San Miguel de la Narvarte

El Piojo antes de ser Herrera
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EL PIOJO

ANTES DE

SER HERRERA

SAN MIGUEL

DE LA NARVARTE

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Polémico, atrabancado, retador, Miguel Herrera Aguirre es un hombre de futbol. Sin deberla, carga en sus espaldas la responsabilidad de intentar que clasifique para el Mundial de Río de Janeiro una selección gris y sin carácter.

Llega como director técnico del Tri luego de 25 años de haber debutado como jugador profesional, de haberse curtido en el pavimento de la colonia Narvarte, en el DF, y de acumular el polvo de los llanos.

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POR ANÍBAL SANTIAGO
@apsantiago
FOTOGRAFÍA: EDUARDO LOZA
ILUSTRACIÓN: MARCOS GONZÁLEZ

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En unos días los aficionados lo van a odiar o lo van a elevar al santuario deportivo. Pase lo que pase, él no dejará de ser el mellizo de Ernesto, el chavito que se adueñaba con sus amigos de la calle Zempoala,  El Cocol que nunca se rajaba en las campales. Con ustedes, El Piojo antes de ser Herrera.

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Maricela Aguirre confió en que aún faltaban cuatro semanas para el parto de sus mellizos, como indicaba su calendario de 1968. Por eso, decidió viajar unos días hasta el pueblo de Cuautepec: quería que la consintieran. Sus compadres la recibirían cariñosos, podría pasear en las serenas calles al pie del volcán Coatzetzengo y comer la deliciosa barbacoa de esa región hidalguense. Entonces sí, la veinteañera de voz tersa y sonrisa espléndida regresaría al DF a esperar con sus dos pequeñas hijas y su esposo el gran día.

Los planes se cumplieron sin imprevistos, salvo uno: el lunes 18 de marzo, horas antes de tomar la carretera para volver a casa, se le rompió la fuente.

En aquella comunidad serrana, a 152 kilómetros de los servicios médicos de la capital, sin más seguridad que la fe en los doctores tradicionales, Maricela dio a luz a dos niños: a Ernesto, un bebé rollizo, grande y fuerte de pelo negro, y a otro, la antípoda de su hermano: pelo platinado, ojos claros, pestañas blancas y cuerpo pequeñito, que recibió el nombre de Miguel, como su padre.

Cuando Maricela lo envolvió en sus brazos por primera vez, observó a su rubio bebé ochomesino de apariencia endeble, pero que había tenido enorme ímpetu por nacer: ya dentro de su vientre estaba en potencia el hombre ansioso, apasionado, sociable y explosivo que, 45 años después, en sólo dos partidos, tendría la misión de salvar el honor del deporte más popular de México.

QUE NADIE ABUSE DE USTEDES

Aunque las diferencias de volumen y altura hacían pensar que era menor que su hermano, Miguel destrozaba los prejuicios desde sus días en pañales: era capaz de salirse del corral y desde afuera mover acrobáticamente sus bracitos para que su mellizo Ernesto también recobrara su libertad y ambos pudieran gatear libremente por la casa. Esa prematura sagacidad le hacía pensar a Maricela que El Güero crecía sin complejos pese a ser menudito.

Las preocupaciones, en cambio, vinieron cuando su esposo Miguel abandonó de un día para otro el hogar y se alejó por siempre tanto de sus dos varones, como de Maritza y Lizette, sus hijas. Maricela no esperó a que esa orfandad forzada infundiera miedo y debilidad a sus pequeños. Las palabras exactas —recuerda— con que varias veces los impulsó a defender su dignidad eran éstas: “La unión hace la fuerza y ustedes son cuatro. Aunque no tengan papá, comen y van al baño por la misma parte que cualquiera. Son iguales a todos: sean gente respetuosa y decente, pero que nadie los trate mal ni abuse de ustedes”.

Madre soltera de cuatro pequeños con apenas 23 años, optó por volver a la casa de su mamá, Margarita, en la calle Zempoala de la colonia Narvarte del Distrito Federal, y aceptar un puesto en la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

Con nuevo trabajo y hogar, el amor también se renovó: Eduardo Horta, un empleado del Instituto Mexicano del Seguro Social, cayó tan enamorado que sin dudar adoptó como suyo al cuarteto infantil. Por si fuera poco, al tiempo procreó con Maricela dos hijas más: Claudia y Margarita.

Y entonces, a quien se le complicó la vida fue a Miguel. Maricela debía trabajar por las mañanas, igual que su esposo y la abuela. ¿Quién la apoyaría en la crianza de Claudia, la más chica?

A su hijo Ernesto —desde entonces apodado Tito— lo consideró “torpe” para cuidar un bebé; Miguel, en cambio, a pesar de tener poco más de 10 años era de temperamento firme. “Decidí sacrificarlo a él”, reconoce su madre. El “sacrificio” fue inscribirlo al turno vespertino de la primaria Laos, para que durante la mañana se hiciera cargo de su hermanita. En cuanto la jornada acababa y ella volvía a casa, él agarraba sus útiles. Presuroso, El Cocol —como hasta hoy lo llaman todos los vecinos de la calle Zempoala— avanzaba una cuadra por el mismo pavimento donde forjó su habilidad futbolera a fuerza de choques, raspones y planchazos.

NINGUNA QUISO CON ÉL

Nadie sabe por qué Miguel era El Cocol. Una hipótesis son los destellos dorados de ese pan al salir del horno, como los que emitía la ultra lacia melena que agitaba en las cascaritas. Y también en su calle se debate si tuvo un maestro al que aprendió sus atributos: rematar al arco con potencia y dirección, meter fuerte la pierna sin correr riesgos y desbordar a toda velocidad sin perder el control de la pelota. Unos dicen que se lo debe a Eduardo, su padre adoptivo, con quien jugaba “gol para” en Chapultepec; otros, que adquirió esa destreza imitando a su amigo El Migrañas, un chavito que además de ganar unos pesos lavando autos y haciendo mandados, tocaba el balón como nadie.

Los criterios se unifican cuando se trata de explicar las destrezas no futbolísticas que desparramaba en las cascaritas de Zempoala, la arbolada calle con casas de los años cuarenta donde vivió en la niñez y adolescencia. “Era agresivo —admite su amiga Paula Zendejas—. Todos buscaban evitar la bronca y Miguel enfurecía: era de ‘¡Espérate, Cocoool!’ y ya había puesto el primer guamazo”. “Lo sufríamos —añade la señora Margarita—. Los pelotazos de él y sus cuates entraban en mi departamento, despertaban a mis bebés y, para colmo, después gritaba: ‘Señora del primer balcóoon, bolita, por favooor!’”. “A todos nos gritoneaba y gobernaba”, sintetiza su vecino Fernando Sánchez.

Cuando entre semana salían de la escuela, los sábados toda la tarde y los domingos tras los partidos televisados de las 12, Chanfle, Sopapo, Toño Core, Gelus, Memo, Bonequi, Ulises, Lalo, Vics, Vicente, Mundo, Gonzalo, Javier, Pulga, Enrique, Luis Alonso, Chetu y, desde luego, El Cocol junto a sus tres mejores amigos —Jaime Santos, Toño Reyes y David Chávez—, volvían a la calle territorio infranqueable del que eran sus indomables jefes. Reventaban ventanas, abollaban coches, dispersaban por los cuatro vientos los más finos albures de la Narvarte. Y sálvese quien pueda: no había defensa con medidas inocentes —la abuelita de Alex intentaba ahuyentarlos echándoles agua por la ventana— y tampoco definitivas —como cuando alguien llamaba a la patrulla—.

De surtirles combustible se encargaba Paula: en el instante en que desde su departamento percibía gritos, exprimía limones, llenaba jarras, les echaba azúcar y hielo y las sacaba para que sus cuates se hidrataran sentados en la banquetita y continuara la jornada. Los partidos de la cuadra eran intensos, pero como todos eran “hermanos” se jugaban a buena lid. En contraste, los duelos más radiactivos surgían cuando los partidos eran contra los chavos de Casas Grandes, una calle cercana, mucho más bonita, ordenada y silenciosa.

Había pique por lo deportivo, claro. Pero otro tema era aún más sensible: Miriam y Rosa, dos chicas atractivas de Casas Grandes, más de una tarde escucharon sonar el timbre de sus departamentos. Al asomarse veían —escoltados por Jaime y Toño—, los ojos verdosos de Miguel, quien las esperaba para platicar un rato, ir a pasear a Plaza Universidad o darse una vuelta por la glorieta de la colonia. Las chicas bajaban gustosas. “Eso provocó que los de Casas Grandes defendieran su territorio y se desquitaran en los partidos. Nos daban el mensaje de: no te metas con nuestras chavas”, explica David. Y los clásicos terminaban en trueque de hachazos.

Las artes seductoras de Miguel eran sutiles. Porque si en la cascarita era rudo y temerario, cuando veía una chica linda bajaba la guardia. Y así como en el profesionalismo quedó fuera de la Copa del Mundo Estados Unidos 94, con Toros Neza perdió el duelo por el título del Verano 97 ante Chivas o dos veces sucumbió en finales de liga como director técnico de Monterrey, en el terreno del romance luchó a veces sin éxito por atraer a las mujeres.

Por esos días de pubertad solía hacer plática a Paula. Pero lo que en realidad quería era hallar el camino que lo condujera a la irresistible Turca. “Mi hermana era muy bonita”, asegura Paula.

—Describe su belleza.
—Te voy a decir la verdad: estaba muy buena —murmura sonriendo—, tenía un cuerpazazazo. Salía de casa y la cuadra entera enloquecía.

—¿Miguel qué hizo?
—Con las mujeres era lindísimo, y a la vez él no le era indiferente a ninguna mujer: siempre fue muy respetuoso y tenía carisma.

—¿Y?
—Ni La Turca ni ninguna de mis hermanas quiso andar con él; lo queríamos tanto que volverlo novio era perder un hermano.

PORTERÍA DE PIEDRAS

El Piojo, ya consolidado como defensa en Toros Neza, aceptó darme en 1998 una entrevista en la canchita del parque Álamos. El cuidador barría la hojarasca del campo sin perder de vista al hombre que con el equipito Pumas había jugado de niño ahí mismo. A sus 29 años, Miguel ya tenía dos hijas: Tamara, de cinco, y Mishelle, de uno.

“Mi papá (Eduardo) me regaló una pelota y sin pensarlo salí a la calle a jugar —relató Miguel—. Mis inicios fueron esas porterías de piedras, parando la bola cuando venían las señoras. Con mi amigo de toda la vida Jaime Santos, mi cuate David, mi hermano y los chavos de la zona nos pasábamos las horas cascareando. El jugador forjado en la calle tiene más picardía que el de una escuela. Las instituciones desarrollan el potencial físico, pero el niño de barrio es pícaro, inventa jugadas sobre la marcha, se quita jugadores y aprende a esquivar el coche que se le aparece”.

MUJERES DE FANTOMAS

Cuando el partido terminaba, los chavos zempoalenses tenían de tres: echarse el refresco en la tienda más cercana, cuyo atractivo era cabulear a su dueño, El Vampirín, un señor que aguantaba la metralla por su aspecto de Drácula nacional. Dos, caminar unos pasos más y comprar algo a don Rafa, un cálido y simpático español que se sabía los nombres de cada miembro de la palomilla y que en el lapso de la venta cantaba una melodía que incluía nombre de producto y comprador, con versos como “Saleeen unos gansitooos Marinelaaa para El Cocoool”. Tres, dar la vuelta en Cumbres de Maltrata y entrar a la farmacia Vértiz; ahí, Toño Lara, el encargado, señala el tramo de banquetita junto a una báscula donde Miguel se sentaba con sus cuates. “A los seis, siete años venía y pedía de todo: su Delaware Punch, su Manzanita, su Chaparrita, su Pepsicola, sus Kranky, sus Twinkie Wonder, sus Gansitos. Ya se le veía vivo, listo, juguetón, líder”.

A los hipercalóricos consumos los pulverizaban las sudorosas faenas que su mamá alentaba con majestuosas dosis de libertad. “Con la pelota habían roto toda la cristalería. Por eso les di autonomía: podían ir a donde quisieran si no jugaban fut en la sala y si hacían la tarea, lavaban su ropa y ordenaban su cuarto. Como los solté tanto, aprendieron a ser más fuertes que otros niños —dice Maricela—. Desde pequeñitos cruzaban calles y se movían en la ciudad. Si me decían ‘¿Podemos ir a la glorieta?’, les decía: sí, y de una vez tráiganse el pan”.

Del parque Álamos al parque de Pilares, del centro de Coyoacán al Parque Hundido, Miguel y sus amigos transitaban en veloces caravanas ciclistas que toreaban al tráfico de fines de los setenta e inicio de los ochenta, cuando la ciudad se convertía en un monstruo. De regreso en casa, Miguel comía los platos favoritos que le hacía su abuela: salchichas a la crema, cochinita pibil o salchicha con col.

Casi en la esquina con Cumbres de Acultzingo vivía Álvaro Rodríguez, un niño que cometió la osadía de ponerle un freno al bravísimo Cocol. Una tarde, Miguel vio que su vecino se acercaba en bici y lo interceptó, pensó que sería fácil quitársela. “Me tiró de la bicicleta y le di tal santa tranquiza que tuvieron que detenerme”, recuerda Álvaro. Derrotado en esa refriega por un niño más corpulento, Miguel tuvo la madurez para hacer las paces con ese niño tan diferente a él: Álvaro era estudioso, apasionado de las estrellas y la bóveda celeste.

Unas veces jugaban con los muñecos Kid Acero, un fornido superdeportista que a la vez era espía de una agencia de inteligencia; y otros días, si estaba soleado, ambos pactaban cobrar una cuota a los niños del barrio para que chapotearan en una alberquita del jardín de Álvaro.

La reconciliación definitiva se produjo con el balompié. Álvaro, consciente de que su amigo era un excelente jugador, lo invitó a participar como cachirul en los torneos de su colegio, el Williams. En esas empastadas canchas del Ajusco, Miguel quebrantó el reglamento escolar porque su amigo, miembro de una familia acomodada, le había pedido que desplegara su arte barrial entre los pequeñitos de la alta sociedad de la Ciudad de México.

Otras tardes, Miguel podía estar solo. En el primer piso de Zempoala 280 —en uno de los tres cuartos de su antigua casa anaranjada de dos pisos—, emulaba a su hermano Tito, un niño mucho más frío, serio y buen lector. Pero entre las manos de Miguel no pasaban libros, sino las páginas de la historieta del superhéroe mexicano Fantomas. La amenaza elegante, ladrón musculoso y enmascarado que cometía ingeniosos robos para ayudar a los pobres. Eso a Miguel le gustaba, pero aún más, que aquel delincuente bueno fuera un encantador de las mujeres más infartantes de la Tierra: rubias, trigueñas y mulatas de curvas imposibles que caían rendidas con tal de que el atracador las deleitara al menos unos minutos con su incalculable potencia viril.

Miguel, atónito en su recámara, veía en silencio las páginas coloridas con esos muslos pulposos que saltaban del papel, y se hacía una pregunta: ¿dónde están las mujeres de Fantomas?

UN ÁNGEL GRINGO

Muy enferma de las anginas, adolorida y afiebrada, Maricela sentía que no podía levantarse ni para ir al médico.

—Miguel —le solicitó—, por favor ve a la clínica y pide que vengan a verme.

El chico de nueve años caminó cuatro cuadras, giró a su derecha, cruzó avenida Eugenia y entró a la clínica Narvarte del ISSSTE.

—Ya no hay fichas para visitas a domicilio. Ven mañana —le dijeron.
—No. Mi mamá está muy mal. ¿Con quién puedo hablar?
—Pasa con la trabajadora social.

El pequeño entró a la oficina de la funcionaria, que respondió: “No hay médicos para ayudarte”. “Déjenme hablar con el director”, insistió El Cocol. “Ahorita no está”, contestó la mujer. Miguel decidió esperar. El tiempo pasaba y, en casa, Maricela empezó a inquietarse: “Estaba preocupada: mi hijo no llegaba”.

Cuando el director arribó, vio a un chiquito rubio en su oficina: “¿Qué necesitas?”. “Que vayan a mi casa a ver mamá”. “Hay fichas para mañana”, le ofreció. “Ahorita, por favor”, reviró. El director llamó a un médico, que subió a un Jeep junto al niño. A los tres minutos, Maricela estaba siendo atendida.

“Esa es la fuerza de carácter que Miguel tenía desde chico”, dice su madre.

Su facultad persuasiva está impulsada por la terquedad: entre 1988 y 1990, en Santos, Tecos y Atlante jugó cerca de 50 partidos en los que como delantero no hizo más que cuatro o cinco goles. Pero Miguel se reubicó como defensa lateral, donde no sólo se consolidó como titular sino fue llamado a la Copa América Ecuador 93.

Se retiró en 2000, con la opinión general de que por su espíritu atropellado difícilmente sería entrenador. Dos años después lo era, y aunque durante 11 años no consiguió un solo título, persistió. La hazaña se consumó con el América el 26 de mayo de este año. Y cuando el 15 de octubre pasado un país creía que México estaba fuera del Mundial, un delantero estadunidense, Graham Zusi, metió un gol a Panamá al minuto 91 y eso derivó en que, tres días después, Miguel ya fuera el técnico del Tri. Cuando en su vida todo está por derrumbarse, el mundo se reacomoda y lo ayuda. Entre sus hermanas circula una ironía que aplican cuando ante el desastre inminente la fortuna vuelve a tocarlo: “Nuestro hermano es el ángel San Miguel”.

Ambos, por cierto, tienen el pelo dorado, y el del Antiguo Testamento defiende al pueblo de Dios ante el demonio. La afición espera que a Nueva Zelanda no le crezcan una larga cola y orejas rojas. “Mi hijo puede”, afirma su madre.

¿A POCO LA AGARRAS?

México amaneció el 17 de octubre con la penosa satisfacción de que aún podía ir a la Copa del Mundo de Brasil si le ganaba en la repesca a Nueva Zelanda.

Miguel Herrera entrenó al América en Coapa y a mediodía fue hasta el hospital Ángeles del Pedregal para cuidar a Claudia Álvarez. Su esposa desde hace 25 años se recuperaba de una cirugía menor, cuando el celular de Miguel sonó. Maricela observó atenta que su hijo hablaba en voz baja, como ocultando algo, y se dirigió a su nuera, a quien acompañaba desde la mañana.

—¿Sabes con quién habla?
—No.
—Con Ricardo Peláez (presidente del América).

El entrenador dijo “Te veo” y colgó.

—Me voy —les informó a las dos mujeres—, y tú también tienes que irte, mamá.
—¿Qué pasa?
—Tengo entrevista con Peláez.
—Espera —le pidió Maricela—, ¿vamos a dejar sola a Claudia?
—Ahorita llega Tamara (su hija).

Miguel firmó un cheque. “Pagas con esto”, le pidió a su mujer y salió del cuarto.

Su madre le hizo una pregunta en un pasillo: “¿Vas a agarrar a la selección, Miguel? Es mucho riesgo”.

Su hijo se puso firme, como un niño a punto de recitar micrófono en mano una frase estudiada en un evento en el patio de la escuela: “Por mi patria, agarro todo. Mi nación es primero, y tú me lo enseñaste, mamá”.

Miguel dijo adiós, subió a su Audi A6 y arrancó. En su coche, Maricela le escribió un mensajito: “Quiero ser la primera en saberlo. Y por tu boca”.

Durante horas, en su casa, ella esperó noticias. En la noche, cuando la ansiedad no le daba tregua, volvió a enviarle un mensaje: “¿Qué pasó?”. Miguel sólo escribió: “Primero tienen que darle la noticia a Vucetich”.

“Fue así como supe que él era el elegido”, cuenta su madre.

Cada viernes, ella organiza en casa una comida familiar. Pero el día 19 Miguel faltó. El sábado ella supo por los medios que al día siguiente su hijo sería presentado en el Centro de Alto Rendimiento y le marcó:

—¿Puedo ir?
—Las espero mañana a las nueve de la mañana y nos vamos juntos —respondió él.

Esa mañana gris su hija Mishelle y Maricela llegaron a casa de Miguel, por Perisur, y subieron hasta el Centro de Alto Rendimiento. Ante su mamá, su hija y un ejército de cámaras, adusto, con chamarra verde, camisa blanca y corbata roja, soltó: “Hace dos años, cuando me presentaron en el club (América), dije que lo único que le sacaría de ahí sería la selección. Hoy se está cumpliendo ese sueño”.

Unas horas después se encontró con Maricela.

—Hijo, ¿no estás angustiado? Yo, sí.
—¿Te estás muriendo?
—No.
—¿Mis hijas están sanas, mi esposa está bien?
—Sí.
—No hay por qué angustiarse. Todo saldrá.

Esa noche, sus amigos de la calle Zempoala colgaron en Facebook el siguiente mensaje: “Hoy dieron la noticia de que El Cocol es el nuevo DT de la selección. Vamos a ayudarlo con nuestra alineación, con gente que le va a responder y no son tan estrellas. En la portería, Betito. Defensas: Vics, Beto, Core, Gelus. Volantes: Javier, Pulga, Chetu. Media: Enrique, Dragón y Chucho y en la delantera: Jaime y Luis Alonso. Cómo parte de su equipo técnico, Horacio emulando a Lapuente. Los demás, banca, o haber (sic) de qué nos colamos”.

MARÍN, EL ÍDOLO

De chico, Miguel decía que iba a ser Presidente. Su tío materno Gonzalo Aguirre Enrile por años había sido embajador en países de Europa del Este. Y su abuela, Margarita Enrile, había militado en el PRI.

Quizá de ahí venía el interés del niño que nació justo cuando se gestaba el movimiento estudiantil de 1968 mientras el presidente Gustavo Díaz Ordaz intentaba contenerlo. Pero los afectos que su familia sentía por el tricolor no eclipsaron un deseo encarnado: ser goleador del Cruz Azul. Miguel vivió las finales de 1980 y 1981 en las que La Máquina venció a Pumas y Tigres. Iba al Estadio Azteca y a La Noria: “Miguel Marín es la única persona que he admirado —me confió Herrera—. Me gustaba pararme atrás de la portería para verlo con calma y no perder detalle de sus atajadas. Al equipo bicampeón lo seguí a todos lados. Y analizaba a los jugadores, sobre todo a Nacho Flores, del que aprendí muchísimo”.

El futbol empezó a ser cosa seria hacia 1975. Su temple ante el rigor del pavimento se adaptó a la tierra y a las piedras cuando en la canchita del cercano parque Álamos se coronó con el equipo Pumas. Y después, Joel, un joven de la zona, vio en El Cocol un buen prospecto para el tránsito de la pelota entre el medio campo y la delantera. Y entonces lo convirtió en el creativo del equipo Pumas Álamos, que jugaba en la Deportiva Magdalena Mixhuca. Llegaban en un trolebús que se iba por Xola, echando un desmadre indescriptible en la parte de atrás. Su mamá lo acompañaba y veía los encuentros sentada en un ladrillo si era necesario.

“Miguel era el que tenía más empuje. Se burlaba de los rivales y si lo pateaban se armaba la campal: era muy bueno para los golpes”, recuerda su compañero David Chávez. Su capacidad guerrera quedará en la memoria llanera tanto como la dupla Piojo-Pedrito Fernández. Sí, el joven cantante de ranchero que acababa de filmar La niña de la mochila azul II era el delantero del equipo. El Cocol recibía el esférico y con su toque fino lo cedía al ídolo de las niñas, que la mandaba a las redes. Buenos amigos, Pedrito y Miguel se entendían en la cancha, pero no a la hora de las trompadas. Aún se recuerda la mañana en que una tarde, furioso, Miguel encabezó una campal. “Estábamos peleando y Pedrito no se veía por ningún lado”, narra David. De pronto, cuando iban y venían puños y codazos, detectaron que se ubicaba en una esquina del campo. “En plena golpiza, Pedrito estaba con las chavas que acompañaban al otro equipo, platicando a gusto y dando autógrafos”.

El cantante, que en esos días deshacía a las adolescentes con el tema La de los hoyitos, había preferido echar rostro y, sobre todo, cuidarlo. De eso vivía.

MOULIN ROUGE

Cuando en enero de 1998 me encontré con Miguel en el campo de tierra de su infancia, lo perseguía la fama de tipo duro que en su paso por Tecos, Santos, Atlante y Toros Neza repartía leñazos salvajemente. No se arrepentía. “Mi temperamento está influido por la rudeza del futbol llanero —aceptó—. Estoy satisfecho: mi carácter me ha dado un nombre y me ha convertido en lo que soy. Caminé por todos los campos de tierra de la ciudad”. No exageraba. Jugó en el Maracaná de Tepito, en Avenida del Taller —sede del famoso Torneo de La Marrana—; en Tulyehualco, Azcapotzalco. En esa época, su padre adoptivo abría la cartera para regalarle calzado de futbol digno. “No hay dinero y tú comprándole zapatos”, reclamaba Maricela. “Son corrientes, mujer”, justificaba él.

Los compromisos llaneros de El Cocol lo tenían inmerso en una vorágine de partidos a los que se trasportaba en la Combi verde de su mamá. “Un día, antes de salir de casa, me dijo: ‘Si te hablan del América JV diles que jugamos en tal cancha a tal hora; si llaman del Juventus, que en tal cancha a tal hora; si llaman del Correstare, tal y tal, y si hablan de Pumas Álamos diles que jugamos a las nueve’. Ahí sí ya no pude más. Yo tenía a otra bebé en brazos, Magos, y lo regañé: Miguel, yo no soy tu secretaria”.

Molesta, cuestionó a su hijo, que estudiaba en la Prepa 6 de la UNAM, donde era portero.

—¿Y cómo vas con tus materias?
—¿Cuáles?
—No sé, todas, la que sea, ¿cómo vas en francés?

Miguel guardó silencio.

—Dime algo, al menos si está bonita tu maestra.
—Ni eso sé, mamá, yo a la Prepa voy a jugar futbol.

Por esa época, Miguel fue llamado a la selección que buscaba calificar al Mundial Juvenil Chile 1987. Viajó a Trinidad y Tobago y a Estados Unidos. Pero la gira que le dejó mejores recuerdos fue la de Francia. En concreto, París. Una noche entró al fantástico cabaret parisino Moulin Rouge. Las jóvenes bellezas que guardaba ese rincón del barrio rojo de Pigalle lo desestabilizaron.

Ya en México, lo primero que le dijo a su hermano fue: “Tito, ya sé dónde están las mujeres de Fantomas”.

DILE QUE YA ME MORÍ

Junto al campo del parque Álamos, mientras me daba declaraciones para el periódico Metro, Miguel repartía firmas a cinco chavos de la colonia que se aproximaban emocionados. Y entonces habló sobre la fama: “En la calle, con los aficionados, soy cordial y sencillo. Me reconocen, me piden autógrafos y me entregan su aliento. Aunque hay quienes me regañan y me dicen ‘Oye, ya estuvo bien, es hora de que cambies el carácter’. Admitiría que mi conducta ha sido incorrecta si la gente me repudiara, pero eso no ha ocurrido. Y no puedo negarme a las personas que desean conocerme. Cuando inicié, quería que me reconocieran. Me decía, ‘¿Por qué la gente no me identifica?’. Y ahora, cuando alguien me pregunta si es molesto caminar sin libertad, contesto: ‘No, imposible rechazar eso que tanto anhelé’”.

Elegido para la selección por Miguel Mejía Barón para la Copa América 1993, con cualidades probadas como futbolista, gran temperamento y porte llamativo, Miguel ya poseía una fama estruendosa. Ya casado, entró a su departamento y su empleada doméstica le dio un mensaje. Quizá porque era tan popular, alguien que lo había visto cuando era bebé, lo quería contactar.

“Le llamó un señor que se llama Miguel Herrera. Dice que es su papá”. Miguel se dio vuelta y la miró serio: “No conozco a ese señor. Pero si vuelve a llamar dile que ya me morí”.

OÍME, COLORADO

Al terminar un partido con el legendario equipo llanero América JV, Mario Óscar Maldonado y Moisés Figueroa, técnicos del conjunto rival, Cachorros Neza, invitaron a Miguel a probarse en su equipo de Segunda División, donde debutó como profesional en 1985. Ganaba el sueldo mínimo y un vale para trolebuses y camiones. El año siguiente amagó ser un sueño. Su ídolo Miguel Marín lo integró a Coyotes Neza, que entonces militaba en Primera. El argentino, que resultó ser su vecino, le daba aventón a los entrenamientos, pero nunca, en casi dos años, le permitió debutar en Primera División.

En la primavera de 1988 Miguel estaba por cumplir 20 años y casi tres como profesional, pero seguía sin debutar en primera. Hasta que el técnico austriaco de Tecos, Helmut Senekowitsch, le avisó que el siguiente domingo, 12 de junio, saldría a la banca ante Atlas. Miguel llamó a su familia, y parientes y amigos viajaron a verlo a Guadalajara. “La noche antes del partido me costó trabajo dormir, me la pasé pensando si iba a entrar o no”.

En el medio tiempo, el uruguayo Carlos El Pato Aguilera se levantó, se acercó y le lanzó: “Oíme, colorado, vas a entrar en mi lugar: voy a pedir mi cambio. Lo único que te pido es que juegues al mismo nivel de los interescuadras de la semana”. “Cuando le anotamos el segundo gol al Atlas —recordó Miguel—, El Pato se acercó a la banca y en un tono fuerte le dijo a Helmut: ‘Si no entra el colorado yo no salgo’. Y el técnico aceptó: ingresé y pude jugar ocho minutos”.

DILE QUE SE DÉ UNA VUELTA

Esta es zona águila”, exclama Israel Santiago cuando advierte que estoy reporteando el pasado de Miguel en la Narvarte, y me cuenta que hace cinco meses, tras años ausente, el técnico pasó por ahí, le firmó una playera y hablaron un minuto sobre la final ante Cruz Azul, sus festejos arrebatados sacudiendo la cabellera y la venta de Christian Benítez a Qatar.

En seguida, me acerco a entrevistar a Francisco Ramírez, mecánico de la calle Zempoala: “¿Que cómo era Miguel? Tremendo: peleonero, vago y cabrón”, me contesta y se aleja apurado. De pronto, 10 metros adelante el señor voltea.

—¡Me quedó a deber una lana ese Miguel! —grita.
—¿Y eso?

—Hace como 15 años, cuando estaba en Toros Neza, ya era famoso y tenía su feriecita, trajo su Topaz para que se lo arreglara porque no caminaba. Le dije “Dame para refacciones” y me dijo “Luego te pago”. Le arreglé el encendido electrónico y mandó un achichincle a buscarlo. Cuando lo arrancó le pregunté “¿Y ora quién me paga?”. “Al rato pasa Miguel”, me prometió. Hasta ahorita no ha pasado.
—Uy, lo lamento —digo.

—¿Te pido un favor?
—Claro.

—Si lo ves, pídele que se dé una vuelta —dice riendo—, que no se haga y me pague los mil pesitos.

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