Cherán y el nacimiento del juglar
Las plumas de la serpiente - Página: 73 - No.286 o descarga el PDF (0.07 MB).Vuelo XV
Cuenta V
(kaxtoli patlaniliztli, makuili poali)
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Cherán y el nacimiento del juglar
Por Mardonio Carballo
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Desacreditar, aislar, calumniar, desplazar: palabras distintas en una misma dirección.
¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? Cuestionamientos distintos de génesis zapatista.
Desacreditar, decir que no existe, que no vale la pena, que son unos pocos haciendo una revuelta. La historia de los pueblos indios va de eso.
Historias de desplazamiento hasta el cansancio. Desplazamiento hasta que no queda otra opción más que el vacío.
Es ahí donde el vuelo adquiere otro matiz.
¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? Cuestionamientos y certezas de génesis zapatista. Hoy toca el turno a Cherán, Michoacán, indígenas purépechas a los que intentan desplazar, borrar. Allá el éxodo no es opción. Cuidar, sí. Los bosques, las aguas, esos otros complementos de lo que somos.
¿Dónde cree usted que están mejor cuidados los bosques y los ríos? Si pensó en los pueblos indígenas, tiene usted razón, ahí se concentran las riquezas que en otros lados ya nos acabamos o lo estamos haciendo, ahí viene otra razón para desplazar.
Los pueblos indios cuidan sus recursos naturales, a pesar de todo, y después llegan los otros para hacer de sus recursos usufructo; sus métodos de persuasión son de distinta índole y forma, incluyendo el asesinato. Trece indígenas purépechas han sido asesinados o desaparecidos desde 2011, año en que los comuneros de Cherán decidieron hacerle frente a aquellos que deforestaban sus montes cuidados por ellos. Esto no es nada nuevo.
El premio Nobel Darío Fo nos lo platica en sus Misterios bufos, más concretamente, en el misterio “el nacimiento del juglar”. A continuación, un fragmento:
Yo nací villano. Villano, un verdadero campesino. ¡Estaba triste, alegre, no tenía tierra, no! Tenía que trabajar, como todos en estos valles, en todas partes. Y un día me acerqué a un monte, pero de piedra. No era de nadie: me enteré. Pregunté:
«¡No! ¡Nadie quiere ese monte!».
Entonces subí hasta la cima y escarbé con las uñas y vi que había un poco de tierra, y vi que bajaba un hilo de agua, y entonces empecé a escarbar. Fui a la orilla del río, me partí los brazos, acarreé tierra al monte, estaban mis niños, mi mujer.
Mi mujer es dulce, es blanca, tiene dos pechos redondos y el caminar suave, parece una becerra cuando se mueve. ¡Oh, es tan hermosa! La quiero mucho y quiero hablar de ella.
Subí la tierra con los brazos y la hierba crecía, haciendo: pff… y brotaba de todo. ¡Qué bonito, era tierra de oro! Hincaba el azadón y… pff… nacía un árbol. ¡Qué maravilla de tierra! ¡Era un milagro! Había chopos, robles y árboles por todas partes.
Sembraba con la luna propicia, yo entendía, y crecían cosas de comer, dulces, hermosas, ricas. Había achicoria, cardos, judías, nabos, de todo. ¡Para mí, para nosotros! ¡Qué contento estaba! Bailábamos, y además siempre llovía días y días, y el sol quemaba y yo iba, venía, las lunas eran propicias y nunca había ni demasiado viento ni demasiada niebla. ¡Era hermoso, tan hermoso! Era nuestra tierra. Hermoso era el bancal. Cada día hacía uno, parecía la torre de Babel, tan bonita con tantas terrazas. ¡Era el paraíso, el paraíso terrenal!
Lo juro. Y todos los labriegos al pasar decían:
—Qué ventura la tuya, caray, mira: ¡lo que has sacado de un pedregal! ¡Pobre de mí que no se me ha ocurrido!
Y tenían envidia. Un día pasó el señor de todo el valle, miró y dijo:
—¿De dónde ha salido esta torre? ¿De quién es esta tierra?
—Mía —le dije—, la he hecho yo con estas manos, no era de nadie.
—¿Nadie? ¡Esa palabra no existe, nadie, es mía!
—¡No! ¡No es tuya! He ido al notario, no era de nadie. Le he preguntado al cura, no era de nadie y la he hecho yo, pedazo a pedazo.
—Es mía y me la tienes que dar.
—No te la puedo dar, amo… no puedo trabajar para otros.
—¡Te la pago! Te doy dinero, dime cuánto quieres.
—¡No! No quiero dinero, porque si me lo das, luego no puedo comprar otra tierra con el dinero que me das y tengo que volver a trabajar para otros. ¡No quiero, no quiero!
—¡Dámela!
—¡No!
Así pasa con Cherán, comunidad purépecha de Michoacán, en la ostula nahua de ese mismo estado. Pasó así en Atenco, pasa así en Wirikuta y varios pueblos más. Y por eso vuelvo a preguntar:
¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? Cuestionamientos distintos de génesis zapatista. En Cherán el éxodo no es opción. Cuidar, sí. los bosques, las aguas, esos otros complementos de lo que somos. Urge mirar hacia allá.
En la historia de Darío Fo mataron a la esposa y a los hijos del campesino. A pesar de ello, él decidió darle voz al silencio.
Comenzó a gritar y juglar se volvió desde entonces.
Tlaskamati miak. ¶