Las sanadoras de almas

Sociedad - Página: 46 - No.296

Las sanadoras de almas

 

Armadas en principio con un frasquito color ámbar, un grupo de mujeres de Ciudad Juárez han hecho lo impensable: infundir un poco de vida y tranquilidad a una ciudad que se tornó inclemente cementerio, con una delegación de violencia y dolor en cada esquina. Una dosis de cinco gotas de esencia floral diluidas en medio vaso con agua cada ocho horas, con eso empezó todo. A partir de ahí creció un movimiento espontáneo, efectivo, que llevó un poco de alivio emocional a quien se había visto impactado por el desastre. Esas mujeres se convirtieron en algo inusual: una guerrilla de sanación. Esta y otras historias forman parte del libro Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte, un proyecto de la Red de Periodistas de a Pie que impulsa un periodismo de esperanza, de construcción de paz. Con autorización de la red, reproducimos a continuación uno de sus capítulos.

 

Por Luis Guillermo Hernández

 

Cuando escuchó decir al sacerdote, por la televisión, que muchos juarenses necesitaban ayuda para superar sus cri­sis nerviosas, su duelo, el temor a las balaceras constan­tes y sucesivas, Dora Dávila no sospechó que pronto su terapia floral, las “gotitas contra el miedo” en las cuales creía, habría de sumarse a un pelotón de mujeres y hom­bres decididos que saldrían a sanar almas a la ciudad de la muerte.

Muchos meses llevaba atestiguando un desconsuelo masivo en las calles del antiguo Paso del Norte, sin siquie­ra tener una expectativa concreta más allá de concluir un curso para realizar tratamientos terapéuticos alternati­vos, que un grupo de 15 mujeres, proveniente de distintas zonas de la ciudad, había comenzado recientemente en Sabic, la asociación civil Salud y Bienestar Comunitario, a la que ella se había sumado como directiva poco tiempo antes.

Quizá fueron los 3 mil 111 homicidios de ese año 2010, que rasguñaron un promedio de casi nueve al día en toda la ciudad, o su propio miedo, su pasmo de habitante atra­pada en la ciudad más violenta de México. Quizá algo en la voz, en las palabras urgentes del sacerdote Alberto Me­léndez, vicario de la modesta parroquia de Santo Toribio de Mogrovejo, que esa noche retumbaron sonoras en un punto de la conciencia de esa mujer:

—Viene mucha, mucha gente a pedirnos ayuda, mu­chas familias que han perdido un hijo, al esposo… la gen­te está sufriendo mucho, mucho… nosotros necesitamos ayudarlos.

El sacerdote hablaba por miles de habitantes silencio­sos, en una ciudad jolgorio que devino cementerio. Sede internacional de los feminicidios, de la impunidad, de la lucha sin fin entre los cárteles de la droga más sanguina­rios del país, el territorio de la viudez como estado civil, cada vez más común, donde el ejército y las fuerzas po­liciacas federales, que llegaron a significar hasta 12 mil efectivos juntos en una sola temporada, fuertemente armados patrullaban, vigilaban y cernían el miedo a ras de cuello en la única zona que disputaba el título de mayor cementerio del mundo en guerra a la devastada Irak.

Dora, una mujer de 50 y tantos, cuya voz de ventisca evoca el tono de ciertas enfermeras consagradas, de ma­nos hábiles como jardinera, ojos ávidos, marrones como el armazón de sus lentes, la boca un trazo tenue, el pelo entrecano, muy lacio, se decidió esa noche a marcar el te­léfono y pedir una cita con el cura.

—Tenemos esto, padre, danos chanza de abrir aquí un centro de atención —dijo ella.

En sus manos un frasco diminuto, ámbar, con la sín­tesis de su propuesta: terapia floral, una esperanza en ex­tracto de 30 mililitros macerada al sol, diluida en alcohol o brandy, serenada pacientemente por días y dispuesta para el alivio de quien sufre de las emociones alteradas.

Dora tenía una corazonada: contaba con 15 pares de manos de mujeres dispuestas a ayudar, capacitadas en ese tipo de tratamiento y con la certeza de que en la esencia de las flores podía encontrarse alguna respuesta.

—Son terapias que concentran la fuerza vibracional de las flores para la sanación emocional —dijo Dora como única explicación al sacerdote Meléndez, quien para el domingo siguiente, después del sermón de mediodía, ya estaba avisando a los asistentes que las mujeres de Sabic iban a ofrecer una plática.

—Apoyo terapéutico —le llamó el clérigo— para todas aquellas personas que tuvieran problemas emocionales y quisieran escuchar.

De la feligresía, unas 30 personas se quedaron en el atrio de la iglesia, un patio amplio, soleado, con un par de árboles que sombrean poquito por la tarde, cuyo arenal contiguo, con apenas verdes, parece fundirse con el ama­rillo de la torre del campanario, brillante, chillón, justo al centro de la colonia Toribio García, en el norte populoso de la ciudad.

Las mujeres de Sabic les hablaron del poder curativo de las flores, de la energía que guarda la tierra del campo, del poder sintetizador de los rayos del sol, de un camino alternativo para encontrar la paz interna en medio de la guerra y la muerte.

Al mismo tiempo que ofrecían sus remedios, conocían las historias, muy similares, de sus primeras pacientes: mujeres, jóvenes muchas de ellas, agotadas por recurren­tes y sucesivas crisis nerviosas, insomnes, cargadas con duelos no elaborados, con alteraciones de personalidad producto de la violencia desatada. O adolescentes, algu­nas casi niñas, pero ya viudas y con fuertes problemas de gastritis, de hipertensión, incluso úlceras sangrantes. Y todas, sin excepción alguna, abatidas por huracanes de angustia, enojo o estrés.

—Nos dimos cuenta de que el problema era muy, muy grave. Llegaban mujeres, incluso niños, expuestos a la violencia —recordó Dora cuando hizo un recuento de ese tiempo.

A la que no le habían asesinado al esposo delante de sus hijos pequeños para despojarlo de su camioneta, le habían descuartizado al papá por dedicarse al narcomenudeo. A la que no había perdido todo su patrimonio a manos de los financieros del crimen organizado, le habían casi matado al hijo por resistirse a pagar protección. La que no contaba una historia de amenaza, la contaba de violación, de se­cuestro, de golpes, de balaceras, de asaltos en plena ma­drugada al pie de su propia cama. Vidas al borde del extre­mo peligro y ante la inminencia de la muerte.

Armadas con pequeñas cajitas contenedoras de fras­cos con goteros, pero principalmente con una gran pa­ ciencia y disposición para escuchar historias de vida, unas más terribles que otras, las mujeres de Sabic atendieron, entre el primero y los tres domingos siguientes, a más de 700 vecinas de la colonia Toribio García.

—Eran demasiadas tragedias, demasiado sufrimiento de la gente —recuerda Dora—, pensamos que esto podía ayudar, ¿verdad? Aunque fuera un poco, ayudar a sanar toda esa angustia.

Cada sesión, más extenuante, más prolongada e in­tensa que la anterior, detonaba en los colonos mayores expectativas casi de inmediato: significaba, en muchos de los casos, la única posibilidad de ayuda para miles de personas sin acceso a servicios médicos, a especialistas en la devastación espiritual, moral, anímica, que sacudió a la ciudad.

Si es cierto, como dicen los expertos, que una tragedia puede tocar aproximadamente a 200 personas que de una u otra manera se relacionan con la víctima, en Juárez, que entre 2006 y 2012 presenció el asesinato de casi 10 mil perso­nas, ese universo fácilmente habría alcanzado los 2 millo­nes de almas, casi 700 mil más de las que registra el censo poblacional del año 2010. Un cementerio emocional.

Aunado a ello, autoexiliados por el temor a los secues­tros o desalentados por la caída de los salarios, producto del éxodo masivo de capitales y el desplome de la econo­mía juarense, muchos médicos y especialistas clínicos, entre ellos la mayoría de los psicólogos, habían terminado por huir a El Paso, en Texas, o a otras ciudades, estadunidenses o mexicanas, donde el ejercicio de su profesión no significaba la muerte segura ni la amenaza constante.

—Nos quedamos sin especialistas. En los hospitales, en las clínicas, privadas o públicas. Y muchos compañe­ros tuvieron incluso que apoyar en especialidades que no eran las suyas, porque no había capacidad para atender tanta demanda —dijo Leticia Chavarría, una de las cabe­zas del colectivo Comité Médico Ciudadano, una doctora cuyo rostro, anguloso, bello, recuerda más a esas actrices románticas de los años cincuenta que a una luchadora so­cial aguerrida, decidida, enojada con el estado de las cosas en la ciudad que la vio nacer.

—Otros colegas se escondieron en consultorios sin anuncios, sin publicidad, para no llamar la atención, por­ que a muchos los mataron, incluso por atender a las víc­timas.

El comité mismo había surgido así, del hartazgo de los médicos ante los asesinatos de sus colegas en las escenas del crimen. De las ejecuciones cuando prestaban su ayuda a los heridos, de tener que pagar cuotas de vida a los sica­rios o canjear su vida por la de sus pacientes.

Sin orden ni garantías, muchos médicos se fueron, cansados de pagar las extorsiones que les exigían con amenazas contra sus vidas y las de sus familias. En apenas un trienio, 2008 a 2011, más de 50 por ciento de los médi­cos, especialistas y casi la totalidad de los psicólogos pro­fesionales experimentados habían abandonado la ciudad o se habían replegado, y para comienzos de 2012 Juárez tenía sólo un cardiólogo en funciones, ningún oncólogo viviendo de fijo en la ciudad y una marcada sobreoferta de servicios médicos que, aunque abaratados, casi nadie podía pagar.

Por ello, lo que en otros tiempos pudo significar un muro infranqueable, como proponer un tratamiento al­ternativo considerado superchería, casi reducido a la ca­tegoría de placebo por la ciencia formal, terminó por ger­minar en un terreno ávido, necesitado de cura, como era Ciudad Juárez en el momento en que Dora y las mujeres de Sabic plantaron en la gente sus flores de Bach.

La necesidad era mayúscula, sin precedentes en una ciudad que no estaba preparada para un desafío emocio­nal de ese tamaño: surgían terapias de toda índole por todos qlados, pero ninguna se daba abasto para atender la dimensión de la tragedia.

Algunas mujeres improvisaban talleres de sanación en iglesias o reunían a estudiantes de psicología para abrir centros de atención, la mayoría de las veces gratuita, o ta­lleres de yoga, meditación, terapia zen, de cualquier cosa que significara contención del derrumbe emocional.

Como torrente, la necesidad pronto liberó no sólo la confianza en muchos otros grupos que traían bajo el brazo sus propias alternativas, todas potencialmente útiles para aliviar la aflicción de tantos en medio del desastre, sino que empezó a sumar manos, incluso de aquellas personas que cargaban consigo la pena, la rabia, el odio de haber sido víctimas de la barbarie y estaban dispuestas a hacer algo por recuperar sus vidas.

Una verdadera guerrilla de sanación.

Érika parece una mujer fuerte, de rasgos contundentes, de carácter sólido, que con la mirada domina la cámara ante la cual cuenta su historia.

—Yo venía en cenizas, pensaba en el suicidio… —dice, y sus ojos, negros como plumas de chanate, se clavan en los ojos de quien la mira a través del monitor, como si pu­dieran atravesar los cristales, vivos—. De ser mamá de tiempo completo, pasé a ser madre y proveedora, a dejar a mis hijos solos la mitad del día. Venía totalmente con la autoestima por el suelo, no tenía la fortaleza, renegaba, no alcanzaba a concebir mi vida sin mi esposo, no lo entendía. Todavía hay días que no lo entiendo.

Sentada en una de las esquinas de su comedor, habla de su experiencia como víctima de la violencia. Recuerda, sin lágrimas porque ya se le agotaron, un reporte de periódico, fechado en junio de 2010, en el que queda registrado el peor momento de su vida: su esposo, Óscar García, un chofer de tráiler quien durante 10 años cubrió las distintas rutas de Juárez hacia la capital del estado de Chihuahua, una noche es encontrado muerto. Acribillado con tres tiros en el abdomen, la cabeza y el cuello.

—Cuando apareció el cuerpo, yo lo reconocí en el fo­rense. Mis suegros no pudieron, yo lo encontré, yo lo reconocí… imágenes que quizá no se me borren de la cabeza —dice.

Más en busca de ayuda para sí misma que con inten­ción de ayudar a alguien más, tres semanas después de la tragedia, Érika acudió a una de las sesiones de terapia de duelo que las mujeres de Sabic realizaban en la iglesia de Mogrovejo, a la que llegó por recomendación de sus vecinas.

Después de tres visitas, a lo largo de dos meses, Érika sintió cierta mejoría anímica. Ya hablaba más, ya comía. Pudo comenzar el reencuentro emocional con sus hijos, de dos, seis y 10 años. Explicarles por qué su padre se fue. Y de qué forma.

Cinco gotas de esencia floral diluidas en medio vaso con agua, cada ocho horas; el peso de los recuerdos frente al espejo, el convencimiento de que, aún sin su compañero, sigue la vida, que puede vivirse aunque distinta. Aferrada al peso de convertirse en el único futuro posible para sus hijos, dice Erika, puede levantarse de su derrumbe con las frases afirmativas, parte de su terapia, que a cada momento debe repetir: “Inseguridad. Hoy fluyo en la vida con fuerza para salir adelante. Tengo fe en que el amor y la bondad habitan en todo lo que encuentro… Impotencia. Confío en mi fuerza y capacidad de decisión. Enfrento los obstáculos y la adversidad con ardiente coraje, con fiera valentía. Atravieso la oscuridad del mundo con la espada de la verdad”.

—Por eso me decidí a ser terapista, porque sentí un alivio que no había sentido hasta ese momento —dice. Al igual que en casi todas las mujeres de la ciudad, el fondo de sus ojos es oscuro. Como si el aire de la frontera cubriera de mate el precipicio de todas sus miradas y las cuencas secas de todas sus pupilas.

Toma un curso intensivo, completo, y decide sumarse al grupo de Sabic, que para entonces ya es toda una brigada de mujeres que, como Érika, quieren conocer el método floral, armar talleres de aprendizaje rápido, preparar las esencias.

A partir del reconocimiento de sus propias tragedias, algunas mujeres impulsan la recuperación emocional de las otras, su acompañamiento, la vigilancia de sus estados de ánimo. Igual si son familiares, vecinas, amigas o gente incluso desconocida pero que requiere intervención urgente.

Las jornadas se convierten poco a poco en momentos para compartir experiencias íntimas de sufrimiento y de muerte, para inyectarse vida, para intentar apoyarse una con la otra: el dolor es el mismo, pero se procesa distinto.

Ellas, que en los años ochenta atestiguaron la expansión económica de su ciudad, la más densamente ocupada por la industria maquiladora de ese entonces, y que en los noventa vivieron el apogeo laboral y comercial de la ciudad fronteriza más en jauja, hablan del derrumbe pleno, estrepitoso, sin vacilación, que viven.

Mientras hacen recuentos personales, críticos, del resultado del trabajo de autoridades federales, estatales y municipales poco inteligentes e insensibles, incapaces de hacer frente al resquebrajamiento social; mientras se arremangan las blusas para comenzar a sanarse entre ellas a través de sus esencias vertidas en esos frascos color ámbar, las mujeres mezclan la confianza con la necesidad de creer en algo, los rezos católicos con “los siete pasos de la curación: la paz, la esperanza, la alegría, la fe, la seguridad, la sabiduría y el amor”, obligándose a repetir frente al espejo, como quien se habla a sí mismo sin ningún tapujo, la letanía de afirmaciones en que cifran su esperanza.

Cuando no han pasado ni 12 meses desde la primera reu­nión en Mogrovejo, las mujeres de Sabic ya tienen más de 200 voluntarias en toda la ciudad. Algunas más en otras ciudades del estado.

Convocadas por otras organizaciones civiles, las mu­jeres de Sabic acuden a sus primeras sesiones públicas en el Jardín Central de la ciudad, hasta donde llegan cientos de mujeres, hombres, niños. Son reuniones que han comenzado meses atrás, en las cuales, como si se tratase de un día de feria, conviven trabajadoras sociales con psicoterapeutas que ofrecen trabajos grupales para el manejo del duelo y las emociones, talleres para narrar tragedias personales, sobre todo con niños y mujeres, y hasta reuniones de catarsis para manejar sucesos vivenciales extremos, como las balaceras o las persecuciones a tiro de plomo a plena luz del día.

Ahí, donde están también distintos grupos de tanató­logos, expertos o improvisados por tanta necesidad, que buscan auxiliar a la gente en el acompañamiento de enfermos terminales y en sobrellevar lo más dignamente posible las muertes violentas de familiares o personas queri­das, ahí por primera vez se instalan las mesitas de trabajo de las terapistas de Sabic.

Se mezclan con los masajistas de todas las tendencias curativas, desde prehispánicas hasta orientales, pasando por reikistas, quienes igual proponen masajes de pies y tobillos, “donde está el reflejo de cada órgano del cuerpo”, que de hombros y cuello, “para liberar la energía negativa y la angustia de quien debe cargar un gran peso sobre sus espaldas”. Sugieren masajes en puntos específicos del cuerpo, de la espalda a la cabeza, las piernas, para equilibrar los chakras, como se denomina a los centros energéticos.

Observan a los acupunturistas, con mapas energéticos corporales que documentaron los antiguos chinos, para regular el flujo de energía y su correspondencia con cada uno de los órganos de los juarenses afectados por algún drama personal. Auriculoterapeutas, que lo mismo proponen utilizar balines que granos de trigo, arroz, café incluso, convencidos de que las orejas reflejan una ima­gen parecida a la de los fetos dentro del útero materno y, por lo tanto, funcionan como un espejo de todo el cuerpo humano.

Como la plaza pública tiene espacios amplios, van llegando también jóvenes de los movimientos culturales callejeros, los grafiteros, los dibujantes, que organizan talleres de pintura y dibujo para niños y jóvenes, al mismo tiempo que los chavos del colectivo Pacto por la Cultura, una asociación que plantea alternativas artísticas contra la violencia, presentan recitales al aire libre con guitarristas, flautistas, las gracias de algunos mimos, actores que improvisan ante los presentes mientras pasa la tarde. También escribieron una obra de teatro, crítica a la estrategia de guerra del gobierno federal, que fue actuada por víctimas de la violencia.

Recuperan juntos el espacio público y, cada vez con mayor asiduidad, lo reconstruyen. Un trabajo nada fácil en una ciudad con miedo: casi nueve de cada 10 juaren­ses ha dejado de salir de noche por temor a la inseguridad. Casi la mitad de la ciudad deja de asistir al cine y la misma proporción ya no sale a cenar a restaurantes, a tomar la copa con los amigos, para ir a bailar, según los datos de la Sexta Encuesta Nacional sobre Inseguridad.

Se acaban las caminatas, se acaba el estadio, los noviazgos en el portal, las bancas con amantes, el bullicio. El 88 por ciento de la gente se siente insegura en la calle, en los parques, en las carreteras: se acaba la vida social. Sólo hay miedo y ni siquiera justicia: 96 por ciento de los delitos quedan impunes. Completamente impunes.

Como explica Verónica Corchado, una de las cabezas visibles del colectivo cultural y artístico que forma parte de las jornadas del Jardín Central: a quienes salieron a sanar almas, con cualquiera de los métodos posibles, los mueve su certeza particular.

—Se puede llegar a ser más fuerte que el dolor.

Y entonces, entre los malabarismos de los saltimban­quis de Pacto por la Cultura y los salmos de sanación de las brigadistas de Sabic, se puede escuchar fácilmente el ssshhhiiuuuu agudo, interminable, de los botes de aerosol que manan azules, rojos o verdes hacia las paredes, o las rimas de una canción de trova garantizando “maquiladora sólo recuerdo / será algún día / y la cosecha tu propio fruto / será algún día / y a la desaparecida le harán justicia”, o alguna de las muchas frases inmortalizadas por Shakespeare recitada con esas che silbadas como she, las coplas de un romancero gitano, los gritos de niños recuperando su vida, las estrofas de un rap o hip hop de MC Crimen gri­tando: “en mi vecindario la muerte ronda a diario / chicos malos juegan a burlar al comisario / cuando cae la noche y los perros ladran sin reproche / los niños ya no piensan en juguetes”.

Juntos, congregados, insultados, dolidos, comparten sus experiencias y tratan de liberarse de sus fardos: “a una mujer la asesinaron delante de sus hijos pequeños para quitarle su camioneta”. Otra “perdió todo su patrimonio, la amenazaron y la despojaron de sus bienes por resistirse a pagar protección”. A “una brigadista de la zona de Villas de Salvárcar le secuestraron al papá una vez, lo retuvieron un tiempo y luego, tras liberarlo, dos meses después lo volvieron a secuestrar, esta vez para quitarle la vida”. A un rapero que “hacía malabares en un crucero le metieron 14 balazos”. “Una niña actriz callejera volvió a su casa, después de 30 noches, convertida en cadáver”.

Y ese universo de sufrimiento, de angustia, de muer­te, de desasosiego como forma de vida, es el vértice donde convergen todos los activistas. Da lo mismo si terapistas florales, actores o dibujantes. Con apenas recursos, con un mucho de inoperancia o por lo menos indiferencia gubernamental, sin garantías de seguridad, sin espacios disponibles para su actuar, en medio de amenazas, de ca­rencias que les hacen desaparecer o empequeñecer ante los desafíos.

—Cada uno en su trinchera, estamos haciendo trabajo profundo para reconstruir, para revivir —dice Veróni­ca Corchado, quien me habla de mujeres activistas que realizan seguimiento a niños huérfanos, más de 10 mil según las estimaciones extraoficiales. Habla de hombres que crean talleres de música, de pintura, de baile, que a falta de parques o plazas, se refugian en casas, en patios, donde realizan desde cosas muy espirituales, hasta cosas muy prácticas. Atienden gente, hacen sesiones de meditación, de oración, eventos energéticos por toda la ciudad, “izquierdosos” que les llaman, que organizan concilios de reflexión, de discusión, de proyectos, para saberse vivos.

Ella misma, Verónica, encabeza brigadas que por las calles de Juárez van pintando murales, ofrecen acercamiento a las artes, cercanía con la lectura, para tratar de arrancar a los niños, a los miles de jóvenes sin opciones, de las fauces de los cárteles de la droga.

—Es un esfuerzo en el que estamos empeñados. No se ve todavía, pero va a notarse muy pronto, ¿sí? Gente que trabaja para recomponer el tejido social de nuestra ciudad.

Buscan la sanación de las almas de los vivos y eso los lleva a converger, a crear protocolos de “atención y contención para las víctimas, casos de emergencia, riesgos”, a realizar apoyo comunitario más amplio, más organizado, en centros sociales, en parroquias, en escuelas, en plazas públicas custodiadas por militares, en patios de casas ofrecidas por los mismos colonos.

Se convierten juntos en un ejército que, en casi cuatro años, da tratamiento a más de 10 mil personas, que erige más de 200 murales grandes o pequeños, que hace nacer festivales de canto, de baile. Que forja ciudadanía nueva y constituye lo que Dora, la directora de Sabic, sabe nom­brar con tanta precisión:

–Una verdadera guerrilla de sanación.

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Comentarios (1)

  • Erika Salazar Rojas

    Hola, mi nombre es Erika Salazar Rojas, soy la mujer que dio su testimonio en este articulo, han pasado ya 6 años desde entonces y sigo aquí, en SABIC, mas comprometida que nunca en ayudar a mujeres que como yo han pasado o pasan una situación similar a la mía.
    Solo que ahora ya no soy beneficiaria sino colaboradora de esta mágica institución, me gustaría invitarles a hacernos una visita para compartirles los proyectos con los que contamos en este momento, dejo mi numero de teléfono por si gustan contactarme.
    Gracias por plasmar mi sentir de manera tan profesional en aquel momento.
    Saludos cordiales!

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