Tiempo de quitar al PRI los colores patrios -Por Gibrán Ramírez Reyes

La cáscara de la historia - Página: 70 - No.336

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Tiempo de quitar al PRI

los colores patrios

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Por Gibrán Ramírez Reyes*

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Creo que el PRI ha sido muy generoso
en permitirnos usar sus colores
en nuestra bandera.
Carlos Monsiváis

 

Puede verse, desde el arranque del nuevo periodo de sesiones de la Legislatura, que es poco probable que se alcancen acuerdos relevantes más allá de las iniciativas presidenciales preferentes, que hay que dictaminar y votar sí o sí. Los aires son otros, de los que soplan en tiempos electorales. El proceso inicia en octubre. Desde ahora todo cambia: los legisladores codician y cuidan candidaturas, se paran de cabeza para salir en la televisión, esconden amistades obvias y ven brotar en ellos una efímera identidad partidista, inflamada, que calienta las sesiones en las cámaras. Con todo y fiebre —aprovechándola— la oposición podría cambiar la improductividad anunciada para resolver asignaturas pendientes en nuestro pluralismo. He aquí una: que ningún partido utilice los colores de la bandera.

Que el PRI tenga en su emblema los colores de la bandera tiene por lo menos dos efectos perniciosos. Uno simbólico y uno práctico atado al primero.

El problema simbólico es que, por definición, un partido, en un régimen democrático, representa sólo a una fracción de ciudadanos que se identifican con él y, por tanto, no deben usufructuar aquello que da identidad a toda la nación.

El problema práctico tiene fuertes raíces históricas. El PRI y el gobierno estuvieron fundidos mucho tiempo. Los funcionarios partidistas hacían gestiones de gobierno y los servidores públicos labor partidista. Esto, y el obvio uso de los colores patrios para la distribución de servicios, hizo que mucha gente votara por el emblema que identificaba el progreso: el de quienes traían el agua, la luz, las semillas, además de otras soluciones asociadas con la bandera. Aunque el problema parece viejo, al menos tuvo implicaciones hasta la formulación del programa Solidaridad (que luego fue Progresa, después Oportunidades y hoy Prospera), que usó la combinación del lienzo nacional. La solución, si puede llamarse así, fue quitar el verde, blanco y rojo a los programas oficiales, principalmente cuando el PAN tomó el poder, en vez de arrebatárselos al PRI. ¡El mundo al revés!

Apenas en las elecciones de 2012, el PRI mostró que le va mejor donde existe mayor marginación. En algunas de las zonas más pobres, las votaciones alcanzaron niveles de hasta 83 por ciento. No es aventurado pensar que mucho del clientelismo evidente se facilita por la identidad PRI-nación que sugieren los colores. David Recondo registró un testimonio que ilustra dicha identidad, apenas en 1999, en Jamiltepec, Oaxaca1.  A su pregunta sobre el apoyo al PRI de parte de todo un pueblo, el tatamandón contestó que era “porque seguimos siendo fieles a la bandera nacional, que estuvo siempre con nosotros. Porque hace muchos años que es así. Nuestros abuelos lo hacían así, es la costumbre”.

La disociación del PRI de los colores patrios podría llevarse por dos vías: modificar la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales, o bien, la Ley General de Partidos Políticos (en su artículo 25). Justo antes de octubre vence el plazo para modificar leyes con consecuencias electorales, debido a la cercanía de los comicios de 2015. En el Congreso de la Unión, 288 diputados y 76 senadores no son priistas; si votan todos a favor, la iniciativa prosperaría.

—¿Y ora, cómo voto?
—Ponga la cruz en el nombre de su candidato.
—¿Y cuál es mi candidato?
—¿No es usté mexicano? Vote por los colores de la bandera.

¡Silencio pollos pelones, ya les van a echar su maiz!
Emilio Carballido, 1963

La propuesta que expongo no es nueva. Fue una causa opositora, intermitente en el siglo pasado, que debería ser retomada. Quizá los partidos de oposición están en el trance de recordar su papel o acercándose a ideas para hacerlo (mientras el PRI abre fuego sin ambages, contra medianos y pequeños con su propuesta de consulta). Que este recordatorio sirva para llevarlos a las puertas de la memoria.

Para el PAN, la lucha por desidentificar los colores patrios del partido de la Revolución fue importante desde siempre. De hecho, su emblema oficial, como lo define el artículo 7 de sus estatutos —que se mantiene así desde 1939, según algunas fuentes—, lleva una franja donde los colores de la bandera nacional están flanqueados por las palabras Acción Nacional. El PAN no pudo llevar ese emblema como distintivo electoral porque los colores ya los ocupaba el PRM (Partido de la Revolución Mexicana), antecedente del PRI. Por eso, desde 1940 utilizan el distintivo azul que conocemos y el emblema tricolor permanece ahí como un testimonio de la lucha por arrancar los símbolos patrios del que fue el partido del régimen.

En el mismo caso se vio la izquierda, años más tarde. Fue el PMS (Partido Mexicano Socialista) el que complementó sus colores, en 1988, con un ribete blanco y verde que completaba una franja tricolor en la orilla, para sugerir su carácter nacional y nacionalista. Pero no se trataba del logo oficial. El PRD quiso llevar esos colores desde su surgimiento; pidió que el sol azteca que lo identifica estuviera formado por líneas rojas y verdes, y se topó con la negativa de la Comisión Federal Electoral, en manos del gobierno. La posibilidad le fue denegada: esos tres colores tenían dueño. Curiosamente, esta es la razón por la cual el sol del PRD es negro: un color de luto para protestar contra el autoritarismo que monopolizaba los colores patrios, según explicó alguna vez Laura Itzel Castillo.

Las controversias más recientes fueron en 1994 y 2000. En 1994, Rosario Ibarra, como presidenta de la Convención Nacional Democrática emanada del movimiento zapatista, propuso que se realizara un gran plebiscito para arrebatar al PRI los colores de la bandera. Entonces no había Ley Federal de Consulta Popular, ni alternancia, ni el PRI había perdido la mayoría en el Poder Legislativo. La iniciativa, obviamente, no prosperó, aunque hubo perredistas que fueron a la sede del PRI a arrancar, literalmente, las letras del partido de encima de los colores de la bandera.

En 2000, tras la negativa de las autoridades electorales para que el PAN utilizara en las boletas el rostro de Vicente Fox como emblema, los panistas respondieron con la petición de que el PRI dejara de usar los colores patrios. A su petición se sumaron PVEM, PARM y PRD. El Tribunal Electoral resolvió que era legal, según la reglamentación vigente, que el PRI usara esos colores, aunque también podrían usarlos los demás partidos. Eso no solucionó el problema, pero sí logró que se dejara de lado. Sólo recuerdo a Estados Unidos como ejemplo de un pluralismo donde los partidos usan los colores de la bandera nacional. En nuestro país, por razones históricas, ya no es posible.

En su reciente informe presidencial, Enrique Peña Nieto dijo que se vive en el país un ambiente de normalidad democrática. La oposición tiene de dos: aceptar acríticamente lo que dice el jefe del Ejecutivo, o hacerle ver que se equivoca y que hay asuntos por resolver que, además, pueden mejorar la equidad electoral.

Si se buscaba algún momento propicio para arrebatar al PRI los colores de la bandera es precisamente este, ahora que ha abandonado el nacionalismo energético y ya eliminó de sus estatutos el nacionalismo revolucionario para cambiarlo por la “socialdemocracia”. Para el PRI no sería trágico: podría sustituir su emblema por los colores primarios, dando cuenta que cualquier mezcla ideológica —cualquier color posible— tiene cabida ahí.

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* Politólogo por la UNAM. Alumno de maestría en El Colmex.
Colaborador de Octavio Rodríguez Araujo en el libro Poder y elecciones en México.
@GibranRR

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