todo lo que sabes de Carlos! –preguntó, alterada.

Emilio se disponía a meterse a la cama para despertarse antes de las 6 de la mañana y prepararse para llegar al primer turno de la cafetería.

—¿Por qué? —respondió con el mismo tono con que le había hablado su compañera.
—¡Se lo llevaron!

—¿Quién?
—¡Hombres, unos hombres! ¡Cuéntame todo lo que sabes!

—¿Qué te digo?
—¿Quién es Carlos?

Emilio Gonzaga enmudeció.

* * *

Ni Javier ni Sandra fuman regularmente, así que ambos se saltan el epílogo que se acostumbra entre algunas parejas después de hacer el amor. En cambio, como corresponde a quienes escasamente saben mucho uno del otro, comienzan a platicar sobre lo que hacen y sus planes para un futuro que se antoja muy amplio y por definirse.

Javier Méndez Ovalle tiene una idea un poco más clara sobre lo que desea hacer en los próximos años. Ya ha sido un excelente deportista, un quarterback nato de las Águilas Blancas y los Búhos del Instituto Politécnico Nacional, un ágil nadador, un buen pianista. Por si fuera poco, ha demostrado un desempeño académico superior.

El siguiente paso de este joven, hijo de una familia que lo ha educado en el deber y en el esfuerzo, egresado de una vocacional politécnica, es estudiar una licenciatura fuera de México.

Sandra Camacho, en contraste, no atina a definir qué hacer. Ha buscado ingresar a la Universidad Autónoma Metropolitana, pero no pasó el examen de admisión. De origen humilde, su familia no puede costear el lujo de una universidad privada, así que debe intentarlo de nuevo.  Mientras tendrá que hacer algo. Y ella fantasea con la idea de trabajar de edecán.

—Me quiero ir al extranjero a estudiar –le confía Javier a Sandra, una jovencita de 17 años delgadita, de hombros finos y cabello negro y largo.
—¿Cómo crees? –contesta y empieza a reír.

Se burla abiertamente de él.

—En serio, en tres meses me voy —insiste Javier, serio y con un dejo de desesperación.

Sandra lo percibe y sigue provocándolo:

—¿Tú quién eres para algo así?

Javier enumera entonces algunos de sus logros académicos: le cuenta que ha ganado las olimpiadas de química, física y matemáticas en México y otros torneos en universidades.

Javier se mete apresuradamente al cuarto y descuelga de la pared una medalla de oro de la 22 Olimpiada Nacional de Física, saca algunos trofeos. Si tuviera a la mano la Gaceta del IPN del 31 de enero de 2012, en la que aparece en primera plana a la hora de subir al podio a recibir el reconocimiento, también se la mostraría para que no le quepa duda.

Le dice que meses más tarde, en septiembre de ese mismo año, viajó a Estonia y que ganó la medalla de bronce para México en la Olimpiada Internacional de Física.

Sandra sigue burlándose.  Javier, su joven amante, al que ha conocido apenas, sufre notoriamente.

—Ya me aceptaron en la Jacobs Universiti en Bremen, Alemania. Ahí voy a estudiar la licenciatura en Física en septiembre —agrega Javier y eleva el tono de voz.

Sandra no tiene idea de que la Jacobs es una universidad privada altamente selectiva que ofrece becas a los mejores estudiantes del mundo, ni tampoco que Javier habla alemán ni que a los 12 años viajó a ese país con un tío que lo llevó al Mundial de Futbol 2006 y que desde entonces quedó maravillado y deseó fervientemente ir allá.

La joven nacida en Ixtapaluca, Estado de México, no se detiene. Sigue, según lo percibe él, en plan mala onda, de plano ojete.

—¡Ja, ja, ja, ja! —las risas forzadas taladran de nuevo la cabeza de Javier.
—¡Cállate!

—¿Tú? ¿Te vas a ir? ¡Ja, ja, ja! —continúa y da un paso más. Se acerca hacia Javier. Lo reta.
—Aléjate —le pide Javier.

* * *

Pocos días después de llegar a San Juan del Río, el dinero que llevaba Carlos empezó a escasear y el hambre apareció de tanto en tanto. Una de esas mañanas se sentó en unas jardineras del centro para protegerse del sol debajo de un conjunto de árboles de buen follaje. Su mirada detectó entonces un pequeño anuncio en las vidrieras del restaurante chino Wing Wah: “Se solicita mesero”.

—Vengo por lo del anuncio —dijo.

Pero no había nadie que hablara español. Estaba una mujer asiática que sólo arrugó la nariz y le mostró la carta como para que él pusiera el dedo sobre alguna de las sugerencias del menú.

Se dirigió entonces hacía el anuncio y lo señaló.

—¡Oh! ¡Tlabajo, tlabajo! —sonrió la mujer.
—¡Trabajo, sí!

La encargada le enseñó un billete de 100 pesos y como pudo darse a entender, le ofreció comida y agua al día. Así empezó a trabajar de mesero.

No duró mucho. Los chinos eran racistas y le daban un maltrato, así que buscó y encontró acomodo de inmediato en El Tapatío, un restaurante de antojitos mexicanos, cuyo dueño, Roberto Buendía, lo aceptó de buena gana.

No ganaba mucho. Apenas 800 pesos a la semana con todo y propinas. Pero recibió algo que no se compra: buenas maneras. Buendía lo empezó a tratar como a un sobrino. Eso le consta a Emilio Gonzaga, quien durante mes y medio trabajó allí antes de pasarse a la cafetería Finca Santa Veracruz.

Gonzaga, casi de 1.75 metros, delgado y más o menos de su misma edad, había tenido que dejar la carrera de sicología por problemas económicos. Aunque al principio Carlos era muy reservado, poco a poco fue mostrándole confianza. Le contó que no tenía hermanos y que un disgusto fuerte con sus padres lo llevó a tomar su propio camino.

–Mi padre se dedica a abrir establecimientos comerciales, principalmente franquicias de diversos giros –le dijo Carlos–, pero ya es hora de valerme por mí mismo.

Y si para eso había que atender mesas, adelante.

Carlos vivía en un cuarto alquilado cerca de El Tapatío. Al principio sus pertenencias eran mínimas: un colchón y cobijas. Después se hizo de la cama completa, de un radio y de un televisor. No alcanzaba para más. Se acostumbraba a la austeridad.

En su nueva faceta, la de mesero, extrañaba todo lo que dejó atrás: casa, comodidades, sus padres, amigos, pero no pudo dejar una de sus más entrañables pasiones: la música.

Casi sin pensarlo, halló la manera de revivirla. Cada que tenía ratos libres, tomaba el micro y llegaba al centro comercial Galerías San Juan. Se dirigía al local número 1000, el correspondiente a Liverpool,  y una vez que ingresaba al departamento de música, localizaba “su” piano, un Yamaha de 59 mil pesos, jalaba el banquito, echaba el pie derecho adelante y el izquierdo ligeramente hacia atrás.

Los encargados del departamento lo saludaban con agrado: “Ya vienes a deleitarnos”.  Una vez sentado frente al teclado, Carlos cerraba los ojos, apretaba la boca y dejaba escapar el aire por la nariz para perderse en el mundo envolvente de la música que interpretaba.

La admiración de los vendedores no era gratuita. A diferencia de jovencitos y señores ya maduros, Carlos tocaba en serio. Años y años de estudio hacían que sus interpretaciones de Beethoven, Mozart y Vivaldi fueran un deleite. “Hasta dos horas se le puede ver así. El tipo es un bárbaro”, dice Jonathan, un joven de 23 años que cuando habla de Carlos lo hace en tiempo presente como si lo estuviera viendo.

A Eric, colega de Jonathan, tampoco le pasaron desapercibidos los inusuales conciertos. También habla en presente. “Ese compa sí sabe hacerlo bien. Soy fanático del rock y además toca Guns and Roses y Pink Floyd, sólo por decir algunas bandas”, cuenta Eric, delgadito, con un fino vello en donde iría el bigote. “Pero ahorita no ha venido”, agrega el empleado.

* * *

Descolocado, Javier siente cómo crece en su interior una molestia a medida que Sandra se burla de sus pretensiones, lo hostiga y hace que él, inexplicablemente, intente convencerla de que es verdad lo que le dice.

Es la primera vez que le ocurre algo así. Con ninguna de sus anteriores novias de colegio, como Noemí, Lizzeth o Brenda, le había pasado esto. La ansiedad crece. Le da coraje que una jovencita se burle de un modo tan cruel de algo especial, de los años de trabajo, de estudio, de los viajes, de los sacrificios que Javier ha hecho, de los desvelos, el poco descanso, de las privaciones.

Sandra no para, sigue riendo, como una niña chiquita que no tuviera corazón; se burla y se le acerca.

Javier reacciona. Se aleja de ella, quiere acabar con eso, pero no sabe cómo. Sandra lo jode, se le acerca otra vez, lo jode, lo molesta mucho. La desesperación se apodera de Javier. Está tan cerca. La quiere alejar, la empuja, ella tropieza y cae.

Al levantarse Sandra tiene un chichón en la cabeza, Javier lo nota y se asusta. Ella se da cuenta y comienza a gritar desaforadamente; él ni siquiera es capaz de distinguir lo que ella, fuera de control, le reclama. Sandra se abalanza sobre él, lo golpea y lo araña en la cara. El mundo, su pequeño mundo, se retuerce.

El trata de defenderse como puede. Es lo único que quiere. No le quiere pegar, sólo defenderse, pero la golpea en la cara. Ha sido un accidente. Pero ella grita más y más fuerte. Javier le dice que se calle, sus gritos son insoportables. Las uñas de Sandra rasgan levemente la piel del joven. Que se calle, por favor. Que se calle ya.

Javier no resiste más. La toma del cuello y caen al piso.

* * *

Esa noche del 28 de julio de 2014 la cajera le insistió a Emilio.

—¡Dime quién es Carlos!
—¿Cómo quién es Carlos?

—¡Sí! ¿Quién es?
—Es de Guanajuato. Se vino porque se enojó con sus padres. Es un chavo listo, culto y acaba de aprender a hacer trabajos de carpintería y ebanistería.

Dos meses antes había abogado por él cuando se enteró que El Tapatío estaba en quiebra. Emilio había dejado antes el trabajo en el restaurante por otras razones. Como la Finca Santa Veracruz está muy cerca, podía encontrarse de tanto en tanto con Carlos. Cuando en la cafetería se abrió una vacante de mesero en el turno vespertino, Emilio habló con su jefe para que Carlos la ocupara. El gerente José Bocanegra lo entrevistó, se quedó con una buena impresión y lo puso a trabajar sin saber más de él.

A medida que la relación de amistad entre ambos muchachos se afianzaba, Emilio se sorprendía de la inteligencia de su amigo. Las conversaciones alcanzaron una profundidad que no es habitual entre jóvenes de esa edad.

Carlos, por ejemplo, hacía cuestionamientos muy precisos sobre la carrera que había empezado a estudiar Emilio: sicología.

—¿Toda histeria es el resultado de una experiencia traumática?
—Es parte de la teoría de la personalidad, según Freud —respondió.

—¿Cómo es que se expresan las emociones asociadas al trauma?
—A veces el paciente puede llegar a comprender el origen de sus síntomas mediante la hipnosis, entonces se liberan las emociones reprimidas. Es como drenar una infección local —contestó.

Con el tiempo, Karla, la novia de Emilio, también se hizo amiga de Carlos. Salían a veces. Una de esas ocasiones, Carlos les presentó a su novia Jezz. Venía de Guanajuato a pasar el fin de semana con él. Hubo buena química, así que de ahí en adelante las dos parejas convivieron en varias oportunidades.

Carlos se integraba cada vez más a su vida en San Juan del Río. Con don Roberto Buendía, el dueño del Tapatío, se creó una relación de afecto e incluso éste le empezó a enseñar los fundamentos de la carpintería y ebanistería.

Digamos que la vida, apacible y con ciertas limitaciones económicas, corría bien para Carlos.

Había cumplido casi un año de haber llegado a San Juan y por fin le quedaba tiempo para leer también. De hecho, en abril de 2014, había devorado Cien Años de Soledad, más o menos en las mismas fechas en que el autor Gabriel García Márquez había muerto.

Eso es, hechos más, hechos menos, lo que Emilio sabía de su amigo Carlos. Picado por la insistencia de la cajera de la cafetería, tomó el teléfono y llamó a su cuñado, un policía judicial de Querétaro, para que le ayudara a investigar si lo habían secuestrado o por qué se lo habían llevado.

* * *

Como si no fueran suyas, las manos de Javier se aferran al cuello de Sandra. Aprietan, más y más. Javier no lo ve en ese instante, pero se comporta como si otra persona tomara posesión de él. Aprieta las manos. No afloja. Aprieta más tiempo. Pasan los segundos. Una eternidad contenida en una fracción de tiempo. Oprime el cuello hasta que percibe que ella ya no hace fuerza.

Javier se asusta, se levanta y regresa a su cuarto. Está congelado. No sabe qué con ella. Piensa que quizá sólo se ha desmayado. Regresa a verla. La oscuridad se ha apoderado del lugar y prende las luces. Se da cuenta de que no se mueve. La intenta despertar, busca que vuelva en sí, pero entonces ya no hay manera de que evada la realidad: está muerta. Se apanica más. Su cabeza gira y gira, no sabe qué está haciendo ni qué está pensando.  No sabe ni cómo.

Lo invade la idea de que tiene que sacarla, pero cómo hacerlo sin que lo vean. Piensa y piensa. Y se aferra a la idea de sacarla a como dé lugar. Intenta cargarla como a las novias cuando se casan, pero no puede levantarla ni del suelo.

A su cabeza llega, entonces, pura basura.

* * *

Aunque casi no habla de sus pasadas relaciones afectivas, Carlos ha mostrado una faceta inusual en un tipo tan reservado como él. “Conecta” fácilmente con jóvenes de su edad y aún mayores que él.

Se mensajea constantemente y en los textos emplea frases con cierto tono empalagoso: “mi princesa”,  “mi nena preciosa” o “bebé”.

Tiene poco tiempo en San Juan del Río, pero pronto entabla una relación con una mujer 10 años mayor que él: Elvia, una muchacha de 30 años que conoció cuando ella acudió a la cafetería Finca Santa Veracruz.

Se hacen entonces frecuentes los encuentros con ella, varios de los cuales (unos seis o siete) continúan en su habitación y terminan en la madrugada.

La relación no es tan duradera, pero eso no importa tanto porque pronto conoce a una joven con la que le agrada estar.
—Bebé, mañana que vengas márcame hasta que te conteste. Estaré dormido, pero quiero verte, mi nena preciosa —le escribe Carlos en su celular.

—Ok –responde Nancy antes de que tengan su primer encuentro, luego del cual acuerdan en encontrarse al día siguiente.
—Te espero en la entrada de mi casa. Quiero pasarla bien contigo como hoy. Estoy abierto a ver qué pasa con nosotros. El tiempo lo dirá todo. ¿Tú qué dices, bebé? –coquetea Carlos y trata de dejar abierta una puerta.

Pero con ella tampoco se produce nada serio, como tampoco ocurre con Fanny ni con Sandra, quien también acostumbra visitarlo en la cafetería y con quien disfruta ir al cine.

Nada. Intentos fallidos, pero ninguna se queja de él.

* * *

Javier tiembla, su cuerpo se sacude. Se encuentra asustado por lo que ha pasado. La desesperación lo inunda. No puede cargar el cuerpo sin vida de Sandra. Ese estilizado cuerpo pesa como una losa. Así que piensa y piensa qué hacer.

Se dice a sí mismo que si no puede cargarla, debe separarla. Y se pregunta entonces dónde está su inteligencia, esa que lo hace sentir tan orgulloso. Corre a la cocina, toma un cuchillo de unos 20 centímetros, lo encaja hasta al fondo de la axila y empieza a cortar.

Eso se convierte en un sacrificio. Cercena luego una pierna y después la otra. La sangre lo invade todo. El piso se llena de sangre. Se forma un charco enorme. Le da asco y quiere vomitar. No sabe lo que está haciendo. Pierde la proporción de las cosas. El cuerpo de Sandra se ha quedado ya sin extremidades. Anda de nuevo a la cocina, toma unas bolsas negras de plástico para la basura, guarda un brazo en una, otra parte en otra…

Sale sigilosamente del departamento 10 con una de las bolsas. No hay gente en la calle. La madrugada lo oculta. Va y deja una de las bolsas en un bote de basura. Regresa y saca una bolsa más. La tira un poco más lejos, en los alrededores de una jardinera de la unidad Tlatelolco. Completa la operación en lugares cercanos a su edificio.

La ropa se ha salpicado toda. Sus dos playeras, la de manga larga y la de manga corta, muestran las salpicaduras color rojo oscuro. Él está todo sucio. La de manga larga no tiene remedio y opta por echarla a la basura. Intenta lavar la otra.

Se siente sucio, mal.

* * *

La mañana del 29 de junio, la pareja formada por Virgina Ovalle y Javier Méndez se levanta temprano y decide viajar de Tecámac, estado de México, al DF. Sirve que aprovecharán para almorzar con su hijo Javier, que se ha quedado a dormir en el apartamento que la familia tiene en el edificio Juárez de Tlatelolco.

Al llegar, tocan el timbre, pero Javier les pide que lo disculpen, pues está cansado y debe completar los trámites pendientes para obtener la beca que le permitirá ir en unos meses a estudiar a Alemania. Les propone que pasen a la mañana siguiente por él.

Así lo hacen. Javier gana unos días de calma. Los pasa en su casa en Tecámac. Nada altera en apariencia la rutina. El calendario se detiene cuando luego de varios días su madre decide ir al departamento de Tlatelolco.

Virginia Ovalle desciende del elevador cuando se topa con un equipo de hombres con batas blancas, algunos con cubrebocas, que ocupan el departamento. Van y vienen de un lado a otro. Toman fotos, enfocan los rincones, los muebles. Otros peritos esparcen polvos amarillos en la superficie.

No sabe qué ocurre. La fiscal Claudia Cañizo, una mujer con 15 años de trayectoria a cargo de la investigación, ha logrado que un juez le conceda una orden de cateo para entrar al departamento después de que la policía cibernética quebró la contraseña del Facebook de Sandra y descubrió que su última conversación fue con Javier.

—¿Qué está pasando? —pregunta doña Virginia.

La fiscal Cañizo responde la pregunta y le cuenta por qué del allanamiento: la entera del homicidio y de lo que Javier hizo con el cuerpo de Sandra.

Unas horas después suena el teléfono de la casa de Tecámac.

—¿Bueno? —contesta Javier.

Es su padre. No transmite el tono bonachón de siempre.

—¿Qué hiciste que la policía tiene detenida a tu madre y es por culpa tuya?

En realidad, la madre de Javier no está detenida. La fiscal Cañizo sólo le está tomando su declaración.

Javier balbucea, dice generalidades y acaba la llamada. Toma de la mano a su hermanito Tadeo y sale a toda prisa hacia la casa de una vecina.

—¿Le puedo encargar a mi hermanito? Más tarde vendrán mis padres por él —pide Javier.

—Claro, mijo.

No lo duda. Huye sin más.

* * *

Sandra Camacho vivía al fondo de un callejón empedrado y con baches, en una zona de riesgo: en Ixtapaluca, Estado de México, territorio en donde ocurre un sistemático homicidio de mujeres desde cuando Enrique Peña Nieto ejercía el poder, que en la actualidad crece con desenfreno. “Hay cosas graves que atender”, ha dicho el gobernador Eruviel Ávila en referencia a las más de 600 menores de 20 años que han desaparecido en lo que va de su mandato.

Aunque es una amenaza cotidiana en el oriente del Valle de México, las jovencitas salen todos los días. Sandra no era la excepción.

—Sus padres eran estrictos con la niña. No la dejaban salir de fiesta —dice una vecina y asegura que su hija y la joven eran amigas.

A espaldas de casa de Sandra, se encuentra la calle Camino Real, la misma que dos veces al año es tomada por la mayordomía del pueblo para instalar durante sus fiestas patronales un improvisado y pequeño hipódromo.

La última vez que la vecina vio a Sandra fue precisamente la mañana del 28 de junio de 2013.

—La niña pasó por aquí enfrente. Caminaba apresurada con una bolsa en el hombro. “Adiós”, me dijo. “Adiós, niña Sandra. Dios me la acompañe”, le dije. Luego cruzó aquel lote baldío para irse a tomar el colectivo, pero ya no regresó viva –relata la señora y se pone la mano en la boca antes de arrugar la frente.

Los restos de Sandra Camacho yacen en el panteón municipal, donde, ante la saturación de cadáveres, tuvo que ser sepultada en posición transversal al resto de las criptas, por donde transitan los deudos para visitar a sus difuntos, entre el pie de una y la cabecera de otra.

“Sandra Camacho Aguilar 1996-2013. El que te hayas ido no significa que nosotros te olvidemos porque parte de ti se queda con nosotros. Siempre te recordaremos con el mismo amor. Recuerdo de tus padres, hermanos, familiares y amigos”.

Eso se lee en el retablo de su cruz blanca, debajo de la cual han colocado un arreglo floral, con girasoles y globos plateados en forma de estrella.

Un rehilete azul se mueve con el viento.

* * *

Un año y un mes después del homicidio de Sandra, la fiscal Cañizo se levanta temprano y se despide con prisa de su esposo, un reconocido chef; sale corriendo porque la noche previa ha recibido una llamada a su celular.

Apenas se aprecian los primeros rayos de sol cuando cruza la puerta de su oficina en la fiscalía desconcentrada en la delegación Cuauhtémoc en DF.

Y hace lo de siempre: revisa que las veladoras que acompañan permanentemente un altarcito dedicado a la virgen de Guadalupe estén encendidas.

Sobre su escritorio, a la mano, una Biblia entreabierta. Se acomoda el saco y se dirige al cuarto de interrogatorios.

Javier la espera sentado. Ahora usa el cabello más corto, pero eso es lo menos importante. En un año se desvaneció la pose de orgulloso campeón con medallas colgándole del pecho.

Es otro. Es el mismo Javier, pero es otro. Tiene los muslos juntos e inserta sus manos entre las piernas. Sus ojos, inflamados y rojos, reflejan los estragos de las últimas horas. Abatido, su mirada carece de brillo alguno. Las líneas de su rostro están descompuestas, no guardan nada del rostro de aquel joven que despertaba profunda admiración y sabía que el futuro le deparaba sólo cosas buenas.

La fiscal Claudia Cañizo mantuvo durante 13 meses, sin soltarlos un momento, los hilos de la investigación. Hizo todo lo que debía hacer, lo que los años de experiencia acumulada le han enseñado para resolver un caso  que en la jerga policiaca es considerado de “alto impacto” por lo inusual y el perfil de la víctima: una niña de 17 años cuyo cuerpo aparece descuartizado en botes de basura y jardineras.

Prioritario sobre otros asuntos a su cargo, el de Sandra debía ser resuelto obligadamente y no engrosar los expedientes sin culpables.

Cuando Claudia Cañizo, una abogada egresada de la Universidad del Valle de México, comenzó a unir los fragmentos, algo la inquietó: el perfil del autor del asesinato no correspondía al que cabía esperar de un feminicida.

Cañizo entrevistó a amigos del campeón de física, a sus compañeros de escuela, a miembros del equipo de futbol americano. No encontró, para su sorpresa, los rasgos propios de los criminales más crueles y sádicos. Y, sin embargo, Javier sembró a su alrededor fragmentos del cuerpo de Sandra.

Lo que ha escuchado de Javier es casi homogéneo: es un joven esforzado, estudioso, amable y educado, respetuoso, con una conducta individual que evita excesos de cualquier tipo. Ese es el Javier que los policías que lo detuvieron encontraron. Ni un tuteo. Ninguna mirada retadora, altanera, muchos menos insultos ni desprecio a la autoridad como suele ocurrir con los asesinos.

Yace ahora, sentado, temeroso. Parece un condenado a muerte. Y la fiscal, a sus 38 años, experimenta una extraña empatía hacia el joven que tiene enfrente. No es que dude de que haya acabado con Sandra, sólo que no entiende por qué y cómo un muchacho como él, con sus talentos y características, hizo lo que hizo.

Cañizo se halla desconcertada. La vida del muchacho casi se jodió, sin duda. No hay manera alguna de que evite una larga condena, de hasta 60 años en prisión.

—¿Tu hermanito es tan inteligente como tú? —pregunta y trata de crear un clima de confianza.

—¡No, espero que Tadeo no sea como yo! —responde y se le escapan lágrimas. Su hermano, de siete años, lo veía como un segundo padre.

Javier no ha negado en ningún momento los hechos, pero ha insistido en que no sabe qué le ocurrió, por qué lo hizo. Ha llorado, ha pedido que le crean, que no es una mala persona, que no entiende, que no tenía mala intención, que perdió el control.

—¿Sabes? A mí me gustaría tener un hijo como tú. Un campeón como tú. Así de inteligente –dice Cañizo con un aire maternal y protector, a pesar de que aún no ha experimentado la maternidad–. Tú sabes lo que es el reclusorio. Ya no eres un niño, Javier. Allí te encontrarás con gente de todo tipo, pero hay muchas actividades que puedes hacer. Estudia y enseña también. Comparte tus conocimientos.

—¿De veras puedo hacerlo? —pregunta Javier con actitud casi infantil.

—Por supuesto que puedes hacerlo.

—Voy a cumplir con todas las reglas que me pongan en el reclusorio. Yo voy a cumplir, ya no voy a dar problemas –dice y pasea su mirada sobre peritos, sicólogos y agentes del ministerio.

Javier parece en este momento el joven más frágil y solitario del mundo.

Claudia Cañizo y el agente que la acompaña se ven a los ojos y voltean hacia el techo del cuarto de interrogatorios para evitar que se les escapen algunas lágrimas.

* * *

Son las nueve de la noche del 29 de julio de 2014 y el perito sicólogo se encuentra con Javier en la Fiscalía. Una vez que ha firmado el formato mediante el cual acepta que se le practique una evaluación de personalidad, el joven sorprende a su entrevistador.

–Estoy dispuesto a  colaborar, a cooperar, tengo incertidumbre de lo que viene en el futuro. Yo no sé por qué hice eso, es que me desconozco en ese momento. Es como si no hubiera sido yo –dice un Javier un poco desaliñado, vestido con la misma camiseta guinda que usaba en la cafetería Finca Santa Veracruz.

Parece tenso, pero no es así. Su cuerpo adquiere una postura distinta porque un defecto congénito le impide escuchar en un oído y debe colocarse de una manera particu-lar. De repente presenta cierta dificultad para hablar, pero es producto de lo mismo.

Está acostumbrado desde pequeño a que la gente le note su defecto –cuando era chico le realizaron tres operaciones, una de ellas para separar la oreja y otra para hacerle un injerto, pero después ya no quiso, pues estaba harto de los hospitales y él se aceptó como es y ya, “con mi orejita mocha”–, pero no parece afectarle particularmente ahora.

Antes sí ocurrió. A los ocho años padeció los peores momentos de bullyng. Los niños a esa edad son crueles. Las burlas lo herían y lo dejaban lastimado. Por si fuera poco, su profesora de tercer año de primaria poco podía hacer para evitarlo. Aprendió a lidiar con ello.

Está cansado, pero dispuesto a seguir con el estudio, cosa que los peritos prefieren hacer el día siguiente. Y antes de que lo manden a dormir, Javier se dirige al sicólogo y le dice:

–Yo quiero saber por qué lo hice.

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Son las ocho de la mañana del día siguiente y Javier y el sicólogo tienen por delante una larga jornada que incluirá la aplicación de nueve test de personalidad y una entrevista sicológica forense.

—¿Por qué estás aquí? —dispara, a quemarropa, el perito.

—Estoy aquí por asesinar a Sandra Camacho —responde, llana y directamente. En ese momento, se detiene. Observa que el sicólogo escribe textualmente su respuesta.

Ahora él pregunta:

—Por qué tiene que escribirlo así de fuerte si yo ya dije lo qué pasó. Que lo pongan así me hace sentir que es algo cruel, esas palabras que dejan ver que lo que hice fue algo malo, de una persona que no soy yo, que me desconozco en lo que hice. No ponga así las cosas.

—Si se ponen así es porque tú las mencionaste así y, además, se debe saber tu versión de los hechos —replica el sicólogo y Javier prosigue.

Javier cuenta los detalles de cómo conoció a Sandra. De su cita en el metro, de la ida al cine, del paseo por parque, de los besos, de las insinuaciones, de la forma en que la sedujo, de la forma en qué se abrazaron, del tiempo que estuvieron juntos y de cuando volvieron vestidos a la sala de su departamento. Les cuenta más.

Les proporciona detalles y, lacónicamente, dice: “Ahí es cuando comenzó el infierno”.

* * *

Emilio Gonzaga sigue trabajando en la cafetería Finca Santa Veracruz. No pudo decir nada cuando su cuñado le reveló que su amigo Carlos, al que se había encariñado en poco tiempo, en realidad se llamaba Javier Méndez Ovalle y era buscado por el asesinato y descuartizamiento de una joven de 17 años. Don José Bocanegra, el gerente del lugar, se ha quedado afligido. Aún no lo puede creer.

Los empleados de Liverpool se enteraron apenas de la verdadera identidad del muchacho que hacía más llevaderas las ventas de instrumentos musicales. Cuando lo supieron, se les descompuso el semblante.

Javier se encuentra en el Reclusorio Norte, en espera de que el juez que lleva su proceso dicte sentencia. Aunque uno nunca sabe, no hay manera de que este brillante joven conozca lo que Wystan Hugh Auden, el poeta británico, decía: “El asesinato es lo único que elimina a la persona que hiere, de modo que la sociedad debe ocupar el lugar de la víctima y exigir en su nombre la expiración o conceder el perdón”.

Javier no podrá ver a su hermano Tadeo en muchos años. Tampoco es que quiera que lo vea en prisión.

Aunque quizá, como ya lo ha hecho en varias ocasiones con otras personas, le gustaría que lo escuchara, le gustaría decirle al oído una de las frases de la canción  Brain Damage, de Pink Floyd:

“Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo”.

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Este reportaje es un texto periodístico de no ficción. Todos los hechos descritos están basados en entrevistas y relatos de los protagonistas, expedientes judiciales, la evaluación sicológica, correos electrónicos y mensajes de celular. 

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Comentarios (102)

  • M

    Misogino de mierda.

  • Jose

    El asesino era un genio con un brillante futuro y la victima era una persona con otro tipo de aspiraciones, los datos frios de cada uno de los antecedentes así lo confirman. Tal vez quieran que el autor mienta y diga que Sandra era una superdotada y el joven un vago. Pues lo siento, no era así y si le dedican mas espacio al asesino es por que su vida era mucho mas interesante y es objeto de estudio.

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