El síndrome del shuffle

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El síndrome del shuffle

Por Baxter
@elbaxter

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Hace unos días se cumplieron 50 años del lanzamiento del primer álbum de los Beatles. También, en estas fechas se conmemoraron los 40 del Dark Side of the Moon. Es la nueva música clásica. A pesar de su longevidad, estos discos —disímiles en mensaje, género y público al momento de su lanzamiento— suenan atemporales y aún cosechan  fanáticos en el presente.

Álbumes como estos dos siguen desplazando copias físicas en distintos formatos, en tiempos donde comprar discos es considerado más un acto fetichista que indicador de gustos musicales.

No es coincidencia que cada diciembre, la disquera que tiene los derechos para reproducir el material de los Beatles, tenga un as nuevo bajo la manga. Los entusiastas de su música hemos visto pasar todo tipo de reediciones, refritos y happenings relacionados a su universo. El año pasado fue el colmo: la reedición en vinilo de todos sus largos (LP). Es decir, la “novedad” fue volver al primer formato en el que fueron presentados. Cada vez resulta más difícil innovar sobre algo que murió hace 40 años. Pero cuando se trata de monstruos de la mercadotecnia, siempre habrá algo: videojuegos, llaveros y el vasito tequilero de recuerdo, además de la edición del disco “de colección” con un tiraje mundial de millones. Lo consumimos, no lo dejamos ir, nos sigue hablando.

Coleccionar discos se ha convertido en una actividad casi filantrópica. Aquel que va a la tienda de las televisiones puestas al revés (desde 1994) a comprar cds es visto como un bicho raro. Poco a poco, éstas han ido cambiando de giro o, en el caso más triste, quebrando. Cada vez es más difícil encontrar entre sus empleados a un clavadín que pueda recomendar lanzamientos y conversar de música con los clientes. Lo que era un paraíso para melómanos en nuestro país se ha convertido en una tienda de dvds, videojuegos y, sí, ¡iPods! La música dejó de ser importante para su negocio, porque seguimos sin olvidar esa época de oro donde poseer un disco te volvía parte de algo. Hoy, vivimos la era del shuffle.

Todavía no pasan ni 10 años de la invención del MP3 y su avanzada ha sido despiadada. Logró destruir a la industria discográfica al modificar la forma en que escucharemos la música para siempre. El shuffle y las playlists han matado al disco como un modelo de experiencia estética. Hoy, es común escuchar a Sonic Youth seguido de Justin Timberlake y una rola de Juan Gabriel en una fiesta. Y el ritual de escuchar un disco, leer las letras, darse el tiempo para «ser parte de algo» muere poco a poco. Los melómanos más sofisticados curan playlists que pueden ser escuchados por estados de ánimo o entusiasmo por géneros musicales pero, al final, siguen siendo archivos comprimidos de audio. Pocos son los que rebasaron la barrera y siguen ocasionando hábitos de culto, la gran mayoría lanza rolas. No es mejor o peor: simplemente es evolución.

La radio musical muere lentamente. YouTube es el medio más importante de descubrimiento musical entre los adolescentes de todo el mundo y servicios de streaming legal como Spotify —de reciente ingreso a nuestro país— crecen exponencialmente. Hoy, la plataforma tiene más de 20 millones de usuarios en el mundo, que pueden acceder a una vastísima biblioteca musical (sin los Beatles ni Pink Floyd, de momento). No es casualidad que tengamos ahora eruditos musicales de menos de 20 años. Las nuevas tecnologías propician la propagación de aspiradoras musicales que encuentran toda la música del mundo a un click de distancia. Está al alcance de las nuevas generaciones y el tiempo para dedicar a un solo disco es muy reducido. La oferta es infinita.

Vivimos en shuffle. Aun así, los más entusiastas regresan a los artistas de siempre: los legendarios, a las micro empresas que hicieron álbumes completos que modificaron la forma en la que pensamos la música. Esperamos y observamos a los nuevos Gutenbergs de la música.

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