“Si usted tuviera unos años más y yo unos años menos”

Tamara de Lempicka y Víctor Manuel Contreras se reencuentran en el Hospicio Cabañas
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Tamara de Lempicka y Víctor Manuel Contreras
se reencuentran en el Instituto Cultural Cabañas

 

“Si usted tuviera unos años más

y yo unos años menos”

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Desde hace unos días, la pintora polaca Tamara de Lempicka y el escultor jaliscience Víctor Manuel Contreras se han reencontrado casi 55 años después de que se conocieron en París. Ella, un ícono del art decó, ha muerto, y él ha sembrado decenas de sus obras por doquier: Ámsterdam, Milán, Denver, Nueva York… Ahora comparten un espacio privilegiado, el Hospicio Cabañas, con la exposición Un encuentro entre dos culturas, en donde el exacerbado refinamiento de ambos podrá apreciarse hasta octubre próximo.

Por Tatiana Maillard
[email protected] • @MadameMaillard

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Guadalajara, Jalisco.- El hombre de las historias viste un traje de pana azul marino que contrasta con la palidez de su corbata rosada. Esta noche del 30 de agosto es su noche. Es escultor. Se llama Víctor Manuel Contreras y por primera vez expone su obra en Jalisco. De sus labios brotan sonrisas que se dibujan con lentitud, algunas carcajadas sonoras y, por supuesto, historias: anécdotas de su juventud en París, de sus diálogos con Dios, de una aparente leucemia que a los 16 años lo impulsó a viajar becado a Nueva York y Alemania para estudiar arte antes de morir. Del descubrimiento de que no era leucemia lo que padecía, sino infartos ganglionares que lo llevaron al quirófano y, tras una operación, pudo continuar con su vida. De su relación con los príncipes rusos en el exilio, de su condecoración como Caballero de la Legión de Honor en Francia, de su amistad con la nieta de Mahatma Gandhi, de…

…de Tamara de Lempicka. El hombre de las historias habla de la pintora polaca y entrecierra los ojos. Tamara y Víctor fueron amigos y a partir de esta noche y hasta mediados de octubre la obra de ambos se exhibe en el Hospicio Cabañas con el título Un encuentro entre dos culturas.

Tamara murió hace 32 años en Cuernavaca, lugar donde reside Víctor Manuel. Hoy, los reflectores apuntan a la figura de azul marino y corbata rosada, coronada por una mata de canas. De paso, el escultor aprovecha este evento para celebrar sus 50 años de trayectoria. Y también para contar anécdotas a un auditorio conformado por amigos, prensa, organizadores, funcionarios del Instituto Cultural Cabañas y el titular de la Secretaría de Cultura, Alejandro Cravioto.

En el ambiente flota una mezcla de lociones y perfumes. Una voz en off habla de la trayectoria de Víctor Manuel mientras corre un video con imágenes del autor y de su obra: piezas de gran tamaño sembradas por el mundo. En Holanda. En Milán. En Denver. En Nueva York. Y, claro, en Jalisco. De Tamara se encargará de hablar el propio hombre de las historias. Él que fue su amigo cercano. Pero por ahora, Víctor Manuel Contreras sonríe mientras se proyecta el video. Esta noche es su noche.

* * *

Imposible que no surgiera una amistad entre Contreras y De Lempicka. Había aspectos en el carácter de ambos que se hermanaban: una especie de exacerbado refinamiento podría ser una de ellas. La otra, el gusto por las historias.

“Tamara era una consumada narradora que contaba las mismas historias una y otra vez –escribió Charles Phillips en Passion by Design: The art and times of Tamara de Lempicka, una biografía escrita con la ayuda de la hija de la pintora, Kizette–. Las contaba siempre de la misma manera, casi palabra por palabra. Todas las veces”.

Tamara era una sofisticada mujer de estudiados gestos. Nacida en Varsovia en 1898, cuando Polonia aún estaba regida por el dominio de los zares rusos, fue la segunda hija del matrimonio Gorski.

En su adolescencia viajó a Milán en compañía de su abuela, una jugadora empedernida que cuando no paseaba a su nieta en los museos, apostaba en los casinos.

A los 18 años se casó con Tadeusz Lempicki, un abogado desempleado con reputación de playboy con quien Tamara se obsesionó. La historia del matrimonio se desarrolla entre fiestas y champagne hasta que estalla la revolución en Rusia. Tadeusz es encarcelado y Tamara, con ayuda del cónsul suizo, logra sacarlo de prisión y huir primero a Dinamarca y luego a París.

A principios de la década de los veinte y en medio de la crisis matrimonial con Tadeusz, Tamara decidió vivir de la pintura por consejo de su hermana Adrienne. Comenzó a asistir a las clases gratuitas que ofrecía la Academia de la Grande Chaumiére para, posteriormente, continuar sus estudios con Maurice Denis y André Lothe. Se impuso una meta: por cada dos pinturas que vendiera, se compraría un brazalete. Y no se detendría hasta que la cubrieran de la muñeca al codo.

La obra de Tamara de Lempicka tuvo una época de esplendor. En tiempos en los que el art decó se imponía como tendencia artística, ella se convirtió en la representante femenina. Los retratos que hizo pronto se convirtieron en su huella: una mezcla de geometrías, de marcadas luces y sombras, de ojos desfallecientes como los de la misma pintora, labios femeninos de volúmenes rojizos, desnudos de mujeres glamourosas.

Pintó también a hombres de lustroso cabello engominado y facciones angulosas. Y en toda su obra era notable el sello de Lempicka, que proporcionaba a sus personajes una fría dureza semejante a la del metal.

Sus obras encontraron éxito, público y compradores entusiasmados que incrementaron la cuenta de su banco… y los brazaletes. Entonces vino el divorcio con Tadeusz.

Dice Charles Phillips en su biografía de Tamara: “Jean Cocteau destacó que ella amaba tanto el arte como a la alta sociedad. Y por eso creía que su acceso a esa esfera algún día destruiría a la artista”.

El vaticinio de Cocteau no fue del todo exacto, pero tampoco equivocado. Después de su segundo matrimonio con el barón Kuffner, Tamara dejó París para instalarse en Hollywood.

Las fiestas continuaron al mismo ritmo que la aceptación entusiasta de su obra, hasta que pasaron las décadas, surgieron nuevos estilos y a la llegada de los sesenta su obra dejó de provocar tan potentes reacciones, pese a haber incursionado con otras técnicas y estilos.

Entonces Tamara dejó de exponer durante casi una década.

* * *

–¡Tamara! –a la pronunciación del nombre le sigue un suspiro–. ¡Ah! Tamara era elegantísima.

Y cada sílaba de “elegantísima” es enfatizada por Víctor Manuel Contreras, quien sentado en la sala de su casa en Guadalajara, está a punto de contar la anécdota de cuando la conoció.

–Era 1958. Yo había llegado al seno de la familia real en exilio. Vivía con los príncipes Félix e Irina Yusupov. El príncipe, que vio mi talento, me dijo: “Te voy a presentar a una amiga nuestra muy querida, que es pintora”, e hizo una cena para presentarme a Tamara. Cuando ella llegó, le dijo: “Permíteme presentarte al hijo que me cayó del cielo”. Ella se quitó los guantes, que le llegaban más allá de los codos, me miró de arriba a abajo y dijo: “Si tuvieras unos años más y yo unos años menos, hablaríamos otro idioma, mi amor”.

Entonces sonríe. No es la primera ni será la última vez que cuente esa historia, utilizando la sonrisa como punto final. La noche de la inauguración de la exposición volverá a relatarla ante un auditorio que sonreirá con él. Elegante hasta la exageración.

–Yo me eduqué en Europa –dice Víctor Manuel, instalado en el sillón de su sala, donde repasa su biografía: la beca en Nueva York a los 16 años, los estudios en Alemania y la estancia en Italia–. Ahí (en Italia) canté ópera profesionalmente. Yo me dije: “Le voy a dar todo al mundo a través del canto, la pintura, la escultura y la escritura…”, pues también hice dos obras de teatro… ¡Mira!

De un salto se pone de pie y camina hacia una mesa de cristal decorada con retratos donde se puede seguir el rastro de las metamorfosis físicas que Contreras ha experimentado con los años. Ahí mismo reposa también un archivo engargolado de las notas de prensa que sobre él se han escrito, sus fotografías con la hermana del premio Nobel Johan Galtung. También fotografías de los reconocimientos: desde la orden de las Palmas Académicas de Francia hasta una condecoración “que me hizo el Shá de Irán por mi contribución a la cultura”.

–¿Para qué sirven los premios?

–Para que quienes los otorgan se sientan bien. Y en mi caso, el hecho de que te den un reconocimiento, un testimonio de la aceptación de lo que haces, es estimulante. Para la familia también es importante. Yo no necesito premios para vivir, pero sí para que ellos se sientan felices de que eres alguien y has hecho algo. Trasciendes.

–Cuando el arte es aceptado, ¿no pierde su sentido?

–¡Eso es una pose! Existe, por ejemplo, esta idea de que el arte no vale a menos que hable de sangre y revolución –su rostro se deforma en una mueca–. Sorry. A mí, eso no me interesa.

Lo suyo es el simbolismo con tintes místicos. Sus obras, sembradas en Holanda, Milán, Francia, Nueva York, Denver, pero también en Guadalajara o Guerrero, son alegorías de Dios, la lucha entre el bien y el mal, el origen cósmico del hombre, la eternidad del fuego…

–Yo soy un místico. Un idealista. Alguien que busca la verdad.

Al regresar a México, sus primeras obras monumentales las realizó en Guerrero en la década de los setenta: la fachada del Palacio de Gobierno y el escudo de armas del estado se cuentan entre algunas de sus piezas. Pero también ha realizado obras en Cuernavaca, una de las más conocidas es La paloma de la paz, una paloma-semilla que da la bienvenida a quienes visitan la ciudad.

Y fue precisamente en Cuernavaca en donde volvió a encontrarse con Tamara de Lempicka, quien, tras la muerte de su segundo esposo, se mudó a Houston con su hija hasta que fue redescubierta en los setenta gracias a una exposición en Luxemburgo y la publicación de un libro por parte de Franco María Ricci , el editor de la revista FMR.

Para entonces, la joven de ojos somnolientos había mutado en una anciana que aún conservaba el glamour de una diva cinematográfica y cuyo temperamento demandante se había incrementado. Fue ese carácter impaciente y voluntarioso el que la llevó a comprar una casa en Cuernavaca.

Como muchos integrantes de la clase alta de Canadá y Estados Unidos, Tamara solía frecuentar el estado de Morelos, hasta que decidió adquirir la casa conocida como Tres Bambús, en una privada exclusiva de Cuernavaca.

Tamara seguía pintando. Charles Phillips menciona la ocasión en la que uno de los amigos de Tamara, el economista Felipe Ortiz Monasterio, le comentó que sus últimas obras parecían copias de sus trabajos de antaño. Ella respondió: “Cuando un gran artista hace lo que hago, uno no le llama ‘copias’ a su trabajo. Son tan sólo variaciones”.

En Cuernavaca, Tamara se reencontró con Víctor. La amistad entre ambos duró hasta la muerte de la pintora en 1980. Víctor cuenta cómo es que abordó en compañía de Kizette, la hija de Tamara, un helicóptero que sobrevoló el Popocatépetl para cumplir con lo que la artista deseaba: que regaran sus cenizas sobre el volcán.

* * *

Víctor Manuel acaba de cortar el listón inaugural de la exposición y se dispone a dar el primer recorrido, junto a sus invitados especiales. En la lejanía, se aprecia el movimiento de sus labios mientras señala una u otra pieza al enjambre de trajes y corbatas que le rodea.

La exposición se despliega en tres salas. La primera, dedicada a la obra de Lempicka. El cuadro es Andrómeda. Una de sus tantas Andrómedas realizadas durante sus años más exitosos: desnudo femenino con las manos esposadas y la mirada hacia el cielo.

A la derecha del cuadro, dos óleos realizados en los años sesentas. A diferencia de los colores vibrantes y de altos contrastes de su Andrómeda, los retratos, en tonos pastel, revelan figuras humanas como si emergieran de una espesa nube.

Una treintena de obras dejan ver quién era Tamara de Lempicka: dibujos de caballos musculosos y de equilibradas formas, retratos de adolescentes con turbantes en la cabeza, estudios y bocetos de rostros marroquíes. Naturalezas muertas con tendencias surrealistas.

Estas piezas “conviven” con las realizadas por Contreras, sus palomas de paz, sus hombres cósmicos, sus alegorías de la creación, sus inspiraciones en la madre… todo su trabajo con el bronce.

El escultor se pasea entre sus piezas, bromea, sonríe, explica y, sobretodo, cuenta una nueva anécdota. Una hora antes, durante la conferencia donde habló de Lempicka, había recordado que cumplía 50 años de vida profesional.

–¡Tenía que festejarme! –dijo.

Esta noche es, finalmente, la materia prima de una nueva anécdota para narrar.

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