Yo, autodefensa: Así expulsamos a los Templarios

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Yo,

AUTO

DEFENSA

Así expulsamos a los Templarios

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Nadie lo hubiera imaginado: en apenas unos días los temibles Caballeros Templarios han sido cercados. Días de sacudidas y batallas inesperadas.

Campesinos, agricultores, ganaderos, comerciantes han colocado en jaque a uno de los más poderosos cárteles de la droga de México. Las autodefensas armadas han logrado lo impensable: expulsar de Nueva Italia y otros poblados a cientos de cuadros del crimen organizado enquistado en Michoacán.

POR ALEJANDRO SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍAS: REUTERS Y CUARTOSCURO

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Nueva Italia, Michoacán.- Quizá nunca lo sabrá, pero cuando este desgarbado flaco de escaso bigotillo se desparramó en los sillones de piel roja, dejó a un lado la AK-47, estiró la mano derecha y con el pulgar apretó el botón de encendido de la pantalla led que tenía en línea recta a unos cinco metros, estaba clausurando una época.

Cómo iba a saber este hombre que cuando sintonizó el canal 201 de Sky esa imagen sería captada por un fotógrafo que la inmortalizaría: porque de aquí en adelante, de este 12 de enero en adelante, pase lo que pase, el narcotráfico y Los Caballeros Templarios jamás serán lo mismo.

Este flaco, vestido con una gastada camisa polo blanca, en cuya parte posterior se lee “Buchanan’s”, se pasea hoy desparpajadamente por las siete habitaciones de esta residencia. Puede hacerlo porque se lo han encomendado y porque la batalla concluyó ayer. Las autodefensas a las que pertenece conquistaron la plaza.

La caída de Nueva Italia sería lo que el desembarco en Normandía o la batalla por Stalingrado, ocurridas en otras tierras y en otras épocas, pero aquí, en Michoacán, las autodefensas avanzaron hace 11 meses desde comunidades lejanas para cumplir su objetivo: arrebatar a Los Templarios el control del punto clave del crimen michoacano.

Ha caído Nueva Italia y también el bunker de Enrique El Kike Plancarte, el número dos del cártel, en cuyas habitaciones el flaco sin nombre fue captado por la cámara.

II Me llamo Raúl Martínez Mendoza y empecé a trabajar desde morrillo como ayudante en una granja de la Ruana. Pero terminé haciéndola de cortador de limones en Buena Vista, y luego le entré al jale de la papaya, donde era tinero. Después de que alguien echa la papaya a una bañera con agua, a mí me tocaba sacarla con una mano; en chinga la secaba con la otra y le ponía papel.

Como ya me había ganado la confianza del patrón, a veces también le ayudaba a manejar. Eran buenas chingas pero cuando llegaba el fin de semana pensaba que valía la pena. Mi salario era de 3 mil pesos semanales hasta que aparecieron Los Templarios y nos comenzaron a chingar.

Estos cabrones iniciaron extorsionando al comprador, el que traía el tráiler; luego siguieron con mi patrón, el dueño de la huerta. Por tonelada vendida le bajaban una feria, y entonces empezó a pagarme menos: de 3 mil a 2 mil 500, luego 2 mil, hasta llegar a mil 500 porque cada vez exigían más.

Eso no era lo peor. Ya con menos dinero en mi bolsa, empezaron a chingarme a mí, yo les tenía que dar una lana. Pasaban dos cabrones a la semana en una troca en la que traían cuernos de chivo. Uno de ellos se bajaba, casi siempre llevaba una cachucha y una bolsa cruzada en el pecho, y nomás estiraban la mano. Hasta 100 pesos había que darles. Pero a todo hay que ponerle un hasta aquí.

Me hice de agallas poquito después de que fueron a casa, en la que vivía con mis apás y mis carnales, y nos fijaron una cuota de 200 varos por cuarto construido en nuestro terrenito. ¡Hazme el chingado favor!

¡Por vivir en tu propia casa había que empezar a pagarles también! Allí fue donde valió madres.
Empezamos seis morros y yo a planear cómo reventarlos, pero casi nadie se animaba porque sentían miedo hasta que conocimos a un tal Simón El Americano.

III Conocí a Raúl ocho meses después de que se unió a las fuerzas de Simón El Americano, un hombre que ya llevaba tiempo en Michoacán y había sido gente cercana a Heriberto Lazcano, el jefe de Los Zetas, antes de que éstos le declararan la guerra a La Familia.

La tarde del domingo 11 de enero Raúl llevaba cuatro horas herido, una de las bajas de las autodefensas en la batalla por Nueva Italia.

Su rostro afinado, nariz respingada, cabello rizado y dos aretes incrustados en el lóbulo derecho en forma de rombo le daban un aire de un joven de colonia urbana más que uno de comunidad rural. De 28 años, había ingresado cerca del mediodía al hospital que está pegadito a la presidencia municipal.

Cuando llegó, los médicos estaban tendidos boca abajo en el suelo y rezando a todas las vírgenes. Afuera, la balacera se hallaba en su máximo esplendor. No era para menos: hace unos meses más de 10 policías federales heridos habían sido llevados ahí, y minutos después un grupo de Templarios llegó en sus camionetas blindadas, bajó de los vehículos y comenzó a rafaguear la fachada de la policlínica. Luego los Templarios ingresaron y acabaron con los federales.

Pero eso ya es historia. Cuando llegó Raúl, integrantes de las autodefensas exigieron a los médicos ponerse de pie y atenderlo. A simple vista tenía dos perforaciones: una en el muslo y otra en la pantorrilla. Era probable que una de las balas hubiese reventado el fémur. No había modo de hacer mucho en ese momento: con las manos temblando los doctores comenzaron a colocar vendaje desde la pantorrilla hasta la ingle para detener el sangrado.

Pero los médicos no se quedaron a averiguar el tipo de lesión. En un descuido, todo el personal del hospital huyó, dejando también a otros pacientes: una niña hospitalizada por quemaduras en rostro y cuerpo, un hombre con fuertes dolores abdominales en la sala de urgencias, y algunos más que se recuperaban de diversas cirugías.

Los familiares de los internos aprovecharon la tregua de 10 o 15 minutos que hubo en las casi cuatro horas de batalla para llevárselos.

Raúl fue el único que se quedó. Por eso, con las pocas fuerzas que conservaba, atesoraba debajo de la pierna sana una pistola escuadra con la cacha bañada en oro.
Había estado al frente de la histórica batalla.

IV Todo empezó así: cuando entramos a Nueva Italia, nos aparcamos en la plaza. En eso apareció por las calles la primera camioneta con mañosos a bordo. A mí me tocó ir en la primera que salió al frente de batalla.

Comenzábamos a cercarlos cuando desde las casas nos empezaron a tirar.

Las metrallas se oían por todos lados y no veíamos a nadie. Pasamos frente a un restorán y desde allí también intentaron darnos piso, pero como la Cherokee en la que íbamos es blindada pos las balas no nos hicieron nada. Nos llevaban una ligera ventaja, pero al doblar una calle vimos que se habían bajado de la camioneta.

La gente nos dijo que se habían metido en unos callejones y en una casa de dos pisos. Nos acercábamos cuando nos empezaron a coser a balazos. La camioneta se cimbró duro, muy duro; estrellaron los vidrios, casi los traspasan porque tiraron con un arma muy potente; más adelantito, en otra esquina, dimos vuelta.

La mera verdá nunca sentí miedo porque cuando la adrenalina se sube, está cañón. Más bien sentía gusto, mucho gusto porque estás peleando en un pueblo que no es de uno y donde se hace la lucha para librarlo de Templarios. Sentía placer al verlos huir. Te aseguro que si a tu casa fueran unos cabrones y quisieran violar a tus hijas, o las dejaran embarazadas y además de eso aparecieran cada semana a cobrarte derecho de vivir en tu propia casa, sentirías lo mismo que yo: primero miedo, luego impotencia, después odio, un chingo de odio, y ahora harta satisfacción de matar a esos cabrones.

Yo por eso ya les dije a mis compas que pase lo que me pase no dejen de luchar para acabar con esas lacras. Ya no queremos ver muertos en cada esquina. Ya no queremos ver a esos batos en las esquinas esperando gente para levantarla o ver que a un borrachito que pasa caminando le ponen una golpiza nomás por diversión y lo levantan para desaparecerlo. Eso es lo que queremos, limpiar este pueblo de malandros y avanzar a otro.

Por eso aunque me duela la pierna ahorita, no me arrepiento. Fue como una película lo que pasó. Íbamos cuatro en la camioneta tiroteada, tuvimos que bajarnos y empezar a tirar hacia la casa y los callejones. Pedimos apoyo por radio y llegaron como otras seis camionetas. Ellos no dejaban de tirar y nosotros hicimos un cese al fuego para que volvieran a disparar y gastaran su parque. A unos se les acabaron las municiones.

A mí me tocó cubrir a mis compañeros que fueron a romper la puerta de la casa y se metieron por él. Todo iba bien hasta que del callejón salieron unos morros tirando desde abajo de los carros. Esa fue la cuestión, que la camioneta no me tapó. Yo estaba tirando hacía la ventana del segundo piso de una casa, pero como se me acabó el cargador y debía abastecerlo, me volteé para poner el otro y de pronto sentí un calambre y caliente, caliente: luego vi brotar la sangre a borbollones.

En el momento no me dolió, sólo sentí rabia. Le dije a mi compañero: “Ya me dieron, viejo. ¿Qué hago?”. Y me contestó: “¡Súbase a la camioneta! Todavía caminé cinco o seis metros hasta entrar a la Cherokee blindada. Los Templarios seguían tirando. Y yo ya empecé a sentir la pata entumida. La camioneta estaba ponchada. Aun así el muchacho me sacó de ahí. Gracias a él estoy aquí, aunque no sé si la libre. Tengo cuatro horas sangrando y no hay médicos que me diagnostiquen.

V Un día, a principios del siglo pasado, un hombre venido de Italia conoció este punto de la geografía mexicana, estudió el clima, descubrió la fertilidad de los pastizales e identificó un potente suministrador de agua: Dante Cusi se instaló en este lugar, desvió el río Márquez con una ingeniosa obra de acero y en poco tiempo produjo el mejor arroz, los mejores melones y el mejor algodón.

Nueva Italia entonces se convirtió en un punto neurálgico para comunicar Michoacán porque desde ahí se llega a Uruapan, Antúnez, Parácuaro, Apatzingán y al puerto Lázaro Cárdenas, la codiciada salida marítima para el comercio.

Décadas después, un ayudante de carnicero, un profesor normalista y un comerciante ferretero no desperdiciaron la oportunidad de mandar al olvido sus modestos empleos y construir en esos terrenos privilegiados un imperio criminal.

Uno de ellos había regresado de Estados Unidos hacía poco. En tres años construyó casas a las que quiso incorporar una arquitectura con influencia, al mismo tiempo, de estilos griegos y posmodernistas, en medio de una comunidad semi rural. De los tres era al que se le atribuía una nobleza de corazón, al menos con los pobladores del lugar.

Fanático del futbol, compró un equipo de segunda división, financió la residencia y los estudios a futbolistas que eran traídos de toda la región después de ser detectados por entrenadores. A los jugadores los motivaba con pagos extraordinarios de hasta 5 mil pesos por gol anotado e incluso les compraba autos.

Ese hombre era Wenceslao Álvarez Álvarez, a quien llamaban Wencho, un tipo de cara redonda que a los 12 años ya fileteaba en la carnicería Álvarez del mercado principal. Luego de eso se fue a Estados Unidos, de donde regresó mucho después.

“Yo lamento haberme pasado de la edad para estar en los Mapaches de Nueva Italia”, me confió La Sombra, como apodan a Juan Carlos Sosa, con fama de jugador desequilibrante y gambetero al que le gustan los pantalones cortados a la altura de los muslos y quien por tener un año más del límite de edad, ya no pudo jugar en la segunda.

Y ahora Wencho estaba construyendo un estadio de futbol con una amplia zona residencial para los muchachos. Los planes no paraban porque pensaba comprar un equipo en la Primera División de la Liga Mexicana.

Pero mientras construía las instalaciones para sus Mapaches, cada 15 días llegaba la banda musical Santa Catarina, cuyos trombones y tambora no dejaban de sonar desde que arrancaba el partido. La gente vivía una fiesta descomunal. Medio pueblo se volcaba a apoyar al equipo, pues los encuentros además eran acompañados con ceviches de pescado, carnitas, pollo y cerveza. “Alcanzaba hasta para llegar con itacate a la casa”, dice un maestro de la comunidad que con honestidad confiesa no haber faltado nunca a los encuentros.

Además, Wencho daba empleo a más de 700 personas en huertas de melón, gasolineras y tiendas de autoservicio. Los sábados, día de paga, más de cuatro cuadras eran ocupadas por una larga fila de trabajadores que se acercaban a su casa a cobrar la jornada semanal.

Gustaba ayudar, juran aquí, a la gente humilde, a los ancianos y enfermos. Iban a tocar a su puerta y regresaban a casa con medicamentos o abastos para las necesidades básicas. “Todos estábamos contentos con él. No había necesidad de que nos pagara para ser punteros (informantes). Cuando veíamos soldados o federales, nos acercábamos a su gente y avisábamos: ¡Aguas con esto o con aquello! Yo lo hice”, me contó un taxista sin ruborizarse y luego deslizó una risilla pícara.

Su dominio se vino abajo una tarde de invierno de 2008. De visita en las instalaciones del América en Villa Coapa, Ciudad de México, donde sus Mapaches disputaban un partido contra la filial del equipo de Televisa, Wencho fue capturado casi literalmente en la cancha.

Según el expediente de la DEA y de la PGR, Wenceslao Álvarez formaba parte de Los Zetas y lideraba una célula encargada de comprar, recibir, transportar y trasegar drogas hacia Estados Unidos, además de hacer movimientos financieros y lavar dinero.

La gente de Nueva Italia lo recuerda y bien. Tanto que aseguran que si en aquel tiempo hubiese habido autodefensas, hubiesen impedido que éstas fueran por él y lo hubieran protegido.

VI El lunes 12 de enero ha comenzado hace ya varias horas. Un hombre con una cachucha echada hacía atrás carga unas mancuernas de lo que fue el gimnasio del Kike Plancarte y, antes de dar la vuelta para llevárselas a su casa, arroja un escupitajo sobre la entrada principal de la casa y la esparce con la suela del zapato.
Pocas horas después y a menos de 30 kilómetros de ahí, Gregorio López, sacerdote de Apatzingán, se planta frente al Ayuntamiento con una gran manta que dice: CCRISTOS (Consejo Ciudadano Responsable de Impulsar un Sano Tejido del Orden Social).

—Yo ya he comprado palos de hacha para armar a la gente y levantarnos a palazos. Vamos a desarmar a la policía si es necesario —pide el sacerdote, quien cree que la incursión de la Policía Federal y el ejército busca proteger a los líderes de Los Caballeros Templarios y detener el ingreso de las autodefensas a Apatzingán.

—¡Sí! ¡Sí! Fuera los Templarios –se oye por primera vez la voz del pueblo de Apatzingán.
—Yo ya no puedo seguir oficiando misa en un lugar que apesta a muerte, en un lugar donde me llega la esposa deshecha porque levantaron a su esposo y se lo devolvieron en cachitos en la entrada de su casa y su hijo no aparece –sigue el sacerdote, convencido de que se debe seguir el ejemplo de Nueva Italia, donde la residencia de Kike Plancarte está ocupada por las autodefensas.

Todavía hace menos de 10 años, la ferretería de El Kike estaba en quiebra. “Trabajaba con mi suegro en la albañilería. Por la amistad, le dábamos preferencia aunque el negocio ya no tuviera ni clavos”, me contó un vecino de Plancarte.

Pasó el tiempo. Hasta hace unos días, en el terreno donde levantó su casa, funcionaba la mejor ferretera de la zona.

Después de la incursión de las autodefensas y bajo un sol de más de 32 grados en pleno invierno, un gentío se arremolina en torno a la casa de tres pisos, cuya segunda planta tiene terrazas con vista a la avenida principal. Los pilares que la sostienen están cubiertos con pequeños mosaicos tipo veneciano color plata, otorgándole un cierto aire de disco de los ochenta.

La gente golpea con barretas la puerta de una de las tres grandes cortinas de la ferretería y, una vez que ésta cede, busca llevarse la mercancía, pero las autodefensas lo impiden.

—Sería la forma de festejar la libertad —dice un hombre entrado en sus cincuentas y quien tiene que quedarse con las ganas de saquear.

Como sea, la extinción de dominio quedó a cargo de las autodefensas comandadas por Estanislao Beltrán, alias Papá Pitufo, quien tomó el control del movimiento después de que un accidente en una avioneta pusiera fuera de circulación por un tiempo a José Manuel Mireles, el médico y principal promotor del movimiento alzado en comunidades lejanas.

VII Desde Nueva Italia, La Tuta, el alias del profesor Servando Gómez, controlaba el tráfico de marihuana cuando el gobierno ya decía andar tras su rastro.

Todos sabían que aquí vivía, a unas cuadras de la sede de la presidencia municipal, en una amplia casa sin ventanas, en donde prensaba la marihuana que compraba en Churumuco, donde la hierba se pesaba a plena luz del día como carne en básculas romanas que se colgaban en los tejabanes de las casas.

Así que en estos días no sólo deambulan autodefensas por el pueblo sino también ex colaboradores del jefe de Los Templarios. Uno de ellos cuenta cómo lo conoció:

—Qué onda, cabrón. ¿Cómo estás? Ya me dijo Pedro que vas a jalar con nosotros, que él queda por ti —recuerda este hombre, quien ha decidido colaborar con las autodefensas y a quien no se le olvida que el día que conoció a La Tuta, éste andaba rapado.

—Sí, jefe. Soy hombre de fiar.

La Tuta le advirtió con tremendo vozarrón:

—Nomás le voy a decir una cosa, mi cabrón: si usted ve policías estatales o federales, no se espante porque con una llamada lo solucionamos. Pero si ve soldados, pélese, no le hace que se pierda la carga.

A él, al nuevo cuadro de los Templarios, le tocaría comprar y llevar marihuana de Churumuco a Nueva Italia. Nunca se hacían viajes en solitario, llevaban 300 mil pesos en la bolsa y compraban el kilo a 500 o 600 pesos.

Una vez allá, recorrían el pueblo y compraban la droga como si se tratara de flor de Jamaica. Sacaban las básculas, las colgaban en los tejabanes y pesaban los costales, que después envolvían en bolsas negras de plástico para impedir que escapara el olor.

VIII El sol campea en la entrada de Parácuaro, punto intermedio entre Nueva Italia y Apatzingán, cuando un grupo de cuatro autodefensas sale detrás de una barricada y, cobijados por las sombra de árboles de mango, apuntan con metralletas y rifles de alto poder hacia el parabrisas del taxi conducido por un joven alto, rostro marcado por la varicela y un bigote tupido con brillo azabache.

—¿Quiénes son ustedes? —grita uno de ellos mientras se acerca hacia el lado del conductor sin bajar el arma.

El chofer, que creyó haber vivido lo peor durante la mañana del domingo 11 de enero, cuando escuchó y sintió los pasos de los Templarios en el techo de su casa en su huida de Nueva Italia, ahora no está boca abajo con su esposa ni sus dos hijos, sino que tiene las manos arriba, la voz atribulada y las piernas tambaleantes.

—El señor es periodista y yo soy su chofer, señor.
—¡Ustedes tienen cara de Templarios, jijos de la chingada!

Enseño mis acreditaciones de prensa e identificaciones oficiales que confirman mi residencia en la Ciudad de México. Cuando abogo por el taxista, uno de ellos estira su brazo y levanta los dedos de la mano en señal de que ellos se encargarán de eso.

Lo que parece hundir al conductor es que los de las autodefensas descubrieron el aparato de radio frecuencias que el taxista lleva en la visera de su lado.

—¿Para quién trabajas? —cuestionan mientras es obligado a bajar del auto.
—No soy templario, patrón.

Hay algo más por lo que desconfían de él y piensan que es puntero o halcón, como llaman en la Tierra Caliente a quienes trabajan para el narcotráfico: el taxi, un Tsuru blanco 2002 con las llantas lisas, corresponde a la base de Nueva Italia.

Dos camionetas repletas de hombres armados aparecen de inmediato. Despojan al chofer del radio y de su celular. Revisan las frecuencias, establecen comunicación y hurgan mensajes, fotos, videos y llamadas de su teléfono. El hombre resulta estar limpio, nada que lo involucre con los Templarios.

Antes de dejar ir al chofer, uno de los comandantes ofrece disculpas y justifica lo que ahora es su trabajo: las autodefensas no están dispuestas por nada del mundo a perder el control de Nueva Italia.

—Que Dios los acompañe —dice antes de que el taxi vuelva a poner en marcha el motor.

IX En uno de los retenes que las autodefensas han montado con costales de arena y piedras, destaca un viejón de bigotes canosos largos, sombrero, camisa a cuadros y botas. Se encuentra sentado en una cómoda silla de tela y tubos ligeros.

Parece estar al mando. Es nativo de Parácuaro y acaba de enrolarse con las autodefensas que tomaron ese pueblo el pasado 4 de enero después de una balacera en que murieron 10 templarios.

Se llama Octavio Oceguera y hasta hace poco se dedicaba a la venta y compra de ganado. Un pequeño hombre de negocios si se compara con quienes compran toneladas o tráilers completos. Pero no por eso Octavio dejaba de ser presa de los Templarios.

Al menos una vez a la semana se movía de aquí a Aguililla, Buena Vista u otros pueblos en busca de cabezas de ganado, a las que luego él mismo mataba para venderlas a carnicerías.

–Sus pinches punteros les avisaban: “Allí va un bato que acaba de comprar ganado, síganlo”, y era como nos caían.

Había que pagar hasta mil pesos por vaca. Era toda una cadenita de extorsión. Pedían al que la vendía y al que la compraba viva. Después extorsionaban a intermediario y carniceros. La última vez que me agarraron, compré 10 reses de un golpe y pagué 10 mil pesos a los Templarios.

Tuve que hablarle a Abundio de Apatzingán, al bato al que le vendo el animal ya limpio y destazado. Oye, Abundio, le dije, préstame 10 mil. Ya me cayó la maña. Me los depositó en el banco, y así como cayeron, así se los llevaron los recabrones.

X La charla con Raúl se rompió cuando uno de los hombres armados cruzó la puerta del área de terapia intensiva del solitario hospital de Nueva Italia y sugirió que saliera.

Raúl me pidió que lo visitara al día siguiente. Dijo que iba hacer todo lo posible por no morir. Durante las cinco horas que habían pasado, Simón El Americano había mandado a decirle que aguantara, que entre los miembros de las autodefensas había encontrado un paramédico.

Afuera Nueva Italia era un pueblo fantasmal. Los negocios estaban cerrados y las familias se refugiaron en sus casas. Sólo las autodefensas armadas iban de un lado a otro. Irrumpían en casas donde sospechaban que había informantes de los Templarios. A algunos de ellos los tuvieron prisioneros en palacio municipal, luego en las mismas casas confiscadas. Los encerraron y los torturaron psicológicamente:

“Arrepiéntanse, cabrones, antes de que los destacemos como animales. Sentirán el dolor. Sentirán la humillación y morirán con el mismo sufrimiento con que sus pinches jefes mataban a la gente por no cumplir sus caprichos”.

Hay quienes se orinaban del miedo, lloraban y pedían una oportunidad de vivir. La mayoría acabaría engrosando las filas de quienes están más que ansiosos por seguir avanzando hacia Apatzingán.

La incursión rebelde hizo historia en Nueva Italia. Nadie imaginó alguna vez este panorama. ¿La conquista de esta tierra de hombres ilustres del crimen organizado? Ni en ficción lo habrían pensado.

Al día siguiente visité a Raúl. Había vencido a la muerte y la mayoría del personal médico había vuelto al hospital. Acababan de tomarle radiografías: las balas no dañaron el hueso, pero los médicos hacían todo por conseguir donadores de sangre tipo A negativo.

Al tercer día, lo busqué pero había sido trasladado a un lugar distinto. El rastro de Raúl Martínez Mendoza, el joven autodefensa de 28 años, se desvaneció sin dejar una pista.

XI Enrique Plancarte ha abandonado Nueva Italia. Detrás de sí ha dejado una vida de lujos e impunidad. Su residencia, paredes y muebles blancos por todas partes, es ocupada ahora por las autodefensas. Los dormitorios lucen vacíos, el agua del jacuzzi y de la alberca ni se mueven. Los rastros de la familia Plancarte son muy pocos. Algún adorno por allá, un elefante de la India a escala encima de algún estante, una botella de Moet Chandon sin destapar, pero nada más.

El flaco reaparece en escena. El fotógrafo de la agencia Reuters lo ha seguido en su rondín. Se mueve de manera extraña y de sus hombros cuelga el fusil de asalto.

A sus espaldas queda una escena casi irreal: siete filas de blanquísimas zapateras lucen prácticamente vacías. Sólo han quedado cuatro o cinco pares de calzado de mujer, uno amarillo, otro naranja, por allá un café. Nadie los ha tocado. No hay manera de saber si pertenecen a Melissa, la cantante grupera hija de Plancarte, o a su esposa. Una cajonera permanece medio abierta, la vaciaron antes de irse. Seis ganchos de madera cuelgan olvidados en el clóset.

El flaco sin garbo, el que sintonizó el canal 201 de Sky en la pantalla que perteneció al número 2 de los Templarios, el que anda de un lado a otro con su AK-47, está a punto de cerrar la puerta de cristal.

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