El doping no se irá: de brebajes a la eritropoietina

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El doping no se irá: de brebajes a la eritropoietina

Londres.- Brebajes de hongos, testículos de perros y dietas especiales: a la hora de ganar, todo valía para obtener la ventaja, porque los juegos de la antigüedad aseguraban fama y privilegios a quienes alcanzaran la victoria. En lo esencial, nada muy diferente a lo que sucede hoy.

En el mundo del olimpismo, terreno abonado para las frases huecas y las afirmaciones sin demasiado sustento, es un lugar común decir que los Juegos Olímpicos de la antigüedad eran el reflejo de lo mejor del ser humano, de la “mente sana en un cuerpo sano”.

Tan reiterado como falso: la verdad es que aquellos juegos reflejaban al ser humano con todas sus glorias y miserias, y eso incluía el hacer todo lo posible para ganar. También apelar al doping, cómo no.

“Había hasta leyendas de atletas que consumían una vaca entera”, recordó hace unos años al International Herald Tribune el especialista Ulrich Sinn, profesor de arqueología clásica en la Universidad de Wurzburgo, Alemania. Sin necesidad de apelar a la creatina, los atletas de entonces ya sabían que una dieta basada en carne incrementaba los músculos y la fuerza.

Más de 2 mil 800 años después de los primeros juegos de la antigüedad de los que se tiene constancia, las cosas siguen esencialmente igual: la tentación de la gloria y la fama es demasiado fuerte para muchos. Fama y gloria quieren casi todos, también porque es lo que se les reclama a cada instante. Ser muy bueno es para muchos casi un fracaso, el mundo de hoy exige ser el mejor.

El doping en el deporte profesional no es más que un emergente de la sociedad de hoy, con gimnasios repletos de jóvenes que consumen lo que sea si la sustancia garantiza músculos y, por lo tanto, éxito social. Mientras el mensaje en una sociedad que divide entre “ganadores” y “perdedores” es cada vez más el de “triunfar” a toda costa, el deporte insiste en perseguir la limpieza, en la que ya es la carrera más larga de todos los tiempos, una carrera infinita, sin meta posible.

El primer caso de doping certificado ocurrió en 1886, cuando un ciclista británico murió en la París-Burdeos por una sobredosis de trimethyl. La muerte de otro ciclista británico, Tommy Simpson, durante un televisado Tour de France de 1967 hizo ver al Comité Olímpico Internacional (COI) la necesidad de hacer algo. Los de México 68 fueron los primeros juegos con controles, y desde entonces la batalla es incesante: unos apelan a métodos y sustancias cada vez más sofisticados, y otros buscan mejorar los métodos para detectarlas.

El positivo por estanozolol del canadiense Ben Johnson generó en Seúl 88 el mayor escándalo de doping de la historia olímpica, pero esa sustancia es parte del pasado. Entre el estanozolol y lo que se consume o se proyecta hoy, la diferencia es comparable a las prestaciones y la seguridad que ofrecen una carreta y un Porsche.

El panorama del doping se revolucionó en los últimos años con la explosión de la eritropoietina (EPO) y sus cada vez más eficientes variantes, la certeza de la utilización de la hormona de crecimiento humano (HGH) y las perspectivas de “doping genético” que muchos expertos sitúan ya desde hace tiempo como inevitable e inminente, aunque nadie añada más precisiones.

Hace unos años surgió una estrella, la THG (tetrahidrogestrinona), un esteroide de diseño que diezmó el atletismo estadunidense, dio pie al “caso Balco” y terminó destruyendo la carrera de Marion Jones, dueña en su apogeo de la sonrisa más dulce del atletismo mundial.

Desposeída de las medallas que ganó dopada en Sydney 2000, durante un tiempo Marion Jones fue casi una marginada de la sociedad, una mujer que luchaba por pasar el menor tiempo posible en la cárcel.

Hoy su vida es diferente: el Departamento de Estado de su país la contrató para que viaje por el mundo y le explique a los jóvenes que ciertas cosas hay que pensarlas dos veces antes de hacerlas. Take a break (Tómate un momento) es el nombre del programa.

Pero el doping no se toma pausas, va al ritmo del deporte, o bastante más rápido, en realidad.

La cantidad de controles en los juegos es cada vez mayor, ya que se prevén 6 mil 250 para los Olímpicos y Paralímpicos de Londres 2012, una cifra que supera en 25 por ciento a los de Pekín 2008.

Esas cifras incluyen controles fuera de competencia, en especial en los campos de entrenamiento previos a los juegos. La pregunta es si la cantidad dice algo o si sólo sirve para disimular ciertas fallas de calidad, ciertos agujeros negros del sistema.

Hace 10 años, en Salt Lake City 2002, el esquiador español Johann Muehlegg se hundió en la miseria gracias a un no anunciado método para detectar la darbepoetina –una versión avanzada de la EPO– que muchos competidores, entre ellos el ex alemán, creían que podían tomar con libertad por no estar controlada.

Hace ocho, en Atenas 2004, los griegos Costas Kenteris y Ekaterini Thanou protagonizaron un gran escándalo incluso antes de iniciarse los juegos: se ausentaron deliberadamente de un control. Fueron descalificados, pero la situación demostró que aún había bastantes aspectos del tema en que trabajar.

Es una carrera eterna. Lo dijo ya hace unos años Geoffrey Goldspink, del Royal Free Hospital de Londres: “No podemos detener el progreso de la medicina o retener información. Su mala utilización en el deporte es un subproducto inevitable”.

¿Traducción? La carne y los hongos no son malos o buenos en sí mismos, sólo depende de para qué sean utilizados.

El australiano John Fahey, presidente de la Agencia Mundial Antidoping (AMA), cree que vale la pena buscar la meta, aunque da a entender que llegar a ella ya es otro asunto: “No sé cuándo la alcanzaremos, porque forma parte de la naturaleza humana buscar dinero y fama”.

Su “número dos”, el neozelandés David Howman, que es el verdadero experto y el que maneja el día a día de la AMA, teme que el deporte profesional esté ya siendo utilizado por bandas criminales.

“El submundo de la criminalidad está fuertemente infiltrado en el deporte, de formas tales que, si no se controlan, amenazarán seriamente el futuro del deporte moderno”, aseguró el experto.

“La misma gente que trafica esteroides e impulsa a los deportistas a engañar mediante el doping es la que está involucrada en las apuestas ilegales. Esto es, esencialmente, lavado de dinero, sobornos y corrupción relacionados con la manipulación de partidos”.

Así, los brebajes de hongos y los testículos de perro se convierten en simpáticos y casi entrañables recuerdos.

(Sebastián Fest / DPA)

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