Invasores del espacio

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Invasores del espacio

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Por Martín Durán*

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Cursaba el quinto grado de primaria. Mi amigo Edgar me invitó a tomar refresco y  papitas en su casa, nada que no hubiéramos hecho antes frente a la televisión,  viendo caricaturas y al tío Gamboín, esperando ser mencionados en su club de  sobrinos. Pero ese día fue diferente, mi amigo tenía una inusual ansiedad por llegar, le sudaban las manos, temblaba.

En cuanto cruzamos el umbral de su  casa, azotó la mochila contra el sillón y  yo hice lo mismo. Su mama nos regañó,  acomodamos bien las mochilas… y surgió  la magia.

Mi compañero alzó con sus manos un aparatejo muy extraño, como un pedazo  de televisión, pero sin pantalla. Tampoco era una radio, porque no tenía antena ni sintonizador. Como yo no entendía lo que era, mi amigo me dirigió una mirada  con una risa mitad burla y mitad bondad.  “Es un Mesa Pong”, dijo. Me quedé en las mismas, hasta que la conectó y empezó la diversión.

Si bien había escuchado de estos juegos e incluso había tenido una pequeña Mattel dizque de futbol americano, con esta mesa todo era diferente, mágico.  Sí, bueno, sólo eran dos pequeñas barras blancas a los lados y una pelota cuadrada en una pantalla, pero podías jugar durante horas con estos recursos y aunque el  único sonido fuera un bip deambulando de aquí para allá, no te aburrías. Buenos tiempos que se transformaron en el detonador de una era.

En la actualidad me he alejado de los videojuegos, no por gusto sino por necesidad. Todavía juego de vez en vez, pero no como quisiera. He perdido la pista de las novedades en este tema.

Hace unos días fui con mi querida hermana Daniela a un supermercado… de tecnología. Todo un Disneylandia de los geeks, un lugar donde me sentí cómodo. Me acerqué a ver las graficas extraordinarias, los  efectos de sonido espeluznantes y —lo que me dejó sin palabras— la música.

Cuando le comenté esto a mi carnalita, ella me interrumpió para preguntar: “¿Sabías que Paul McCartney está haciendo música de videojuegos?”. En ese instante comprendí la relevancia de esta música hecha para ambientar los videogames, que ya no sólo está grabada en la programación de trillones de “ceros” y “unos” coordinados en cada título; esa música inolvidable de Koji Kondo compuesta para Mario Bros. y su hongos de colores, o la de Nobuo Uematsu para la inolvidable Final Fantasy, y también tenemos al gigante Jeremy Soule, compositor de cantidad de títulos de videojuegos, como la saga de Harry Potter o Star Wars.

No hay espacio para acomodar a tantos compositores que han inyectado su música a los gamers. Es tan importante este género, que compositores y ejecutantes se han volcado a realizar versiones  u homenajes a estos temas. Un ejemplo es la Orquesta Filarmónica de Londres, que acaba de presentar su segundo título de la serie The Greatest Videogame Music, magistral recopilación de los grandes soundtracks del mundo virtual. Cada vez más se encaminan hacia este punto, como el maestro Neil Davidge (Massive Attack), quien ha preparado una suculenta obra maestra para la cuarta versión de Halo, extraordinaria y sin límites.

Todo va en una sola dirección. ¿Será la futura forma de arte? No, es la más actual y la que mezcla todas las artes: pintura, escultura, literatura y música en perfecto balance y con un solo objetivo, divertir.

¿Existirá algo más noble en la vida? Agáchese, salte, muévase de lado, dispare y… escuche.

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