Se agita el jazzindario en México

Cultura - Página: 22 - No.335

SE AGITA EL

JAZZINDARIO

EN MÉXICO

LA ESCENA SE INCUBA EN
RESTAURANTES, BARES Y PIZZERÍAS

.

El jazz invade la ciudad: lo oímos en estaciones de radio, lo comemos en fondas, cafés  y pizzerías, lo bebemos en los bares, lo disfrutamos masivamente en festivales al aire libre y ¡hasta en el Metro se toca jazz! Parece una moda, pero los que saben aseguran que su actual efervescencia es producto de la constancia de un siglo. ¿Nuevo nicho de negocio o fenómeno cultural? En la vibrante escena del jazz mexicano nadie está de acuerdo…

.

POR GEORGINA HIDALGO VIVAS
FOTOGRAFÍAS: CHRISTIAN PALMA

.

Uno de abril de 2014. Germán Palomares, locutor y promotor de jazz, se acomoda en la orilla del sillón y toma el micrófono. Con su voz grave y seductora, y la autoridad que le dan 44 años de trayectoria, inaugura el esperado Encuentro de Jazz en el Museo de Arte de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Hace siete años que no se reunían músicos, promotores, programadores, discográficas y escuelas de música para reflexionar sobre la escena del jazz mexicano, así que el foro es en sí todo un acontecimiento.

Ahí están los bar-restauranteros más activos de la capital, como Ernesto Zeyvi, del Zinco; los hermanos Edgardo y Alberto Aguilar, de la fonda portaleña El Convite; Óscar Adad, de La Terraza del Centro Cultural España. El ex gerente de la única estación de radio defeña dedicada completamente al jazz platica con el pianista Alex Mercado, el contrabajista Agustín Bernal y Jaime López. Incluso los productores Eddie Schwarz, del festival de Jazz de Polanco; Napoleón Ochoa, curador del Eurojazz del Centro Nacional de las Artes; el crítico Juan Arturo Brenan, el periodista Antonio Malacara y el fotógrafo Fernando Aceves han llegado a la cita.

Pero a Palomares, el nuevo gerente de Horizonte 107.9 FM, “La casa del jazz”, y conductor de los mejores programas del género en Radio UNAM y Radio Educación desde 1970, le parece que no hay nada que celebrar.

Definitivamente no se encuentra entre los optimistas que aprecian una etapa de esplendor en el jazz mexicano. Cree que cada vez hay mejores músicos pero pocos lugares para tocar, y “algunos de pésima categoría, donde pagan honorarios de personal de servicio a los artistas”.

Con perfecta dicción comparte su diagnóstico: “Las escuelas tienen ambiguos planes de estudio y docentes mediocres. La crítica es inexistente entre los periodistas y muchos naufragan en la valoración estética”. En la televisión cultural rara vez se habla de jazz e incluso Horizonte es una estación de radio a años luz de lo que él quisiera que fuera, donde “el rating es más importante que la calidad”.

La cara de júbilo comienza a borrarse en el rostro del director del Museo de la Secretaría de Hacienda que esperaba celebrar “alegremente y con muchos conciertos” los 20 años del recinto como sede cultural jazzera.

Todos los aspectos son diseccionados por el ojo crítico del experto locutor. En resumen: el jazz mexicano pasa “inadvertido” para el público, la plataforma mediática es “inexistente”, la programación se hace “con concesiones”, las instituciones “tienen más interés en gastar presupuesto que en crear cultura musical” y entre los músicos existen “pseudorepresentantes cuyas técnicas les funcionan en otros géneros pero no en el jazz”.

No oculta su enojo. El otro día apareció un colega y le dijo que “México es uno de los pocos países donde se puede vivir del jazz”. Y entonces sí explotó. “Estas afirmaciones temerarias no hacen más que ponernos en desventaja y dar una imagen de lo que el ambiente del jazz no es”, aclara.

Él, que se enamoró de este género al escuchar por primera vez a Thelonious Monk y Bill Evans, aún sus músicos favoritos, no permite que menosprecien al artista.

“¿Quién se enteró de los logros del baterista Antonio Sánchez (ahora integrante del Pat Metheny Group), de los del pianista Héctor Infanzón y su triunfo en Indonesia; o los del baterista Rodrigo Villanueva, la pianista Alina Ramírez o el guitarrista José Iki Muñiz?”, pregunta a la consternada audiencia.

Finalmente clava el dedo en la llaga: “La escena musical de México está severamente atrasada porque no hemos sabido dar a los artistas el trato social que merecen”. Porque la música es “eso” que se oye a lo lejos en una conversación y sólo cobra notoriedad cuando de bailar se trata o estamos en ambiente de fiesta.

Durante algunos segundos, todos los asistentes enmudecen.

* * *

Colonia Portales Oriente, sábado 19 de julio, 22:30 horas. Germán Bringas, productor, multinstrumentista y regente del Café Jazzorca, sopla su sax tenor con intensidad, sube su rodilla a la campana y emite sonoridades que se mezclan con los juegos de prestidigitador del pianista Gerardo Peña, la agresiva polirritmia del baterista Gabriel Lauber y los pellizcos elásticos del contrabajista Itzam Cano.

Sonidos intensos, fragmentados más allá de cualquier vibración conocida, fluyen libres en este escenario situado en la calle de Municipio Libre 37-A, donde desde 1993 se da a conocer y se apoya a músicos con su propio lenguaje, “que gustan de correr riesgos de a de veras y subirse a tocar sin agarrarse de nada ni nadie para valer por sí mismos”.

La semilla del jazzindario portaleño se plantó aquí hace justo 20 años, a un lado de la higuera del patio de esta casa del médico Douglas Bringas que sirvió para restaurante de comida norteña, burdel clandestino y jardín de fiestas infantiles. Luego de años de estar abandonada, con humedad y vidrios rotos, llegó a habitarla el joven Germán.

Con él llegaron el free jazz y la improvisación libre, sus saxofones, trompetas, teclados, piano, sus tank drums (hechos de tanques de gas) y erizo drums (un aparato electroacústico para hacer “noise manual”). También sus descubrimientos perceptivos de la realidad; sus sueños conscientes donde “la música del otro lado” se le revela luego de que Carlos Castaneda le recomendara “quitarse la telarañas en un río de agua helada”; sus experiencias como compositor en aquella expedición de científicos y músicos a Los Cabos para registrar el Canto de las ballenas y otros mamíferos; sus entrenamientos en el campo, sometido a esfuerzos físicos radicales.

Germán Bringas —delgado, pelo largo canoso, calvo, nariz aguileña, sereno— ha convivido con “ese algo más” desde que a los siete años el primer piano entró a su casa y su hermano mayor Douglas empezó a tocar como poseído la Patética de Beethoven sin que nadie le hubiera enseñado a leer la partitura, mientras él escuchaba atento, maravillado por los colores que podía ver con cada nota. Azul para el si, naranja para el la…

Sinestesia, oído absoluto, magia. Sí, debe haber magia en el Café Jazzorca porque adentro no hay mayores artificios: dos telas negras sirven como fondo y su único adorno es una manta con el logo del sello independiente Jazzorca Records: una figura de hombre volando sobre montañas.

Tres focos dan luz ambiental. En la sala, unos 80 jóvenes sentados en sillones, otros en las mesas beben cerveza y tés de higo, especialidad de la casa. A la izquierda, una amplia escalera sirve de grada y en la derecha un tapiz de frondoso bosque enmarca la pequeña barra de madera.

Zero Point, la primera banda mexicana de free jazz que fue producida en el especializado sello sueco Ayler Records (de Albert Ayler, amigo de John Coltrane) está a punto de terminar su presentación. Seguirá el noise del sax soprano José Luis Bobadilla; la impro de reacción de Rodrigo Ambriz, el piano a cuatro manos de Deborah Silver y Gerardo Peña.

El público enloquece, pide más. Germán toca hasta con los codos, rafagea a la audiencia. Miles de músicos han pasado por esa tarima en estas dos décadas: Marco Eneidi (saxofonista de Cecil Taylor), Elliot Levin (saxofonista de la Sun Ra Arkestra), la cantante de impro Shelly Hirsch (John Zorn), Pete Uuskyla (baterista de Peter Brötzman), por nombrar apenas cuatro.

Algunos han quedado registrados en las 67 producciones del catálogo de Jazzorca Records, un tesoro muy cotizado entre melómanos e investigadores sonoros del mundo. Otros sonidos sólo permanecerán en la memoria de Bringas, como la música del pianista xalapeño Adrián Ríos, “un verdadero outsider pateado por la sociedad; si lo oyera Cecil Taylor se volvería loco. Si Adrián hubiera nacido en el Bronx, ya sería el mejor pianista de free jazz del mundo”.

Veinte años después, la colonia Portales Oriente es el centro de singulares experimentos gastronómicos y musicales, pero eso no le parece importante. Si fue culpa del Café Jazzorca tampoco “porque no era la intención”. Con un 99 por ciento de propuestas convencionales, conformistas, comerciales, complacientes, el jazzindario no va a ningún lado. Es una escena “que no se supera a sí misma”.

A punto de cumplir 50 años, Germán Bringas celebra. Su trayectoria está llena de música y experiencias sensoriales más allá de lo académico. De niño encontró los discos de Dave Brubeck ocultos entre los discos de su maestro de piano y dejó de asistir a clases. En la secundaria ya escuchaba a Coleman, Don Cherry, John Coltrane, pero fue el Rock en Oposición (un movimiento que intentó impedir que el rock gringo entrara a Europa) lo que definitivamente “le partió la madre”. Art Bears, los belgas Akzac Maboul, Universe Zero, Art Zoyd y Henry Cow hicieron el resto.

Mantener el Café Jazzorca ha sido una experiencia “increíble, dura y, en épocas, hasta devastadora”. La energía de miles de navegantes sónicos aún le da vida, la magia todavía se manifiesta en escena, en esos músicos que absortos escuchan sus sonidos internos y los sacan sin que interfiera su imaginación.

En el jazzindario, basta cruzar un puente para sumergirse en una realidad aparte.

* * *

¿Cómo fue que en un barrio dividido por ejes viales, con un salón de baile famoso, varios baños públicos, un mercado variopinto y miles de chácharas y antojitos a escoger detonó un movimiento gastronómico en torno al jazz?

Tal vez todo sea culpa de la “cocinera atrevida”, Lourdes Hernández, una locutora que organizaba concurridas tertulias en las calles de Alhambra y Balboa.

Así lo recuerda Alberto Aguilar, un cuarentón portaleño que creció oyendo en la radio jazz y las recetas musicales de la atrevida cocinera. Entre big bands, be bop y latin jazz, él y sus cuatro hermanos iban de niños a los conciertos sólo para tener que pelear las butacas con un montón de adultos estirados.

Había que ser testarudo para seguir por los senderos del jazz y crear la fonda El Convite hace 17 años. El “bicho raro” de la colonia, ubicado en la calle de Ajusco 81, se transformó en un modelo de restaurante-foro donde la buena música y la comida con identidad propia son el atractivo.

Hoy que las fronteras del jazzindario se difuminan entre el sur portaleño, el Centro Histórico, la Roma-Condesa, Patriotismo, Satélite y hasta Pachuca, El Convite mantiene su atractivo. Seduce a músicos y comensales de todos los rumbos de la ciudad y los fines de semana casi es imposible cenar ahí sin reservación. Y sin embargo, Alberto Aguilar asegura que no está ganando carretadas de dinero con el jazz. ¿De dónde tenemos esta percepción de bonanza?

Según este activo empresario existe una sobreproducción de clubes pensando que hay mucho jazz, “pero eso no corresponde a la realidad”. Hay un público que no llega y casi todos los lugares tienen las mismas condiciones. Mercado “sí hay, pero el chiste es que la gente regrese a tu lugar varias veces”, dice.

En 10 años las salas de concierto y las instituciones culturales fueron rebasadas por fondas, cafés, bares y restaurantes, que ofrecieron más opciones para el jazz mexicano. Ahora los músicos ya no se sienten acomplejados al tocar en ellos y dan lo mejor, no sólo “un ensayo pagado”. Por su parte, los clubes se preocupan un poco más por tener las mínimas condiciones acústicas y de pago de honorarios.

El 30 de abril de 2014 el jazzindario celebró por segunda vez el Día Internacional del Jazz y la Unión de Clubes de Jazz de la Ciudad de México registró poco más de 10 lugares donde cotidianamente se programa la música sincopada (Jazzorca, El Convite, Zinco, Pizza Jazz, Las Musas de Papá Sibarita, Papa Beto, Jazzatlán, Film Jazz Café, La Terraza del Centro Cultural España, Blue Monk, Jazz Base).

“Estamos en pañales”, considera Ernesto Zivy. Lleva 10 años regenteando el Zinco y prefiere ser realista. El estudio de mercado que aseguraba que era buen negocio instalar un club de jazz en la caja fuerte de un banco estilo neoclásico en el Centro Histórico, mintió.

Sigue siendo “puro amor al arte”, pero la mejoría es notable. Al menos ya puede pagar mejor a los músicos y su grupo de batalla (Paté de Fuá) llena ahora el Teatro Metropólitan; 35 mil personas siguen la página de Facebook del Zinco y hasta Paquito de Rivera, el rey del latin jazz, baja a tocar al local de la calle Motolinía. Aunque “apenas alcanzó para pagarle sus honorarios”, en este vecindario perder a veces significa ganar.

Cruzando el Zócalo, desde la terraza del Centro Cultural España, que tiene cinco años programando un día de jazz a la semana, Óscar Adad pide ser conscientes de quiénes somos y no fantasear con que estamos a nivel mundial. “La escena es pequeña, no hay estrellas de nivel internacional y es difícil no repetirse”.

Es probable que el productor Eddie Schwartz tenga razón. Pionero de la organización de festivales en la ciudad (Heineken Jazz Festival, Jazz Master en el Manolo Fábregas y el Festival Internacional de Jazz de Polanco): para él “todo en la vida es marketing”. Y eso le falta al jazz mexicano.

Volanteando en el Eurojazz se dio cuenta de ello. Varios le preguntaron:

—¿Y por qué cobras?
—Oye, tienes cinco súper bandas, a 150 pesos, con regalos de patrocinadores y no quieres pagar. La pianista Hiromi Uheara cobró mil 400 pesos el boleto en el Lunario y tuvo dos noches llenas a 80 por ciento. Ya basta del  “es gratis y si no, no voy”.

* * *

Marzo 2014. En el Centro Nacional de las Artes el Festival Eurojazz celebra su XVII edición. Sentados en esas sinuosas hondonadas del campus artístico de Río Churubusco, subidos en árboles o acostados en el suelo, miles de jóvenes escucharán cada fin de semana “lo mejor del jazz europeo”.

Se esperan aproximadamente 100 mil asistentes durante todo el mes, así que la fiesta se ha mudado a los jardines. Hace ya muchos años que se le considera un fenómeno juvenil, “la joya de la corona del Cenart”, “el más grande y con mayor tradición de los festivales organizados por las embajadas de México y la Unión Europea”, pero en el jazzindario muchos creen que es “un lobo vestido de oveja”.

“Es una propuesta happening, para estar ahí de manera incómoda, con músicos de calidad cuestionable y sin nadie que aporte algo de valor sobre ello. Lo peor es que compiten por espacios y promoción con los músicos mexicanos que sí lo merecen”, truena Germán Palomares.

No es el único con críticas. Músicos, periodistas y el mismo público reiteradamente cuestionan la oferta musical pseudojazzística “que no sabemos bien a bien por qué mecanismos viene para acá”.

Carlos Arturo Briz, director de programación artística del Eurojazz, se incomoda con la pregunta. Al ser un proyecto de cooperación internacional, “la curaduría definitivamente no existe como línea de selección”, reconoce.

Cada ministerio europeo es el responsable de seleccionar a los participantes y, como anfitrión, el Cenart no puede poner un tope al cartel, o cuestionar la trayectoria del grupo sin ocasionar un “altercado diplomático”.  La institución “sólo” cubre la estancia y los gastos de alimentación y proporciona el equipo técnico para los conciertos, pero la parte más costosa (el viaje y el pago a los grupos) “corre por cuenta de la Unión Europea”.

Más que un foro para mostrar lo mejor del viejo continente, resulta una plataforma extraña que, al ser de entrada libre, genera una cultura perjudicial de la gratuidad.

Los que ignoran asuntos de diplomacia en verdad creen que el Eurojazz “trae a lo más representativo de cada país”, pero desde 2008 apareció la tendencia de invitar a tocar a extranjeros radicados en México. No es precisamente una muestra de la música europea, pero ¿es culpa del Cenart o de la crisis económica mundial?

¿Por qué no podemos decir a los europeos que acá también sabemos de jazz? ¿Por qué no se hace un “Mexijazz” en la UE en correspondencia?

Entre el público, algunos aplauden el esfuerzo y piden que cada quien tome de ese festival lo que le interese, convenga o convenza.

Por el momento, parece ser lo único que queda.

* * *

En la calle de Mexicali 85, el bar Black Horse ahora es un lugar “amplio”, con mesas para sentarse a gusto. Aún tiene la misma barra cantinera y el mismo mini escenario junto a los baños del fondo, pero a principios de 2000, cuando el saxofonista Diego Maroto lo domó para el jazz, el Caballo Negro era sólo una pequeña, incómoda y atascada cantina rocker en la colonia Condesa.

Lo que comenzó como una invitación casual se volvió toda una tradición: los martes de jazz. Y Maroto agregó un nuevo reto a su carrera de trotamundos musical, que para entonces ya incluía sus propias búsquedas alrededor de los sonidos de Charly Paker y John Coltrane, una educación “Montessori” en talleres con grandes músicos y compositores de México, Boston, LA, Nueva York; tocadas de rock con Simples Mortales, Santa Sabina, La Dosis y con muchas “buenas compañías” que conoció en el Nueva Orleans y el Aramis (después Arcano) tocando jazz en los grupos de Enrique Nery y otros maestros.

No fue fácil calentar el bar entre semana. Al principio nadie venía. Sólo cinco años después, su estilo energético y su repertorio lleno “intensas rolitas”, pocas baladas, un poco de jazz funk y grandes dosis de hard bop y be bop lo llevarían a tener por fin un público cautivo formado por músicos, curiosos y entusiastas amantes del jazz con quienes “hasta se armaba la jam session al final”.

Diego Maroto tocó en el Black Horse 13 años seguidos. El público se volvía loco con tanto tempo y energía. Como ahora que tiene embelesados a varios bebedores con sus temas originales Objeto transicional y Zombie. Esa muchacha cierra los ojos y fluye mientras se aferra a su tarro de cerveza. Allá atrás le gritan que “está cabrón” y se enciman en las mesas para verlo.

Hace cuatro años que no se tocaba jazz en el Caballo Negro, y hoy que es jueves de refill, llueve sin tregua pero el sax tenor se siente en casa. Subido de nuevo en ese miniescenario “juega” con los singapurenses Benjamin Low (batería) y Jonathan Ho (contrabajo), a quienes conoció tocando con el trompetista venezolano Michael Simon en el No Black Tie, uno de los prestigiosos clubes de jazz de Kuala Lumpur.

Luego de presentarse por los mejores festivales y clubes de jazz  japoneses, malayos y singapurenses, Maroto regresó a México para presentar su Asian Tour, su más reciente disco, grabado en vivo a fines de 2013.

Su mundo ya ha dado muchas vueltas y no parece querer parar. Se ha convertido en toda una celebridad, el pionero del jazzindario, un “músico de fonda” al que no le importa que la escena mexicana se incube en restaurantes, bares y pizzerías y no en las salas de concierto.

Es precisamente en estos lugares chiquitos donde más disfruta tocar jazz. Con poca gente, sin grandes sistemas de audio. Es otra sensación, incluso siente que cambia su forma de tocar. Acústicamente le gusta más, oír el sonido real de los instrumentos, hacer el balance uno mismo, sentir su propio sonido sin pasar por cables.

¡Oh, sí que es raro! Hay que serlo para compartir escenario con “los meros perros” de la escena mundial y preferir la intimidad de los bares. Cuando sacó su primer disco solista Mundo paralelo (2007) fue invitado al Festival Mexico Now! de Manhattan. Lo seleccionó el mismísimo Winton Marsalis del Lincoln Center y terminó tocando dos semanas en el Dizzys Club, un fastuoso foro de jazz en el cuarto piso de la Warner Tower. De lo más “selecto”, con código de etiqueta, donde antes de tocar la primera nota los meseros ya no sirven a nadie y el escenario es un enorme ventanal con vista al Central Park.

Entonces los de The New York Times publicaron críticas que ahora le parecen “mafufas y jaladas de los pelos”. Decían que su único defecto era no ser anglosajón, porque ya sería uno de los mejores del mundo. Hasta pena le da leerlas. Y eso que le dijeron “Agárrate, es del NYT y viene con la espada desenvainada”.

Sudando, en el miniescenario de tapetes rojos Maroto sopla su sax. Su forma de combinar ritmos, acelerarlos y abruptamente terminar el viaje arranca chiflidos aprobatorios.

Como un colibrí remonta el vuelo con sus alas de latón y los hijos de la noche enloquecen con los tonos roqueros. Está imparable. Logró conseguir, con un mes de anticipación, 24 fechas en México, él solo, sin manager,  así que su agenda tiene conciertos de miércoles a sábado y a veces domingos y lunes.

“¿Qué tal si entrara en esta dinámica de trabajo? Podría estar tocando así todo el año”. Es que para él no hay duda: la escena del jazz mexicano en bares y restaurantes está bullendo. Igual que el ambiente.

Anuncia Ya bailó, un swing colorido de percusiones contagiosas que hace a todos menear pies y cabezas. Es la despedida, pero más que un cierre es una estampida. A contracorriente, siempre a su manera, Diego Maroto vuelve a cabalgar la negra noche del jazz.

* * *

El comienzo fue difícil. Nuestro prócer de la alfabetización José Vasconcelos prohibió el jazz por considerarlo un “agringado ejercicio de salvajismo y penetración cultural”. Cien años después, altamente apreciado por la clase media mexicana, el jazz nacional va tomando forma.

Aunque el periodista Antonio Malacara y el etnomusicólogo Rubén Luengas creen reconocer genes del son abajeño y el swing serrano en sus raíces, hoy nadie podría decir bien a bien cuál es el distintivo local. “Cada vez se busca menos imitar, todos quieren sobresalir con canciones propias. Algo está pasando”.

El rostro del jazz mexicano se transforma, adquiere confianza, deja de menospreciarse y se lanza a la conquista de nuevos públicos, del mundo.

Y como en tiempos de Vasconcelos, la educación parece estar de nuevo en el centro del debate. Sin maestros ni infraestructura que priorice la enseñanza musical desde la infancia, todo queda por hacer para promover el género y conseguir nuevos públicos.

El rumbo lo marca el locutor desde su cabina radiofónica. “Queremos que los músicos pasen un escalón arriba, donde se den a conocer mejor. Generar cultura, amor por el género, no fantasías sobre lo de afuera y lo de dentro”.

No es una “alucinación chovinista”, el jazzindario ha rejuvenecido y anda alborotado.

Escoja su bando y su banda.

.

ee

_

Deja un comentario

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Revista emeequis

Desplácese hasta la parte superior