Los Jaguares, un equipo de americano que alimenta la memoria de los jóvenes asesinados en Villas de Salvárcar

Digital, La cáscara de la historia

Americano_web

“¡Bien, Rodrigo!”, anima don Adrián Cadena a su hijo, jugador del equipo de futbol americano del CBTis 128 de Ciudad Juárez. Grita de nuevo, a veces entre lágrimas, el nombre de su hijo, para apoyar a los muchachos.

“¡Bien, Rodrigo!”, se escucha de nuevo, aunque él Rodrigo no está en el campo. No ha estado ahí desde aquella noche de enero de 2010 cuando fue asesinado, en la colonia Villas de Salvárcar, junto con otro de sus compañeros de equipo.

Don Adrián sabe que su hijo jamás correrá de nuevo en el campo, pero él no ha dejado de asistir a los encuentros, porque eso es lo que le gustaría a Rodrigo. Por eso lo verán una y otra vez, animando a los muchachos, cada uno de los cuales lleva una parte de mi hijo.

Para don Adrián acudir a los encuentros, y ser uno de los principales apoyos del equipo, es parte de una terapia. “Yo sé que a él le gustaba esto”. Por eso sigue animándolos, por sabe que cada una de ellas es una jugada contra el olvido.

Esta y otras historias forman parte del libro Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte, un proyecto de la Red de Periodistas de a Pie que busca construir un periodismo de esperanza, de construcción de paz. Con la autorización de la red, presentamos este texto.

 

Por Luis Guillermo Hernández

Dice que lo ve, que puede verlo nítidamente, fuerte, joven, posible aún. Tan diestro con el balón, tan perseverante tacle con su número 62 en la espalda, que cuando su equipo, los Jaguares del CBTis 128, logra igualar el marcador contra los Indios de la Autónoma de Ciudad Juárez en el último cuarto del juego final para obtener el Tazón Juárez “Ingeniero Miguel Prone”, Adrián Cadena incluso llega a gritar, entre lágrimas, el nombre de su hijo:

–¡Bien, bien, bien, muchachos… bien Rodrigo!

Rodrigo no está en el campo, el popular hoyodome de la zona del Chamizal. No ha estado ahí desde aquella noche de enero de 2010 cuando fue asesinado, en la colonia Villas de Salvárcar, junto con otros 14 jóvenes que bailaban y reían en una fiesta de cumpleaños en la que también estaba Juan Carlos Medrano, mariscal de campo de Jaguares.

Pero sucede que en ese terregal hundido que fue acondicionado como cancha de juego hace más de seis años, muy próximo al territorio estadunidense, su padre aún le grita. Dice que lo ha seguido haciendo desde aquella noche en que decidió mantener vivo el espíritu de Rodrigo a través del impulso a la que era su mayor pasión: el futbol americano.

Y que en cada juego, en cada triunfo o derrota, para él hay mucho más que sólo un grupo de muchachos persiguiendo un balón: hay un momento insustituible, en el que su hijo vuelve a vivir.

–Éste es el equipo en el que debería estar mi muchacho. En cada uno de estos muchachos veo parte de mi hijo… es lo que me sirve a mí como terapia, porque yo sé que a él le gustaba esto. Por eso sigo trabajando por el equipo, por mantener vivo su recuerdo –dice el señor Cadena.

Hombre robusto, moreno, de rasgos gruesos, marcados, pero trato suave, como uno de esos caballeros corteses del siglo anterior, observa detenidamente cada jugada desde la línea marcada con cal.

Secunda un griterío de muchachos en el campo y de mujeres, niños y hombres en las gradas de cemento.

Se frota las manos, un par de gruesas y rasposas manos de quien trabaja con máquinas, e intercambia miradas con el coach del equipo, Papá Tonka le llaman todos, aunque su nombre es Daniel Gallegos. Entonces, el señor Cadena dice:

–Él es el verdadero héroe. Cuando lastimaron a nuestros muchachos, a siete de los nuestros (dos muchachos muertos, cinco más heridos, quienes lograron salvar sus vidas) pensamos que era el fin de Jaguares, que nadie iba a querer jugar con nosotros.

Papá Tonka es un hombre de baja estatura, musculoso, de nariz aguileña y ojos muy pequeños, claros. Tiene un bigote a la Pedro Infante y un ánimo inagotable, juvenil, recio, que lo hace correr, gritar, demandar esfuerzo, pero lo envuelve en un celofán de camaradería.

Cuando ocurrió la masacre, cuando su equipo se derrum­bó por la muerte de sus integrantes y las heridas de otros cinco, Papá Tonka decidió afrontar el terror de la muerte con un espíritu de vida.

–La muerte es inminente, pero también la vida –les dijo a sus muchachos, devastados por la cercanía de la tragedia.

Su mayor proeza, dice Cadena, fue haber inyectado vida y disciplina de respeto en un lugar de muerte y caos. De oscuridad.

Justo después de la masacre, cuando las autoridades fe­derales, encabezadas por el presidente Felipe Calderón, lle­garon hasta Villas de Salvárcar a ofrecer disculpas públicas por haber afirmado, a lo tonto, que los chicos asesinados eran narcotraficantes, Papá Tonka se hizo con el micrófo­no, para hacer una petición al mandatario que más parecía exigencia:

Déme armas, señor Presidente, pero no de esas que ma­tan, déme armas de esas que dan vida, déme espacios públi­cos, déme esto –dijo señalando al campo de futbol– y de esto vamos a sacar muchos jóvenes.

Todavía insistió: –Éstas son las armas que queremos, porque sabemos que es mucho trabajo, pero sabemos que con un joven que mantengamos aquí en cualquier disciplina, sabemos que ese joven no va a tener problemas.

Casi de la nada, el ex jugador de americano, profesor del CBTIS, comenzó a impulsar su idea, que fue secundada por los padres de un número mayor de chicos y chicas: pidió re­cursos para incrementar el número de sesiones de americano en el CBTIS e impulsó la creación de otras dos divisiones, infantil y femenil, para que los niños desde los 6 años y las mujeres se sumaran al deporte.

Al mismo tiempo y casi en paralelo, el señor Cadena y los padres de Medrano, los dos Jaguares muertos en Villas de Sal­várcar, crearon una asociación civil, Jaguares Jóvenes de Bien AC, con el objetivo de tratar de recuperar el tejido social roto en Ciudad Juárez mediante actividades familiares y de solidaridad social.

Les enseñamos valores, todos los valores, para salir de esta basura. Respeto al otro, dignidad, honestidad, que sepan que ganar por ganar no es un objetivo. Si vamos a salir de esto, que sea con nuestros mejores hombres –dice Papá Tonka.

Cuando los chavos se quedaron sin recursos, porque la ciudad se volvió un fantasma sin ingresos suficientes, el coach donó un terreno personal en una colonia de la perife­ria de la ciudad, como a 20 minutos en auto del CBTIS, para abrir un centro de lavado de autos, Carwash Jaguares, que los mismos jugadores hacen funcionar en sus ratos libres.

Turnándose en jornadas de media mañana o media tarde, según tienen necesidad de pagar algún viaje de prácticas, ju­gar algún campeonato, completar la colegiatura, comprar material de alguna materia escolar o incluso si quieren traer efectivo en la bolsa, los muchachos llegan al carwash y se ponen a chambear.

Las ganancias, después del pago de agua, luz y servicios, son íntegras para ellos y sus necesidades. Y mantienen el ne­gocio vigente casi sin supervisión adulta.

Una proeza difícil de entender si se desconoce el contexto actual de Ciudad Juárez, una ciudad con un estimado de 450 bandas juveniles, integradas en su mayoría por jóvenes de entre 14 y 25 años, cuya principal actividad, en muchos de los casos, es la venta de mariguana o de toda la gama de drogas sintéticas, por la que reciben entre 500 y dos mil pesos semanales.

A contrapelo de las mismas autoridades, el coach y el señor Cadena, junto con los padres de los jóvenes Jaguares, promovieron la creación de un campo deportivo en el corazón de Villas de Salvárcar, el epicentro de su tragedia, con el objetivo de fomentar el deporte en la zona.

Hoy, a los 90 jugadores de distintas categorías que tenían en 2010, se han sumado otros 700, desde los seis hasta los 24 años, incluyendo a las jugadoras del primer equipo femenil, quienes además de jugar, participan en las actividades sociales que lleva a cabo la asociación y se impregnan de la filosofía de respeto y legalidad que intentan imprimirle sus organizadores.

Algo de éxito pudo haber tenido el esfuerzo de todos ellos, dice el señor Cadena, significativo en una ciudad donde la lucha por derrotar al rival convirtió en carnicería lo que fue una ciudad boyante, pletórica de vida.

En los últimos minutos del juego final contra los Indios de la Autónoma, los Jaguares se apoderan del balón y son sujetos de un juego sucio que obliga a uno de los suyos a ser sacado en ambulancia. Esa jugada les cuesta el campeonato, pero les significa un reconocimiento inesperado: el trofeo al equipo con el juego limpio más ejemplar.

Quien recibe el premio, Raúl Parra, es un muchacho de 19 años, mariscal de campo del equipo, que hoy ostenta el liderazgo que una vez tuvieron Rodrigo Cadena y Juan Carlos Medrano. Que impulsa las jugadas, que grita, que organiza ataques, que revienta jugadas del adversario, que se sacude el sudor y sigue corriendo.

Cuando el señor Cadena lo observa, me comenta: –Cuando lo veo correr, a veces me recuerda a mi mu­chacho.

No es sólo su pasión por el juego. Su manera de pelear el balón y su forma de correr. El muchacho lleva consigo cicatrices. Una en la pierna derecha, que le cruza el muslo de un lado al otro. Otra en la pantorrilla derecha y una más en el pie. También estaba aquella noche en Villas de Salvárcar.

Son mis cicatrices dice el muchacho cuando le pre­gunto. Sonríe. Quién sabe por qué, pero sonríe.

El señor Cadena lo abraza. Seguramente ve en los ojos de Raúl alguna expresión, algún guiño, algún vestigio que le devuelve a Rodrigo. A su hijo. ¶

 

Acerca de autor

Número de entradas : 12988

Deja un comentario


7 − = cuatro

Revista emeequis

Desplácese hasta la parte superior