El gran lago moribundo de Texcoco

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El gran lago moribundo de

TEXCOCO.

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Hace 688 años los aztecas edificaron Tenochtitlan en donde Huitzilopochtli les indicó: el punto exacto en donde el corazón de Copil se había hundido. El 18 de julio de 1325, luego de mucho peregrinar, llegaron a un islote del Lago de Texcoco. Ahí encontraron la señal.

Casi siete siglos después, vamos en busca del lugar exacto. Hoy, dicen los abuelos, el islote en donde el ave de rapiña sació su hambre ha desaparecido y en su lugar se halla la Preparatoria Oficial 16.

En ese punto, justo donde el águila se paró en el nopal porque, como dice el viejo Silvino, quiso que ahí fuera México.

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.Por Aníbal Santiago
@apsantiago
Fotografías: Eduardo Loza

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Reseco y torcido, un nopal agoniza bajo un gran murallón que anuncia “Parque Ecológico Lago de Texcoco”. Sus pencas, desguanzadas como lenguas de moribundos, caen sobre una ladera con maleza seca, un caño de plástico con la boca abierta hacia el cielo, cascajo, tambos oxidados, latas, botellas de refresco y una tubería de PVC que penetra en el protagonista de este paisaje del oriente del Valle de México: un larguísimo canal sobre el que flota una espuma densa, blanca como saliva rabiosa. La corriente descarga en el aire del superpoblado municipio que aquí inicia, Chimalhuacán, vahos nauseabundos: una enigmática mezcla de químicos, heces, detergentes que lentamente ha viajado hasta este punto desde el sur del Distrito Federal.

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NOPAL DE UNA NACIÓN

Narra el Códice Aubin que hubo un tiempo en que en este mismo espacio, el Lago de Texcoco, existió un nopal que corrió una suerte muy distinta. El venerado dios Huitzilopochtli ordenó a los aztecas de Aztlán aceptar la tutela de su hermana Malinalxochitl, diosa de las serpientes y alacranes. Así ocurrió, hasta que los pobladores, aterrorizados por esa mujer que devoraba sus corazones, suplicaron a Huitzilopochtli que nuevamente los gobernara. Él aceptó y les pidió huir de ella mientras dormía.

Cuando Malinalxochitl despertó y se vio sola, juró venganza. Fue su hijo Copil el encargado de dirigir una sublevación contra Huitzilopochtli, quien en su defensa logró matar al joven. Tras el asesinato, tomó el corazón de su víctima y lo arrojo al vacío. Cayó en algún punto del Lago de Texcoco.

Años después, Huitzilopochtli pidió a su pueblo abandonar la isla de Aztlán y buscar su lugar prometido: el punto exacto donde el corazón de Copil se había hundido. La señal de que habían llegado al paraje correcto sería, les dijo, un águila devorando una serpiente sobre un nopal.

La ansiada escena se consumó, cuenta la historia, el 18 de julio de 1325, es decir, hace exactamente 688 años. El nopal donde se posaba el ave estaba en un tlatel o islote del lago. Ahí, los aztecas levantaron Tenochtitlan, capital del imperio Mexica y ciudad fundacional de lo que sería México.

Pero de aquel majestuoso lago que se extendía desde el pueblo de Chalco, en el extremo sur, hasta el de Zumpango, en el límite norte, y que abarcaba cerca de 2 mil kms², hoy sobreviven sólo 10 kms² del lago Nabor Carrillo, custodiado por dos guardias que impiden el acceso para evitar invasiones ilegales.

Es el último reducto líquido de lo que fue el Lago de Texcoco.

Al lugar prometido que Huitzilopochtli anunció hace cerca de un milenio lo forma hoy —en su ribera sur, junto a la autopista del Circuito Exterior Mexiquense— una sucesión gris-negruzca de 30 asimétricos campos de futbol llanero a los que se accede por un triple arco de concreto blanco, una especie de pórtico que quiso ser pomposo, pero ahora yace ultrajado con graffiti en el que se alcanza a leer una leyenda política: “Esta deportiva se está construyendo gracias a las autoridades municipales, estatales y federales”.

Lo que se está construyendo es la nada.

En todo caso, ahí junto se alza un cubo helado de tabiques desnudos, una suerte de vestidor para los equipos de la zona: el Real Madrid Chimalhuacán, el Barcelona, el Santa Elena, el Marsella. La atmósfera sombría del cuartucho apenas deja ver lo que hay en su interior: jirones de ropa deportiva, montones de tierra y una pinta que informa: “Pelé se masturba con una salchicha coctelera”. A su lado, otra leyenda atenúa la demoledora imagen del mismo personaje: “Pelé ama a Karina”.

A unos 200 metros de ahí, insignificante dentro del mosaico de canchas, un manchón amarillo se agita lentamente: con su playera de Brasil, Leo Rodríguez, un barrendero de 65 años, clava su escoba de ramas para arrancarle piedras y basura a uno de los tantos campos que desde 1979, día a día, limpia y rastrilla para que el fin de semana las hordas futboleras hagan rodar la pelota en el lecho seco de este antiguo lago y se lesionen menos.

—¿Cómo ve este lugar?
—Antes todo era agua. Hasta 1959 había tantos patos que la gente traía sus lanchitas y ponía redadas de municiones. Ahora ni un árbol tenemos, en este lugar no hay nada. Ojalá alguna autoridad se preocupara por plantar un árbol.
—¿Qué autoridad?
—El diputado (Jesús Tolentino) Román (Bojórquez), el líder de Antorcha Campesina, el que manda aquí en Chimalhuacán.
—¿Y si se lo piden?
—Es que nosotros somos botín político. Pero la gente quiere un arbolito para la sombra. Aunque sea que nos den uno.

YO SOY SILVINO VALVERDE

Yo soy Silvino Valverde, nací el 12 septiembre de 1920 y a mis 93 años El Jefe aún no me llama a cuentas. ¿Qué me acuerdo del Lago de Texcoco?

Desde el rancho El Molino, aquí en Chimalhuacán, el agua cristalina bajaba por un canal junto a los sauces. Se iba repartiendo en los tlateles, como se llamaba a los islotes. Estaban el tlatel San Juan y el tlatel Xochitenco, pero el más prominente era El Tepalcate, de aquí abajito: se criaba muchísimo pato, pescado blanco, amarillo, juil, tilapia, ahuautle. Nos decía mi abuela Tomasa: “Vayan a traer dos carpas para un caldo”. Parados en nuestro lindero de lago, La Cruz de la Medianía, los chiquillos veíamos a los peces y les clavábamos la fisga: “¡tras tras tras!”. De regreso traía mi medio costal de patos, mi chiquihuite de pescado blanco, amarillo, y las carpas con las que mi abuela hacía su ollota de caldo. A los patos los pelaba y cocía en chilito verde, pasilla y con hierba lengua de vaca. Una cosa rica, picante.

CONSIGA UN PERMISO

Bajo un sol de mediodía sin una sola sombra, en un sendero salpicado de pedazos de llantas viejas y bolsas de basura, Cuauhtémoc Rodríguez, empapado en sudor, termina de correr. Usa pants, pero sus pies avanzaron siete kilómetros por la llanura desolada con zapatos de vestir: entre las agujetas se le enredan montones de terrones. Su esposa y su hijita lo acompañaron a la distancia, para que Kiwi, su perro mestizo, se entretuviera por ahí.

El policía de Ecatepec se ha ejercitado por años a metros del lago Nabor Carrillo, al que nunca se le ha permitido entrar. “A veces me he subido al bordito para observarlo —dice—. Así es como le hacemos todos los vecinos. Lo veo y se me antojan unas lanchas”.

Como Cuauhtémoc, camino entre viejos balones desgajados, vasos de unicel, bolsas de plástico y cajetillas de cigarros para al fin ascender al “bordito”, una loma lineal de dos metros de altura pero cuya extensión es imposible de abarcar con la mirada.

Debajo de mis pies pasa lo que opera como cerca protectora del Nabor Carrillo: el canal contaminado. Aunque desde sus aguas negras se elevan vapores putrefactos, sobre el agua verdosa del lago revolotean golondrinas: una reminiscencia de aquel paraíso que Huitzilopochtli predijo como germen de una civilización.

Avanzo por una brecha. Al final, frente a la caseta de vigilancia, asoma un cartel: “Se agradece identificarse: apagar luces, encender luz interior. Conagua”. Adán, oficial que vigila el acceso, lanza la advertencia: “¡Está prohibido el paso!” en cuanto lo intento. “Si quiere entrar tiene que conseguir un permiso”.

CIUDAD INFERNAL

La Ciudad de México, un entresijo de complicaciones humanas, sumaba otro enigmático conflicto. Su temperatura media anual, entre el inicio y el final del siglo XX, había subido 2.5°C. El mundo, en el mismo periodo, había registrado un aumento de 0.74°C. Ergo, el grave calentamiento planetario no era ni la tercera parte del que laceraba a la cuenca de México. Inquieto, el climatólogo universitario Ernesto Jáuregui acabó los cálculos que arrojaron esas cifras y llamó a su colega Aarón Jazcilevich, investigador del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM. Quería que indagaran juntos ese sorprendente fenómeno, cuyos efectos dañaban al medio ambiente y la economía de la capital.

Lo siguiente fue partir de una hipótesis: alguna situación local estaba causando que la cuenca de México se calentara a un ritmo más acelerado que el promedio de la Tierra. “Queríamos discernir si se debía a que los lagos habían sido desecados, al crecimiento urbano o a ambos factores”, dice Jazcilevich.

Tras una investigación basada en The MEMO Model, un software griego de simulación de vientos, publicaron en la revista Climatic Change el artículo “Simulated Urban Climate Response to Historical Land Use Modification in the Basin of Mexico”. La conclusión: el calentamiento de esta zona del centro del país se debía, esencialmente, al desecamiento del Lago de Texcoco.

Si las causas del conflicto eran tan claras, sus soluciones quizá no eran tan complejas. Por eso, Jáuregui y Jazcilevich se hicieron una pregunta simple, pero tan osada que permitía imaginar una ciudad más sana:

¿Si subió tanto la temperatura por la desecación del gran lago sobre el que se construyó el DF, qué pasaría si lo recuperamos?

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TODO SE ACABÓ

En el Lago de Texcoco que los españoles encontraron a su llegada había peces, insectos comestibles, como el ahuautle, y tequesquite (sal). Además, los indígenas habían alzado las chinampas, prodigiosos montículos de tierra para cultivar legumbres.

Aunque las canoas eran el transporte esencial, los aztecas habían construido las calzadas de Tepeyac, Tlacopan e Iztapalapa para unir Tenochtitlan con pueblos de las orillas. Pero la terrible inundación de 1555 y muchas más en los dos siglos siguientes hicieron pensar a los gobiernos virreinales que debían acabar con ese lago, que se volvía insalubre y pestilente con las anegaciones que causaban las lluvias.

¿La solución? Desaguar. En el siglo XVII se abrió el Tajo de Nochistongo y en el siglo XIX se creó el Gran Canal del Desagüe, de 39 kilómetros. Las obras fueron reduciendo dramáticamente al lago.

No obstante, si hacia 1930 las comunidades sureñas del lago aún se mantenían florecientes era por el abundante agua que las rodeaba. Chimalhuacán, más que ningún lugar, dependía de la pesca, la recolección y siembra en las orillas o dentro de un lago que, en contraste, para otras áreas de la cuenca de México significaba encharcamientos y enfermedades gastrointestinales.

La solución de los presidentes, desde Lázaro Cárdenas hasta Adolfo López Mateos, fue drenar el Lago de Texcoco mediante canales, un lento e irreversible proceso que hasta los años sesenta no había acabado con los espejos de agua donde la gente se aferraba a su cultura. Como tres amas de casa hoy sexagenarias pero en aquel tiempo unas niñas: “Agarrábamos nuestras canoas para pescar —recuerda Rosa Benítez— y nos íbamos a bañar a los ojos de agua limpia de San Juan y Los Naranjos”.

“Los pescadores sacaban los peces con redes y los llevaban a las mamás del pueblo, que los preparaban en mixmole, con su chile verde, cebolla frita, cilantro y tortillitas calientes de maíz”, añade Hortensia Martínez.

Y también de la tierra sacábamos tequesquite, un salitre blanco con el que se curaba el ganado y se lavaba ropa —agrega Luz Díaz—. Ya todo se acabó”.

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TINACOS Y RETRETES

Todo se acabó para Chimalhuacán, pero no para el estado de Hidalgo: por orden gubernamental, el agua de los canales que formaban parte del sistema lacustre fue conducida a los sembradíos del Valle de Mezquital.

Para 1970 el Lago del Texcoco era un territorio yermo, desolado, sobre el que se levantaban tolvaneras de polvo y contaminantes que iban a posarse inclementes sobre la Ciudad de México y enfermaban a sus habitantes. Al secarse el agua, grandísimas cantidades de sales emergieron y cubrieron la superficie: la vegetación era incapaz de prosperar en esas condiciones.

“El panorama era un gran desierto”, describe Emma Cortés, bióloga de la Comisión Nacional del Agua (Conagua). En 1971, el gobierno federal resolvió expropiar 14 mil hectáreas de lo que alguna vez fue agua lacustre y crear el Programa Lago de Texoco, una serie de acciones ecológicas de rescate para reforestar la zona. Una de las misiones fue contrarrestar las devastadores acciones de deshidratación del lago. La técnica: recibir y tratar las aguas negras de Neza, Chimalhuacán y el sur del DF, que viajan por 11 ríos que contienen, por un lado, los drenajes de las casas, y por otro, la basura que la población les arroja a cielo abierto. Millones de litros de inmundicia sólida y líquida que Emma muestra con un “ahí tienes”.

He conseguido el permiso de acceso de la zona federal protegida y ahora, debajo de mis pies, se abre el brazo izquierdo del río Churubusco. Es imposible divisar dónde inicia, por más que uno enfoque al horizonte: lo que sí irrumpe a la vista son las miles y miles de toneladas de basura de todos colores y formas atrapadas por cuatro gigantescas rejillas azules cuyo fin es impedir que esa avalancha de desperdicios acceda a las plantas de tratamiento de la reserva. El catálogo es tragicómico e inagotable: pelotas, cubetas, cojines, tinacos, retretes, garrafones, motores de autos y hasta sillones, a su vez rodeados por infinitas minucias, como bolsas de plástico, latas, envases. El torrente apocalíptico avanza lento con sus aguas negras como petróleo, hediondas, que libres ya de objetos pasarán a una velocidad de mil 500 litros por segundo a los sistemas de tratamiento Lagunas Facultativas y Lodos Activados. “Nuestro tratamiento no elimina detergente —admite Emma, titular de Educación Ambiental del Programa Lago de Texcoco—: el agua sale con el mismo detergente con el que entró”.

En las plantas de tratamiento, parte de los metales pesados se sedimentarán, mientras que algunas algas y bacterias degradarán la materia orgánica. El agua que ambas plantas no alcanzan a captar bañará con sus químicos y detergentes los sembradíos hidalguenses.

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SILVINO Y LAS BRUJAS

¿Qué cree? En otros tiempos el Lago de Texcoco estaba lleno de brujas. Sí existían. Una noche, tendría yo 12 años, nos acostamos en nuestra chalupa y al rato vimos una lucecita, una velita. “¿Qué será?”, dijimos. Todo era oscuro como una olla y nosotros temblando de miedo. Al tlatel El Verde llegaron volando las brujas. Ahí se juntaban para hacer sus juntas. Las brujas llevaban la lumbre en un molcajete y, como éramos chicos, nos daban miedo. Ellas no tenían pies —antes decíamos patas, ahora se llaman pies—. Un señor, Valente Pérez, nos dijo: “No se muevan, aquí no pasa nada”. Vimos a las brujas a boca de jarro: estaban con sus caras de cristianas, y que llegan otra y otra de los diferentes pueblos. Quisimos matarlas con el fusil, pero nunca salieron los tiros. Se fueron merito al dar las 12 de la noche volando con sus alas de petate.

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INUNDAR EL DESIERTO

La creencia de que era posible recuperar algo de lo que fue el Lago de Texcoco obedecía a este razonamiento de los científicos Jazcilevich y Jáuregui: si desecar ese cuerpo de agua aumentó gravemente la temperatura del Valle de México, inundar hasta cinco hectáreas ociosas del terreno custodiado por Conagua bajará la temperatura de la metrópoli. “Un cuerpo de agua frío dentro de una ciudad necesariamente la enfría. Por otra parte, el contraste de grados entre tierra y agua causa una brisa refrescante. El lago podría regular el clima”.

A esa idea se sumó otra igual de atractiva. Como el lago está seco, cuando sopla viento se crean tolvaneras o tormentas de arena con partículas contaminantes. “Y entonces vuelan desde Texcoco cosas de las que no queremos enterarnos y que llegan a toda la ciudad: desechos humanos —“mierda”, dice Jazcilevich tapando la grabadora—, sodio, diesel. Esas partículas entran a nuestros pulmones porque miden menos de 10 micras. Y no hay defensa. De los alvéolos del pulmón pasan al torrente sanguíneo y causan enfermedades respiratorias”.

De modo que si el lago resurge con un tamaño mucho mayor al actual, ese fenómeno se mitigaría, pues las partículas se disolverán en el agua.

Con dinero y apoyo material de Departamento de Agricultura de Estados Unidos y el Programa de Investigación en Cambio Climático, los científicos han instalado en el antiguo lecho del Lago de Texcoco aparatos de última tecnología: estaciones meteorológicas, túneles de viento, instrumentos Sensit para detectar gases. Un objetivo es capturar las partículas contaminantes de los suelos para medir su volumen y analizarlas para saber qué son.

El resultado de las investigaciones estará listo en agosto de este año. Luego habrá que convencer al gobierno federal de iniciar los trabajos. “Arquitectos como Alberto Kalach —quien también ha creado planes para recuperar el lago— se han interesado en estos planes. Inundar el terreno de Conagua hasta Sosa Texcoco sería una inversión muy grande pero realizable”, dice Jazcilevich.

¿Qué es Sosa Texcoco? En la zona federal protegida operó desde 1943 esa poderosa compañía. Su función era extraer del subsuelo del lago carbonato de sodio, la base de la sosa cáustica. Medio siglo después, en 1993, inició una huelga de trabajadores que derivó en la quiebra de la empresa.

Sosa Texcoco murió. Hoy, dos décadas después, las majestuosas tierras que ocupaba son una cruda imagen de la desolación y la podredumbre.

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LES ENCANTA MUCHO

Rumbo al Lago Nabor Carrillo —el destino del agua tratada— vemos dos hombres en bicicleta que avanzan veloces. “Son recolectores”, dice la bióloga Emma. Los señores que se detienen son parte del grupo de 20 pobladores de Chimalhuacán que —con un permiso para ingresar al área protegida de Conagua— sobreviven con idéntico oficio que el de sus antepasados hace más de medio siglo. “Sacamos el mosco del ahuautle, el tequesquite, el romero, la artemia para que coman los pescados y el requesón”, recita Juvencio, de 57 años, de sombrero de palma y playera con un Jesucristo multicolor.

—¿Requesón?
—Es un gusano acuático que sale fresco en los canales de por aquí. Usted lo exprime y le brota una lechecita que se come.

Pero él y su colega Genovevo saben cuál es el producto rey: el ahuautle, muy apreciado por Moctezuma. “El caviar mexicano”, aclara Juvencio.

En unos minutos, se meterán con pantaloncillos cortos a la orilla del Nabor Carrillo y buscarán a esos “moscos”, hemípteros que saltan sobre el agua como en una llovizna y que capturan con una red. Su hueva, muy valiosa, la sacarán de mechones de pasto ribereños para luego ventilarla, tostarla y secarla antes de venderla.

—¿En cuánto anda el ahuautle?
—Unos 500 pesos el platillo.
—¿Quinientos? ¿Y quién les compra?
—El que le gusta.
—¿A ese precio?
—Los políticos —se carcajea—, ya es de ellos la tradición.
—¿Su mejor cliente?
—Antorcha Popular, quien manda en Chimalhuacán. En sus giras se lo regalan a gentes, a otros políticos.
—Se lo vendemos a los líderes —explica Genovevo—. Al chingón de Antorcha, el Aquiles (Córdova), y el que le sigue, (Jesús Tolentino) Román (Bojórquez).
—¡Qué bárbaro —añade Juvencio—, cómo les encanta! Les encanta mucho.

 

SILVINO Y LOS PESCADORES

Lázaro Cárdenas secó nuestro lago. Una comisión de 100 pescadores de Chimalhuacán, de Tocuila, de San Felipe, fuimos a ver a su funcionario (el presidente de la Comisión Nacional de Irrigación,
Marte R. Gómez). Nos recibió en un saloncito.

—¡Qué quieren! —nos gritó.
—Usted no nos grite —le contesté—. No crea que por estar vestidos de lana semos borregos.
—Dígame qué quieren.
—Usted nos va a secar nuestro lago. ¿De qué va a vivir todito este pueblo?

Se sonrió. Ya ve cómo son cuando están preparados y uno no lo está. Y luego dijo: “Ustedes vienen con saliva y el estado de Hidalgo que quiere su agua con esto (hace señal de dinero)”. Tenía razón: por duras que estén las puertas, con dinero se abren.

Acabó la reunión y nos venimos desde el centro de la ciudad hasta Chimalhuacán caminando porque ni camiones había. Y luego nos secaron el lago. Muchos debieron irse a México de peones, a cortar zacate.

Nos dolió que nos lo secaran.

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PARAÍSO JUNTO AL BORDO

Cuando todo parecía perdido, una idea brillante de la hoy extinta Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos devolvió algo de su vocación al lago extinto. Durante cinco años, 180 pozos instalados sobre un terreno estéril de mil hectáreas extrajeron agua del manto acuífero. El terreno arcilloso se fue hundiendo hasta dar forma a un lago que se inundó con 36 millones de metros cúbicos, dentro del que hoy viven carpas, mexcalpiques y tilapias. El lago Nabor Carrillo se inauguró en noviembre de 1985.

Su función es almacenar el agua procesada por sus dos vecinos sistemas de tratamiento y bañar a través de canales y sistemas de riego por goteo cerca de 8 mil hectáreas de esta reserva natural. Al paso de los años, el trabajo de químicos, agrónomos, biólogos, electromecánicos e ingenieros ha permitido que en una tierra salitrosa y hostil abunden pastos halófilos (resistentes a la sal) y dos especies de árboles, tamarix y casuarina, plantados en cortinas rompevientos que mitigan las tolvaneras contaminantes y que ya forman bosquetes.

Llegamos por un camino a la orilla del lago, donde un polluelo de tildío corre delante asustado por el ruido de las llantas. Sobre el agua, verdosa y espesa, nada una familia de seis patos payasitos. Grupos de garzas van saltando de árbol en árbol mientras sobre ellas vuelan patos mexicanos. Cerca de 150 especies de aves han ido poblando este cuerpo de líquido colindante con Chimalhuacán —donde la pobreza de su más de medio millón de habitantes se enlaza con la devastación ecológica— y con el tiradero del Bordo Poniente, cuyos añejos estratos de desperdicios lanzan a la atmósfera gases viciados.

Pese a ello, cada año, en este lago hacen escala en su migración desde Canadá decenas de especies de patos, como el Anas clypeata, Anas acuta o Anas americana. Y, sin que exista una explicación científica, hace seis meses llegó un flamenco rosa, el segundo que se queda a vivir en este lago desde el año 2000. “También, especies como el pato golondrino se reproducen arriba de los islotes”, dice Emma. Cuando estamos a punto de abandonar la ruta que circunda el Nabor Carrillo, vemos volar aves ibis cara blanca que propagan su canto en un cielo surcado a cada instante por los aviones que despegan del aeropuerto capitalino.

De pronto, únicamente 200 metros adelante, el paisaje se empieza a tornar lúgubre: “Esta es la ruta que nos lleva a Sosa Texcoco”, avisa Emma. Al levantar la vista surge un canal seco en medio de una llanura estéril y plomiza en la que es inconcebible la vida.

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APARECEN CADÁVERES

No puede haber más silencio y vacío en otro punto del Valle de México. En extensiones incalculables hacia los cuatro puntos cardinales, todo lo que hay es tierra oscura, desgajada y lodosa. La ruta que conduce al embalse El Caracol de la desaparecida compañía Sosa Texcoco sigue la dirección de un canal de inmóviles aguas negras. Repentinamente aparece un pequeño y estilizado pájaro blanco y negro que canta desesperado, como lamentando una fatalidad. La “monjita” camina sobre las laderas del canal sorteando tubos de PVC, tambos, bidones, trozos de llantas. “Debe ser que no encuentra su nido”, supone esta mañana Miguel Martínez, el técnico de campo de Conagua que nos guía.

Este desierto que los investigadores de la UNAM quieren inundar para convertirlo en un enorme lago no presenta más señales humanas que dos cuartuchos de tabique junto a la ruta. Nos detenemos.

En el primero, de paredes cuarteadas y techo vencido, hay escombros y montones tierra. En el segundo, de ventanas pulverizadas, se aprecian una escoba, más tubos de PVC, cajas vacías de Botas Industriales Galgo, un bidón vacío de revelador Kodak Ektacolor y un cajita que pende de un muro rebosante de ramas; alguna vez debió ser el hogar de un ave.

Afuera, si uno observa en lontananza, puede ir descubriendo entre la contaminación neblinosa los contornos de Neza y Chimalhuacán al sur, Ecatepec al oriente y Texcoco al poniente.

Un kilómetro más adelante surge una caseta de vigilancia. Un policía  del Cuerpo de Seguridad Auxiliar del Estado de México suspende los jicarazos que con un bote de crema Lala echa a sus sartenes enjabonados. Sale a nuestro encuentro.

—¿Con qué objeto vienen? —pregunta extrañado como si jamás nadie se parase aquí. Presuroso, sale de la caseta un segundo agente con gorrita de invierno negra y botas militares de gruesos cordones. En silencio nos mira con el ceño fruncido y sosteniendo su metralleta Uzi 9mm.
—Un reportaje —contestamos.

El agente escribe nuestros nombres bajo la mirada atenta de Pinta, su flaca perrita.
—Pasen.
—¿De qué le sirve aquí una metralleta? —pregunto.
—Aparecen cadáveres en los canales —contesta el funcionario de Conagua.

Unos 500 metros adelante ya se despliegan las ruinas de Sosa Texcoco: un encharcamiento del tamaño de unos 10 campos de futbol donde alguna vez se evaporaba el agua para extraerle carbonato sódico. El agua muerta, con costras verdes y marrones rebosantes de moscos, descarga un olor irrespirable.

Un grupo de cuatro golondrinas, sin embargo, nada alrededor de un islote de llantas que se alza en medio del líquido estancado.

No hay modo de estar un minuto más sin sentir una revoltura en el estómago. En el descampado vecino caminamos junto a una pila de costales y botes de Clarasol; una liebre de pelaje pardo claro nos descubre y en tres segundos huye a saltos. Lo último que veremos en nuestra visita al Lago de Texcoco es una muñeca rosa atrapada en las cuatro ramas de un arbolito enano. Desnuda, con el rostro negro y carcomido por los rayos de sol, voltea hacia el cielo.

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SILVINO, EL ÁGUILA Y EL NOPAL

Contaban los abuelos y los bisabuelos que el águila voló hasta el tlatel de El Tepalcate, que estaba en la parte baja de Chimalhuacán: el águila tenía abajo un nopalito, y más abajo la gran cantidad de agua que venía del rancho El Molino. Ese nopal duró siglos y nunca se secó; nomás se cambiaban las pencas de arriba: no crecía grandote ni chiquito. Era un tlatel muy bonito y ahí nos íbamos a quedar los que pescábamos. El águila se paró en el nopal. Quiso que ahí fuera México.

Hasta que un día a El Tepalcate lo fincaron, le construyeron la Prepa 16 y adiós al nopal. Puede usted mismo ir a El Tepalcate, vea lo que quedó ahí.

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PREPA 16

Voy en busca del lugar al que el viejo Silvino atribuye ser el origen de nuestra nación. Lo que fue el tlatel El Tepalcate es un entramado de manzanas grises atestadas de hojalaterías, misceláneas, talleres mecánicos, expendios de materiales para la construcción y multitudes que, presurosas, andan en mototaxis ruidosos que van y vienen entre comercios y casas austeras como gavetas. No hay un solo vestigio del islote más hermoso del Lago de Texcoco, cuyo pavimento polvoriento me conduce a mi destino final: la Escuela Preparatoria Oficial 16.

Su fachada blanca hace algún tiempo fue cubierta de frases célebres de John Ruskin, Ralph Waldo Emerson, Séneca, Winston Churchill y Lao-Tsé sobre la dignificación de la condición humana. Pero tanto graffiti las ha ido desapareciendo. Como desaparecieron el lago, el tlatel y el nopal donde el águila se paró porque, como dice Silvino, quiso que ahí fuera México.

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Comentarios (2)

  • jesús balderas

    Por el año de 1977 había bastante flamenco rosa por eso hoy en día no te extrañe verlos, había codorniz, pato, tortuga y cuando se empezó a construir Valle de Aragón se descargo tabique rojo que sirvió de nido para la vívora de agua que se multiplico al por mayor.

  • Fernalbo GB Colo Colo

    De poco me sirvió, pero me sirvió igual lo ocuparé

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