El regreso de los fanzineros mexicanos

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El regreso de los fanzineros mexicanos

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Cada vez son más las propuestas de cómic independiente que surgen en la Ciudad de México. Una oferta que se distribuye a través de sencillas fotocopias engrapadas y en la que se emplean técnicas artesanales, como la serigrafía y la estampa. Con trazos bien definidos, la nueva generación de comiqueros se atreve a tratar temas tan delicados como la pedofilia o la prostitución con un desparpajo hilarante y, para muchos, de difícil digestión.

Autoexiliados del diseño gráfico, la ilustración o el arte contemporáneo, estos jóvenes están rescatando —aun sin habérselo propuesto— una antigua tradición que parecía olvidada: los fanzines. Así, renovados y más agresivos que nunca, regresan con más que historietas, con dibujos que parecen producto de una sobredosis de ácido lisérgico pero que no son banales. Como dice uno de ellos, “hay un trasfondo político en todo esto, aunque no lo parezca”.

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Por Carlos Acuña
[email protected] • @esecarlo
Fotografías Eduardo Loza

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Si la vida de Apolo fuera una historieta, la primera viñeta lo mostraría sentado en un salón de clases. Su cabello crespo estaría trazado con una maraña de líneas gruesas y unos cuantos puntos insinuarían las pecas de su rostro pálido. Sus ojos habrían sido delineados para reflejar un hartazo evidente mientras que a su alrededor, difusos y fantasmales, un montón de chicos lucirían vestimentas estrafalarias y muecas de exagerado entusiasmo.

La siguiente viñeta mostraría a un profesor con cara de hombre de mundo, alguien que no deja de hablar de los nuevos lenguajes pictóricos, de la postmodernidad o del creciente mercado del arte en México. Sus alumnos lo escucharían con atención. Todos, excepto Apolo, quien tendría la mirada fija en sus manos, la mandíbula apretada, el ceño de enojo. En el cuadro contiguo, una nube nos revelaría su pensamiento: “¡Al carajo con esto!”.

¿Por qué un joven pintor decidiría darle la espalda al mundo del arte para dedicarse casi de lleno a hacer cómics?

Durante más de tres años, Apolo Cacho estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. En un principio su estancia en la escuela era perfecta, recuerda. Después de pasar casi toda su infancia y juventud en Guanajuato, Apolo se dejó deslumbrar por esa élite de pintores y artistas emergentes en donde la creatividad parecía ser el único valor. Pronto todo aquello perdió su encanto.

Apolo se cansó de la gente cuya máxima meta era exponer en una galería de prestigio y acaparar las secciones culturales de los diarios de la ciudad. Un ámbito lleno de artistas, pero en donde el arte es un acontecimiento tan insólito como escaso.

En la escuela de arte te educan para vivir en una burbuja —se queja Apolo, sin dejar de observar sus manos. Claramente no es un hombre de palabras. A sus 25 años, una mezcla de timidez y desinterés parece definirlo. Tartamudea un poco antes de continuar—. Te enseñan a fingir que vives en el primer mundo, cuando en este país el arte ya no le interesa a nadie.

Apolo desertó de sus estudios con ganas de buscar otra profesión, de alejarse por completo de las imposturas del medio artístico. Pero pintar y dibujar era lo único que sabía hacer y, para su desgracia, lo hacía bastante bien. Pese a su resistencia a buscar galerías y representantes, sus pinturas —donde inventa escenarios fantásticos, seres deformes y animales mutilados— lograron colocarse en varias exposiciones independientes en el país y en algunas muestras internacionales.

Durante un tiempo sobrevivió ilustrando revistas de diseño hasta que, en junio de 2011, recibió la invitación de participar en un acto que parecía una broma: “Juventud drogada. Exposición colectiva de arte penitenciario. Con la honrosa participación de las estrellas juveniles de la transa, la extorsión y el asalto a transeúntes”.

El título le causó la suficiente gracia para aceptar y enviar una serie de trabajos. Semanas más tarde, apenas llegó al lugar de la exposición, en la calle de Madero número 45, en la casa que perteneció a La Güera Rodríguez, supo que no se había equivocado. Los borrachos salían y entraban sin ningún tipo de solemnidad, había obras pegadas con cinta adhesiva en las paredes y, en general, se trataba de una exposición que rompía todos los lineamientos museográficos. Le gustó ver esa forma visceral de burlarse de la escena artística de la capital. Fue allí donde conoció a tres personajes que marcarían el rumbo que seguiría esa historieta en la que se iba convirtiendo su vida.

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Es extraño cómo las profesiones definen el aspecto de las personas. Inés y Rodrigo son el mejor ejemplo de ello. Ambos parecen recién salidos de los cómics que dibujan y publican en fanzines y libros bajo el sello independiente Café con Leche, su micronegocio editorial. Los dos comparten un aire desfachatado y cínico. Él con su andar cabizbajo, patillas prominentes en su rostro moreno y ese diablo de colores chillones estampado en su playera; ella con sus mallas rasgadas, piel descolorida y ojos claros como dos pececillos detrás del cristal empañado de sus lentes enormes.

Nosotros queríamos ser dealers, pero el conecte nos falló. Por eso empezamos a hacer cómics —explica Inés en repentino lapsus de sinceridad… ¿o de humor? Es difícil saber cuándo hablan en se- rio y cuándo, simplemente, desvarían. Cualquier atisbo de formalidad lo convierten de inmediato en motivo de burla. Y viceversa.

Pero ahora no bromean. Tenían apenas unos meses de conocerse, cuando Inés y Roi se enteraron de que Sigur Ros tocaría en Tepoztlán. Era el año 2009 y los dos todavía eran menores de edad. No les importó. Armados de esa insensatez propia de la adolescencia, se les ocurrió que podrían vender papelitos de LSD hasta juntar el dinero necesario… Si las cosas hubieran salido según su plan, Inés Estrada y Rodrigo Simancas no se habrían dedicado a dibujar.

—¿En qué momento nos pusimos creativos? —se pregunta Rodrigo con una sonrisa tímida—. La neta es que ni lo pensamos.

Faltaba sólo un mes para el concierto y, con su plan psicotrópico frustrado, Inés y Roi no tenían muchas opciones. Incapaces de permanecer cruzados de brazos, se dedicaron a fabricar pequeños muñecos de tela inspirados en sus debrayes y los vendieron entre sus amigos. A la par, empezaron a dibujar una serie de historietas en donde plasmaban su vida cotidiana. No pasó mucho tiempo antes de que sus extraños muñecos y sus cómics bizarros ganaran fama.

Aquellos bichos sin forma, con ojos por todos lados, hechos de retazos de cobijas y manteles, eran un alucine comerciable y se esforzaron tanto en ellos que el anhelado concierto les pasó de noche. Prefirieron quedarse en casa a seguir dibujando, invertir el dinero ganado en la edición de un libro escrito, ilustrado, editado, diseñado y maquilado por ellos mismos.

Inés y Roi habían creado así su primer fanzine. Sin proponérselo, habían reinventado una tradición ya olvidada y que hoy, cuatro años después, parece renacer en una nueva generación de jóve- nes que ante la imposición digital prefieren volver al papel y a las fotocopias para distribuir cualquier cosa que se les ocurra, por más obscena, disparatada o estúpida que parezca.

Hoy, los cómics de Café con Leche se han vuelto un referente dentro de una nueva corriente de fanzines gráficos que parece crecer en la ciudad. Los autores lustran historias íntimas, llenas de fantasía, licuados lisérgicos y un universo en donde la inocencia convive con lo perverso de manera tan cotidiana que parece natural.

—Siempre nos preguntan cuál es el concepto de nuestros cómics —se lamenta Roi–. ¿Qué es lo que queremos decir? La verdad es que sólo queremos divertirnos. Nos gusta más hacer cómics que ir al cine todos los miércoles como cualquier pareja.

Es como si hubiéramos tenido un hijo… —ríe Inés sin perder su expresión ausente— …un hijo al que podemos vender, destazar o mutilar. Nos caga todo eso de crear un “discurso artístico” sólo para que nuestras cosas puedan exponerse o venderse en una galería.

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La historia del fanzine se remonta al siglo XX. Muy arraigado en la contracultura de los años sesenta y setenta, así como en las luchas obreras, se trata de una publicación independiente, de bajo presu- puesto y con contenidos específicos. Su nombre deriva de las palabras en inglés fan y magazine.

Durante mucho tiempo los fanzines llenaron un hueco considerable, ya que sólo de esta forma podían ser publicados contenidos tabú que no serían jamás aceptados por las empresas editoriales, ni por la mentalidad imperante. Aunque la llegada de internet bien pudo significar el fin de este medio, muchas personas y colectivos persisten en la elaboración de fanzines en todo el mundo.

Tan sólo en la Ciudad de México son incontables los fanzines que circulan. Y en los últimos años han aparecido una serie de publicaciones independientes dedicadas exclusivamente al ámbito gráfico, a las historietas y a los cómics.

Con un medio tan plural como internet, pareciera un disparate gastar tiempo y dinero en crear fanzines, cuyo tiraje suele ser corto y estar limitado por los recursos económicos de los creadores. Sin embargo ahí están: Mococromo Art Fanzine, Café con Leche, Martí Ramos, Joc Doc, Federación Sindicato de Editores, Qué Hueva Todo, Carlos Olvera, 2.0.1.2. Editorial y Crex Maniak son sólo algunos de los muchos ilustradores, editores y colectivos que han optado por las fotocopias y la serigrafía para publicar sus trabajos en forma autogestiva.

Internet no suple nuestra necesidad de tener objetos, de palpar las cosas —dice Mario (Crex Maniac), otro joven artista que, tras renunciar a la carrera de Artes Plásticas en la UNAM, encontró en los fanzines un medio para comunicar ideas sin tener que ser aceptado por una galería o un medio de comunicación—. Internet sigue siendo una cosa muy impersonal. Todo se pierde en esa saturación de información. Cualquier cosa que mires ahí se te olvida al otro día.

—Internet es un medio y el fanzine es otro. Cada uno sirve para cosas distintas —interviene Inés Estrada—. Tampoco están peleados. Pero el fanzine es especial, es un objeto casi único. Pocos fanzines tienen un tiraje mayor a 200 piezas. Eso lo vuelve algo muy personal, le da un valor más íntimo.

Las opiniones de estos chicos hacen pensar que todo fanzinero es un exiliado. Alguien que huyó en búsqueda de una forma más genuina de decir las cosas.

El número creciente de fanzineros en México muestra que, si bien en nuestro país parece haber libertad de expresión, siguen siendo muy pocos los medios para expresarla.

La creatividad, al menos en el ambiente plástico, sigue estando al servicio del interés comercial —lamenta Mario—. Es algo bien frustrante.

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Yécatl Peña es un joven de patillas enormes y aspecto punk. Él y Abraham fueron los principales responsables de aquella exposición llamada Juventud drogada en la casa de La Güera Rodríguez. Su único objetivo, dicen, era burlarse de todo el ambiente artístico del Distrito Federal, lleno de pretensiones y aires de falsa solemnidad.

Allí donde conocieron a Apolo Cacho y a Chacho Grijalva. Tras comprobar que compartían intereses y el mismo repudio a la élite artística, decidieron hacer algo juntos. Apenas unos meses después nació la Cooperativa de Trabajadores Gráficos Rockanroleros Institucionalizados Joc Doc.

—Yo quería ser ilustrador —se queja Abraham con desparpajo más que resentimiento—. Pero la ilustración en México está destinada a hacer trabajos muy ñoños. En otros países hay editoriales que se atreven a publicar cosas más punks, más violentas, más porno. Aquí no existe eso.

Actualmente la cooperativa Joc-Doc cuenta con una serie de cómics que, valiéndose del concepto fanzine, se atreven a abordar de forma explícita y humorística situaciones que muy pocos comiqueros tocarían. Sus historias están llenas de pedófilos, violadores, drogadictos y una estética burda que parece corresponder perfectamente con la dura temática. Crónicas chaquetas, Váyanse a la verga, Zona marginal, Viejas fresas, Pusilanimia, son tan sólo un par de títulos que han publicado bajo su sello.

—Nuestros cómics expresan el odio hacia ciertas cosas que detestamos. Pero intentamos darle la vuelta para que nos den risa —expone Abraham—. A veces el público no lo entiende, se saca de onda.

Tal vez el cómic más elaborado de toda la producción de Joc-doc sea el Taco psicotrópico, una serie de historietas de Apolo que destaca no sólo por la calidad de su trazo sino por los personajes, la ausencia de diálogos y los pasajes surrealistas y disparatados como La vida de un futbolista y ciudadano ejemplar que cumple su sueño de ser Presidente de la República.

—Hay un trasfondo político en todo esto, aunque no lo pa- rezca —afirma Apolo, como temiendo que el trabajo de la coo- perativa se banalice—. Aquí hay una denuncia. Hacer fanzines es no quedarte callado, es hacerla de pedo por las cosas que te molestan. Al menos hacerlas evidentes. Estamos en un país pinche, esa es la realidad. Tal vez nosotros lo expresemos con un tono humorístico, pero no nos estamos tapando los ojos ante toda esa mierda. A mucha gente se le olvida en qué país vive.

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Comentarios (3)

  • Dafne

    Que chingon saber que los chavos sigan inquietos haciendo cosas sin esperar que alguien les ofrezca dinero ca mbio por lo que hacen :). Yo soy ilustradora y tambien creo que en nuestro país los medios donde un ilustrador o un historietista puede expresarse en serio son pocos. En comics independientes no pasamos de BEF, Buba y los miles de chavillos que hacen manga. Y es cierto, Internet nunca susstituye una pagina impresa. Excelente articulo, me senti muy identificada.

  • Gabo Lopez

    AHUEVO A ILUSTRAR LA MIERDA SOCIAL DE LA CIUDAD…….

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