¿Hasta cuándo se harta una buena lesbiana?

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Capítulo 125

¿Hasta cuándo se harta una buena lesbiana?

Por Ana Francis Mor* Twitter: @anafrancismor

¿Hasta cuándo se harta?
Yo conté 17 veces. Diecisiete veces en las que mi padre golpeó a mi madre o a alguna de nosotras, por razones distintas. Porque no había mantequilla, porque Consuelo llegó tarde, porque Mónica le rompió una muñeca a Esther, porque se fueron de fiesta sin permiso, porque los pañuelos no estaban bien planchados, porque recogimos un gatito nuevo, porque había que pagarle a la ortodoncista… en fin. Y en cada una de esas veces, desde que tengo memoria, yo pregunté, reclamé, grité, pataleé, me escondí, volví a gritar, volví a reclamar. La penúltima vez saqué un cuchillo y, detrás de mí, cada quien sacó un sartén, un cinturón ochentero gordo, un bat… Y ya. Santo remedio. Ni siquiera hubo que usarlos. Se acabaron las golpizas y empezamos a mirarnos frente a frente.

Hubo una última vez en la que mi padre sacó una pistola. El grado máximo de violencia cuando la fuerza física ya no era suficiente. En ese momento me di cuenta de que para detener la espiral de violencia había que tener conciencia y dignidad y eso no iba a estar en el lado de mi padre; así que simple y llanamente me fui. Ya no había nada que hacer. El tirano se ganó el triunfo y el desprestigio. Pagó el precio de perder a cinco hijas que no van a ir ni a su velorio, pero ganó a los golpes. Ganó porque se quedó sin contrincantes. Simple y llanamente dejamos de jugar el juego de la violencia. Podría ponerme más melodramática y decir que su apuesta por la impunidad no le rindió frutos, pero la neta es que no lo sé. Más allá de la culpa —en la que no creo—, no ha habido ningún movimiento sabio del destino que me haga creer que la vida tiene sus propios contrapesos y misteriosas maneras de hacerse justicia. Nel, mi padre morirá impune y sus delitos —porque ahora sé que esos son delitos— pasarán por la libre sin castigo.

Quisiera haber tenido las herramientas para hacer justicia en ese tiempo, quisiera haber sabido que se podía denunciar; quisiera haber tenido apoyo del gobierno, de otra gente. Sabía que eso no estaba bien, era evidente. Pero no supe cómo defenderme, cómo obtener justicia, así que no la obtuve. Mi madre, menos: se murió antes de siquiera pensar que eso era injusto o que podía haber tenido otras opciones.

Pero las cosas se transforman o, al menos en nuestro caso, la historia cambió. Sobra decir que entre mis hermanas y yo ya no hay historias de violencia con las parejas actuales. Cuando hubo indicios de alguna, procedimos con todas las de la ley, la solidaridad y la razón para detenerlas.

Nos tomó una generación darnos cuenta, tomar conciencia, tener las herramientas, accionar al respecto y obtener los resultados deseados: establecer relaciones de equidad, en las que una no tenga que ceder su poder para poderse relacionar.

Elecciones
Ya van tres fraudes que me tocan. Tres veces en las que “a la mala” me arrebatan mis derechos ciudadanos. Sobra decir que esta situación me ha dado mucho para reflexionar sobre qué estoy haciendo y qué puedo hacer para que no me tome una generación entera poder disfrutar de, aunque sea, tantita democracia. Porque quiero vivir 100 años, pero si eso significa atestiguar, digamos, 17 fraudes, se me hace mucho.

Para esta elección nos dimos a la tarea ciudadana de cuidar las casillas, propiciar la votación y hacer de la información algo distribuido de manera horizontal. Además, obvio, tratamos de convencer a la mayor cantidad de gente de que virar pa la izquierda es el único camino viable que nos queda, dado que los otros dos representan la violencia, la represión y la corrupción. En ese sentido, sin duda que ganamos y mucho. Y cuando digo ganamos no hablo de partidos, hablo de la suma de miles —sí, miles— de movimientos ciudadanos que le apostamos a la vía pacífica, legal, honesta, horizontal y entrona de hacer las cosas. Esa es la ganancia real, la construcción de sociedad civil organizada que le apuesta a la honestidad, al juego limpio. El problema es que nos ganaron a la mala y es difícil asumir el resultado. Es difícil resignarse y tolerar la trampa, la transa, la porquería.

La trampa de la trampa
A estas alturas ya no es novedad decir que la compra y coacción de votos estuvo abundante y sorprendentemente organizada. Ejemplos hay muchos. Recogida de credenciales del IFE bajo amenaza de perder el empleo. Camiones repletos de acarreados para votar tempranito en las casillas especiales del DF —donde el voto para la izquierda iba a ser aún más abundante—, compra de votos vía tarjetas prepagadas de Soriana y saldo para celulares. Compra de voto por 500 pesos. Compra de votos organizada vía mapaches. Coordinación de acarreos y compra de votos por los “maestros” de Elba Esther. Rellenada de urnas… en fin. Una red de acción que envidiaría cualquier programa gubernamental de reparto de apoyos. Una coordinación impecable para la transa.

A ojo de buena cubera, si contamos a todas las personas que intervinieron, entre quienes organizaron, planearon, ejecutaron y vendieron su voto, estamos hablando de varios millones de personas. Hay quien dice tres, hay quien habla de hasta nueve. El punto es que aunque sean 3 millones de personas, son un chingo. Y esa gente cuenta. Toda esa gente —sean 3 o 9 millones— votó. No por un partido ni por un candidato, sino por una manera de comprender el pacto social basada en la trampa, en el hambre, el individualismo y la falta de imaginación. Votó por el “yo gano a huevo y a chingadazos”. Como mi papá… (Sobra decir que mi papá seguramente votó por el PRi, como siempre lo ha hecho).

Y eso es lo verdaderamente preocupante. Esa es la gran lección que tenemos que aprender. Porque sabemos que hay poderes fácticos a los que les interesa sostener la transa y la corrupción pa seguirse chamaqueando el territorio nacional. Las mentadas 10 familias, el duopolio. Era obvio que ese pequeñísimo grupo de poderosos iba a optar por el engaño y la transa. No les queda de otra para sobrevivir. Esa gente es coherente. Son unas ratas bien hechas porque en eso está basado su enorme poder.

Y hay millones de personas comunes y corrientes que de ninguna manera se hacen pudientes vendiendo, tramitando, acarreando o sosteniendo la trácala, pero que de igual modo no le apuestan a la democracia.

Por miles de razones: porque su trabajo, ya de nómina, es sostener y aceitar la transa —los “maestros” de Elba Esther y los operadores del PRI—. Porque viven en tal grado de miseria, que 500 pesos representan la comida de su familia por un mes. Porque no imaginan —la historia les ha negado esa posibilidad— otras formas de gobierno si no es aquella en la que los políticos nunca dicen la verdad y no van a cumplir nada, así que mejor agarrar despensa orita. Porque la idea de un gobierno decente no es cierta, nunca lo ha sido ni lo será. Porque el concepto “que mi voto cuente” es cosa de ricos y de gente que no sabe lo que es la vida de a de veras. Porque la democracia es una idea tonta de güeyes que no trabajan en una oficina de sol a sol sin vacaciones ni prestaciones. Porque hablar de democracia para la mayor parte de la gente es como hablar del Santo Grial. Suena re bonito pero no creo que exista, tons mejor vendo mi voto, pues eso que dicen que mi voto logra no es cierto, nunca lo ha sido, ni para mí ni para nadie que yo conozca. Y sí… toda esa gente eligió. Con todo el derecho que tienen a elegir.

No nos engañemos. No ganó nadie. Perdimos tod@s. Ganó la ignorancia, como en el juego de Maratón. Ganó el descrédito de los políticos. Ganó la miseria, el hambre. Ganó la poca fe que tenemos en que otro mundo es posible. Esa es la verdadera Presidencia. Ese es el voto de millones.

Y sin embargo hemos ganado mucho, muchísimo. Ahora más que nunca estamos interconectad@s. Miles de movimientos ciudadanos sabemos que existimos y que tenemos un país plagado de injusticias. Millones de personas le estamos apostando a otra cosa: a la colectividad, al bien común, a las redes sociales, a la comunicación abierta y sin censura, a la justicia, a la ley, a poner a trabajar a los gobiernos y ejercer una gran presión constante y consistente.

En lo que me toca, celebro mucho el triunfo en el Distrito Federal. Y lo celebro porque le trabajé junto con millones para lograrlo. Y lo celebro partiendo de la premisa de que seré una ciudadana muy crítica del gobierno. Porque no confío. Porque en la medida en la que no confíe seré participativa. Porque somos muchas las personas que no queremos un yate como el de Azcárraga ni unas bolsas como las de la hija de Romero Deschamps. Porque me entusiasma más una ciudad con ciclovías. Me hace mucha ilusión un presupuesto de cultura chipocles y que se haga arte por todos lados. Me motiva pensar que la señorita de Tesorería esté educada para tratarnos por igual a todas las personas sin que importe la orientación sexual. Me encantaría ver a chicas trans de funcionarias… en fin. Me ilusiona mi ciudad. Me ilusiona saber que mi voto aquí fue respetado. Eso lo celebro.

Ora la cosa es promover la honestidad como un valor que de a de veras vale más que una tarjeta de 300 pesos de Soriana o un puesto de aviador en la SEP. Yo creo que sí los vale. Llámenme ilusa.

* Cabaretera
y reina chula

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Comentarios (1)

  • Silentsight

    Ilusos aquellos que prefieren la ignorancia. Esto de la redes sociales puede dar para más … y que bueno que allá si les respetaron el voto, porque acá en Jalisco tenemos al clon del innombrable … ánimo a todo méxico, es lo que necesita, ánimo para salir adelante, pero mientras nos todo México vemos el domingo.

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