AAA. Maquiladora Región 4 ofrece trabajo a…

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AAA. Maquiladora Región 4 ofrece trabajo a…

 

En las orillas de la Ciudad de México, Amor Muñoz recorre las calles a bordo de una fábrica nómada capaz de emplear a una docena de personas en un solo día. Se trata de una bicicleta unida a un pequeño remolque en donde un cubículo blanco guarda todo el material necesario para montar una maquiladora callejera. La oferta es irresistible: 100 pesos la hora, el sueldo mínimo de Estados Unidos. Artista textil, esta joven abogada se ha ganado un lugar en el arte defeño contemporáneo. Sus piezas textiles son en realidad circuitos electrónicos que, sin cables de por medio, generan luz, sonido o pueden interactuar con el público. Su proyecto Maquiladora Región 4 intenta llevar esta tecnología a la calle y, de paso, hacer conciencia sobre las desequilibradas relaciones laborales México-EU.

Por Carlos Acuña
[email protected] • @EseCarlos
Fotografías: Christian Palma

Imposible no voltear a ver aquel extraño vehículo. Entre los numerosos peatones y el tráfico que, a las dos de la tarde, entorpece cualquier rincón del Distrito Federal, una bicicleta se abre paso. Jala un pequeño remolque de dos ruedas en donde ha sido instalado un cubículo blanco de madera. Una bandera negra ondea en la punta del techo de cuatro aguas. Del megáfono colocado en el manubrio brota una voz que se repite una y otra vez, confundiéndose con el estruendo de los motores y los cláxones.

—Maquiladora Región 4 y Textiles Electrónicos ofrecen trabajo. ¡A 100 pesos la hora! ¡Única oportunidad! Hoy, zona Tláhuac.

La conductora, una mujer joven, vestida con overol negro, pedalea en medio de los microbuses y autos que la cercan a cada instante. La gente observa cómo aquella chica delicada y cortés maniobra ágilmente con aquella pesada carga a sus espaldas, hasta estacionarse en la entrada del hospital Tláhuac.

La conductora rápidamente transforma el pequeño cubículo en una oficina pública. De los costados descienden un par de tarimas y una rampa es colocada en la parte trasera. Una decena de sillas de plástico son dispuestas alrededor mientras decenas de personas, sentadas en las banquetas cercanas, miran con escepticismo, sin decidirse a preguntar de qué se trata aquel ¿disparate?

—Maquiladora Región 4 y Textiles Electrónicos ofrecen trabajo. ¡A 100 pesos la hora! ¡Única oportunidad! Hoy, zona Tláhuac —la cantaleta se repite cada 20 segundos con insistencia.

—¿En serio están dando trabajo? —se aventura una mujer que ya ronda la quinta década de existencia, acompañada de su marido, un hombre fornido y moreno, con una barriga prominente—. ¿Qué hay que hacer o cómo está el asunto?

—Somos una maquiladora móvil —responde la chica de la bicicleta mientras se ajusta sus lentes de pasta gruesa y acomoda un bulto de hojas de papel en una de las tarimas del cubículo—, lo único que tiene que hacer es firmar un contrato y nosotros le damos trabajo. ¿Se anima?

La mujer mira a su marido, quien se limita a encogerse de hombros. Todavía con recelo, la mujer observa a la joven de overol como si todo aquello fuera una broma o una estafa. Finalmente toma el contrato, lo mira unos momentos, lee un par de líneas y termina por firmar. Después, recibe una breve capacitación y se le entrega una tarjeta en donde está escrito su nombre, su edad y la hora en que comenzó su labor.

La mujer no lo sabe todavía pero ha sido contratada para elaborar tecnología de punta. Ha sido equipada con una aguja, un pedazo de tela y un hilo delgadísimo, capaz de emitir mensajes codificados y conducir energía eléctrica, aunque a simple vista parezca que sus dedos angulosos maniobran con una aguja plateada sobre un pedazo de tela blanca.

En apenas tres horas, la mujer habrá elaborado un objeto textil con funciones electrónicas.

***

La escena es horrorosa. Una luz blanca y fría cae sobre los camastros grises dispuestos por toda la sala. Abrelatas, peladoras, cuchillos y otros artículos de cocina conforman un instrumental quirúrgico que resulta macabro por lo cotidiano. En cada cama reposan torsos deformes o cuerpos mutilados. Larvas inmóviles con las extremidades apenas sugeridas. Los cuerpos están construidos con papel periódico en donde pueden leerse las peores noticias acontecidas en los últimos años: desastres naturales, epidemia de VIH/Sida, masacres, corrupción, pobreza…

Malas noticias era el título de aquella instalación ideada por Helen Escobedo, expuesta en el año 2000 en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo y cuya experiencia le cambió la vida de una joven universitaria que, años más tarde, conducirá una fábrica nómada a bordo de una bicicleta.

Su nombre: Amor Muñoz. Abogada de profesión y ex practicante de esgrima.

—Siempre me preguntan cómo es que una licenciada en Derecho termina dedicando su vida al arte contemporáneo— cuenta esta mexicana de 32 años y pronunciadas ojeras que delatan largas noches de trabajo—. Es una pregunta complicada, la verdad es que no lo sé muy bien.

Amor se ha posicionado como uno de los nuevos rostros del arte contemporáneo en el país. Sus piezas textiles, con las que explora territorios íntimos ligados a la sexualidad, al tedio y a la soledad, se han vuelto un referente obligado en la escena local. Dibujos pornográficos bordados sobre almohadas, calzones de niñas con zurcidos rojos a manera de sangre, escenas de todo tipo delineadas con hilo en metros y metros de tela.

—Yo no tenía idea de que existía algo llamado arte contemporáneo hasta que entré a la UNAM —confiesa con seriedad, al tiempo que muestra algunas nuevas piezas textiles en su taller, un enorme cuarto rectangular ubicado en las inmediaciones del Centro Histórico del Distrito Federal.

De las paredes cuelgan telas de más de dos metros de largo en donde Amor ha bordado torsos de mujeres desnudas y escenas en donde el sexo convive con el aburrimiento diario.

—Estudiar en la UNAM te enriquece mucho como individuo —cuenta la abogada—. En mi caso, me puso en contacto con otras disciplinas, entre ellas el arte. La exposición Estar y no estar de Helen Escobedo fue un parteaguas en mi vida. Desde entonces, Helen se convirtió en mi heroína. No decidí en ese momento dedicarme al arte, pero sí movió en mí muchas cosas.

Amor tuvo que viajar a Nueva Orleáns al terminar su carrera. Nunca pudo ejercer como abogada en Estados Unidos debido a que el marco jurídico allá era muy diferente al mexicano. Fue entonces que decidió aprovechar ese impedimento laboral para dar un giro radical a su estancia en el extranjero.

Sin perder más tiempo se inscribió en la Academia de Bellas Artes de Nueva Orleáns, en la que perfeccionó técnica y trazos. Y así, tal vez sin saberlo todavía, Amor empezó a bordarse una nueva vida.

***

De los 15 a los 19 años, María Eva trabajó en una maquiladora en la delegación Tláhuac. Ganaba 750 pesos a la semana en un horario de nueve de la mañana a cinco de la tarde. En ese momento, hace ya más de dos décadas, le parecía un buen salario.

—Alcanzaba para todo —dice mientras borda un hilo naranja sobre una de las piezas electrónicas de Amor.

María Eva está a punto de ser abuela. Esperaba alguna noticia en la entrada del hospital Tláhuac cuando vio llegar aquella bicicleta con su remolque atrás. En cuanto escuchó que estaban pagando a 100 pesos la hora sólo por bordar, decidió aprovechar el tiempo muerto. En ciertas ocasiones, bordar puede ser igual que fumar: hace de la espera un acto soportable.

De acuerdo con el último registro, el total de empresas maquiladoras que actualmente operan en el país supera las 3 mil, ubicadas casi todas en la zona fronteriza del norte. Esas fábricas emplean al menos a un millón y medio de personas, de las cuales 51 por ciento son hombres y 49 por ciento mujeres.

Si bien son más hombres que mujeres, generalmente son ellas las que realizan el trabajo más duro en las maquiladoras. La mayoría de ellos son técnicos o administrativos.

—Hay un punto en común entre una maquiladora textil y la industria electrónica: ambas contratan mujeres para el trabajo pesado —explica Amor—. Son las mujeres las que cortan la tela y zurcen las prendas de la maquila. Son las mujeres también a las que contratan para ensamblar los circuitos cerrados de una computadora.

El problema de género se agrava cuando se piensa en el sueldo ínfimo que se recibe por este tipo de trabajo que, además, por depender de la economía y de compañías estadunidenses se vuelve sumamente inestable, pues las maquiladoras suelen mudarse de estado o cerrar plazas laborales cuando las condiciones legales les son adversas.

Esto fue lo que motivó a Amor Muñoz a crear la Maquiladora Región 4. Después de regresar de Nueva Orleáns e instalarse en la ciudad de Campeche —en el sureste del país—, Amor se dedicó a estudiar el arte textil. Así se dio cuenta de que aún existía una fuerte tradición de costura entre muchas mujeres mexicanas pero que, desvalorizada su utilidad como oficio, se confinaba a un terreno íntimo, relegada a funcionar solamente como terapia ocupacional.

—A mí, mi mamá me enseñó a bordar desde niña —confiesa una adolescente que ha sido contratada por la Maquila Región 4—. No lo hago mucho pero me gustaría intentarlo.

—¿Tú crees que esto que estás haciendo pueda llamarse tecnología? —le pregunta Amor, interesada.

—Yo creo que sí —responde de inmediato la joven, a quien todavía no le explican para qué servirá su trabajo—, porque al final es una cadena de técnicas aplicadas en un objeto…

Después de vivir durante dos años en Campeche, Amor se mudó a la Ciudad de México, en donde estudió arte electrónico al lado de prestigiosos maestros en la materia, como Arcángel Constantini. Entonces su obra dio un salto significativo.

Sus bordados dejaron de representar mujeres y figuras humanas. En los paños blancos comenzaron a aparecer signos más parecidos a un circuito eléctrico que a una pieza de arte, cuya naturaleza empezó a volverse interactiva.

Un ejemplo de su evolución fue la muestra Esquemáticos, en donde Amor construyó una serie de piezas textiles que se distinguían por su capacidad de responder a ciertos estímulos humanos. Había incorporado elementos como un alcoholímetro, capaz de detectar la cantidad de alcohol en el aliento de una persona; o una alarma para carro, detectores de sonido o de movimiento que activaban luces u otro tipo de reacciones en el material textil.

—¿Me creerías si te digo que estás construyendo una alarma? —le anuncia Amor a otra chica, que actualmente cursa el tercer semestre de preparatoria.

—¿Cómo que una alarma? —exclama ésta, confundida.

—Sí, eso que estás tejiendo son circuitos que funcionan y que transmiten electricidad —le explica Amor.

—Nooo… ¿cómo crees?

Hasta el momento, la Maquiladora Región 4 no recibe apoyos oficiales. La mayoría de las veces el sueldo de los empleados ocasionales sale del bolsillo de Amor. Por eso sólo pone a trabajar su fábrica esporádicamente y su capacidad de contratación está limitada a unas cuantas decenas de personas.

—Lo ideal sería llevar la Maquiladora R4 a Estados Unidos —dice Amor, antes de lamentar que el proyecto avance a pasos tan lentos, debido a la precariedad económica—. Porque son los gringos los que ponen sus maquilas en México aprovechando el desequilibrio legal que existe en la materia. Sería bueno que se pusieran en los zapatos del otro, que por un día trabajaran en una fábrica ganando nuestro salario mínimo: ocho centavos de dólar la hora.

En junio de este año, el proyecto de Amor Muñoz fue merecedor de una mención honorífica en la convocatoria ARS Electronica Prix, uno de los premios más prestigiosos de arte electrónico a nivel internacional. Y aunque no representa ninguna remuneración, puede abrir muchas posibilidades a futuro al proyecto nómada de la abogada artista.

***

La idea de crear una maquiladora se fue perfilando en la cabeza de Amor Muñoz conforme se empapaba de la historia de la industria textil, desde los artesanos medievales hasta la llegada del capitalismo a nivel mundial que dio pie a que se crearan empresas cronometradas, en donde se privilegió la producción en serie,completamente despersonalizada.

De hecho, la Maquiladora Región 4 está ideada como si se tratara de una maquiladora de verdad. La formación como licenciada en Derecho le ha permitido a Amor estructurar legalmente un proceso que replica de modo casi idéntico las prácticas de las grandes maquiladoras estadunidenses. Cada una de las personas que emplea tiene que firmar un contrato que, a nivel jurídico, es completamente válido. Además tienen que checar tarjeta para registrar su horario de entrada y de salida.

Pero hay pequeñas diferencias. Para empezar, al empleado se le paga el sueldo mínimo de Estados Unidos: siete dólares la hora (su equivalente en pesos). Además, cada una de las piezas generadas contiene un código bidimensional (BiDi) que, escaneado con un teléfono inteligente, remite a un sitio de internet en donde el consumidor puede conocer a la persona que hay detrás de cada uno de los objetos que ha adquirido.

—Este es uno de los factores preocupantes dentro de toda cadena de producción: todo mundo se olvida del trabajador —explica Amor—. Uno compra una blusa, una chamarra, lo que sea y casi nunca pensamos que hay una mano de obra, humana, detrás de esa prenda. Maquiladora R4 intenta llenar ese hueco: uno podrá ver la foto de la persona que maquiló cada una de las alarmas, su nombre, su edad, su lugar de origen, su lugar de residencia, dónde realizó el trabajo, cuántas horas, cuánto se le pagó, etcétera.

La Maquiladora Región 4 tiene varios propósitos. El primero es hacer conciencia de las desventajosas relaciones laborales de México con Estados Unidos. La artista pretende crear un instalación en donde las piezas interactivas, hechas en su maquiladora, sean expuestas al público y se informe a los espectadores sobre el tema.

Por otro lado, este proyecto le ha servido a Amor Muñoz para hacer una especie de antropología del trabajo. Al hacer la contratación entrevista a cada uno de sus fugaces empleados. Las historias de vida, se ha dado cuenta, suelen estar determinadas por la necesidad de obtener mejores condiciones de trabajo.

Hasta ahora su maquiladora móvil ha salido a las calles ocho veces, ya sea en la ciudad de Campeche, o en Iztapalapa y Tláhuac, dentro del DF. Amor ha efectuado el registro de la constante migración que existe en el país debido a la búsqueda de empleo. Como en la delegación Iztapalapa, en donde buena parte de la población es de origen oaxaqueño o guerrerenese, el trabajo ha obligado a pueblos enteros a desplazarse a las grandes ciudades del centro de la República mexicana o de Estados Unidos.

Teodora Mendoza, por ejemplo, es ama de casa y dedica su tiempo libre a bordar servilletas para su casa. Su hija perdió la vista hace cuatro años, a consecuencia de una avanzada diabetes, por lo que fue despedida de su trabajo en un banco a mitad de su embarazo. Su nieto, hoy de cuatro años, presenta diversos padecimientos médicos que requieren tratamientos costosos.

Ellos dos dependen del sueldo que gana el esposo de Teodora, un obrero de 54 años dedicado a fabricar los estantes metálicos en los que son exhibidos los productos Bimbo. El hombre tiene más de tres décadas laborando en el mismo lugar pero no puede jubilarse antes de cumplir los 60 años.

—Ahora mi hijo menor, que estudia la universidad, quiere irse “al otro lado” apenas termine la carrera —dice Amalia, apesadumbrada—. Aquí la cosa está un poco difícil y él quiere ayudarnos. Yo le digo que se quede, que en todos lados ya es igual.

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