Melancolía
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Por Armando Vega-Gil • @ArmandoVegaGil
Melancolía es un planeta inconmensurable que se nos echa encima entre el rugido sordo de lo inevitable y los alientos agónicos de Tristán e Isolda; un mundo que, antes de colapsarnos, nos rodea en una danza de belleza exultante, alzando la voz de los caballos, disparando el llanto de los novios frente al pastel de bodas —como en un poema de Neruda—, de cara a los padres que nos abandonan y que abandonamos, que nos dejan indefensos, como siempre, ante la amenaza de las agujas del sarcasmo, la culpa, la negación y el propio amor; una estrella que, oculta tras el sol de la noche, emerge en el horizonte de nuestras provincias y sus nubes tristes, vuelta una segunda luna, para volvernos así criaturas perseguidas por dos sombras.
Melancolía es un puente intransitable que nos aísla del entorno y sus habitantes misteriosos, dejándonos muy solos, frente a nosotros mismos —no existe mayor soledad que la que cargamos dentro del pecho y nos arropa como un traje viejo, por más jóvenes seamos, por más que mudemos de piel en el avance de los años—, frente al espejo unívoco de los hijos y las hermanas, cancelando el amor romántico, devastando la fiesta del comienzo de cualquier nueva vida, porque ante Melancolía uno podría asegurar que el fin del mundo cancela cualquier principio, cualquier alfa, todo nacimiento, pero no es así: hasta el último instante previo a la aniquilación, un principio se gesta, porque un instante es la suma de todas las eternidades y vivir la destrucción de cualquier forma de futuro es una toma de conciencia.
Melancolía es, pues, una reflexión del presente, una asunción contundente del aquí mismo, es un desmayo de lucidez, un fuetazo de razón y fe que revienta el sopor de la vida cotidiana y sus formas y protocolos que la disimulan, que la embellecen o afean hasta volverla una mascarada.
Melancolía nos recuerda la necesidad imperiosa de los rituales de fin e iniciación, los ritos del alumbramiento y la muerte, a pesar de la lentitud fulgurante de los días y las horas.
Melancolía es una celebración, un pastel de carne con sabor a cenizas, un baño de agua caliente que nos acaricia y nos regresa a nuestros cuerpos olvidados, una lluvia de gorriones y guijarros, una lluvia de alas deshojadas de ángeles, una caverna secreta en la cual nos resguardamos con nuestros hijos. Es la belleza del dolor, es una forma de la felicidad, su manifestación más triste y entrañable. Melancolía en las horas del fin del mundo. ¶
Melancolía
EU, Suecia, Dinamarca, 2011
Dir. Lars Von Trier
Con Kristen Dunst y
Charlotte Gainsbourg