Ellas

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Ellas

Por Armando Vega-Gil • @ArmandoVegaGil

Ellas están allí. Casi ocultas. Casi. Si las viéramos pasar junto a nosotros, las voltearíamos a ver con ojos sedientos. Los hombres siempre estamos sedientos, a pesar de haber saciado hasta la exprimatura contundente (como se exprime a la aceituna el aceite) nuestras gónadas (los varoncitos creemos estar llenos cuando al fin, en un grito acuoso, logramos vaciarnos), y las seguimos a Ellas con el hambre de la mirada, musitamos algún piropo o insulto monstruoso que tal vez nos traguemos, pues nos parecen tan inocentes en su animalidad, tan concentradas en sí mismas, tan ajenas a nosotros en su avance por los baches y campos de la vida, y a continuación las olvidamos, olvidamos sus rostros; sí, pero nos las llevemos ancladas en la memoria como los fantasmas que encenderán fantasías que alivian o enferman la soledad. A Ellas jamás las olvidaremos porque las hemos fundido en una única idea de la mujer y la belleza.

 

 

Porque Ellas son hermosas. La sola juventud es por sí misma belleza y ellas son por definición jóvenes. Un mechón mal acomodado en sus cabezas es un campo de sorgo lamido por el aliento de otoño y sus vaivenes; una rasgadura en sus pantalones es un asomo a la suavidad de una fruta, un cítrico desconocido; la cortedad  de una falda en Ellas es una revelación de lo irrevelable. Y por oposición necesaria, un mechón mal acomodado en nuestras cabezas de machos maduros es ridículo, una rasgadura en nuestros pantalones es una grosería, y lo irrevelable es una obviedad revelada cotidianamente, por eso creemos verlas pasar de nuevo junto a nosotros, y las deseamos, las necesitamos, porque estamos perpetuamente secos, sedientos, vacíos, aburridos. Hastiados. El hastío es la madre de todas las búsquedas, sobre todo las búsquedas ciegas, y el deseo y la curiosidad son las hermanas de la tuerta ansiedad del hastío, que es la reina en nuestro reino.

Entonces los insatisfechos, los vacíos, los hartos, vamos a la pantalla de nuestras computadoras de hombres trabajadores, y, con el corazón palpitando patadas, como en síncope y síncopa, le damos al buscador la palabra mágica: escort universitaria. Enter! Y allí están, son Ellas, las hemos visto andar por el parque, en el Metro, en el campus de CU, cargando una pila de libros de literatura o economía.

Son tan inteligentes, tan tenaces en su objetivo: terminar una carrera, su carrera, porque quizá eso las saque del suspense de lo inconcluso, del temor a andar desnudas por la vida, a sumirse en trabajos mal pagados, que les roban horas que deben concentrar en sus investigaciones y preguntas, en sus exámenes y tesis de graduación. Son universitarias que nos encuentran en la dificilísima facilidad del dinero con aroma a semen, que nos vacían a nosotros los vacíos, que tras cantarles desnudos una canción divertida sobre la maravilla que es el amor (¿estamos en realidad enamorados por la vía de un paquete de billetes de esta joven hermosa, que es la suma de todas las chicas hermosas?), de hacer con ellas lo que somos incapaces de hacer con nuestras esposas, cosas como conversar de nuestros empleos rutinarios y contar el mismo pinche viejo chiste del que nuestras mujeres (¿nuestras?) jamás se volverán a reír, cosas como bañarlas con orina, como verlas masturbarse y arrodillarse frente a nuestra llave de paso, o llorar como niños sin consuelo frente a la fragancia de su pubis.

Son Ellas, casi ocultas, siempre a un grado del olvido, del nuestro, pero más presentes que nunca ante sí mismas. ¶

 

Ellas
Francia, Polonia,
Alemania, 2011
Dir. Margozata Zsumowska
Con Juliette Binoche, Joanna
Kulig y Anaïs Demouister

* Músico, cineasta y
escritor. Fundador
de Botellita de Jerez
y conductor de Radio
Cinema Paradiso en
Código DF, estación de
radio por internet

 

Acerca de autor

Número de entradas : 4700

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