El sitio que engatusa a los amigos o cante y se ganará el viaje -Por Laura Athié

Digital, La cáscara de la historia

Tejedora de historias

El sitio que engatusa
a los amigos

o cante y se ganará el viaje

Por Laura Athié*

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Duele morderse la lengua, una carie y piedras en los riñones también duelen. 
Pero lo que más duele es la saudade. 
Saudade de un hermano que vive lejos.
Saudade del papá que murió, del amigo imaginario.
Saudade de nosotros mismos cuando el tiempo no nos perdona.
Duelen todas estas saudades.

Pero la saudade que más duele es la saudade de quien se ama. 

Saudade
Miguel Falabella

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Para la Saudade María Elvira, amiga viajera de cabello rojo:
«Bem que se padeçe y mal de que se gosta»
(Bien que se padece y mal que se disfruta)
Manuel de Melo, 1660

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Conozco la Calle de la Felicidad por la carretera que lleva al Tepozteco. Habita ahí una pareja entrada en años y en pasiones que no deja de amarse mientras yo no encuentro el rumbo. Pasé como muchos por la Avenida de la Paz, el Callejón del Beso y el de la Amargura, pero nunca conocí el Barrio de Voluntarios que, según cuenta María Elvira, existe en Brasil.

Dicen que uno es del sitio en donde más fue feliz. Yo conozco el lugar de mi nombre a orillas del Paraná y podría decir que nací en el hotel Laura. Pero cuál es el nivel de la felicidad, ¿cómo se pesa?, ¿quién da fe del gramaje?, ¿de la calidad?

Quizá sea falacia esa sonada rivalidad entre Brasil y México, pero es real. Sólo una vez conocí su suelo y fue como lo imaginaba. Por un puente poblado de puestos de vendedores ambulantes que ofrecían baratijas idénticas a las originales a precios de risa, pasamos pegados los unos a los otros lo suficiente para no extraviarnos y con la debida distancia para que los calores de nuestros cuerpos todo el día juntos, no extraviaran nuestras pasiones. Éramos un grupo de estudiantes en los treinta alejados de las novias, esposos, familias o parejas y con mucho calor, en etapa de exploración tardía. Cualquier rozón de codo con cintura, dedo con cuello o caderas y mano, era fatal. El calor arreciaba y la ropa era mínima.

Interrumpimos el viaje de estudios para caminar entre las bolsas, los perfumes y los lentes falsos traídos directamente de Hong Kong para su venta en Paraguay. El puente transitado por todos a esa hora del día, era la única forma segura y apretada de llegar a la garita para solicitar visa y cruzar al país vecino.

Más no fueron las imitaciones el motivo de nuestra visita. El paraíso del contrabando de marcas pasaba frente a nuestros ojos a la velocidad del camión que nos obligó a orillarnos hasta la barda con peligro de ser arrollados. Alcanzamos desde ahí, todavía estando en Asunción, a mirar el río y las tres fronteras que use unen en Foz de Iguazú.

Ese fue el Brasil que vi sólo un día, para siempre. Verde, húmedo, demasiado limpio para creerse. Uno podía decidir cuál esquina de las cascadas de Iguazú prefería: la de Paraguay, la de Argentina o la de Brasil, en donde estábamos situados.

En mi seno izquierdo asomaba entre el escote y la playera roja un botón brillante que decía: Brasil. Yo estaba parada en mi esquina favorita sin saber que era ese el sitio que engatusa como brujería vudú.

Ahora entiendo la historia de María Elvira que describe en su blog de viaje un sitio hermoso en donde los sorbetes saben a té con hierbas y caramelo, el barrio de Voluntarios en Brasil. Pero no le creo, los sorbetes saben a hielo, como cuando se va el amigo, no a té. Lo que pasa es ya se perdió en el embrujo.

Oiga usted, si yo he vivido en el Barrio de la Chacarita en Buenos Aires, en donde está mi restaurante favorito, esquina con la calle México y Chile, un poco antes de llegar a la parada del subte. He caminado por el pueblo Athié en la zona de Burdeux donde las vacas no tienen manchas. Si he vivido en una habitación del tamaño de mi baño que congeló mis huesos y mis ideas durante muchos meses en París, mirando por la ventana y soñando que era como la Maga de Cortázar. Si he caminado en un desierto habitado por diablos que pueden verse en la paredes de las cuevas de la Laguna Salada, en un paisaje lunar llamado Vallecitos, en la tierra de Baja California. Si hasta aprendí a correr dentro de un mercado por entre los cuellos de pollo, las vísceras, los chayotes, los apios y las cabezas de cerdo adornadas con coronas de perejil y ajos, cuando mi padre trabajaba en La Lagunilla, pero no he vivido una calle tan bonita como según cuenta María Elvira es Voluntarios en Brasil, en donde se vendan sorbetes sabor a té. Pamplinas.

María Elvira asegura, con su cabello rojo y sus ojos esmeralda, que ahí fue feliz y entonces sé que odio ese sitio que embruja. Se la ha llevado a ella y antes que ella a otra y a otro y ahora hasta mi amigo el fotógrafo de Guadalajara se va también. Qué sitio más insoportable de mencionar.

Aunque me guste la sensación de mi piel cuando escucho hablar el portugués, aquí hay brujería. Todos mis amigos se han ido a Brasil y los que no, sueñan con irse aún antes de las elecciones. Estoy convencida, no es por ningún fraude electoral ni por la crisis, es la magia vudú.

A mí me parecía que aquí, en las noches de rumba y brindis, en las pláticas eternas que dejan ver el sol amanecer estaba la felicidad. Pero no. La verdad es que el pan de azúcar tiene un imán poderoso que se lo lleva todo.

La felicidad no vive aquí, duerme en la casa número 6 de paredes vivas y plantas brillantes al final de la última calle del barrio de Voluntarios que cuenta María Elvira, la más recién llegada de mis grandes amigas de rumba a ese terrible sitio de perdición y samba.

La felicidad es una bruja de cabellos largos que ríe a carcajadas vulgares y habla en portugués. Usa faldillas diminutas con olán de fiesta para enseñar las carnes cuando sale a bailar. La felicidad es egoísta y no vive aquí.

El otro día tocaron a mi puerta como a las 11. Abra, dijeron, traemos la verdad.

Yo no bajé porque la verdad no existe o la única cierta es que Brasil es un sitio de embrujo ladrón de alegrías.

No hay verdad aquí ni afuera, le dije al hombre. Puede irse, aquí no hay felicidades que buscar.

Entonces sonó el teléfono. Yo seguía leyendo la historia de María Elvira que contaba su viaje en esa tierra en donde no creo que todo sea saudade y me paré a responder todavía pensando en por qué mis amigos deciden dejarlo todo e irse para allá.

Alguien decía que me había ganado un viaje y se escuchaban aplausos.

Oía a lo lejos la voz emocionada del auricular que me pedía que cantara un estribillo para no sé cuál programa de radio que no era una broma, aseguraba. Yo medio entendía eso del estribillo pensando que como mis amigos, también lo he abandonado todo en alguna ocasión. He partido dejando casa, ropa, muebles para emprender proyectos en otros lugares menos coloridos y amigables que el sitio donde se ubica el Barrio de Voluntarios, hasta que la voz al otro lado de la bocina me asustó.

—Sólo cante después de nosotros, el público está esperando —decía la voz.

Y el verde y María Elvira y la samba y la felicidad que me hacían sentir enojada y feliz mientras el del teléfono insistía.

—Sólo cante y se ganará el viaje.

Puse atención.

—Vamos cante: Brasil, la la la la laralalaaaaa…

Y en ese momento comencé a sentirme como olla caliente que no ha liberado el vapor que deja sonar ese pitido agudo que lastima los tímpanos y ante la insistencia respondí, sabida que no ganaría nada:

—Mi muy querido amigo de la radio de un programa que desconozco, le agradezco el gesto del viaje mas no voy a Brasil, aunque usted, absolutamente gratis y sin haber cantado, se me va de inmediato la chingada.

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Twitter @lauraathie

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