Telekrimen: La desobediencia, única manera de ser libre

Stereo tipo - Página: 16 - No.317

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Telekrimen

 LA DESOBEDIENCIA,

ÚNICA MANERA

DE SER LIBRE

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POR CARLOS ACUÑA
@esecarlo
FOTOGRAFÍA: CHRISTIAN PALMA

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Si un policía entrara aquí, no entendería nada. Vería a borrachos con máscara de luchador rebotando en las paredes negras de este bar gótico; a punks rayando los baños; a mujeres disfrazadas de vampiros conviviendo sin orden alguno.

Al llegar al tercer piso quizá le escandalizaría el centenar de cuerpos chocando entre sí al ritmo de una estridencia inmoral. Tal escena sería la prueba de que esa música debería estar prohibida. Bajo su influencia, un grupo de sanos jóvenes puede convertirse en una jauría de salvajes, seducidos por la gratuita violencia de bailar a golpes o de golpear bailando.

Y si no desistiera, ese poli alcanzaría a ver cómo cinco tipos maltratan sus instrumentos sobre un pequeño escenario que no los salva de los madrazos del público. El sonido, cuyos decibeles alcanzan niveles criminales, consiste en un ritmo primitivo atravesado por guitarrazos y un órgano Farfisa salido de alguna vieja película de terror. Esa banda al frente, Telekrimen, no hace sino delatar sus intenciones delincuenciales.

El que grita en el micrófono la mayoría del tiempo, mientras se contorsiona detrás de su órgano con los ojos desorbitados, se llama Alfredo Ruiz y por el día vende autos en una agencia. Aquel otro, el del bajo y los bigotes afilados, es Fernando Espinoza y tiene algún puesto burocrático en el IMSS. Omar Santiago, en la guitarra, es  ingeniero de audio y, además, trabaja en el Instituto Politécnico Nacional como ingeniero en mecatrónica. Edwin Santiago es ingeniero de audio en una empresa radiofónica y toca la batería. El moreno de gesto malencarado responde al nombre de Daniel Palacios Cruz, El Chino; por lo general sobrevive con trabajos esporádicos aunque ahora es empleado de una tienda de instrumentos musicales; se disfraza de cavernícola cuando se une a Los Cavernarios, con quienes funge como guitarrista. Todos, de treinta y tantos años, desaliñados, chorreantes de sudor. Más que conjunto musical tienen pinta de pandilla.

Son, evidentemente, criminales en potencia.

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Daniel Palacios, alias El Chino, alias Dany Lobo, fue detenido en la esquina de Reforma y Bucareli, durante una manifestación. Portaba un chaleco de mezclilla y en la espalda una mochila llena de propaganda recién impresa. Más tarde declararía que sólo había asistido a la marcha para repartir flyers de su próximo concierto, en el Foro Alicia. No le creyeron.

Era 2 de octubre y ese día se cumplieron 45 años de la matanza de Tlaltelolco. Los principales medios de comunicación señalaron a supuestos grupos “anarquistas” como responsables de los disturbios y enfrentamientos con la policía a lo largo de toda la tarde. Al igual que en otras marchas recientes, se demostró que la policía operó de manera arbitraria en la mayoría de las detenciones, además de infiltrar a agentes vestidos de civil. De los 75 aprehendidos ese día, sólo a ocho se les dictó auto de formal prisión. Dany Lobo o El Chino, guitarrista de Telekrimen y de Los Cavernarios, fue trasladado al Reclusorio Norte a pesar de las decenas de fotos y videos que documentaron su actitud pacífica —más bien apática— en la marcha.

Acusado de ataques a la paz pública con agravante de pandillerismo, no tiene derecho a enfrentar sus cargos en libertad, ni derecho a pagar una fianza. El juicio sumario, último recurso legal que le queda, tardará de seis a ocho meses, los cuales pasará recluido en una celda especial destinada a los detenidos de esa marcha. Sabe que afuera, Telekrimen y Los Cavernarios continúan tocando, porque el dinero recaudado en cada acto lo destinan a los gastos personales de su miembro en prisión. Ahí no se puede tocar, y tanto tedio desespera y deprime al guitarrista. Siempre pensó que el rock era algo más que una moda, que era una actitud de libertad y de rebeldía. Tal vez si la policía escuchara uno de sus discos, donde se habla de drogas, de violencia, de incendiarios y pandilleros, no dudaría en encerrarlo para siempre y sin más trámites, ya no por la manifestación, sino por sus canciones.

El Chino siempre pensó que el rocanrol, más que la música y la moda, era una actitud de libertad y de desobediencia. No es que fuera una persona eminentemente política, pero entendía las injusticias del gobierno y maldecía, como todos. No se involucró en ningún movimiento social; tocar los fines de semana y emborracharse era su manera de negarse a formar parte del absurdo. Aunque no tiene contacto con los otros presos, de vez en cuando escucha sus gritos: “¡Pinches estudiantes, los vamos a violar cuando los traigan acá!”. Hace mucho que dejó la escuela, pero sabe que esas amenazas también se las dedican a él.

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Alguna vez Frank Zappa dijo que el punk era una forma de ganarse la vida para la gente que no sabe tocar y que estaba bien que así fuera, porque si esa gente se dedicara a otra cosa, a lavar coches, por ejemplo, él no dejaría que pusieran sus manos en el suyo.

Alfredo Ruiz no escucha a Zappa, pero coincide.

Existen muchas razones para tocar en una banda o para hacer música. Algunos buscan la fama, otros, sólo diversión. El caso de los cinco integrantes de Telekrimen es más desesperado: ellos no eligieron ser parte de una banda de rock, la vida los escogió, simplemente no les dejó otra alternativa. Lo dice Alfredo con una voz chirriante. Sentado en las escaleras del Foro Alicia, lata de cerveza en mano y el desparpajo cruzándole la cara. “Tienes que tocar para soportar la estupidez, el aburrimiento de la vida cotidiana, el gobierno idiota. Al menos yo, si no tocara, viviría encabronado con el mundo”.

Su formación fue callejera. Jamás pasó por alguna escuela de música y presume que a los 17 años no había terminado la secundaria. Un caso extremo de mal genio exacerbado por la adolescencia. Sólo la música parecía despertarle un interés real. En los Ramones y los Dead Kennedys encontró el antídoto contra su tedio. Se recuerda grabando casetes con las canciones que sonaban en Radio Bestia, un programa musical especializado en punk garage a principios de los años noventa. Pronto supo que no era el único. En ese tiempo, con el “rock en tu idioma” acaparando toda la atención, los conciertos de Los Psicóticos o de El Clan sólo ocurrían en patios de casas, siempre en los márgenes de la ciudad. En esas condiciones, con el punk mexicano se identificaban los más inadaptados.

Las cosas han cambiado. Alfredo, como los otros cuatro integrantes de Telekrimen, está en la mitad de los treinta, tiene familia, es vendedor de autos y el punk, esa música gandalla que lo ayudó a soportar el aburrimiento durante tantos años, se pone de moda cada cierto tiempo. “Cuando yo era morro el rocanrol era otra cosa. Tenía que ver con la rebeldía, con estar encabronado, con no conformarte… pero tal vez es que ya estoy ruqueando”.

El rocanrol, dice, es una forma de desquitar la furia diaria, una manera de subrayar lo que está jodido y no tiene remedio. Da un último trago a su cerveza y carraspea. Con un orgullo rijoso, se atreve a decir: “Yo tengo que tocar o me muero. Si no fuera por Telekrimen, sería muy mala persona”.

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La primera vez que Fernando vio a El Chino, fue en un escenario. Telekrimen pasaba por una crisis, varios integrantes habían dejado la banda y su disco Pánico en el año zero tenía un año enlatado por falta de presupuesto. De los miembros originales de la banda sólo quedó Fernando. Alfredo, su amigo de la adolescencia, había regresado de Nuevo Laredo apenas un año antes y se había incorporado en el órgano. Hasta entonces Telekrimen había tocado un surf que abrevaba de las películas serie B y del punk californiano. Pero el género y las reglas de la escena surfera, en donde vestirse de luchador era ya un lugar común, los desencantaron.

—Nosotros somos Los Cavernarios…— anunció El Chino desde el micrófono con la apatía de un enfermo terminal, casi despreciando al público, antes de atacar a su guitarra y hacer un ruido insoportable. Alfredo y Fernando lo escucharon y supieron que habían encontrado a alguien forjado a la antigua. Y de ser un grupo de surf, más cercano a Lost Acapulco o a Sr. Bikini, Telekrimen se convirtió en una banda de sonido sucio, agresivo, pariente del rock garage de Los Mummies o The Bomboras, que de la música inspirada por las olas.

Telekrimen salió del estancamiento y ha producido tres discos más. Uno de ellos, a partir de una sesión grabada completamente en vivo junto con Los Cavernarios, a la manera de los sesenta y que fue editada en un disco vinil. Su último álbum, El rey de los incendiarios, fue lanzado en acetato por Música para Locos y Grabaxiones Alicia. Un compilado de 10 canciones en donde se entremezcla el sonido insano del punk y del garage con el oscuro e hipnótico matiz que Alfredo otorga con el órgano. Las letras hablan de asesinos seriales, desequilibrios mentales y ciudades que arderán un día. No es difícil darse cuenta de que, detrás de la furia de esas voces, permea la ironía y el humor negro.

—Que nuestra música sea violenta no quiere decir que nosotros seamos violentos. Es nuestra forma de quejarnos y de armarla de pedo, nada más —aclara Alfredo ya en la calle—. Lo que le pasó a El Chino me pudo pasar a mí y no es necesario explicar la diferencia entre una canción y la realidad.

Telekrimen acaba de cumplir 15 años de trayectoria con un elemento tras las rejas.

Según Juan Téllez, abogado que contrató la familia de Daniel Palacios, era demasiado costoso para el gobierno del DF liberar a todos los detenidos del 2 de octubre después de los disturbios, como había sucedido con los arrestados de manifestaciones anteriores. El caso de Daniel se sostiene en testimonios de policías que no fueron quienes lo arrestaron. La Liga de Abogados 1 de Diciembre también se ha pronunciado sobre este encarcelamiento y ha denunciado que se le usa para justificar las acciones de la policía en una ciudad donde la protesta social se ha criminalizado.

Y mientras Daniel Palacios continúa en prisión, en algún otro punto de la ciudad de México, en algún bar destartalado, Alfredo Ruiz canta con los ojos desorbitados, provocando de nuevo a un centenar de cuerpos que chocan entre sí al ritmo de la estridencia. Un sonido fantásmagórico brota de su órgano y una guitarra distorsionada marca un compás primitivo. Alfredo toma el micrófono y grita: “¡Esta tocada está dedicada al El Chino!”. Enseguida añade con voz furiosa que, cuando la ley es usada sólo en tu contra, la desobediencia es la única manera de ser libre.

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