“Revelar los rollos era un proceso casi espiritual”

Pedro Valtierra, fotógrafo
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Pedro Valtierra, fotógrafo

“Revelar los rollos era un proceso casi espiritual”

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Después de casi cuatro décadas de congelar la historia en imágenes, Pedro Valtierra (1955) ha entretejido una peculiar relación con el tiempo. Cada que encuentra la oportunidad, su grave voz zacatecana enfatiza que él no es “anticuado”. Que detesta decir “cuando era joven” porque aún es joven. Que aprecia las bondades de la fotografía digital, pero éstas no se comparan con la belleza casi artesanal de  la imagen obtenida en el cuarto oscuro.

“Soy un nostálgico”, admite. Pero la nostalgia es una reacción inevitable cuando el ojo detrás de la cámara ha atestiguado 37 años de hechos históricos. De la presidencia de Luis Echeverría a la revolución en Nicaragua. De la huelga de mineros —y su primera protesta al desnudo— en Pachuca, en 1985, al enfrentamiento entre mujeres indígenas y soldados en X´Oyep, Chiapas, el 3 de enero de 1998, 12 días después de la matanza de Acteal. Del derrocamiento de Jean-Claude Duvalier en Haití, al éxodo de Mariel en Cuba.

Lo suyo es un viaje que se condensa en la exposición Mirada y testimonio, del CCUT, que muestra ese tránsito por tiempo y espacio del fundador de la agencia Cuartoscuro y la Fototeca de Zacatecas.

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Por Tatiana Maillard
tmaillard@m-x.com.mx • @MadameMaillard
Fotografías: Eduardo Loza

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Después de 37 años de oficio periodístico y de  haber vivido el tránsito de la fotografía análoga a  la digital, ¿qué se ha replanteado de la profesión?

Ahora pienso que el oficio no se abandona y que yo no quisiera dejarlo. Por eso sigo trabajando, aunque no con la dinámica de cuando era más joven (hace una pausa antes de seguir). No me gusta decir “cuando era joven”, por cierto. Yo todavía soy joven.

Tener una exposición hace que me replantee las cosas. Durante muchos años me he dedicado a organizar proyectos —la Fototeca de Zacatecas, concursos de foto, la revista Cuartoscuro, la agencia del mismo nombre— y esta exposición me lleva a una especie de crisis, porque veo que por muchos años  dejé de hacer fotos con la intensidad que debía. Más que me haya faltado tiempo, fue la misma necesidad de sobrevivir lo que me llevó a hacer otras cosas.

Usted ha dicho que de joven era demasiado  apresurado. Que quizá hubiera sido mejor fotografiar con la cabeza más fría.

Uno siempre es joven… Lo que a mí me faltaba era experiencia, y por eso mismo sentía que podía controlar el mundo. Pero no.

Ahora, cuando veo mis primeras fotos, uno de mis principales cuestionamientos es: ¿qué habría pasado si yo hubiera sido un poco más controlado? Quizá hubiera tomado mejores fotos. En la guerra, por ejemplo, yo tenía 23 años… ¿qué experiencia iba a tener?

A esa edad cubrió la revolución sandinista en  Nicaragua.

Fue mi gran experiencia fotográfica. Aquí en México no se acostumbraba tener corresponsales de guerra. El Sol de México había mandado algunos en los años setenta a Vietnam y a Líbano. Excélsior enviaba uno de vez en cuando. No era una costumbre del periodismo mexicano. Y sí: hubo un antes y después de esa experiencia para mí.

El riesgo de morir es real en una guerra. Antes de eso pensaba en la guerra desde una perspectiva romántica. Pero es algo muy doloroso. No se puede ver la vida tan fácil después. La visión del amor, del mundo, cambia. Estar al borde te hace pensar si vale la pena correr peligro por una foto. Si vale la pena que estés ahí. Si acaso ocurrirá que las fotos ayuden a transformar algo. Yo creo que sí, que vale la pena y que uno es responsable de que esas fotografías reflejen lo que está ocurriendo.

Cuando usted estaba en Nicaragua, la Guardia  Nacional advirtió a los corresponsales que no  podían salir del hotel, que si lo hacían era bajo su propio riesgo.

Sí, por eso es tan intenso, porque tú asumes todo el riesgo, toda la responsabilidad. Tú decides tu programa del día y te vas a la buena de Dios. Eran tiempos de angustia. Más en esa época, usando rollo, porque no sabías cómo iban a salir las fotos. Yo había armado un laboratorio en el baño del cuarto de hotel. Tenía miedo: para la foto debes buscar el lugar donde haya más conflicto, lo cual significa que también es el más peligroso. Luego regresaba y debía revelar y secar a 35 grados. ¿Cómo iba a saber, si no tenía termómetro?

La vida se vuelve un desorden… y ocurre que le entras al alcohol. Compraba una botella de ron y con tres hielos y un trago me bajaba el estrés en días que duraban 20 horas. Eso genera un ambiente de camaradería y fraternidad entre fotógrafos y reporteros. En la guerra tienes que buscar las mejores imágenes, lo que muchas veces te obliga a trabajar solo. La guerra me llevó a valorar más la competencia con los colegas, pero también la amistad.

¿Y la conciencia de la muerte?

Es extraña. Cuando, en Nicaragua, una vez me pusieron la punta de un fusil en la cabeza, sí pude ver toda mi vida en un segundo. Salíamos de Managua rumbo a Masaya un fotógrafo de la revista The News, Alma Guillermoprieto y yo. Unos paramilitares que estaban en la carretera nos obligaron a bajarnos del vehículo  y golpearon  al fotógrafo que iba manejando. Alma iba de copiloto. Nos sacaron con violencia y nos tiraron detrás del carro antes de ponernos el fusil en la cabeza, con un pie en la espalda. Es curioso y raro, porque en ese momento no tienes miedo. No se puede explicar tan fácilmente lo que sucede, pero es como si estuvieras en un sueño, como si no pudieras distinguir que eso: el fusil, la bota en la espalda, es la realidad. No supe cuánto tiempo pasó hasta que nos dejaron ir. Sólo entonces me asusté. Ese tipo de experiencias te coloca en la posibilidad de entender la vida.

Uno de sus retratos más conocidos de la  revolución sandinista es el que tituló Idalia (una joven y su fusil). ¿Cómo se relaciona usted con la gente que fotografía?

Mínimamente. En algunas ocasiones he tenido oportunidad de relacionarme con la gente que retrato de modo más personal. Pero en este caso todo fue muy rápido. Para mí era más la sorpresa de ver niños guerrilleros, platicar con ellos y descubrir la convicción que tenían con el movimiento. Me sorprendía mucho su juventud. Yo pensaba: “Tengo 23 años y no he hecho anda. Estos niños tienen 16 años y ya están haciendo la revolución”. De ahí que tomara tantas fotos.

En el caso de Idalia, ella participaba en una marcha, durante la celebración del primer aniversario del derrocamiento de Anastasio Somoza, en 1980. Estábamos en la marcha y la retraté porque me sorprendió su belleza. Una belleza poética con ametralladora en mano.

¿Se puede encontrar belleza poética en un conflicto armado?

Sí hay belleza en la guerra… Si bien la guerra es dolor, a veces hay condiciones para la belleza. Todo depende de la composición y el momento.

¿Y las relaciones más cercanas con los personajes que posan ante su lente? Por ejemplo, el Subcomandante Marcos.

Con él había coincidencia en muchos temas. El acercamiento fue prolongado, por la coincidencia entre ambos durante distintos periodos de trabajo. A veces la fuerza de esos protagonistas se diluye con el tiempo…

Sí, ocurre. A veces los mismos personajes ayudan a que así sucedan las cosas, porque se limitan o se destruyen a sí mismos.

¿Lo reprocha?

No. Solamente los observo. Para mí, hay personas que es importante retratar, sin emitir juicios morales o políticos. Una de las cosas que me hubiera gustado, es haber retratado el pináculo del éxito y el ocaso de algunos. Así se cuenta una historia, con el retrato. Tienes que hallar la relevancia de los personajes, pero no en su conducta, sino en aquello que proyectan, sobre todo los que son políticos. Lo que yo busco es entender en qué momento ya no funcionan, pierden peso y deben retirarse, aunque no lo deseen, porque al ser humano le falta sabiduría y humildad.

¿A usted le ha faltado?

Yo procuro pensar que todo es pasajero y no tomar en serio las cosas que ocurren en la vida. Aunque hay etapas en las que uno enloquece.

¿Y qué le ha ayudado a mantener los pies en la tierra?

Las experiencias de guerra y los consejos de colegas. Especialmente los consejos.

¿Como cuáles?

En situaciones de emergencia, aquellos que te enseñan cómo protegerte en una balacera. A mí me costó mucho tiempo aprender que no debes reaccionar emotivamente porque puedes perder la vida. En Nicaragua un grupo de reporteros fuimos a una zona donde había una barricada y los jóvenes habían tomado las calles. Managua estaba controlada. De repente, una tanqueta empezó a disparar hacia donde estábamos los de prensa. Yo me tiré al suelo, pero con los disparos y los gritos uno entra en pánico y comete torpezas, como un reportero que salió corriendo. ¡Gravísimo!, porque te vuelves un blanco fácil.

Recuerdo las palabras que me dijo un reportero neozelandés, Bernard Dietrich, corresponsal de Time: las reglas a seguir en una guerra son, en primer lugar, no creer en los taxistas; en segundo, tumbarse al suelo cuando se escuchen disparos; y en tercero, no creer en las mujeres guapas o, en todo caso, ¡no confiar en ellas! (risas).

Cuando uno convive con guerrilleros, ciudadanos, soldados, es imposible no establecer empatías y rechazos. Sin embargo, los bandos no se dividen en buenos y malos.

Siempre están tu corazón y tus ideas. Ahí se genera cierta empatía. Pero en efecto, descubres que no hay buenos y malos. Encuentras, entre quienes podrían ser los malos del ejército, a personajes que ni siquiera están a favor de la guerra, sino que se ven obligados a participar por circunstancias oficiales. En medio de un conflicto vas distinguiendo entre los que son honestos de cada bando. Ordenas tu punto de vista con respecto a los personajes. No todo es como te lo cuentan.

En las guerras y otras situaciones críticas, hay que distinguir, observar… A mí me funcionó observar. Como fotógrafo tienes que ver a la gente, qué hace, cómo es. Y a partir de eso descubres si simpatizas con alguien desde el punto de vista ideológico. Por mi parte, había cierta simpatía por los movimientos revolucionarios que querían cambiar el mundo. Uno como periodista dice que es imparcial, pero no por eso renuncia a su percepción del mundo.

Si algo hemos vivido como sociedad, es la falta de periodistas imparciales. Hemos tenido periodistas que se sienten políticos y que confunden la profesión con la simpatía. Yo vengo del unomásuno, de El Sol de México, donde estaban Benjamín Wong y Manuel Becerra Acosta, y luego estuve con Carlos Payán en La Jornada, así que creo en el periodismo con sentido social, que no es visto como negocio ni responde a los intereses de los grandes grupos. ¡Yo vengo de ese tipo de periodismo! Quizá  parece anticuado, pero así es.

Subraya mucho lo de ser anticuado, tanto en las ideas como en la nostalgia del cuarto oscuro.

¡Soy nostálgico! La foto digital no se ve igual que una revelada. Además, se necesita oler a fijador, meter las manos al revelador. Cuando comencé a relacionarme con la fotografía, en 1973, una de las cosas que yo anhelaba, y sé que suena a locura, era tener las uñas grises por las quemaduras del revelador. Yo veía que los laboratoristas tenían las uñas manchadas. Había otros que utilizaban pinza, pero mi sueño era ser como los primeros. Para mí no había nada más hermoso que revelar la foto ¡y que saliera bien! Era un proceso largo, casi espiritual.

Claro, no quiero volver al pasado. Pero trabajar la foto en Photoshop definitivamente no es igual. Cuando yo imprimía fotos, había zonas que salían oscuras, así que tenía que realizar pruebas. Tenía que durar la foto en el revelador como tres minutos. Y habían zonas que quedaban blancas, donde no se veían los detalles, así que tenías que exhalar sobre la foto para que agarrara el revelador, le tallabas, calentabas y acelerabas el proceso. ¡Todos esos detalles! La foto era como tu hijo. No sabías cómo iba a quedar hasta que veías el rollo. Y hasta ese instante sentías alivio. Todas esas cosas generaban emociones. Por eso es que siento nostalgia… pero no soy viejo (sonríe).

Usted llegó de Zacatecas al DF y tuvo su primer  contacto con la foto cuando trabajaba de bolero.

Tenía 14 años cuando mis ocho hermanos, mi padre y mi madre, llegamos a la Ciudad de México. A los 16 cursaba sexto en la escuela El Pípila. Tenía que chambear, pues acá en el DF nacieron tres hermanos más. Vendía discos en la calle, boleaba, vendía ropa en el mercado Cartagena, fui pintor de brocha gorda. Lo que más me gustaba era bolear, porque era donde más ganaba.

Trabajaba en Chapultepec y un día tomé camino por Constituyentes, donde están Los Pinos. Eran las ocho de la mañana y había un montón de gente. Aquí saco dinero, pensé y me puse a bolear. Ya no volví a Chapultepec. Un día faltó el bolero del Estado Mayor y me fueron a buscar para que yo boleara en su lugar. Como el hombre nunca regresó, me quedé de bolero de los ayudantes del Estado Mayor, aclaro, porque luego dicen que yo boleé a Luis Echeverría y no es verdad. También han dicho que yo era fotógrafo de Echeverría. ¡Por favor!

A las siete de la mañana iba con los del Estaod Mayor y enseguida me iba a la oficina de prensa, para bolear a losperiodistas. Un día conocí el laboratorio, que estaba en la azotea, porque un fotógrafo me pidió que subiera a bolearlo. A mí ya me gustaba la foto, tenía una Instamatic, pero no imaginaba cómo era el proceso. Entré al laboratorio, el cuarto oscuro, la tarja, la gente trabajando… Quedé encandilado de ver cómo surgían las fotos.

Comencé a ir al laboratorio. Luego de un rato me dejaron revelar ahí mis rollos de Instamatic. Para entonces ya había entrado a la secundaria para trabajadores. Me dieron chamba de conserje, mi hermano Juan me sustituyó en la boleada y yo iba todas las tardes a aprender con los fotógrafos. Me compré una cámara Miranda. Un día no había fotógrafo oficial, me pusieron un traje y me fui a hacer fotos de un acto de Presidencia. Después los fotógrafos me pagaban para que hiciera sus guardias.

El 20 de abril del 75 me hicieron fotógrafo. Cuando terminó el periodo de Echeverría, en el de José López Portillo me quitaron el puesto de fotógrafo. Tenía 21 años y entré a El Sol. Llegué sin cámara, me prestaron una Nikon y me fui a hacer fotos. Tuve suerte, porque el primer día me publicaron en portada.

¿Qué recuerdos de esos primeros años lo marcaron?

Yo era muy joven cuando iba a las giras. Recuerdo en especial un viaje a Oaxaca, donde se inaugurarían unos departamentos del Indeco (Instituto Nacional para el Desarrollo de la Comunidad y la Vivienda Rural). Estaba Jorge Cruickshank, quien había negociado con Porfirio Muñoz Ledo, entonces priista, reconocer la victoria electoral del PRI en Nayarit a cambio de que él fuera el primer senador de oposición.

Hubo una reunión entre Cruickshank, Echeverría y otros funcionarios. Todos vestían de guayabera, menos Cruickshank, que usaba saco inglés. De noche, al terminar la reunión, los fotógrafos de periódico ya se habían retirado. Yo tuve que quedarme y observé cómo se dirigieron hacia los departamentos que serían inaugurados. Entonces Echeverría tomó a Cruickshank de las solapas y lo sacudió: “¿Por qué te vistes así? ¡Estás en tu pueblo!”. Lo regañó gacho. Yo tomé fotos del momento en que Echeverría, muy enojado, zarandeó al senador. No le dije a nadie nada de lo que había visto. Pero ya de noche, durante la celebración de la Guelaguetza, Echeverría me mandó llamar para preguntarme si había tomado fotos. Contesté que sí y él me pidió que entregara el rollo. Nunca lo había contado antes. Suelo ser muy discreto.

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