El juego del gato y el ratón en Arizona

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El juego del

gato y el ratón 

en Arizona

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Recuerdo la frase que Edu Ponces, el fotógrafo con quien viajaba, me dijo al final de este viaje:

“Esto de la Patrulla Fronteriza es más mitología que realidad”.

Resultó que los malos del cuento no lo son tanto, que la frontera con su muro, sus radares y sus patrulleros sigue siendo porosa; claro, más para los narcotraficantes que para los migrantes.

La prioridad no son los indocumentados, pero la persecución de unos vale para los otros. Y a eso a lo que unos llaman fracaso al final del camino los patrulleros le llaman juego. Uno que se repite cada hora, cada día.

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Por Óscar Martínez
Fotografias: Edu Ponces / Elfaro.net / Ruido Photo

 

Diciembre de 2008, Arizona, Estados Unidos.- Uno de los 23 radares giratorios ubicados en estos 440 kilómetros de frontera desértica ha lanzado una señal. En una de las pantallas del centro de control del cuartel aparecen cuatro puntos. El radar, ubicado cerca del llano en el poblado de Arivaca, se ha detenido en un cuadrante. Ha dejado de girar. Ahora que detectó movimiento, se enfoca en esos pequeños círculos rojos que proyecta el monitor. El juego acaba de empezar.

Al menos tres patrullas todoterreno han recibido la señal en sus pantallas. Los puntos se mueven. Los vehículos aceleran hasta llegar a una zona de vigilancia. Se estacionan en un montículo cerca del llano. Por los radiotransmisores de unos 60 vehículos de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos (Border Patrol) suena el mismo mensaje: “Tenemos movimiento”.

Han pasado unos 20 minutos desde que el radar cumplió su función. Los agentes no logran ponerse de acuerdo. No saben a quiénes persiguen. Por el radiotransmisor del carro patrulla en el que viajamos se escucha la confusión, que aumenta cuando los cuatro puntos rojos se encuentran con otros cuatro que entran en la pantalla. Son las tres de la madrugada y ahí abajo, en el llano, en medio de este desierto, hay ocho personas que caminan a pesar de que el frío decembrino pone la carne de gallina.

Por el radiotransmisor suena el desconcierto: ¿serán dos grupos de migrantes que se han juntado? ¿Serán dos guías que reúnen a sus grupos? ¿Serán burreros que se han encontrado con aquellos que los van a llevar al punto de entrega de la droga?

La agente Marroquín decide acercarse. Acelera el todoterreno, cruza por Arivaca, pasa por varias rancherías y se desvía en la calle que lleva hacia el pueblo de Amado. Aquí está el montículo, rodeado por Diablito Peak y Diablito Mountain. Aquí, el agente que más hablaba por el radiotransmisor está pegado a sus binoculares de visión infrarroja. Observa hacia el llano desde el techo de su camioneta. Da indicaciones a los tres patrulleros que han bajado a buscar a los migrantes o a los traficantes, a buscar las ocho siluetas rojas del visor: “One eleven, one nine, from your position to the northeast”.

Los tres patrulleros de a pie llevan consigo una pantalla que les permite ver, en tiempo real, lo que el de los binoculares mira. Las siluetas formadas por granitos rojos aparecen y desaparecen. “Busquen un cometa atorada en una pared destruida, por ahí cruzaron”.

La tarea no es fácil. Esos caminantes en el desierto de Tucson, Arizona, han cambiado tres veces de rumbo en sólo media hora. Entran y salen de pequeños desniveles en el terreno, que impiden el contacto visual. No saben que todo un sistema tecnológico les apunta. No saben que unos 15 agentes los persiguen.

La agente Marroquín advierte: “En este trabajo, la paciencia es importantísima”. Mientras tanto, los cinco patrulleros que rodean al que corona el todoterreno pegado a sus binoculares, han sacado café, cigarrillos y conversan al pie del vehículo acerca de cosas cotidianas. Colegas de trabajo, hijos, clima. “¿Qué tal está Michael?”.

Los demás siguen en comunicación. “No los divisamos”, dicen los de a pie. “Iban hacia el noreste, pero luego cambiaron de dirección y los perdí —contesta el de los binoculares—. Ubiquen el cometa y desde ahí los orientaré”. “Ya estamos aquí y no vemos nada”.

Hace más de una hora que el radar GSR lanzó la señal. Hace más de una hora que un agente del cuarto de control del cuartel de Tucson repartió la transmisión a las patrullas. Una hora ha pasado desde que esos oficiales dieron la alerta por los radiotransmisores de todas las patrullas. Ya hace más de una hora que el agente que está pegado a los binoculares aguanta frío en el techo de su todoterreno, a pesar de sus guantes, su gorro y su gruesa chamarra verde que lleva la insignia de su corporación: U.S. Department of Homeland Security / Custom and Border Protection (Departamento de Seguridad Interna de Estados Unidos / Aduana y Protección Fronteriza).

No sería posible ver nada desde el montículo de Arivaca sin la tecnología infrarroja. Lo único que se divisa, a pesar de que la luna está redonda e inmensa, es un llano deforme, oscuro, frío, con algunos arbustos desérticos y escombros silueteados. Lo único que se escucha es el silbido de un viento que hiere la piel. Los labios han empezado a sangrarme y al abrir la boca mucho siento que la piel de mi rostro va a romperse como hule que cede.

El agente de los binoculares y los que barren a pie el llano se comunican para decirse lo mismo: “Nada de contacto”. Y se responden lo mismo: “Nada por aquí tampoco”.

La lógica lleva a pensar que el operativo será complejo. Quizá uno de los 13 helicópteros OH-6 aparecerá desde atrás de Diablito Mountain y lanzará su chorro de luz hacia el suelo y permitirá que los tres agentes de a pie dejen de andar a tientas, se quiten sus lentes infrarrojos y vean esos ocho puntos rojos convertidos en personas asustadas, escondidas en un matorral, o en empleados del narco que abandonan su carga y se echan a correr de vuelta hacia México.

Pero no, la rutina es la rutina, y las reglas del trabajo se aplican cada noche. El agente de los binoculares baja del techo del todoterreno. Los motores de las tres camionetas encienden, y la agente Marroquín dice que nos vamos.

Edu Ponces, el fotógrafo, y yo nos miramos sorprendidos. Hace más de una hora que persiguen a esos puntos rojos con toda su tecnología y con 15 agentes. ¿Nos vamos a dónde? “A ver qué más hay”, responde Marroquín. Se da cuenta de que ni Edu ni yo entendemos lo que ocurre, lo que hemos olvidado y ella ahora nos recuerda: “En este juego hay que acostumbrarse a perder. A veces ganamos, a veces perdemos. Es así todos los días, todas las noches.”

Lo advirtió desde el principio, hace unas 12 horas, cuando nos encontramos en la base de Tucson. No van a permitir que 15 agentes busquen un mismo objetivo durante dos horas. Este desierto se llena de objetivos cada noche. Así es el juego.

EL TRACKING

¿Listos para jugar? Eso fue lo primero que dijo. Cuando apareció por una de las puertas del cuartel de la Patrulla Fronteriza de Tucson, Arizona, Esmeralda Marroquín —morena, bajita, con rasgos de indígena mexicana— soltó la pregunta. No respondimos, nos extrañó la pregunta. Ella prosiguió: “El juego del gato y el ratón”. La agente Marroquín y los otros 18 mil patrulleros estadunidenses que custodian su frontera son el gato. Los cargadores de miles y miles de kilos de marihuana y cocaína y los 3 mil indocumentados que cada día intentan entrar a Estados Unidos son el ratón.

Nos juntamos a las tres de la tarde, 12 horas antes de que ocurriera la persecución enclavada entre Diablito Pick y Diablito Mountain.

La gestión fue larga. Dos meses de conversaciones telefónicas, de correos y de negociación. La Patrulla Fronteriza hace recorridos para periodistas todos los meses, pero consisten en visitar algunos lugares por donde pasan migrantes, entrevistar patrulleros y regresar a casa. “Tours” les llaman los agentes de comunicación de esta dependencia del sistema de seguridad de Estados Unidos. Nosotros solicitamos un recorrido particular: “Queremos ver la rutina. Queremos ver cómo se trabaja normalmente”. Luego de consultarlo con la central en Washington, aceptaron. Podríamos verlo todo de cerca.

La gestión la iniciamos después de un recorrido por algunos de los lugares más calientes de la frontera del lado mexicano: Ciudad Juárez, la más violenta del continente por su tasa de homicidios. Una de cada cuatro personas ejecutadas en México por los narcotraficantes durante 2008 cayó en Ciudad Juárez, frontera con El Paso. Nuevo Laredo, que está separada por el río Bravo de su par estadunidense, Laredo. Desde esa ciudad mexicana los narcotraficantes, muchos de ellos de Los Zetas, controlan las rutas de los coyotes que viajan con centroamericanos y coordinan los secuestros de indocumentados en el sur. También habíamos visitado Altar y Nogales, pueblo y ciudad mexicanas cercanas a Tucson, y que desde 1920 están en la principal ruta de entrada de marihuana a Estados Unidos, y desde 2005 también en la de mayor paso de migrantes.

La pregunta que buscamos responder del lado estadunidense, luego de ver esos sitios controlados por los narcos, es si el muro, los helicópteros, las cámaras de vigilancia, los sensores terrestres, caballos y todoterrenos bastan para controlar una frontera que quiere ser penetrada por miles de personas cada día. La pregunta es si el mensaje lanzado desde los despachos de gobierno estadunidense es cierto. Si su muro es infranqueable, si su muro (entendido como un todo integrado por tecnología, valla y personal) es suficiente para contener la marejada que se les viene encima una y otra vez.

Michael Chertoff, el secretario de Seguridad Interior de Estados Unidos durante el mandato de George W. Bush, siempre matizó que el “reto era enorme y no se resolverá en 30 minutos”, pero también habló varias veces de que las medidas tomadas en la frontera con México llevarían a su país hasta “la victoria final”, “el cierre definitivo” del paso de drogas e indocumentados. Queremos saber si las declaraciones de despachos blancos se cumplen en el árido terreno.

La agente designada fue Marroquín, con 10 años de experiencia, y que ahora se dedica a la labor de comunicaciones del sector más vigilado, el de Tucson.

Marroquín tiene 37 años, es hija de un francés y una mexicana, y nació aquí, en Arizona. Su madre llegó con papeles a Estados Unidos. Cuando le pregunté qué la motivó a formar parte de la Patrulla Fronteriza, respondió tajante: “Por amor a mi país, para devolverle algo de todo lo que me ha dado”. Por amor a su país pasó seis meses de entrenamiento, de clases de español y acondicionamiento físico. Por amor a su país, dice, formó parte hace dos años del equipo Disruptor, que infiltra agentes en el flujo de migrantes para desmantelar redes de coyotes que guardan a los indocumentados en casas de seguridad, hasta que sus familias pagan.

Habla con desprecio de los coyotes, “esos traficantes que con tal de conseguir el dinero engañan al migrante y lo dejan tirado en medio del desierto”, pero no hace lo mismo al referirse a los indocumentados, “esas personas que sólo buscan una mejor vida”. Sin embargo, tiene claro su trabajo: “Yo no los puedo dejar pasar”. Y remata poniendo unos granitos más en un lado de la balanza, el de la comprensión para sus contrincantes en este juego: “Yo sé lo pobre que es la gente por allá. Mi abuela era indígena. Yo sé cómo viven”.

La rutina empezó. El radiotransmisor del vehículo estaba encendido, pero no emitía instrucciones. “Vamos a seguir la acción”, había dicho Marroquín. “Vamos en busca de persecución de migrantes, tracking. Cuando escuchemos acción por el radio, hacia allá iremos. A veces cae mucha droga y pocos migrantes. Otras veces, caen muchos migrantes”, explicó mientras se inclinaba hacia adelante en la butaca del conductor, la mirada clavada en el asfalto. Durante media hora, el radio no sonó. La agente Marroquín se dedicó a contar anécdotas.

–Recuerdo la única vez que tuve que sacar mi arma. Fue en mis primeros años en la Patrulla. Me topé con siete burreros. Uno levantó un tronco. Yo quité el seguro de la pistola y pensé: ahí vas a quedar. Por suerte, dejó el tronco y corrió. Sólo podemos abrir fuego si la persona tiene intención y posibilidad de causar daño de muerte. No importa si lo que levanta es una piedra, una navaja o un arma de fuego. Si yo pienso que mi vida corre riesgo, puedo abrir fuego.

El todoterreno recorría caminos asfaltados que parten kilómetros y kilómetros de desierto. Afuera, a pesar de que el sol daba de lleno, el viento frío ya rompía la piel. Nada se movía.

La agente Marroquín notó algún desconcierto y nos tranquilizó con una sonrisa. Una sonrisa cálida que, entre su tez morena y su pelo negro, lacio, amarrado en un moño, le quitaba gravedad al ambiente: “Esto es así. A veces hay mucho qué hacer y a veces paseas por el desierto sin escuchar nada. Pero no se preocupen, de un momento a otro, la acción estalla”.

–Ahí –señaló cuando llegamos a un retén entre los pueblos de Amado y Arivaca– es una zona de llegada de polleros. Hemos detenido a muchos migrantes esperando en esta carretera a que los pasen a recoger.

Lo único que diferenciaba ese punto de cualquier otro es que tres agentes (dos de ellos de ascendencia latina) habían montado sus conos fluorescentes. Los puntos calientes que los patrulleros identifican no son nada particular para el ojo de un inexperto. Lugares idénticos a los demás, sin otra particularidad que la que ellos saben ver. Cuestiones como que a 10 kilómetros desierto adentro hay un paso entre las montañas que permite a los migrantes no ser detectados por las cámaras y no tener que subir esos enormes picos cuando ya llevan unos cinco días de caminata.

A pesar del olfato desarrollado por los patrulleros, la rutina no deja de ser cuestión de suerte. “No hay un lugar determinado por donde digas que siempre pasan. Cada día encontramos una nueva ruta”, explicó la agente Marroquín.

“Por ejemplo, hoy no ha pasado”, complementó uno de los agentes del retén. De la estampa creada (por el cine, por la música, por las anécdotas) a la realidad hay un abismo. Esto no es un campo de batalla con uniformados corriendo todo el tiempo detrás de latinos harapientos y pick ups con hombres de armas largas que escupen ráfagas. Este es un lugar silencioso. Vacío. En el sector de Tucson hay 440 kilómetros de frontera que son cubiertos por 3 mil 100 agentes que se dividen por turnos. Una inmensidad de llanos, cerros, montañas y arbustos. Cientos de kilómetros de frontera, donde siempre hay movimiento, pero no siempre a la vista. Ahí, entre Amado y Arivaca, los agentes reportaron que nada de nada.

La agente Marroquín lo tomó con calma. “Así es este juego”, dijo una vez más.

Montó en el vehículo y continuó la ruta. “Vamos a ir rumbo al muro de Nogales. En la noche a veces pasan droga”, explicó. Condujo durante una hora antes de llegar a Nogales y detenerse en un estacionamiento para tráileres.

A veces, un patrullero pasa una aburrida noche de espera, café y cigarrillos en el asiento de su todoterreno, sin más entretenimiento que mirar el desierto estático. A veces, como le ocurrió al agente Luis Aguilar el 20 de enero de 2008 a las 9:30 de la mañana, estás tranquilo instalando alambre de púas en un camino cuando una enorme Hummer tripulada por narcotraficantes te embiste. Aguilar es el último agente caído en funciones.

En el estacionamiento había siete enormes contenedores. El sitio estaba en lo alto de una ladera. Ahí, un patrullero en bicicleta reportó el primer movimiento. Desde allá arriba se observaba parte de los casi 50 kilómetros de muro que dividen Nogales de Nogales. A Estados Unidos de México. Casas de un lado, a cinco metros del muro, y casas del otro, a la misma distancia, solo separadas por la armazón de lámina y tonos grises. Una barrera de ocho metros de alto y con cimientos enterrados a un metro y medio que fue construida a principios de esta década con desperdicios de la Guerra del Golfo. Armazones de combate echados a perder.

En la zona de Tucson hay 107 kilómetros de muro y 193 kilómetros de barreras bajas que impiden el cruce de vehículos.

Marroquín conversó un momento con el agente de la bicicleta y tomó sus binoculares. Apuntó hacia la ladera mexicana, en línea recta. “Ahí están”, señaló. Ahí estaban: dos hombres sentados, camuflados entre hierba quemada por el frío. Observaban cómo los observábamos.

–Son halcones del narco o migrantes, vigilando el movimiento de este lado, para decidir cuándo pasar o para avisar a los que tirarán la droga en qué momento hacerlo –dijo Marroquín.

El juego del que Marroquín habló al principio empezaba a dibujar sus reglas: ellos, sentados en aquella ladera, intentarían cruzar. Los patrulleros, vigilando desde su ladera, intentarían evitarlo. Los dos grupos, viéndose durante unos minutos. Los del lado latinoamericano serían los encargados de marcar el inicio del juego del gato y el ratón.

LA CALMA INTERRUMPIDA

Está por oscurecer. Es cuando el movimiento empieza. “Saben esperar”, argumentó Marroquín antes de sugerir que siguiéramos recorriendo el muro.

A las 5:40 de la tarde, el sol lanzaba sus últimos destellos anaranjados. El radiotransmisor del todoterreno empezó a soltar indicaciones. Con la precisión de los trabajadores de una fábrica, los de un lado y otro se activaron con el ocaso: “Tenemos un pequeño carro intentando cruzar en el área de Sásabe”. “Hay persecución cerca del cañón de Abraham, dos grupos diferentes”.

Marroquín aseguró que esos sitios están alejados de Nogales y siguió pegada al radio. “Esta es la temporada calmada, porque a esta hora en otras fechas, parece que se viene todo México y toda la droga que hay”, y pareció haber retado al radiotransmisor, que ya no dejaría de sonar en una hora.

“A todas las unidades cercanas, están lanzando droga por la malla”, resonó dentro del vehículo a las 6:15. “Ese es el nuestro”, dijo la agente Marroquín y aceleró su camioneta.

Otra patrulla estaba estacionada en una calle paralela al muro. La línea de casas entre el muro y la calle impedía que del otro lado los halcones divisaran las patrullas. Con las luces apagadas y los radios al mínimo volumen, los agentes hacían de retaguardia de los dos patrulleros en bicicleta que habían ido a interceptar los paquetes lanzados desde México.

–Siempre son peligrosos los decomisos de droga en el muro, porque a veces disparan desde el otro lado para evitar que atrapemos al que está atrapándola de este lado –susurró la agente Marroquín, con la oreja pegada a la bocina de su radiotransmisor.

Uno de los agentes bajó por la calle, sudado. Todos los patrulleros llevan colgado de las caderas un cinturón de 50 kilos: pistola, gas lacrimógeno, linterna, agua, cargadores, navaja. Dejó un paquete en el suelo, una mochila cubierta con cinta aislante. “Unos 15 kilos de marihuana”, calculó antes de volver a la bicicleta y regresar a apoyar a su compañero con la otra mochila incautada.

¿Y qué pasó con los que atrapaban las mochilas? “Se me corrieron”, respondió el agente mientras pedaleaba cuesta arriba.

Sí, se le habían corrido, pero tampoco los persiguieron. “Así es este juego”, insistió Marroquín. Pero había una explicación más de fondo: “No nos arriesgamos en una persecución que implique riesgos. Si decomisamos la droga y ellos corren para el otro lado, los dejamos ir. No sabemos si van armados. Nos cuidamos de no meternos en una balacera y de no seguir a gente que pueda ir armada”.

Los patrulleros volvieron con dos mochilas más, unos 50 kilos. Cuesta entender por qué los del otro lado tiran paquetes por esta zona sabiendo que la mayoría de las cámaras vigilan el sector del muro, pero para todo hay una explicación en este juego, una estrategia del que intenta.

—A veces tiran la droga por aquí y más allá en el muro y un poco más allá, en tres lugares, para ocuparnos y distraernos de otros sectores donde están pasando vehículos. Igual, los narcotraficantes a veces mandan a grupos grandes de migrantes para que los atrapemos y dejemos libre el sector mientras los llevamos a la estación –explicó en voz baja la agente Marroquín—. Pero ni modo, aunque sepamos que eso ocurre, no podemos dejar que estos paquetes pasen, porque tampoco sabemos por qué lugar van a intentar los otros.

Diferenciar qué es intento sincero y qué es trampa, ahí está el dilema. Como ya había dicho Marroquín, a veces, por lapsos intermitentes, parece que toda la droga del otro lado es lanzada por encima del muro y todo México y Centroamérica se dejan venir. Y el radiotransmisor del todoterreno lo reporta.

7:12. El mismo que antes se le corrió al agente de la bicicleta estaba atrapando paquetes que le lanzaban desde México, a sólo unos metros de donde antes le habían quitado sus 50 kilos.

7:21. Dos migrantes detenidos a unos kilómetros del muro. A la vez, por una de las cámaras se divisó a un hombre del lado mexicano que se alejaba de donde estábamos, con dos mochilas iguales a las que acababan de atrapar.

7:24. “Una persecución en la zona del cañón de Abraham, un grupo de migrantes”, se escuchó en el carro mientras la agente Marroquín recorría el muro.

7:31. En el retén de la carretera Interestatal 19 detuvieron a cinco indocumentados mexicanos que intentaban colarse en un fondo falso de un camión. El conductor, al ver el retén, huyó.

8:03. Una persona se saltó el muro en la zona del centro de Nogales. El clásico intento desesperado. Quiso escabullirse entre la gente, pero dos patrullas lo perseguían. “Casi nunca lo logran de esa manera”, aseguró Marroquín. En la misma zona por donde pasó el indocumentado, unos muchachos lanzaban más paquetes de droga.

8:31. Nos cruzamos en una esquina con dos agentes. Acababan de decomisar 35 kilos de marihuana. ¿Y los cargadores? “Se escaparon, se metieron por ese monte –señaló uno de los patrulleros el conjunto de árboles que estaban a unos tres metros– y ya se habrán regresado a México”.

Más que un juego a muerte, la situación de la frontera es una rutina. Una rutina con huecos. Si se escapan, se escapan. Si tienden una trampa, para despistar, igual hay que caer, aunque se sepa que es una carnada. Como bien dijo Marroquín, en un juego es imposible que siempre gane el mismo. La cuestión es dificultar, no impedir del todo.

–Eso es imposible –explicó Marroquín mientras nos alejábamos de las últimas mochilas de droga–. Si nosotros construimos un muro de 10 metros, ellos tendrán una escalera de 11. La misión de la Patrulla es tener control operativo de la zona. Siempre van a entrar. Tienes que aprender a perder. Luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, nuestra misión cambió. Ahora, la prioridad es detener a terroristas, y en segundo lugar, a los migrantes.

Lo curioso es que nunca se ha reportado la detención de ningún terrorista en la frontera entre Estados Unidos y México, si entendemos por terrorista a lo que Estados Unidos llama normalmente terrorista: algún empleado de Bin Laden, algún miembro de Al Qaeda, un insurgente iraquí que trabaje para Muqtada Al Sadr y se encargue de combatir a los soldados extranjeros en su país.

Pero la definición de qué es un terrorista es cambiante. “Claro que hemos detenido a terroristas. Los narcotraficantes son terroristas”, justificó la agente, sin retirar la vista de la carretera que nos conducía hacia la base de detenciones de Tucson.

“Viven de sembrar terror, y no queremos que lo que hacen en México lo hagan aquí, por eso tenemos a 18 mil agentes en la frontera y seguiremos aumentando el número”, continuó Marroquín, la vocera de este sector de la Patrulla Fronteriza. Como ejemplo de lo que hacen en México, escogió el ocurrido en Michoacán, cuando en la capital, Morelia, una bomba detonó en la plaza central, en pleno 15 de septiembre, mientras cientos de personas esperaban el Grito de Independencia que el gobernador lanzaría. Ocho personas murieron y muchas resultaron heridas en algo que se consideró una venganza de los narcotraficantes por recientes decomisos de droga. No hubo grito.

No tardó en sonar por el radio del todoterreno un ejemplo más concreto de lo que esta corporación pretende evitar en su lado del muro. Sonó una indicación, lanzada por el coordinador del sector: se solicitaba que los patrulleros abandonaran el área del muro de Nogales y dejaran paso a un grupo especial, con armas largas, porque los informantes estadunidenses del lado mexicano –seguramente agentes de la División Antinarcóticos– habían avisado de amenazas del narco, que advertían de que ejecutarían a policías en Nogales. A veces, cuando eso pasa, los sicarios intentan huir hacia Estados Unidos, y por eso la Patrulla Fronteriza realiza operativos especiales, como el que en ese momento estaba por iniciar.

Es imposible saber si es por esta nueva prioridad de la Patrulla Fronteriza que las cifras han mostrado lo que han mostrado. No se puede saber si lo que ocurre es que menos migrantes lo intentan cada año mientras que más narcos envían su droga. Lo cierto es que las cifras son consecuentes con las palabras de la agente Marroquín.

De 2005 a 2008, este sector de la frontera ha registrado un descenso de detenciones de migrantes. Los 439 mil 079 que atraparon en 2005 se convirtieron en 281 mil 207 en 2008. En cambio, los 221 mil 697 kilos de marihuana decomisados en 2005 aumentaron a 235 mil 813 en 2008. Se entiende que lo que se decomisa o atrapa es proporcional a lo que pasa. Esto por una lógica sencilla: si se decomisa más droga de la que pasa, el negocio no sería rentable para los narcos. Si atrapan a más migrantes de los que pasan, el negocio no sería rentable para los coyotes.

El desierto de noche se convierte en un territorio misterioso. Una inmensidad oscura, donde el movimiento de una rama puede parecer un cuerpo que avanza. La luz de la luna engaña. Atravesábamos aquel paraje por la Interestatal 19, con el radiotransmisor encendido: “Otro vehículo entró a unas 12 millas de Nogales, pero se regresó cuando vio la patrulla. Sigue rondando para intentar entrar”, se escuchó. “Así nos la llevamos –dijo la agente Marroquín con una pequeña sonrisa–, correteándolos todo el tiempo”. Y se soltó a contar anécdotas que, aunque involucraban a narcotraficantes, asaltantes del desierto y coyotes, la hacían reír. Las relató como quien rememora la última y más ingeniosa travesura de un niño.

Son de lo más creativo. Ya hemos encontrado a tres falsas patrullas de las nuestras, tratando de ingresar droga. Claro, al hablar por el radiotransmisor, preguntar quién anda ahí, y no obtener respuesta, sabemos que es un engaño. O recuerdo –sonrió moviendo de lado a lado la cabeza– a una señora de 85 años, que llevaba a 16 migrantes en una camioneta que decía: Iglesia de Amor.

Puso un gesto serio cuando recordó que hace un mes un patrullero se topó con tres bajadores. “Uno de ellos llevaba una AK-47”, dijo con el ceño fruncido.

–Y a veces –retomó el tono amable para hablar del juego– se las ingenian más. Sobre todo los narcos. Una vez, detectamos una camioneta porque no la cubrieron bien. Por la pantalla de control de la base solo veíamos un diminuto punto rojo, que no podía ser una persona ni un animal ni un vehículo, y flotaba por el desierto. Al acercarse, las patrullas se dieron cuenta de que era un vehículo lleno de droga, pero cubierto por un metal invisible a la luz infrarroja.

De película. Los narcotraficantes consiguieron alguna especie de fibra de vidrio o metaloide, germanio o algo parecido, y cubrieron todo un carro, dejando descubierto sólo aquel pedazo que los delató. Por eso, la frase con la que Marroquín cerró el anecdotario mientras entrábamos al cuartel de Tucson, cayó como anillo al dedo: “Todo lo que te puedas imaginar que ellos han hecho, lo han hecho, y todavía más”.

El cuartel es una base iluminada con luz blanca, muy parecida a cualquier comandancia de policía. Unos agentes tomaban huellas, otros le quitaban las esposas a un recién detenido. Cuatro patrulleros vigilaban, como siempre pasa, de día y de noche, los 38 monitores que proyectan el desierto y el muro. Dos pantallas grandes de computadoras mostraban puntitos rojos. Personas moviéndose entre las montañas.

En uno de los cuartos de detención se veía por el cristal a siete indocumentados, envueltos en mantas militares y acostados en las banquetas de loza gris. “Esos son los que tienen cargos”, explicó Marroquín. Que si han entrado más de una vez como ilegales, que si violaron o robaron o condujeron borrachos. Sea lo que sea, todos irán ante un juez que les dirá si serán deportados o encarcelados. “Aquellos de allá –señaló Marroquín– son indocumentados sin cargos”. Tres hombres decepcionados, encorvados en otra habitación. Permanecían callados en las bancas, recostados en la pared.

“Esto a veces está repleto, pero más de madrugada, porque siempre intentan de noche”, justificó Marroquín la baja presencia de capturados. “A veces se gana, a veces se pierde”, había dicho. Lo que haya adentro de esos dos cuartos es lo más parecido a un marcador.

Por primera vez, pasada la medianoche, urgimos a la agente Marroquín. Habían pasado nueve horas de recorrido y no se había dado aún ni un operativo de detención de migrantes. Queríamos ir allá donde algún patrullero reportara el paso de un grupo. Sería en ese momento cuando se podría ver qué tan implacable es la Patrulla Fronteriza en este juego diario. Sería en esa acción en la que se podría evaluar cómo un grupo de indocumentados sin más que agua, un poco de comida y cansancio en las piernas se enfrentaba a un grupo de agentes que en este sector no se pueden quejar de falta de equipo: 28 helicópteros, incluidos tres A Star B-3, consideradas de las mejores máquinas para realizar vuelos a ras de suelo y aterrizajes en lugares inhóspitos. Nueve avionetas Cessna, 140 caballos, mil 800 vehículos y una cantidad de cámaras, radares y sensores de tierra que no revelan por motivos de seguridad.

Marroquín cumplió su promesa a rajatabla. Ver la rutina diaria. El minuto a minuto, que a veces es trepidante y a veces silencioso. Entró en su todoterreno decidida a unirse a alguna patrulla que hiciera tracking, que le siguiera el rastro a un grupo en el desierto o en los valles. “Iremos a Bear Valley (Valle del Oso). Ahí, si algo se mueve a estas horas, anda en algo ilegal”.

Nos dirigíamos hacia el campamento Montana, en medio del Bear Valley, un paraje de árboles y calles de tierra. Llegamos a la base improvisada, pero no había nada que reportar. El agente de turno en esa estación móvil había perdido el rastro de un grupo hacía poco menos de una hora. “No los volví a ver”. Y, a esas alturas, ya habrían descendido del valle y estarían en desierto abierto.

“Bajemos de nuevo”, recomendó una agente Marroquín empecinada en encontrar un tracking.

Fue entonces, descendiendo por aquellos caminos irregulares, bordeando el desfiladero, cuando escuchamos la transmisión que provenía desde este lugar donde ahora todo ha terminado, desde Arivaca. Era la 1:20 de la madrugada cuando empezó la persecución de este grupo que acaba de ganar a la famosa Patrulla Fronteriza en el desierto, en medio de Diablito Peak y Diablito Mountain. Un tracking. El juego en su plenitud.

El radar GSR había lanzado la señal. Los perdieron de vista. Los volvieron a ver minutos después, cuando se reunían con otras cuatro siluetas en el desierto. Los agentes se ubicaron en el montículo de Amado, desenfundaron sus binoculares de visión infrarroja, enviaron a tres patrulleros a rastrear la zona. Tracking. Cambiaron de rumbo. “Van al sur”. “Ahora al norte”. Y, finalmente, en una escena, en medio de una persecución de 15 contra ocho, el juego quedó claro. “A veces se gana, a veces se pierde”. El de los binoculares se bajó del carro. Dejó de perseguirlos con la vista. Esto se acabó. Aquí estamos.

GANAR O PERDER, CUESTIÓN DE UN MOVIMIENTO

Es así, todos los días, todas las noches”. Es lo que Marroquín acaba de decir mientras se sube al todoterreno para ir en búsqueda de otra persecución.

Aquí, en Arivaca, esas siluetas lo han logrado. Unos 110 kilos de marihuana más se venderán en el mercado estadunidense. O, si no eran burreros, ocho migrantes más buscarán un trabajo que les permita enviar remesas a México o Centroamérica. Siguen ahí, en algún lugar del desierto, y no saben que han ganado, que pueden dejar de esconderse, porque los patrulleros que los buscaban se retiran en la misma dirección en la que vinieron.

Esta es la dinámica de lo posible, no de lo infranqueable. “Hay que aprender a perder”, repite la agente Marroquín. “Lo que buscamos es tener un control operativo de la frontera”. Es lo real. Cerrar esta frontera es una ilusión que se vende desde despachos políticos. Aquí, mantenerla bajo control, cediendo y apretando, es lo que se puede. Así: lo que se puede.

No hace falta ver un tracking exitoso para entender cómo gana el gato y pierde el ratón. Se pierde con un paso en falso, al asomar la cabeza, al entrar en la línea visual de unos binoculares, al encender un cigarrillo. Se gana haciendo lo contrario. Así de sencillo.

Sin embargo, Marroquín insiste en continuar: “Vamos al retén de la Interestatal 19. A esta hora suelen salir algunos grupos para ver si los recoge la camioneta que los tiene que ir a traer”.

Son las 4:30 de la madrugada cuando llegamos al retén de la Interestatal. Aquí está la otra cara de la moneda.

Al menos para ellos dos, el juego ha terminado. Perdieron. No consiguieron sortear las trampas. Dieron un paso en falso en este desierto. Hicieron un torpe movimiento y ahora están refundidos en un remolque, en la celda del fondo instalada a la par del retén vehicular.

Es una pareja de hondureños. No se pueden ver, porque se esconden tras unas mantas verde olivo en el fondo de la pequeña celda. Se intuyen jóvenes cuando dicen que no quieren hablar con nosotros. Se oyen decepcionados, y es normal, estaban a punto de ganar. Resulta que se separaron de su grupo. Creyeron que podrían salir a la carretera y pedir un aventón. Eso es lo que explicaron a los patrulleros que los capturaron cuando los dos intentaban volver a internarse en el desierto al ver que se acercaba un carro con sirena.

Amanece y la jornada está terminando en esta carretera que conecta Tucson con Phoenix, la ciudad destino de la mayoría de los migrantes que andan por los alrededores. En el intento. Hay desierto a un lado y desierto al otro, y el frío decembrino sigue presente, crecido e implacable.

Han pasado 14 horas desde que nos subimos al todoterreno de la agente Marroquín.

Salimos del remolque. La pareja de hondureños no quiere conversar. Le dicen a Edu que tampoco quieren fotografías, aunque no salgan sus rostros. Sólo quieren que los dejemos en paz. Es normal. Enfrente está el retén de los patrulleros que intentan evitar que droga e indocumentados pasen por este embudo. Este es el último peaje de la Interestatal 19. Todos están de acuerdo: quien logre sortear esta trampa habrá ganado. Eso agudiza la creatividad. Camiones con fondo falso, migrantes escondidos en los lugares más inverosímiles de un carro, como dentro del tablero, y droga que viaja entre las llantas, en el cielo falso o impregnada en el traje de algún tripulante.

La agente Marroquín está bostezando tras el maratónico recorrido. Sabe que los hondureños no quisieron hablar, y sabe que la escena, a estas alturas del partido, es catastrófica para sus contrincantes. Se ha quitado las gafas y se restriega los ojos con los dedos medio y pulgar cuando dice: “Qué lástima, si no se hubieran asomado a la carretera, no los habríamos agarrado. Es una regla, ¡no te asomes a las carreteras!”.

Esta no es una persecución a muerte. La misma Marroquín sabe que la mayoría de sus capturados son personas en busca de trabajo, como dijo durante el recorrido. Pero lo suyo es un trabajo también. Atraparlos, no juzgarlos. Por eso, porque no se trata de amigos o enemigos, sino de roles, es que puede lanzar la frase que acaba de lanzar: “Si no se hubieran asomado a la carretera…”.

Pero se asomaron, y ahora otras tres patrullas se han internado en el desierto, en busca del resto del grupo. Ellos fallaron, y si fallan, la agente Marroquín y sus colegas tienen que actuar. “Así es este juego –repite ella–, es igual todos los días y todas las noches”.

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