Historia escrita a dos manos: de la nana náhuatl que se casa y por fin habla fuerte -Por Laura Athié

Digital, La cáscara de la historia

Melly-yAbrilTejedora de historias

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Historia escrita a dos manos:

de la nana náhuatl que se casa

y por fin habla fuerte

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Por Laura Athié*

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Para Melly-Mujer manzana de mirada indígena,
porque nunca me enseñó a hablar su lengua

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Un día, la anciana más hermosa del pueblo me coronó de flores como si yo fuera náhuatl.

Nos vimos hace tiempo. Ojos profundos, mirada franca. Piel morena como la tierra que pisamos cuando fuimos a su casa por primera vez. Ojos llenos de rabia como las manzanas rojas que guardan en silencio algún dolor, un coraje impune, un lastimar callado que no sale porque la voz no se levanta aunque uno se enoje una y otra vez. Porque los indígenas nacen para bajar la vista, abandonar sus tierras, pisar el cemento buscando una oportunidad. “Nosotros no levantamos la voz”, me dijo, hablando quedo como solía hacerlo en un principio.

Aquella tarde de lluvia cerca de Cuetzalan, en la tierra de las esferas de vidrio, ella nos dijo “pasen” y entonces pude verla: indígena, hermosa, en todo su esplendor, en la casa suya que nos abría las puertas. Melly nos convidaba el mole y las corundas, las tortillas de masa recién echadas al comal. Festejamos entonces a su hija, que terminaba el preescolar en una escuela indígena de Zacatlán de las Manzanas.

Unas horas antes ahí, en esa zona serrana de Puebla, lloré en medio de la plaza principal como una niña. A un costado de la iglesia, me colocaron de pie sobre la yerba que las maestras y los padres pusieron en el suelo de piedra para armar el festejo. Casi podía sentir la humedad del bosque improvisado que pisaba, con mis pies.

Yo tenía que aguardar la mano de Miriam —la hija de Melly a quien amadrinaba— al tiempo que ella bajaba por unas escaleras vestida de princesa. El rito consistía en quedarme parada mientras 30 mujeres indígenas del pueblo, sentadas en sillas en una larga línea frente mí, observaban el lento caminar de la anciana mayor que se acercaba para coronarme por ser madrina, con una guirnalda de bugambilas magenta y blanco que colocó en mi cabeza. Frente a todos me dijo que yo era madrina mientras los niños graduados bailaban detrás. Sacó de la canasta de paja, todavía húmedas, un montón de flores tejidas en un collar que puso en mi cuello, entonces me besó en una mejilla y me dijo: “Soy la anciana mayor, la abuela de Melly, y soy la anciana más hermosa de aquí”.

Zacatlan-vestidas-para-la-ceremoniaAl fondo Melly, la mujer náhuatl que cuida a mi hija desde que tiene seis años de edad, reía todavía dudando que yo estuviera en su tierra, con los suyos, que me miraban raro por ser de la ciudad y vestir públicamente esas ropas indígenas originales de madrina, las cuales —cuenta Melly— ya ninguna joven quiere ponerse ahora en esos rumbos.

Su madre, que había bordado las cintas, las blusas y el encaje que se coloca por sobre los hombros como si fueras novia virginal, amarraba la tela enorme de lana negra alrededor de mi cintura. “Lista —me dijo—, está usted lista”.

Así bajamos juntas Melly, su madre, mi hija, la anciana más hermosa del mundo que habría de coronarme, yo —la madrina sin cabello trenzado— y el resto de su familia detrás, pasando por el monte, la escuela, las nubes que se enredaban en las piernas y ese paisaje privilegiado que dolía de sólo saberse abandonado, para ir caminando a la plaza en donde se llevaría a cabo la ceremonia de graduación.

Nana náhuatl-bibliotecaria-contadora-librera, Melly es la mejor cuidadora de plantas que conozco y amiga de Abril desde que llegó. Habla con los pájaros y los marchantes, convence a policías necios de que no pongan el gancho al carro cuando el parquímetro dice que el tiempo se acabó.

Lee con mi hija y para mi hija, suma, resta, aprende a dividir fracciones cerca de ella, hace la primaria una vez más. Pone la sal, el ajo, me pregunta otra vez esa receta y cuenta de su madre que sigue en el pueblo, que ha venido a esta casa, la nuestra, la de Melly que en realidad se llama Carmen, cargando un chiquihuite con tamales de arveja y haba, frijol con hoja santa, salsa verde y manteca, colgado con una cinta desde la cabeza, como un obsequio para mí.

Se voltea con la cuchara de metal en la mano con la que mueve el picadillo, para decirme emocionada: “Señora, hoy cumplo cuatro años de haber llegado a esta casa, gracias, he aprendido mucho aquí, he aprendido a levantar la voz”.

En nuestra primera entrevista le pregunté, para decidir contratarla, sólo dos cosas: “¿Sabes leer y escribir? ¿Qué piensas de los niños?”.

Ella había terminado la primaria abierta, así que llegué a la semana siguiente sintiéndome alfabetizadora con una caja de libros de secundaria, para que continuara estudiando. “Gracias —me dijo—, pero yo ya voy en el segundo de secundaria para adultos los sábados, señora”. Volví con mi caja por donde la traje para admirarla todavía más, aunque ella seguía bajando la cabeza.

Una vez, cuando quería cruzar al otro lado con un señor que había conocido y que aseguraba que tendría un futuro mejor en la pizca del tomate y de la fresa, nomás atravesara el río Bravo y le pagara 20 mil pesos, me dijo con esos ojos rojos de manzana que los hombres no valían la pena. Abril, su confesora, me confió: “Mamá, por tercera vez la han rechazado”. Pero ahora en abril próximo se casará, en ceremonia de iglesia y por el civil, con un amigo de la infancia que le ha dado el anillo.

Mi hija, que está de su estatura, llevará la cola de su vestido y repartirá flores a los invitados gritando por esa misma plaza en la que lloré: “Viva Melly, la novia que se casa” y yo seré madrina de pastel.

Quienes suelen llamar a casa me dicen: “Hablé con tu asistente, es fabulosa”.

Melly-y-los-animalesMelly, la nana de Abi, una mujer preciosa de la sierra poblana que lleva las cuentas, hace las compras, cura al perro Manchas y a la perra Paz, hace revivir a los pájaros, las tortugas y los gatos, encuentra mis cosas perdidas, vende, cobra y presenta mis libros, discute con los empleados de las oficinas públicas, va a los museos y mi hija le explica las colecciones, se sienta con nosotras en el cine y el teatro y comenta que ella nunca hubiera elegido esa película, viaja a las ferias del libro con su hija, que “jamás había estado en un lugar así, señora”; ensaya en voz alta por las noches cuando cree que no la oigo, para poder leerle cuentos a Abril.

Un metro 42 centímetros, 26 años, 45 kilos, hablante de náhuatl y español, llega a la dirección más escondida y me da en las mañanas mi café mientras le hace la trenza a mi hija. Es la primera persona que vive con nosotros y más que una amiga, forma parte de la familia ya. Pregunta si quiero más y dice gracias por estos cuatro años. “No, Melly, gracias a ti, ha sido maravilloso que estuvieras con nosotros. Lo único que lamento de que te vayas, es que jamás me hayas enseñado náhuatl”.

Ella insiste en que en esta casa ha aprendido a levantar la voz, a hablar con la mirada firme, a no callar y a escribir, aunque escribir en náhuatl es difícil, me asegura, “sabemos hablarlo pero no ponerlo en letras”, y sin embargo lo logró.

Melly, nana de mi hija a punto de ser desposada, y yo, madre irresponsable que se conformó con seguir hablando el español, compartimos un texto escrito a dos manos: Letra M de mi nombre es Melly mujer manzana.

Caminar de niebla y bruma serrana, voz cálida y dulce de luz, presencia fresca como aleteo de mariposa… 26 años, su nombre es Melly, mujer-corazón, corazón-manzana. Su letra es la M, su lengua es el náhuatl. “Donde vivo es muy bonito”, me dice: Campa chanchíhua milahuac cualtzin.

El mío es un andar veloz como el de los tigres libaneses. Mirada de brisa desértica fronteriza, ojos de oliva con jocoque, piel olor a keepe con piñones y chile verde. Mano como la textura de la berenjena cuando la vuelven babaganoush que estreché con la suya cuando nos conocimos. Mi letra L de Laura. Mi mejor arma, la palabra.

“Ahí, las casas de madera y las mujeres se visten diferente”, dice: Cate calme de pohuil huan zihuame motlakentía octlamantli.

Ella cuida los claros de luna de mi hija y sus amaneceres. Ambas hemos decidido hacer un experimento. Podemos entendernos y extender nuestra voz a dos lenguas. Podemos compartirnos con las costumbres familiares, los sabores de la cocina, los talentos de nuestra comunidad. Seremos la voz de muchas otras manos que buscan ramas de jazmín para entrelazar los hilos del ixtle y tejer hilados distintos a los que ya se han hecho siempre, muy a pesar de la tradición de antaño.

Melly va a la sierra, su tierra. Recorre en camión seis horas. En su suelo poblano de infancia habita su hija Miri, que la espera y dice: “Viene mi madre corazón de manzana, estaremos juntas medio día o quizá más de tres”.

Miri, niña de seis lunas, vive en Zacatlán de las Manzanas, Puebla. Estudia con libros de lengua indígena y viste con blusas que le borda su abuela con chaquiras, capita de encaje blanco brillante que revolotea al son que marquen los vientos cafetaleros. El aire juega con sus ropas cosidas a mano cuando sale de casa y se encamina a la escuela chiquihuite en frente y nuca, que no mochila en mano.

Asomar la mirada por sobre la choza que habita Miri buscando las montañas de Zacatlán mas allá de la bruma nebulosa de cielo que forma figuras de oso-sol-niños con risa, permite ver Tajín, Veracruz, Papantla, Cuetzalan y sus hombres con sombreros volantes de líneas y colores en las cabezas amarrados a un gigante madero, girando, girando hasta tocar el suelo con sus huaraches de cuero y sus pantalones de manta blanca.

“Son los voladores de Papantla”, dice Melly.

“¡Giran, mamá, giran!”, exclama Miri desde la sierra poblana.

“¡Vuelan y giran como jets, como cohetes que viajan al sol y no se queman!”, dice Abi con 10 viajes, 10 años y más historias que imagina, dibuja, escribe, cuenta cada hora. Los 146 centímetros de sueños de mi hija caminan con ella cuando se dirige a la cocina del departamento del cuarto piso del edificio donde habita.

Hemos decidido armar un experimento culinario. Tu pueblo hace manzanas, yo hago historias. Reímos. Las mujeres de tu sierra tejen ixtle para hacer canastos. Yo tejo letras con puntos y comas para enviarlas a través de la red. Cruzamos las manos en señal de acuerdo. Melly, Abril y yo estamos prestas. Manos a la obra, corazón manzana.

¿Cuánta gente sabrá cómo es Zacatlán?

Me dice Melly: “Lo que a mí más me gusta de donde vivo/lo que ne ocacachi tlazotla de campa chanchihua, es que allá se puede salir afuera/ezke aya huílize kizaa kiyahuac y no hay nada para tener miedo/huan amoka tleno zecmohuiilis, y también porque allá se da mucha fruta”/porqki ompa mochihua mik tlakocohual.

¿Cuánta gente sabrá a qué saben las manzanas corazón de Melly?/¿Huan tlenoctosníkí shocotl para ne?

“¿Qué significan las manzanas para mí?”, se cuestiona Melly tras mi pregunta.

Las mujeres de su tierra tejen canastos para llevar al niño mientras cosechan. En ésos se meció Miri de pequeña. “¡Cómo quisiera que me hicieran ru ru en ese canasto!”, desea Abril en silencio al tiempo que Miri le pide sus patines.

Encendemos la Mac y enviamos un mail. ¿Cuántos destinatarios conocerán esta bruma?, pienso. “La hija de la niebla…”, escribo. Melly me platica la leyenda del amor perdido entre los árboles de su sierra y de la mujer que, de tanto esperar, murió de tristeza aguardando al guerrero náhuatl de cabello azabache y brazos fuertes que jamás volvió de la batalla. Escribo con palabras en un mail cómo ese llanto que me cuenta Melly —portadora de la historia y la voz de su gente—, se transformó en niebla y recorre los bosques que caminan sus mujeres cosechando manzanas, al lado de la fantasma que busca el cuerpo de su amado desde los tiempos de la conquista.

Melly-con-su-abuela“Mi pueblo es Zacatlán de las Manzanas. Manzana en náhuatl se dice shocotl”.

La gente de Zacatlán hace una festividad cada año dedicada a su fruto. Hay corazones rojos y jugosos por doquier: rodando al ritmo de los sones jarochos y poblanos al rededor del reloj gigante de la plaza central; en compota azucarada para untarse en la tortilla de masa; en puré que se descubre al morder el tamal cocido a la leña o a la luz de las brasas en las cocinas de humo de las chozas.

“¿Y hacen pays?”, pregunto a Melly, que me cuenta por qué le gustaba su tierra.

¿Cuántas mujeres tejedoras de ixtle habrá en Zacatlán?, pienso. Melly cree que será difícil hacerlas cambiar de idea.

Ella posee el don del hablar náhuatl y vuela hasta el monte como mariposa.

¿Cuántos contactos del Gmail, Hotmail y Facebook conocerán el strudell de mi madre?… Le doy send

En la sierra, a cientos de kilómetros de distancia, la mujer que cuida a mi hija habla con las artesanas de su pueblo. Les dibuja en una página rayada del cuaderno de primero de primaria de Miri, la figura redonda del canasto que les pide tejan especialmente para colocar el pay de manzana que venderemos esta Navidad. Las mujeres dudan que se venda un cuenco de masa trigueña integral azucarado con quesos de diferentes añejos y cremores de la zona por la que ellas caminan gritando para vender: ixtle-chiquihuite-tamal.

¿Cuántos usuarios de Twitter conocerán el pay estilo San Antonio de las Minas, tierra manzanera y vinícola de los campos mediterráneos olor a uva de Enseñada, Baja California, donde Abril y yo vivíamos?, me pregunto. Pego en el mensaje algunas imágenes de la tierra de Melly y del bosque por el que corre la mujer fantasma en forma de niebla. Lo envío.

Abril aplasta el palote de madera contra la mantequilla enharinada, mezcla el agua, el azúcar y la sal que en la mesa han formado una montaña parecida a la cordillera de la Rumorosa de allá en Mexicali —la tierra que le dio vida— sobre la imponente Laguna Salada.

Rebanando las manzanas y el queso, le platico a Melly cómo se siente caminar pisando el suelo de esa laguna, que no tiene agua sino sal que se quiebra cuando introduces tu pie descalzo para ir dejando huella escuchando el crujir salado de la arena.

Abril me pide que le cuente cómo era de chica y Melly me muestra los tejidos de los chiquihuites que le han elaborado la mujeres zacatlanas para colocar los pays y los strudells que venderemos. Me asegura que las artesanas le dijeron que nadie compraría un canasto de ixtle y ramas para mecer al niño con una gran bola de pan y azúcar y manzanas dentro.

Apagamos el horno. Huele a manzana horneada. El cuchillo rompe el hojaldre. Asoman la nuez, el olor a canela. La manzana ha cedido al calor y parece extasiada. Aplastando pasas el cuchillo encaja con crudeza un trozo. Probamos. Mmmmm… A Melly le gusta la masa para envolver manzanas que Abril y yo elaboramos con el mismo amor cual si fuéramos hilanderas de ramas de jazmín.

Vamos a descansar. ¿Podrán imaginar el sabor del corazón hecho manzana envuelto en hojaldre dorado de azúcar que les hemos platicado en el mail?

A la mañana siguiente y a la siguiente y durante 22 mañanas más pongo on y reviso mi bandeja de entrada. Siete, 15, 46, más de 80 mensajes al otro lado de la red piden un pay, un strudell, otro pay, más strudells… hasta que el sol se ponga y huela a café y se acabe el dulce y Melly vuelva a la sierra por manzanas.

“La manzana significa para mí algo muy bonito/para ne etosníki milahuac cualtzin ní tocaa, se pueden hacer muchas cosas/huan huily zécchihua mik trenza, y también porque representa nuestro pueblo, donde nosotros vivimos/huan noiuki park icrepresentauohua canpa chanchihua”, dice Melly.

Mi letra la P de todo es posible con el poder de la palabra.

Su letra la M de Melly-mujer corazón-manzana.

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* Orgullosa madre de Abril. Mexicana, especialista en difusión de políticas educativas.
Comunicóloga por la UABC y maestra en Política Educativa por el IIPE-UNESCO-París.
En 2011 publicó su primer libro, resultado del proyecto Tejedora de Historias:
De cómo cocinaban las abuelas. Tras 14 años como funcionaria estatal y federal,
deja de escribir su historia para tejer la de los otros. En abril de este año, cuando
Melly la nana se haya ido, presentará en el Congreso Internacional de Lupus en
Buenos Aires, su primera novela: Lycanthropus: calva y brillante como la luna.
www.tejedoradehistorias.com
[email protected]
Twitter: @lauraathie

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Comentarios (4)

  • Jesús Cañada

    Me encantó, q convencieras a Melly de enseñarte nahuatl.

    Yo, hoy aprendí q quiero un payyyyyy de manzana, así q vayan haciendo la lista de pedidos. Ok

    Y aprendí mucho más, me trasladé hasta la tierra de Melly y le ví el rostro a la mujer de niebla.

    Mi aporte.

    En la boda, si me invitan.
    Algo llevaré…

    A las letras.

    Me llaman shocol.

    Me tiño de rojo cual pura pasión
    Y pongo cerrojos por desilusión
    Me dicen shocol por q me endurecido
    Pero nadie se fija en todo lo sufrido.

    Shocol de manzana con niebla de mañana
    Mojado del rocio mirando al vacío
    Penumbras sufridas ahora en canasta
    Sacaron de Zacatlán, toda la casta.

    Al fin q lo vivido si enseña algo
    Como el nahuatl me enseño y trataré de estudiarlo
    Corazón de shocol me llaman ahora
    mientras delicioso, alimento a la historia…

    Shocol (nahuatl-manzana)

    Por Jesús Cañada Paz y.
    28-enero-213.

    Transmite desde
    Salvatierra, Gto. México.

    (en el marco de la celebración de Salvatierra cómo “pueblo mágico”.)
    Buen día :)

  • Emilio Calderón

    Me encantó la forma en la que tejiste la historia para darle forma a la canasta de la relación entre la familia de Melly y la tuya.

    Al día siguiente de cumplir cuatro años llegó Chayo a nuestras vidas. Más de siete lustros después, con hijo y hasta nieta, Chayito sigue formando parte de la familia. Ella también fue mi profesora de matemáticas, de planchado y de paciencia y, como Melita, hace las cuentas, se pelea con los contratistas y cuida el gasto.

    Hoy en día difícilmente se encuentra gente como ellas. Tuvimos suerte.

  • Laura Athié

    Qué lindo que te hayas transportado querido Jesús y gracias por tu poema. Sin duda hay mucho que aprender de Melly y su gente. Gracias por leer, cariños y mi corazón. Laura

  • Laura Athié

    Así es Emilio, Chayo y Melly son un privilegio, un garbanzo de a libra, una maravilla. Gracias por leer y mi corazón.
    L

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